Orden del Día / 184

•agosto 27, 2014 • Dejar un comentario

Tapa eterna 2

PRÓLOGO

La carrera de relevos tiene su antecedente en la Grecia Antigua. En esos tiempos se trataba de un rito funerario: una antorcha debía pasarse de mano en mano manteniéndola encendida en el transcurso. Este ritual se reprodujo luego en las Olimpíadas -la famosa Llama Olímpica- y casi al mismo tiempo, en la creación de una nueva disciplina deportiva conocida como carrera de relevos o postas. En esta competencia en equipo, cada corredor debe recorrer una distancia determinada con una barra cilíndrica de metal en su mano derecha, llamada testimonio o testigo (evocando a la antigua antorcha) y, al terminar el recorrido, pasársela al siguiente corredor para que éste repita la acción, y así sucesivamente con el resto de los integrantes del equipo. Largada y Llegada son el mismo punto en la pista ovalada de atletismo; es in eternum, siempre se vuelve a empezar.

A merced pretende ser un libro que retome esta idea y para ello debe cumplir determinadas reglas -oulipianas- como toda disciplina deportiva. Cada relato debe recorrer mil palabras y estar atravesado por un billete de cien, de Eva Perón, que pasa sucesivamente de mano en mano, de relato en relato, narrando -siendo testigo, testimoniando- en primera persona, lo que sucede en cada tramo, en cada historia.

Si bien un libro impone un orden de lectura, este texto puede comenzar a leerse por cualquier relato, porque son continuos y, como en el sinfín de una pista de atletismo, siempre se vuelve a empezar, constituyéndose en antecesor y sucesor al mismo tiempo: precuela y secuela, a la vez.

El nombre A merced refiere a que el narrador (el billete de cien) no tiene potestad sobre sus acciones, tan sólo tiene un valor nominal pero distinto valor simbólico o práctico para cada protagonista que lo utiliza, a su merced. Es moneda de cambio. Es usado a necesidad. Va de mano en mano sin importar quién lo tome. Nadie presta atención en él: nadie se detiene; sin embargo es imprescindible en cualquier hombre, mujer, niño, anciano, gordo, flaco, bello, rico, pobre, instruido, ignorante, honesto o ladrón, de cualquiera o ninguna religión. Es billete que habita entre bolsillos, billeteras, colchones, cajeros automáticos. Es omnisciente demiúrgico silencioso, austero y observador. Y nos cuenta estas historias en veinte textos cortos, pero contundentes; de lectura rápida pero no ligeros; plagados de sordidez o humor o dramatismo, o ironía, que transitan todos los géneros… en fin, que se dejan leer a merced.

Una Sherezade moderna que no corre el riesgo de morir si se detiene pero sí de quedar fuera de circulación.

 

APG

Queda archivado bajo el nombre de A merced, en el cajón Ficciones Propias

Orden del Día / 183

•agosto 12, 2014 • Dejar un comentario

僵蚕

 

– ¿Dónde hay un baño?
– Saliendo a tu izquierda, por el pasillo, apenas al toque de la Biblioteca.

Salgo siguiendo las indicaciones de Mark y en ese andar observo los techos altos, las paredes blanquísimas coronadas por molduras ranuradas, esquineros y plafones en escayola. A ambos lados del corredor, un sinfín de puertas de madera de cedro con paños de cristal labrado, con bisceau, prometen universos tras de sí, custodiados por pesadas fallebas de bronce macizo. Y los pisos. Son de roble, con diseño de guarda, y se rinden en crujidos ante cada pisada, y es ese lamento delator el que anuncia mi presencia e incita a Jerôme a alzar su brazo en un ademán, desde dentro de la Biblioteca, invitándome a pasar. Comprimo el músculo esfínter posponiendo la vejiga urgente. Una pulsión placentera que conozco bien.


Alors, Alors, Úrsula. Ven aquí. Ven que deseo mostrarte algo. Bombyx Mori. El secreto mejor guardado.
– ¿Qué es eso? -pregunto algo intrigada ante lo que me señala: una suerte de cápsula amarillenta y aterciopelada, del tamaño de una almendra, que se exhibe tras una vitrina.
– Pronto lo sabrás, estimada Úrsula. Ve en busca de algo para tomar nota que te contaré la historia.

Jerôme está recostado en un chaise longe tapizado en pana con capitoné, sumido en la calma de quien ha estado esperando estoico por un momento así, por años. Sostiene un cigarrito indonesio en una mano y con la otra me invita a tomar asiento en una butaca contigua.

Muchas veces esquivé a La Parca, pero sólo una fue gracias a que intercedió por mí una mujer, salvándome el pellejo -comienza Jerôme sin preludio. Ser Monje Monofisita, seguidor de la Doctrina de Eutiques, durante el Imperio de Justiniano, que hostigaba y perseguía a todo aquél que profesare el monofisismo, era peligro inminente. A sabiendas de que me auguraba un porvenir infausto, tumultuoso, de malestar físico y espiritual, de inanición de sopa chirla de calabozo y disgustos aún mayores que acabarían en mi muerte, pronto entendí que la única salida viable era pactar mi exilio. El salvoconducto consistía en emprender una peligrosa misión secreta con destino, China. La dama que bregó por mí, ofreciendo este singular destierro, eximiéndome del cadalso, fue ni más ni menos que Teodora, consorte de Justiniano. Al fin y al cabo, ella era tan monofisita como lo era yo. La mujer poseía en su quantum de seducción un sinfín de ardides diferentes que despilfarraba hábilmente cuando deseaba conseguir algo a cambio. Y en esta oportunidad, su deseo era doble: deseaba descubrir el secreto de la seda china, al tiempo que pretendía salvar mi vida. Su astucia se dejó ver durante la cena, con una selección de sus más llanos recursos: una generosa sonrisa de hoyuelo en las mejillas, una mirada furtiva, el acompasado batir de sus inmensas pestañas, el último botón del opulento escote desprendido. Luego, en los aposentos, bastó con un poco del más embriagador de los sándalos del cercano y lejano Oriente, y ya no necesitó seguir: cogió a Justiniano con las defensas bajas, por el cansancio y la preocupación, y en menos de lo que canta un gallo, su esposo, el Emperador, estaba rendido ante sus encantos -que también yo hube gozado pero que no es tiempo de explayar.

En el devaneo amoroso, con su escueta verga complacida entre babas de lengua y de las otras, y sus facultades de raciocinio disminuidas, Justiniano firmó, a pulso de pluma, “mi libertad”, al tiempo que se le escuchaba balbucear: Tú no eres un enemigo importante. Ni siquiera eres un enemigo sin importancia.

A la mañana siguiente partía yo, de lance y jaleo, rumbo a China, devenido en espía, en misión secreta, en busca de los misterios de la seda que permitiría al Imperio producirla por sí mismo y dejar de depender del caprichoso abastecimiento de Oriente. Luego de meses de travesía, de una estancia corta pero rica en Bhutan, el último shangri˗la -que en otra oportunidad te contaré, mi estimada Úrsula-, de padecer las secuelas del soroche y algunas otras afecciones itinerantes, pisé tierra oriental donde el gran enigma pronto comenzó a ceder. Poco tardé en enterarme de que hubo una vez, una antigua Emperatriz de nombre Xi Ling-Shi que bebía la ceremonia del té, bajo una morera de los jardines del Palacio Real, cuando acudió a su taza un capullo de gusano de seda desprendido de una rama. Al intentar quitarlo, éste se deshilachó en hebras y ella, que se había convertido en tejedora de excelencia gracias a los periodos de ocio que el reinado le propinaba, tomó un extremo del hilado y comenzó a tejer. Hete aquí el gran misterio. Mi misión estaba casi cumplida; sólo restaba procurar una cantidad de capullos de gusano de seda para emprender con ellos, el regreso. Ése que tienes frente a ti en la vitrina -mi estimada Úrsula- es el primer capullo introducido por este servidor, a mediados del siglo VI, en Occidente. Un capullo de Bombyx Mori, su denominación en chino: 僵蚕

- Alors, mi estimada Úrsula, ve por otro cigarro.


APG

Queda archivado bajo el nombre de 僵蚕, en el cajón Ficciones Propias

Orden del Día / 182

•mayo 10, 2014 • 3 comentarios

MONSTRUOS ILUSTRADOS

El hombre aguarda su turno para ser atendido con el brazo estirado por fuera de la ventanilla haciendo sonar las llaves. Está detenido frente al surtidor de Nafta Súper dispuesto a cargar quince litros, esperando a que se libere el playero que sostiene la manguera de Gasoil dentro del tanque de un camioncito viejo, a la par suya. Su hija preadolescente está sentada en el asiento del acompañante. Ya no puede escuchar a Los Beatles: el encendido del vehículo está fuera de contacto. Decide ir al baño, mas por ocupar el tiempo ocioso que por verdadera necesidad. Es un fetiche para la pequeña ir a baños distintos de los de su casa, en donde los jabones son ovalados de color violeta, o salen líquidos de un dispenser; en donde se puede jugar libremente con el aire caliente a presión para secarse las manos o con los grifos y descargas automáticas de inodoros que funcionan con sensor óptico sin que nadie los accione y que para ella son festín mágico. Su papá le señala en dónde se va a estacionar para reencontrarse luego. Se refiere a las franjas blancas estampadas a 45° sobre el betún, junto al acceso al local, bajo el cartel de Full.

El sujeto que está adelante -el del camioncito- discute ahora con el playero por el cambio. Éste le pide si no tiene más chico y él -que sí tiene- se lo niega porque -sabe- lo necesitará para su trabajo: últimamente, todos traen plata grande. El altercado lo resuelve el hombre del auto ofreciéndole dos de cincuenta; no por gentil, sino para que llegue su turno de una buena vez. Mientras tanto la pequeña entra al baño, directo a hacer pis, lo que impide que se percate de la persona que entra tras ella. La ve recién, al salir: está de espaldas, frente al espejo, mirándola con expresión procaz. Agita enérgicamente su miembro sobre el lavabo y pareciera como que el hecho de mirar la cara pavorosa de la niña lo excitara aún más. Todo se sucede en un segundo: él, con voz que ella entiende bien como libidinosa amenaza, le dice: “si gritás, no salís virgen”. Ella retrocede y echa el cerrojo al cubículo sorteando el temblor de su mano; se trepa al inodoro, como si quitar los pies del suelo para que no estén a la vista del hombre, fuese una forma de desaparecer completamente. Se queda inmóvil. Ni grita, ni llora. Casi que evita respirar, como si negarle algún sonido suyo, al degenerado, fuese una forma de desaparecer completamente. Pero no desaparece: lo escucha jadear y luego un “ahh” prolongado, alevoso, y el correr del agua, y el ronronear del aire caliente con el que ella pretendía jugar, y el ruido de la puerta, y el silencio. La pequeña se baja del inodoro, se asoma por debajo para cerciorarse de que el golpe de la puerta se corresponda con la ausencia del sujeto. Efectivamente. Recién ahí sale, al reencuentro con su papá. Él está estacionado en donde le dijo que iba a estar. Levanta la vista del libro abierto sobre el volante.

- ¿Todo bien? –pregunta con intuición de padre al verle el rostro, a través de la ventanilla baja.

- Jm –contesta la pequeña, dando a entender un “sí” ficticio; como si hubiese tomado la determinación -en el lapso que se demoró en ir desde el baño hacia el auto-, de callar para siempre un episodio que probablemente a ella le dejará una marca indeleble pero que a él, se la podría evitar.

Su papá no le quita los ojos de encima mientras pasa por delante del auto, y cuando ingresa, le da un beso en la frente para tomarle la temperatura, en un gesto mas propio de intuición maternal, pero que él asimiló como doble rol, a raíz de su separación. Está helada. Helada y falsamente inmaculada.

- ¿Seguro te sentís bien? Estás pálida, te volviste blanca de golpe.

- Me duele un poco la panza -miente ella-, tengo ganas de vomitar -y esto no sólo es cierto, sino que a él le resulta convincente.

- ¿Será que te cayó mal la comida? –dice ahora mientras sale para dar la vuelta hasta su lado.

La ayuda a bajar, porque parece como si a la pequeña se le hubiese extraviado el sostén que la mantenía en pie. Seguido, gesticula una arcada -el simulacro- que le da tiempo a él para hacerse a un costado asistiéndola mientras vomita.

- Nos vamos a la guardia –sentencia mientras la ayuda a subir, la acuesta en el asiento trasero y la cubre con su campera.

Clínicamente está bien. No hay ninguna anomalía aparente ni en la muestra de sangre, ni en su temperatura, ni en su pulso, ni en su presión. La médica de guardia le pregunta sobre qué comió en las últimas 24 horas, y -mientras aparta al padre a un lado- indaga si la pequeña ya tuvo su primera menstruación. No, aún no. Le receta Reliverán inyectable para detener los vómitos; que beba mucho líquido y coma liviano, sólo si lo tolera. Hay que estar atento. Si llegara a tener colitis o levantase temperatura, que la volviera a traer –le indica, por último.

Aún sin ser su hora habitual de acostarse, la pequeña ya está en la cama, acurrucada en ovillo fetal, sin siquiera haber probado bocado. Su papá es canchero en cómo resolver cuestiones prácticas, y también sabe con quién compartir su angustia de padre. Desde su cuarto, la pequeña lo oye hablar con Ágatha, una “amiga”, psicóloga infantil, a quien ella supo visitar durante la separación de sus papás. Pero la pequeña creció de golpe y ahora sabe que cuando un dolor íntimo se esconde en lugar de ser exhibido como insignia de la propia potencia, es que el temor a su uso estigmático, prevalece. Si la exhibición supone una presunta debilidad que quiere legitimar su fuerza, la niña prefiere callar mostrando una fuerza supuesta, que no acepta su debilidad.

Enciende el velador. Toma su Diario; garabatea un dibujo al estilo Milo Locket, pero atroz, como si de ese modo expiara una culpa inexplicable, y cierra el candado a los monstruos.

- ¿Estás despierta?

La niña, en silencio, apaga la luz. Él -el ser que ella más quiere en el mundo- no debe darse cuenta -por nada del mundo-, que su “pequeña valiente” está esforzándose por no llorar.

APG

Queda archivado bajo el nombre de MONSTRUOS ILUSTRADOS, en el cajón Ficciones Propias

Orden del Día / 181

•mayo 4, 2014 • 1 Comentario

J U S T I N A

Justina era millonaria sin querer. A los trece años había recibido un adelanto de herencia que estuvo bajo custodia hasta una mañana en que la citaron a una escribanía para que un buffet de letrados le comunicara -en ese mismo momento en que cumplía la mayoría de edad- que era titular de una cuenta abultada en el exterior, que tenía participación minoritaria en un Holding de Empresas, y también terrenos y propiedades en la Argentina y en el extranjero, según constaba minuciosamente en el escrito que un hombre adusto leía en voz sobria de monotonía, y que expresaba -según le dijo- la voluntad de su finado padre. Su madre no la había podido acompañar a tal evento: tenía una sesión de introspección y Reiki, impostergable. Sus cuatro hermanos que la duplicaban en edad tampoco fueron de la partida; sólo se ofreció para acompañarla el hijo mayor de uno de ellos, que vendría a ser su sobrino aunque le llevase un par de años y que, además, era abogado recién recibido y su compinche desde que eran niños. En esa sala vetusta en la que estaban, Justina sólo atinó a escuchar al letrado, como quien escucha a un orador aburrido, sin hacer el más mínimo esfuerzo en disimular su manifiesto desinterés. Luego firmó en donde debía firmar y todo terminó en un mero trámite.
Justina era el último resabio de un matrimonio mayor, tradicional y acabado hacía tiempo. Se rumoreaba que ella podría ser el resultado de alguna de las revolcadas que su madre solía tener con ciertos Taxi Boys que la frecuentaban, pero lo cierto es que llevaba el mismo apellido que sus hermanos, tal vez porque su padre habría preferido arrogarse la paternidad antes que asumir la deshonra y el escarnio ante sus pares de clase. Como fuere, ella tenía tantos nombres y apellidos que en su partida de nacimiento hubo que comprimir la caligrafía para que cupiesen todos. Creía, incluso, que había heredado algún título nobiliario sobre el que ella prefería no indagar para que la llamasen simplemente Justina, pronunciado con “ye”, y no Baronesa, como a su madre, o Vizconde, como solían ostentar sus hermanos. Casi no tenía trato con su madre, ahora que tenía veintitrés, ni tampoco recordaba que hubiese sido fluido, de pequeña. Justina era una corporización de la libertad y la individualidad. Era el resultado genético flagrante de sus padres. Pero ambos, a la vez, representaban todo lo que ella había decidido rechazar en la vida: el linaje. De su padre, era poco lo que recordaba; se trataba, más bien, de una transferencia de la memoria ajena. Que a los cincuenta y cinco, cuando ella tenía apenas tres, se había mudado a un pent house de la 5thAv, sobre el Central Park, junto a un diseñador top que conoció cuando éste vestía a su (ex)mujer. Que a los pocos años de esa convivencia ya había contraído el SIDA y que fue por eso que decidió anticipar su herencia tal vez para expiar la culpa de que siempre él prometía todo aquello que era capaz de incumplir. Como el día -recuerda Justina- que tuvo el mal gusto, no sólo de estar ausente para su treceavo cumpleaños, sino que también tuvo el tupé de morirse justo ese mismo día. En cuanto a su madre, Justina siempre la vio como una mujer bohemia, distinguida, elástica y vieja. Andaba siempre vestida con un Sari: un largo lienzo de seda ligero que se enrollaba alrededor de su estilizada figura, que era el atuendo tradicional de las mujeres en la India. Se paseaba descalza dejando al descubierto sus pies de porcelana bajo un hálito de sahumerios. Bebía absenta, bailaba melodías de Oriente, meditaba hacia el Este, no comía carne, fumaba narguile, y llevaba el pelo azabache liso larguísimo y suelto a excepción de la cena anual de beneficencia o en ciertos coctels en las embajadas o en las vernissages, para los que solía peinarse con un recogido tipo chignon. Pasaba más tiempo de viaje por Montecarlo, Nueva Delhi, Tánger o Estambul, que con ella -su propia hija- en su casa en el Palacio Estrugamou. Tenía un grueso álbum de fotos posando junto a Príncipes y Reyes Europeos, y no había día en que no le dijera que la amaba. Pero para Justina, se trataba de una mera formalidad, que a ella misma la hacía dudar de si sentía o no, amor por su madre. Como fuese, Justina era fuerte y estaba haciendo su propio camino. Ya había recibido la educación de rigor y, por su cuenta, había terminado sus estudios de cine aquí y allá. También había dado sus primeros pasos “participando” en el rodaje de una película, y además escribía una columna mensual en una revista deportiva que la dirigía su ex entrenador de los tiempos en los que jugaba hockey. Elegir un buen calzado, Tu 1er maratón. Los temas que le proponía el editor eran un bodrio, pero a Justina le servían para adquirir oficio -escribir en mil caracteres-, aunque la mayoría de las veces le rechazasen el material. Esta vez, fue ella quien propuso: Los atletas y el sexo, por puro despecho hacia un rugbier con el que había noviado en otra época. Decía así:


Los atletas tienen sexo como si fuese una performance deportiva más. Son activos, enérgicos, reincidentes y duraderos y, en la mayoría de los casos, lo único que se consigue, luego de su entrenamiento, es acabar paspada, aburrida y sin llegar al clímax. Ellos se van triunfantes creyéndose ser buenos amantes. Desconocen por completo la ecuación cantidad/calidad. Solo saben de glorias deportivas y poco de Fair Play. Preguntan si acabaste, más preocupados por constatar su virilidad que por un genuino interés en el otro; entonces, en un gesto solidario, es usual mentir para no romper su ilusión del gran macho. Cuando por fin quedás sola -luego de pararte en puntas de pie para despedir a tu hombre, ese David de Miguel Ángel que, previa elongación, se fue- te servís un whisky para olvidar el brindis anterior que hicieron juntos con Gatorade y pensás si no será hora de experimentar con otro tipo de amante: uno más imperfecto, más falible, más insano, más humano; que se oponga al estereotipo de deportista de elite; por ejemplo, un cineasta: un Director.


Hoy, primero de mes, sale un nuevo número de la revista. Justina baja ansiosa al Puesto de diarios. Paga con cien. Lee deslizando su dedo sobre el Sumario. No hay caso: otra vez, su nota no figura en el Índice.

APG

Queda archivado bajo el nombre de Justina, en el cajón Ficciones Propias

Orden del Día / 180

•abril 26, 2014 • 2 comentarios

 

UN DÍA COMO HOY

 

piernas cruzadas 2 

Un día como hoy -26 de abril- pero hace muchisimísimos años atrás, mientras por la mañana Franz Kafka publicaba El Proceso; mientras muchos años después, del mismo día pero por la tarde, la Legión Cóndor de la Aviación Nazi bombardeaba la ciudad de Guernica en colaboración con el Régimen Franquista; mientras pocos años después de ese mismo 26 de abril ocurría una catástrofe atómica provocada por la Central nuclear próxima a Chernobil; digo, mientras todo eso se sucedía, también, en un 26 de abril, una mujer pujaba -sujeto y verbo, al fin- a destajo, para darme a luz.
Pavada de día.
Mientras tanto aquí, en Buenos Aires, una nueva hora comienza.
¡Shalú!

cumpleaños

APG

Orden del Día / 179

•abril 10, 2014 • Dejar un comentario

 

EL LEÑADOR JOROBADO

 

jorobado 

Cuentan que una vez, luego de escalar durante once días y doce noches la colina más empinada de la Comarca, llamó a las puertas del Palacio del Rey Barguenón, un leñador que traía consigo un fabuloso obsequio para Su Majestad. El Rey no era afecto a recibir regalos, y mucho menos si provenían de un pobre hombre oriundo de la Aldea, que se presentaba de a pie, en estado deplorable a causa de tan larga travesía por senderos, peñascos y ríos. Llevaba su ropa indecorosamente sucia y desvencijada. Sobre la espalda traía una pesada hacha que curvaba su postura y que, aún librándose del bulto, no conseguía enderezar. De los pies descalzos y agrietados le brotaban callosidades oscuras y rastros de heridas a medio cicatrizar, y como si esto no bastase, aparentaba estar famélico y deshidratado. Al contrario de su penosa apariencia, el obsequio que este hombre ofrendaba a Su Majestad, resplandecía en sus manos. Dijo -el leñador jorobado- ante el emisario del Rey, que con ese hacha de cuchilla de oro y empuñadura con incrustaciones de ébano y marfil, él era capaz de conseguir lo que hasta ese momento, nadie había conseguido. Resulta ser que frente a la ventana de los aposentos del Soberano había un árbol de dimensiones descomunales que crecía veloz cada día y que impedía que dentro de la habitación se filtrara la gracia del sol y además -y esto era lo que verdaderamente perturbaba a Su Majestad- le obstaculizaba la vista a la pradera que se extendía lisa hasta las rocas, y más allá, lamía la ferocidad del Mar. Se había hecho correr la voz, en el pueblo, de que el Rey estaba volviéndose, poco a poco, un poco loco. Se rumoreaba, además, que por las noches se le escuchaba cantar con voz penosa, como un lamento:

A la mar fui por naranjas, cosa que la mar no tiene.
Me dejaron mojadito las olas que van y vienen.
¡Ay mi dulce amor!, ese mar que ves tan bello.
¡Ay mi dulce amor!, ese mar que ves tan bello es un traidor

Ya habían probado suerte, infinidad de aldeanos intentando infructuosamente talar aquel árbol para complacer al Rey y obtener a cambio una recompensa que consistía en un corcel semental, dos vacas lecheras y cinco gallinas ponedoras. Ante cada fracaso, el Concejo Íntimo y Privado de cuarenta y dos letrados de la Corte, se reunía para deliberar sobre el asunto en cuestión, delegando en el anciano más sabio de todos, la lectura del dictamen de la sentencia que siempre consistía en arrojar al inútil al pozo, a merced de la voracidad de los leones. Aún así, no desistían en el intento y seguían llegando al Palacio incesantemente nuevos postulantes para tan desafiante faena. Mientras, en la Aldea, la partida de cada hombre se traducía en una nueva viuda y en muchos más críos huérfanos de padre.


El leñador jorobado ni siquiera tuvo una oportunidad. Su aspecto era indigno para el desafío -le dijo el emisario de la Corte. Ante tanta súplica arrodillada a sus pies, el edecán no tuvo mejor idea que ordenarle que regresase por donde había venido, hasta el punto en el que el río tuerce en cascada, y procurase un aseo tanto para él como para su ropaje. Sólo así, podría estar a la altura de demostrar que era capaz de cometer la hazaña que insinuaba con tanta vehemencia. El aldeano agradeció por tan noble gesto en una reverencia, besando su mano, y partió cuesta abajo por la curva del sendero. Se demoró tres días y cuatro noches en llegar a destino, y algunas horas en mejorar su aspecto. Se abasteció de frutos a la vera del río y, sin siquiera descansar, emprendió el ascenso, otra vez, hacia el Palacio.
A mitad de camino, el deterioro había vuelto a su semblante y a sus ropas; se arrastraba con dificultad cargando el peso en sus espaldas y se le ocurrió pensar que al llegar a la cima tendría que volver a bajar para recuperar nuevamente su aspecto. Subir y bajar. Bajar y subir. In eternum. 

Como Sísifo -escuchó que alguien murmuraba.

Volteó para ver de dónde provenía esa voz, pero nadie había allí más que su soledad y una madeja de árboles rodeándolo.

Sueña el Rey que es Rey,
y vive con este engaño,
disponiendo y gobernando…
Sueña el rico en su riqueza,
que más cuidados le ofrece,
sueña el pobre que padece
su miseria y su pobreza;
sueña el que a medrar empieza,
sueña el que afana y pretende,
sueña el que agravia y ofende,
Y en el mundo en conclusión,
todos sueñan lo que son,
aunque ninguno lo entiende…

Esta vez, el verso más extenso, le dio tiempo al leñador para descubrir de dónde provenía la voz recitante. Sentado tras un árbol había un hombre de calvicie brillosa y pelo blanco a ambos lados. Una banda vertical y prolija de barba canosa partía al medio su mentón. Decía llamarse Calderón y compartía con él la dicha de haber sido expulsado del Palacio dejando a los leones salivando hambrientos por sendas carnes…


APG

Queda archivado bajo el nombre de El leñador jorobado, en el cajón Ficciones Propias

Orden del Día / 178

•marzo 18, 2014 • Dejar un comentario

SEMÁNTICA DE UN BILLETE

El Oficial Ochoa tiene cuatro hijos y está a punto de jubilarse, tras veinticinco años de servicio en la Policía Federal portando un historial intachable, sin antecedentes de ningún tipo; conducta heredada de su padre gracias a quién, hoy forma parte de la Fuerza y, por sobre todas las cosas, es peronista de ley, de los de antes, endogámico; peronista por vocación desde aquel día que escuchó por primera vez de su propia boca, la anécdota de la peregrinación eterna hacia la Plaza, aquella jornada histórica de las patas en la fuente, un 17 de Octubre del `45; que motivó, a Ochoa padre, a abandonar su puesto en la garita de control vial, en el cruce de las avenidas Córdoba y Alem; que dirigió hasta el `58, año en que se instaló, en esa intersección, el primer semáforo porteño, que lo forzó a enmarcar su silbato en un recuerdo que el Oficial Ochoa hijo conserva colgado en una pared. Justamente -la anécdota de su padre seguía así-, cuando desde esa posición privilegiada divisó a la columna multitudinaria que venía marchando desde el sur, por Alem, bajó con entusiasmo para sumarse a los miles de descamisados que reclamaban, camino a la Plaza, por la liberación de Perón. Pero el afán peronista del Oficial Ochoa hijo, no tiene origen sólo en la rama paterna, no; también tuvo incidencia su madre que lo hacía dormir, noche a noche, pedal a pedal, al ritmo de la máquina de coser que le había regalado Evita, con la que remendaba sus calzoncillos pero también, cosía para afuera; que algunos vecinos, que también habían recibido una, vendieron al precio de dos damajuanas verdes de cinco litros, pero que otros tantos, como ella, dignificaron. Probablemente en esos tiempos se haya instalado el “Sino estás con nosotros, estás en contra de nosotros”: el gorilaje como categoría ideológica; en uno u otro bando, lo mismo da. Con la raíz peronista incrustada en la piel, es plausible de entender el porqué el Oficial Ochoa queda petrificado cuando me ve sobre la vereda, entre una sucesión de billetes de cien. No puede resistirse a mí, o más bien, a la imagen de Eva que traigo impresa en mí: el retrato de María Eva Duarte de Perón de perfil izquierdo, adornado con una orla de flores. En el centro superior puede leerse, aunque dudo que Ochoa preste atención a esto: “BANCO CENTRAL DE LA REPUBLICA ARGENTINA – MARIA EVA DUARTE DE PERON 07 05 1919 – 26 07 1952”, y por debajo de estas fechas la frase: “Como mujer siento en el alma la cálida ternura del pueblo de donde vine y a quien me debo” –ahora sí, Ochoa lee moviendo los labios. Está embelesado: nunca se sintió tan cerca. Aún, los billetes no pasamos por el conteo de los peritos policiales; están entretenidos rotulando las armas incautadas en el asalto al Súper Chino. Ochoa toma ventaja de la situación. Mira hacia un lado, mira hacia el otro, pergeña, no puede evitarlo, se deja llevar…, y en cuanto ve la oportunidad, se lanza sobre mí y me guarda en su bolsillo trasero. Es algo habitual en los decomisos, relevar una cantidad y declarar otra inferior. Sucede a menudo, es sabido, aunque Ochoa, en sus veinticinco años de servicio, jamás haya transgredido la Ley… Hasta hoy. Es su primera vez. Si Evita viviera…

billete

Al llegar a su casa en Lavallol, luego de que el patrullero de la 4ta lo alcanzase hasta la esquina como todos los días tras cumplir sus horas de servicio exceptuando las tardes que además hace un adicional en la cancha del Club Atlético Lavallol cuando hay partido, me coloca junto al altar de la Virgencita Claudia, Patrona de los Esteros del Iberá, que está sobre un modular, ni bien se entra al desván. Lo veo persignarse y agradecer el estar vivo. Lo observo arrodillarse en un rezo ante la Santa Patrona y ante Santa Evita, o sea, ante mí. Al segundo día, ya estoy pinchado como una estampita a un lado de la Claudia. Permanezco ahí, quietito, mientras transcurren los días, como cinco como una semana como diez noches, viendo pasar las rutinas familiares de esta gente, mientras se acumulan junto a mí las cuentas por vencer, como si implorasen a la Virgencita o a la Santa Patrona de los humildes para que sea alguna de las dos quien finalmente pague la luz, el gas, los impuestos.
La mayor de las hijas se levanta tempranísimo para ir a la facultad. El que le sigue prepara el ingreso para la escuela de Cadetes, siguiendo la tradición familiar, y los dos más pequeños (uno propio y otro, mejor no aclarar si fue un desliz de la costurerita que dio el mal paso), están escolarizados. En esta familia tipo del conurbano el salario es magro y la dignidad plena. Cuando uno de esos días, el veintitrés, se establece como límite de plazo para el segundo vencimiento de la factura del servicio de cable comunal que contrataron cuando supieron que para acceder a la TDA (televisión digital abierta) su barrio estaba fuera del área de cobertura, la hija mayor, en un acuerdo con su madre, a sabiendas de que soy necesario para completar el importe a pagar, me toma y me acomoda dentro de la boleta doblada, junto al resto de billetes. La tramoya la propuso la hija, que bajo ninguna circunstancia estaba dispuesta a perderse otra vez los capítulos de Avenida Brasil, como el último mes en que les cortaron el servicio de cable por falta de pago. La madre estuvo de acuerdo; tampoco quería perderse la novela. El complot consistía en reemplazarme por una fotocopia color que la hija haría en la librería de la otra cuadra, a pesar de que el Chavón de la fotocopiadora, que la conocía desde el colegio, le advirtiera que era un delito fotocopiar billetes, y que ella se defendiera argumentando que se trataba de un trabajo práctico para la facultad. El Oficial Ochoa jamás advirtió el cambio. Para él, nunca fui un billete. Era puro simbolismo: yo encarné siempre a Eva Perón, Jefa espiritual de la Nación, que un 26 de julio de 1952, siendo las 20:25, entró en la inmortalidad.

APG

Queda archivado bajo el nombre de Semántica de un billete, en el cajón Ficciones Propias

 
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