Censo 2010: Capacitarse para censar

 

 
― Ese piercing te lo vas a tener que quitar. Podría tocarte una mujer mayor y la asustarías. Tienen que tratar de entrar en confianza -con una distancia prudente- para conseguir que les respondan.
 
 Es miércoles, el miércoles previo al censo. Estoy en un aula-biblioteca, en el segundo piso de una escuela primaria de Barrio Norte, sentada en una silla demasiado baja para extender las piernas. La que habla, la que advierte al joven rockero, es la capacitadora. Yo creo que a él le importa un bledo lo que ella le diga; probablemente esté aquí para firmar el cuaderno de asistencia a la charla de cuatro horas, condición sine quanón para cobrar, dentro de sesenta días, doscientos cincuenta pesos por su labor de censista el próximo 27 de octubre. Otro, sentado a mi izquierda con sus piernas aún más incómodas que las mías y que parece un poco mayor que el joven rockero, tiene sus dos brazos enteramente tatuados pero ella -la capacitadora- no lo advierte. Trabaja en el área de mantenimiento del campo de deportes de la Ciudad Universitaria, dice que está allí gracias a un alumno del C.B.C. y me pregunta si yo soy la que corre por esa zona todas las mañanas porque él me ve pasar desde su tractor. La capacitadora nos reprende: que no hablemos entre nosotros, que le duele la garganta, que no le da la voz, que pretende que la charla sea corta, que va a ser concisa y que no se va a ir por las ramas. No lo consigue. Además de introducirnos en el tema censal (los materiales, las planillas, los cuestionarios, las preguntas, algunos tips, etc), nos enteramos que es arquitecta; que vive en un edificio antiguo de 1940 con techos altos, en algunos tramos con entrepiso y en otros con bovedilla a la vista; que el sifón es la curva que tienen los inodoros en la descarga para impedir que afloren los olores; que a partir de la Ley 13.512 de Propiedad Horizontal, del año 1948, el dueño de un departamento es a la vez propietario de un porcentual del terreno; que un sin techo debe ser censado con domicilio en donde está ubicado -entonces yo imagino que si en el transcurso del día del censo el indigente se traslada (hecho bastante probable por su condición de nómade), podría ser censado varias veces y pasaría a la categoría de homeless con dos, tres o más domicilios-. Me voy por las ramas, al igual que ella. Le calculo unos cincuenta años, medianamente alta, algo encorvada, acaso desalineada, cabello largo negro apagado entrecano, ondulado y bohemio. No es buena para explicar: carece de orden, no tiene un plan, es dispersa, se va por las ramas. Para descansar su garganta, hace leer a los asistentes fragmentos del manual del censista en voz alta. Esto empeora la comprensión: los malos lectores, para los que no existen las puntuaciones, la gramática, y la cadencia, distorsionan siempre la significancia del texto. El manual, por sí solo, es didáctico y suficiente; bastaría con leer sus casi noventa páginas pero nadie puede garantizar que eso se lleve a cabo, entonces han instaurado la charla de cuatro horas de asistencia obligatoria que no es otra cosa que el contenido del manual del censista. Nos lo entregaron -a los asistentes- dentro de un sobre papel madera (Sobre de instrucción de censistas de viviendas particulares) que tiene escrito en su carátula todo el contenido:
 
 Además de lo enumerado tengo en mi poder, el Certificado de compromiso (original para el jefe de radio y duplicado para mí), en el que se enumeran todas las obligaciones del censista, además de un fragmento de la Ley 17.622 que determina la confidencialidad de datos estadísticos por lo que no podemos divulgar la información obtenida de los censados, y la compensación de gastos a liquidar sólo al censista que cumplimente las tareas de capacitación, trabajo de campo y entrega de materiales completados.
 
Nada especifica sobre el qué hacer en los 15 minutos de break que nos da la capacitadora al promediar la charla, entonces, mientras los asistentes salen al pasillo a tomar café, medialunas o porciones de budín que ofrecen a la venta un par de madres o preceptoras o mujeres de la cooperadora, yo aprovecho para subirme a una silla y comenzar a leer los lomos de los libros viejos dispuestos, de la A a la Z, en los estantes de este aula-biblioteca: Alligheri, Arlt, Bocaccio, Cortázar, Cervantes, De la Serna, Quevedo, Vargas Llosa… El fin del recreo me sorprende con un ejemplar abierto; la llegada de los tomadores de café me apura a cerrarlo y la capacitadora, ansiosa por retomar, me obliga a volverlo a su lugar.
 
Que sólo preguntemos, que no induzcamos las respuestas, que debe responder el censado, que si nos toca un travesti que dice llamarse Sheila, debemos tomar nota y marcar la X en donde dice mujer; que siempre debe contestar el censado…, “a menos -dice la capacitadora- que tengan la mala suerte de que les toque censar a Karina Jelinek y les diga: Lo dejo a tu criterio
 
“Dios quiera”, dice el joven de brazos tatuados sentado a mi izquierda.
APG©

 

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