Orden del Día / 158

•noviembre 19, 2011 • 2 comentarios

Entonces, salí a correr como habitualmente.

Entonces, vi explotar los jacarandás como cada noviembre.

Y entre la nube lavanda que corona la copa de los árboles y la membrana mullida que tiñe el césped del mismo color, se subleva una rama interviniendo el espacio: se manifesta en arte.

Hay también una mujer. Espigada sobre la rama: teje. Hila el enjambre de crochet subida a una banqueta color amarillo. De su hombro cuelga -atravesada- una bandolera  del MOMA de Nueva York, de donde salen telas de araña multicolor para abrigar al tronco aunque ya expire la primavera.

Es Licia.

- Como Alicia, pero sin “a”, me dice.

Es Licia.

Es artista.

Nació en Italia pero eligió la Argentina para vivir junto a sus hijas.

Es artista y es flor: dice que le hubiese gustado llamarse Dalia o Cala y así lo adopta en su email.

Licia hace que me detenga, que suspenda mi marcha, que observe como esparce su arte, que la fotografíe.

Licia crea intervenciones urbanas.

Aquí y allá.

 

Orden del Día / 157

•octubre 27, 2011 • Dejar un comentario

Un año atrás, miércoles 27 de Octubre, se decretaba feriado  nacional por realizarse el Censo 2010. Me había propuesto oficiar de censista para cronicar el evento in situ, pero algo inesperado ocurrió mientras ejercía esa labor que hizo que  el día  se precipitara irreversiblemente, convirtiéndolo en día histórico. 

 

Y vos, ¿en dónde estabas el día que murió Kirchner?

El hombre que me recibe viste una camisa llamativa, no por tener ésta un diseño desopilante sino por todo lo contrario: fue planchada y almidonada con apresto que resulta sobria y acicalada y acaso desentone con una mañana de feriado nacional. Pero estamos en Barrio Norte y este hombre que aparenta unos cincuenta años, que conversa a través de un teléfono inalámbrico mientras se escucha sonar infructuosamente otro desde un lugar que no preciso, me invita a pasar saludándome con un gesto a la vez que, con su mano libre, corre una silla y en otro ademán me ordena sentarme. Obedezco y despliego el cuestionario tipo B1 y mientras él deambula por el living emitiendo palabras sueltas como ataque, otro paro, internado; yo aprovecho para ir completando todo lo que en esta zona -Barrio Norte- es una obviedad: que estoy en un departamento, que hay personas presentes, que el material predominante en los pisos es tarugado (aunque no deba precisarlo), que el agua proviene de red pública, que este hogar tiene baño -reanimando-, que desagua a red cloacal… Finalmente corta y se dirige a mí: “Buenos días, póngase cómoda, discúlpeme, ¿quiere un café?, ¿un vaso de agua?, ya estoy con Usted”; pero antes atiende el otro teléfono que persiste en sonar.
Que el baño en esta vivienda no es compartido, que el gas proviene de red pública… Cuelga y, como si el almidón se le hubiese esparcido por el rostro, me dice: “Murió Néstor Kirchner”. Creo que aún no son las nueve y media y yo, sin tomar verdadera dimensión de lo que ese hecho implica, lo primero que atino a pensar es que, según lo estipulado en el manuel del censista ,Kirchner estará vivo -para las estadísticas- hasta que se realice el Censo 2020. Uno de los teléfonos interrumpe mi absurda reflexión. Calafate, Hospital.
Por fin se sienta y así me entero que se llama Jorge y que yo soy pésima adivinando edades: tiene sesenta y dos y no cincuenta como había imaginado. No se lo pregunto, pero me lo dice: es ingeniero. Yo sólo debo remitirme estrictamente a las preguntas del cuestionario por más que algunas estén formuladas pésimamente.
No sé lo pregunto, pero lo advierto: está involucrado -aunque yo no consiga precisar de qué modo- políticamente, como opositor u oficialista. Ninguna pista en su actitud rígida me lo devela.
Es 27 de octubre de 2010, la fecha duplica su relevancia. Yo debo seguir con el recorrido: Julio -el auxiliar del encargado- está esperándome en el pasillo para seguir con la vivienda contigua. El sindicato lo tentó con el pago de horas extras por acompañar al censista pero nada decía esta labor sobre ser amable y dispuesto, pero Julio lo es. Bajamos un piso por la escalera.

― El muchacho del “B” se va a bañar y dice si podés pasar en un rato.

Yo no debo alterar el orden consecutivo en los cuestionarios, entonces lleno sólo la numeración dejando el resto en blanco y sigo la sucesión.
A la mujer que me recibe le digo con el tono que se suele decir parece que va a llover (aún no lo digiero): “Murió Néstor Kirchner”. Ella se acelera sobre el control remoto y pone TN. Está Piñón Fijo. Hace zapping por el resto de canales, todos con su programación habitual. Me mira pensando que estoy loca. Me doy cuenta que manejo una información anticipada aunque sólo sea por pocos minutos: en los siguientes departamentos ya hay algunos televisores confirmando la noticia.
Le pregunto a Julio si el del “B” se terminó de bañar. Aún no. Sigo avanzando tres casilleros más. No percibo emociones de ningún tipo en los censados. ¿Les sucederá lo mismo que me pasa a mí? Una fachada implacable y un interior revolucionado, elucubrando, disparando miles de pensamientos, recuerdos, reflexiones, posibles movimientos de tablero, etc.
Dos casilleros más. ¿Y? ¿El del “B” terminó con la planchita? Julio se ríe y dice que no. Más vale que se apure porque ya estoy terminando con este edificio. Últimos tres casilleros. Ahora sí, retrocedo cinco y el del “B” ya está bañado, peinado, perfumado. ¿Qué te sirvo? ¿Un café? ¿Un mate? ¿Algo de comer? Interrumpe continuamente mis preguntas concisas con las suyas impertinentes: Que si soy docente, que porqué decidí censar, que si vivo por acá, que qué perfume tengo puesto… Por suerte el cuestionario es corto, yo estoy más rápida que nunca y antes de que me pregunte ¿De qué signo sos?, ya estoy fuera.

 

APG©

 

Notas relacionadas: Capacitarse para censar

Queda archivado bajo el nombre ¿En dónde estabas el día que murió Kirchner? en el cajón Salpicaditos de actualidad.

 

Orden del Día / 156

•octubre 25, 2011 • Dejar un comentario


Exigencias editoriales o caprichos del mercado requieren adapatar textos a extensiones determinadas. Esa reedición forzada hace que uno -a veces- quede más conforme con el resultado.
A continuación, La vida al trote (reloaded).

El correr -mása exactamente, el correr fondo- es un acto solitario; como el escribir, como el nadar a mar abierto o el ser un perro callejero. Pocas cosas tienen tanta introspección, solipsismo y sabiduría; finalmente son actos del pensamiento y de lucidez. Es así, y creo que fueron nuestros mundos insociables -el de Nahuel, el de Tango y el mío- los que se traspusieron ese invierno. Ahora que ya no están, siempre en el mismo ritual, cada vez, al pasar corriendo entre Ostende y Valeria por ese punto impreciso que es menos vago en bajamar cuando pueden verse rastros del muelle, volteo y miro hacia el mar buscando la sincronía del braceo de Nahuel con el nado de Tango. Y la furia o la pasiva indiferencia del océano me devuelven siempre la misma frustración y melancolía.
Primero conocí a Tango, a instancias de que salvara -literalmente- mi vida. Era de tarde, hace muchísimos años, más de diez; a una hora temprana que en esa época del año es noche cerrada y prematura. El mar era inmenso; la visibilidad, nula; el sonido ensordecedor del viento y las olas tapaban mi propio jadeo. Había bruma, una bruma helada, o lloviznaba, o estaba ventoso…, no lo consigo precisar, salvo que las condiciones para correr eran rudas. Algún farolito perdido a la distancia que nada tenía que ver con potentes haces de luz ni con paradores iluminados sometidos para esa época bajo un sueño invernal. Sentía miedo, del tipo de miedo que excita. De pronto, desde los médanos veo aparecer, a la distancia, unos manchones negros que bajan hacia la playa. Por momentos los pierdo en la oscuridad lo cual me obliga a afilar la vista y así recuperarlos nuevamente y volver a sentir miedo, del tipo de miedo que excita. Mientras tanto, voy haciendo jueguitos histéricos con esas olas impúdicas, provocándolas con el roce, y cuando arremeten para atraparme disparo a pique, rompiendo la monotonía de mi paso. Y en eso, a la imagen se le suma el sonido violento y amenazante: son ladridos salvajes. Los manchones negros ya están frente a mí manifestados en una jauría de perros. El miedo aterrador ya no me excita: es miedo, y ellos -los perros- lo saben y se abalanzan sobre mí. El más grandote me muerde sobre el codo derecho al tiempo que uno marrón y muy fulero se envalentona para roerme el short junto a un pedazo de piel. El resto me rodea con ladridos feroces que se mezclan con los míos de auxilio y espanto. No sé de dónde apareció (como un superhéroe), ni cuánto tiempo habría pasado, pero ahí estaba Tango -su nombre lo supe dos días después- arremetiendo contra todos y cada uno a la vez, hasta hacer desaparecer a la jauría en manchones empequeñecidos hacia los médanos. Quedamos tendidos en la arena húmeda, agitados, malheridos…, yo lo acariciaba y le agradecía; él me retribuía con lamidos espesos sobre mis grietas.
Al día siguiente no salí a correr; me hice atender en la salita de primeros auxilios que está junto a la Escuela Municipal. Me hicieron curaciones y me aplicaron, preventivamente, la vacuna antirrábica. A los dos días bajé a correr a la playa nuevamente; esta vez de mañana. La arena estaba firme y el mar frente a mí, con sus enormes firuletes grises. Por un momento me mantuve indecisa: miré hacia un lado, donde todo se hace nada…; miré hacia el otro, divisé un parador fantasma a la distancia; me afligí por no poder andar ambos rumbos al mismo tiempo siendo una sola caminante, y finalmente me decidí por el menos andado: me decidí por la nada. Durante el trote un viento surca los médanos y de tanto en tanto aparece una brisa que se encapricha en mojarme la cara, y son como un llanto las gotas que se arrastran por mi tez. Al pasar por un punto impreciso, entre Ostende y Valeria, en donde aparecen rastros de lo que tiempo atrás supo ser muelle y que se une en línea recta con el Viejo Hotel, veo acercarse hacia mí, a puro jolgorio, al perro que me había salvado la vida, desprendiéndose del hombre con el que venía andando a la par. Se abalanza sobre mí, a puro regocijo. Nos abrazamos, como pueden abrazarse un humano y un perro, mientras el hombre a pura sorpresa se presenta y lo presenta: son Tango y Nahuel. El hombre es viejo y anacrónico, tiene la piel aceitunada y delgada como una lámina por el paso de los años y por la intemperie; su pelo desordenado, medianamente largo y oxidado por la sal, le asoma de la capucha del buzo gris que cubre parcialmente su cabeza. A pesar de la edad que denotan los surcos de su rostro, es esbelto y atlético; lleva un traje de baño descolorido, de nadador; un silbato cromado que pende de su cuello gracias a una gastada cuerda blanca con pintas azules y nudo marinero. Nahuel es guardavida de una playa desolada, sin parador ni veraneantes, en pleno invierno.
Los vi internarse en el mar, más allá de las olas, donde todo es -o al menos parece- manso, y los seguí con la mirada hasta que los perdí de vista. A la hora y media coincidimos en el mismo sitio, en la orilla: yo terminaba de correr, ellos de nadar. Tango se sacude en movimientos bruscos que, al despejar el pelaje que apelmazó el agua, permiten ver grumos de sangre.
Una semana bastó para construir una rutina: cada mañana, en el lapso que Tango y Nahuel nadan, yo hago lo propio corriendo. Mis heridas ya sanaron…, en cambio se presentaron -otras- heridas en forma de venganza sobre el cuerpo del animal que salvó mi vida. Esa mañana, al salir a correr, no los encontré en la orilla, prontos a nadar. Entonces, alcé la vista hacia la casilla y descubrí a Nahuel en cuclillas con su cuerpo volcado sobre Tango. Me acerqué siguiendo las pisadas del animal, una procesión en lamento con gran cantidad de sangre rápidamente absorbida por la arena y restos de cuero cabelludo. Todo obra de la furia de la venganza o de la jauría de perros asesinos.
Había habido una pelea, un ajuste de cuentas y, en su derrota, Tango había decidido apaisarse definitivamente bajo la casilla, junto a su amo.
Agoniza, busca el aire en gemidos entrecortados, con la cabeza en escorzo y el abdomen a medio abrir que de tanto en tanto se revoluciona en espasmos. Tiene la mirada plácida fija en Nahuel, como despidiéndose en un ritual privado del que yo soy un testigo inmiscuido. Entonces, cuando finalmente todo cesa, lo carga en el gomón y en una ceremonia íntima se internan en el mar hasta desaparecer.
Un gomón a la deriva apreció a los pocos días entre Cariló y Gesell. Los rastreos de Prefectura fueron infructuosos y cuando quise indagar sobre un hombre llamado Nahuel, de profesión guardavida, no encontré respuesta. Hasta percibí que me incriminaban como una delirante capaz de inventar un personaje inexistente. Entonces lo supe: Nahuel había decidido arrojarse del bote junto su compañero de ruta.
Dejé Valeria del Mar por ese año para regresar a Buenos Aires, pero cada año que vuelvo, cada vez que paso corriendo por ese punto impreciso entre Ostende y Valeria en donde aparecen rastros de lo que tiempo atrás supo ser muelle, me atosiga el mismo pensamiento, es cuando volteo y miro hacia el mar buscando la sincronía del braceo de Nahuel con el nado de Tango. Y la furia o la pasiva indiferencia del océano me devuelven siempre la misma frustración y melancolía.

APG©

Queda archivado bajo el nombre La vida al trote (reloaded)

en el cajón de Más Ficciones propias

 

Orden del Día / 155

•octubre 21, 2011 • Dejar un comentario

Pudiendo haber salido a correr de mañana como acostumbro; pudiendo haber elegido el recorrido de costanera norte como a veces; pudiendo haberme vestido con cualquier indumentaria de entrenamiento de las que tengo -digo, pudiendo haber tomado ciertas decisiones-, tomé otras, confabulando inconscientemente contra mí misma: opté por la tarde, elegí el Parque de los niños como recorrido y me decidí por la remera oficial de la maratón, de color amarillo. No adevertí que justo ayer por la tarde -tarde-, el PRO tenía su acto de cierre de campaña; ¿en dóne? justo allí: en el Parque de los niños. Tampoco reparé en que “el amarillo” es su color partidario. 

Ocurrió entonces que, a la altura del estadio de River -porque ese era el punto de encuentro desde donde partían los micros hacia el parque- me descubrí inmersa en una marcha, mimetizada en un mismo color. Pero los corredores de fondo siempre guardamos un resto de energía para casos de emergencia así es que los usé disparando con un pique y cuando estaba a una cierta distancia pensé: “Qué curiosa improcedencia que el partido cuyo líder fue Presidente de Boca Juniors, se reúna en River Plate: si no es contradictorio -al menos- es confuso”. Recién al advertir los autos que, por Figueroa Alcorta y Lugones, se acercaban al mismo acto, lo confirmé: el PRO, que supo beneficiarse con una eficaz campaña comunicacional en anteriores elecciones, ésta vez, había errado la estrategia. Sino, que alguien me diga cómo es posible que los autos que llevaban banderas y banderines amarillos tuvieran -a la vez- la letra “K” en sus patentes. Si no es contradictorio -al menos- es confuso.


APG©

Queda archivado en el cajón de Salpicaditos de actualidad, bajo el nombre El PRO erra estrategia comunicacional

Orden del Día / 154

•octubre 16, 2011 • Dejar un comentario


Estaba inmersa en mis auriculares, concentrada -intentando concentrarme- en una desgrabación: la voz era clara, legible, y eso me hacía tomar un buen ritmo al transcribir. Había tomado todas las precauciones para que nada alterase mi labor: enmudecer sendos teléfonos, ocultarme en el MSN. La cuenta regresiva hacia el día de cierre era magra y lo que restaba por hacer, abultado. La tarde se disolvió dejándome a oscuras frente al único rectángulo de luz que me devolvía la pantalla. No me molesté en bajar cortinas, encender luces, poner el aparato anti mosquitos para ahuyentar a uno que daba vueltas zumbando una amenaza; ni siquiera quise interrumpir para cambiar la yerba del mate deslucido por mi indiferencia, ni ir al baño aguantando una vejiga que ya molestaba en pinchazos. Tampoco me alteré con el destello intermitente del celular, se apagaría solo. Pero volvió a destellar a la vez que emitía como espasmos al vibrar sobre la mesa y esa fue la distracción detonante que volteó mi mirada para observar cómo reptaba hacia el precipicio. Y seguido a eso, el vip que alertó -ya en el suelo- un mensaje de texto; y seguido a eso, el otro teléfono que, a pesar de estar mudo, su luz roja titilaba develando un llamado entrante; y seguido a eso, la ventana de diálogo que interpeló en mi monitor con un “¿estás?” a pesar de que no estaba; y seguido a eso, comenzó una seguidilla de alerta de mails; y seguido a eso, ya no pude seguir. Entonces, cuando el teléfono de línea volvió a destellar, atendí:
― Aló?!
― Buena noches, estamos haciendo una breve encuesta sobre audiencia de televisión…
― ¡¡No tengo televisión!! ¡¡Y son las once de la noche!! ¡¡Y estoy intentando escribir!!

Pero la grabación no respondió a mi furia y siguió sonando. ¡Qué fastidio! Me vuelvo al Delta, maldigo el día en que se me ocurrió volver.

APG©

Queda archivado en el cajón de Más ficciones propias, bajo el nombre No estoy para nadie

Orden del Día / 153

•octubre 14, 2011 • Dejar un comentario


¿Alguna vez te detuviste a pensar en dónde estabas sentado, -literalmente- en el objeto que te sostenía, el cubículo que mantenía doblado tu cuerpo en posición de reposo, atención o espera? Podría aventurar que varias veces fue en la clásica silla Nº 14 Thonet, mientras deambulabas por un bar porteño; otra vez probablemente te hayas hamacado en una mecedora Schinkel, de esterilla; y ¿no lloraste tu neurósis en un consultorio psicoanalítico recostado sobre un chaise longue Le Corbousier?; en el lobby de un hotel o de un edificio ¿no aguardaste sentado en un sillón Mies Van Der Rhoe?; o al menos, ¿no observaste los moldes de cemento re-diseñados por el D.I. Doberti, que evocan el sillón BKF, esparcidos en paseos peatonales por el gobierno de la Ciudad? Seguro que sí, sólo que no reparaste en ello, verdad?


Por estos días en el Vitra Design Museum de Alemania -uno de los museos de diseño más reconocidos del mundo- se está presentando la muestra 100 años/100 sillas que recorre, a través de miniaturas, distintos modelos emblemáticos de asientos en la historia del mobiliario. Se pueden ver, y también adquirir, réplicas de las piezas originales creadas por diseñadores de la talla de Alvar Aalto, Mies van Der Rhoe, Thonet, Le Corbousier, Mackintosh, Frank Lloyd Wright, y más.

Me dio cierta pena no encontrar en el catálogo de la muestra al sillón BKF, pieza icónica de diseño argentino en el mundo que, por cierto, sí forma parte de la colección del Museo de Arte Moderno de Nueva York. El BKF fue creado en el año 1938, por los Arq. Bonet , Kurchan y Ferrari Hardoy, que integraban el Grupo Austral. Está conformado por una estructura hierro redondo macizo, cubierto por una funda de cuero. El grupo dejó plasmado en un Manifiesto la descripción conceptual de la obra: “Hay intención de unir dos mundos: uno blando otro duro, uno fijo otro móvil, uno industrial uno artesanal, uno mineral otro animal, uno futuro uno pasado; es una hamaca en el mundo ciudadano”

 

Y Sara Vaughn, ¿se habrá detenido a pensar? ¿Habrá sabido que estaba sentada justo allí, cuando posó sonriendo y vestida de rojo en una producción fotográfica para la tapa del disco Swinging easy, grabado en 1957? ¿Se habrá percatado que la amparaba el mismísimo sillón BKF? No lo sé. Pero sí sé -de modo consciente- que a mí me sostienen o me mantienen suspendida en el aire, unos listones de madera que se empecinan en marcar a rayas mi piel, que se alinean adentrándose en el río en forma de muelle, y que permiten a mis piernas balancearse y hacer dibujos en el agua oscura mientras tarareo swinging easy.


APG©

Queda archivado en el cajón de Salpicaditos de actualidad bajo el nombre ¡Ojo en dónde te sentás!

Orden del Día / 152

•octubre 9, 2011 • Dejar un comentario

Video dominical: otra genialidad del talentoso Levni Yilmaz

(para subtítulos en español clickear en donde dice CC)

Orden del Día / 151

•octubre 6, 2011 • Dejar un comentario

No adhiero al término efemérides, en tanto y en cuanto su aplicación no se ajusta rigurosamente a su definición, entendiendo que una efemérides es una tabla de coordenadas que posiciona en el cielo a objetos astronómicos en un momento específico. Prefiero pues la palabra “aniversario”, siendo más justa -al menos, para evocar el tema que me provoca y convoca hoy a la escritura-.

Medio siglo. Medio siglo nos separa del día en que llegó al cine Desayuno con diamantes, una joya del cine clásico que se basó en la libre adaptación que realizó Blake Edwards de Desayuno en Tiffanny´s, novela escrita por Truman Capote.

Alrededor de medio siglo después del momento en que Marilyn Monroe, amiga íntima personal y favorita del escritor para que interpretara el papel protagónico del film alegando que fue escrito en función de ella, fuese vetada y reemplazada por Audrey Hepbrun.

Medio siglo distantes de que se convocara a Henry Mancini para componer la banda sonora. Hecho por el que luego fue reconocido con una estatuilla de los Premios Oscar.

El mismo medio siglo que pasó desde que Audrey inmortalizara, sentada al filo de una ventana asida de una guitarra, la canción Moon river, tema compuesto también por Mancini que corrió riesgo, primero de ser doblado por Marnie Nixon quien finalmente sí lo concretaría en My fair lady y, luego, sufriría la amenaza de ser eliminada la escena mencionada de la ventana en la versión final; hecho que, afortunadamente, no ocurrió.

Se comenta también, que hace medio siglo, mientras transcurría el rodaje, la actriz Audrey Hepburn, tuvo dificultades con la escena en la que busca al gato bajo la lluvia; que no tenía buena relación con su partner George Peppard y que otra escena: la famosa secuencia en la que desayuna en Tiffany unos pastelillos daneses, fue un suplicio porque no le gustaban los pastelillos.

Todo eso pasó hace medio siglo.

Este video inmortalizó la escena en la que Audrey Hepbrun canta Moon river. Qué absurdo pensar que la misma corrió riesgo de ser quitada porque un ejecutivo dijo que sería un fracaso, y fue la propia Audrey la que insistió en dejarla y, gracias a ello y a su glamour, el tema recorrió medio siglo versionado por montones de artistas, incluído Frank Sinatra. Enjoy !


Queda archivado en el cajón Salpicaditos de actualidad, bajo el nombre Desayuno en Tiffany´s, medio siglo

Orden del Día / 150

•octubre 5, 2011 • Dejar un comentario

Este post puede leerse como una vuelta al blog luego de un periodo de ausencia; puede leerse como una reapertura, con cambio de nombre, ya que hace tiempo debió dejar de llamarse así; o puede no leerse. Pero si se lee, podría considerarse estrictamente como un intento de ensayo -porque mi acción es siempre la de intentar, delegando en el otro: el lector, la potestad de decidir si el resultado cumple con mi ambición-, digo, un ensayo en el que se intenta demostrar que “guardar en un cajón” y “cajonear”, no son la misma cosa.


Supongamos que sí, que yo soy o que me ubico como sujeto creador de un objeto (artístico, literario, ensayístico, periodístico y montones de etcéteras). Partiendo de esta premisa, el ejecutor de la acción “guardar en un cajón”, soy yo y, en ese acto, conservo, atesoro y  perduro el bien preciado.

En cambio, quien ejerce el acto de cajonear no es uno sino el otro en relación al objeto de uno, y en ese acto -a priori (porque se hace sin siquiera indagar en el material)- ignora, posterga y condena al olvido algo que probablemente pudo haber sido y no fue.

En la mayoría de los casos, estos sujetos -los que cajonean- supeditan su acción a un sistema que prevalece a los autores sobre sus obras, ignorando que el buen arte supera a sus autores.  Bajo esta tesitura, ignoran obras y enfatizan personajes. Están atrapados en su propio cajón, “cajón feretral”.

En su ponencia sobre Periodismo cultural, Juan Villoro recalca que “los grandes textos de Kapuscinski fueron escritos con total gratuidad, sin pensar en la forma en que circularían.  El New Yorker fue el cajón de su escritorio. Con el tiempo, esos trabajos dieron lugar a sus libros. En algunos casos, reporteó su memoria años después de los sucesos, y no es exagerado considerarlo un reportero de corte proustiano. Hay posibilidades más libres y dichosamente inciertas. Escribir crónicas sin otro jefe de redacción que tu propio interés. No hay que esperar a que un gran medio nos convoque para poder ejercer buen periodismo cultural. Durante años, Kapuscinski depositó los saldos de su libertad en el cajón de su escritorio. Podemos comenzar por eso, el depósito más elemental del periodismo: conseguir un cajón para colocar los textos que algún día saldrán de ahí para mostrar que la realidad existe para que alguien la cuente”

Copiando esta idea, a partir de hoy, este espacio queda rebautizado bajo el nombre “El cajón”. Un cajón que no cajonea, sino que conserva, atesora y perdura este bien preciado por mí, que es mi escritura. Es un cajón sin cerraduras, abierto a todo aquel que guste leer, compartir, copiar y robar (como ya lo han hecho aquellos pobres que encuentran aquí lo que a ellos mismos le ha sido negado).

Todo está a la vista en los cajones rotulados a mi derecha. Intentaré retomar una rutina para seguir llenándolos.

“Me agrada que aquí no me comprenda prácticamente nadie. Los que comprenden acceden a nuestro interior y nos hacen daño con su comprensión”

Robert Walser



Orden del Día / 149

•junio 25, 2011 • Dejar un comentario

 

Luego de mucha insistencia para que se haga público, Silvano Agosti, autor de “D`amore se vive”, filmado en el año `82, decidió subirlo a Youtube. El documental aborda temas como el amor, la ternura y la sensualidad a través de una serie de entrevistas a personas marginadas de la ciudad de Parma.

Pasaron casi veinte años y sigue vigente por su valor sociológico y artístico.

A continuación, el extacto de la entrevista a Franck, un niño de 9 años.

 

 
Seguir

Get every new post delivered to your Inbox.