Apoteosis del vínculo, de Alejandro Cuevas

 

“No es el infierno, es la calle”.
Federico García Lorca.
(Verso extraído de Poeta en Nueva York).

 

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Carlos, hijo, ¿estás en casa? ¿Por qué no quieres ponerte al teléfono? ¿Te has enfadado conmigo por alguno de mis comentarios? No deberías tomártelo todo tan a la tremenda, porque al fin y al cabo soy tu madre y nos podemos decir las cosas con total sinceridad, sin hipocresías ni rodeos.
Quizás has pensado que, con mis consejos, estaba tratando de desanimarte. Mi intención es justo la contraria: protegerte, iluminarte el camino para que tomes el rumbo más adecuado. Tarde o temprano te darás cuenta de que esa idea tuya de estudiar cine en Nueva York es una solemne idiotez y volverás arrepentido, con las orejas gachas. Y yo te perdonaré, claro, como te he perdonado siempre que te has dado de bruces contra la realidad.
Con lo bien que estabas en la zapatería… Probablemente el señor Alfredo te iba a nombrar encargado antes del próximo verano y ya no habrías tenido que soportar el olor a calcetines sudados de la gente. No están los tiempos para andar tirando los trabajos así como así… Y ahora vas y te gastas todos tus ahorros en ese disparate de querer estudiar cine y vivir en Nueva York, que seguro que es una ciudad carísima y a ti, como verán que eres extranjero, te engañarán y te timarán en todas las tiendas y te sisarán en las vueltas y te venderán productos caducados. Allí no hay inspectores de Sanidad ni se estila lo del carnet de manipulador de alimentos. Aquello es una selva, un caos, Sodoma y Gomorra. He leído que los cafés que sirven en Nueva York contienen cucarachas molidas. En fin, hijo. Qué pena.
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Carlos, hijo. ¿Dónde te metes? Piénsatelo bien, que en los Estados Unidos se come fatal y todos acaban gordos o acribillados en un tiroteo o en la silla eléctrica por culpa de un error judicial. Allí los jueces se equivocan a menudo porque todo el mundo se infla a pastillas. Las toman como si fueran gominolas: pastillas para la depresión, pastillas para estimularse, pastillas para relajarse, pastillas para contrarrestar el efecto de otras pastillas… Total, que terminan medio pirados, con el sistema nervioso hecho una montaña rusa y luego, claro, tienen altibajos tremendos y reacciones imprevisibles y los jueces lo mismo dejan en libertad a un psicópata que condenan a veinte años a un pobre diablo por multas de tráfico.
Te estoy haciendo diez kilos de croquetas. Para que puedas llevarlas con comodidad, te he preparado también una maleta forrada por dentro de papel de aluminio, que es como una gran fiambrera. Antes de que en la aduana se piensen cosas raras, tú explícaselo todo bien (diles que es un plato típico de España), que allí no tienen ni idea de gastronomía porque sólo comen hamburguesas grasientas y por eso hay tanto infarto y tanta agresividad y tanto loco.
Cuando vayas a los supermercados y entre un atracador (algo bastante habitual, como aquí la tuna en los banquetes nupciales), tú escóndete hasta que pase todo. No te hagas el héroe. Para solucionar los problemas ya está la policía o los otros americanos, que son los que conocen las costumbres locales. Déjales que se líen a balazos entre ellos y no asomes la cabeza hasta que acabe todo el follón. Ellos ya están acostumbrados a los tiroteos porque es algo que forma parte de su folclore y van todos armados, incluso los niños pequeños, y los bancos, en vez de albornoces o sartenes, te regalan chalecos antibalas.
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Pero, Carlos, hijo. ¿Dónde estás? Seguro que has salido otra vez con esa Susana, que siempre te acaba enredando y metiéndote en líos. Ya te he dicho que esa chica no te conviene, que tiene una pinta de lagarta y de alcohólica que se la ve venir. Ésa lo que busca es un pardillo como tú para que la mantenga y que te deslomes trabajando en la zapatería, cuando regreses arrastrándote de Nueva York, mientras ella, entre cogorza y cogorza, se va a la cama con el tío que viene a leer los contadores del gas.
Si no querías seguir en la zapatería, podías haber sido cartero, como tu difunto padre, con lo cómodo que es eso porque ahora la gente ya ni se escribe cartas ni se envía paquetes y a los buzones sólo llegan facturas y los recibos de la hipoteca. Si algún día no realizas el reparto, casi hasta les haces un favor.
Pero, ahora que lo pienso, ¿tú no tenías miedo a volar? ¡Si de pequeño no te subías a los toboganes porque te daban vértigo! Acabo de ver un documental en televisión donde explicaban que muchos pilotos, con el runrún de los motores y el calorcillo de la cabina, se quedan adormecidos al volante y, cuando quieren reaccionar, ya se han empotrado contra una montaña, esparciendo cadáveres por todas partes en las posturas más inverosímiles y más ridículas.
Las catástrofes aéreas están a la orden del día, pero no siempre salen en los telediarios porque entonces nadie cogería un avión y eso sería una ruina y un cataclismo económico mundial y volveríamos a la Edad de Piedra o al canibalismo o vete tú a saber. No nos enteramos ni de un dos por ciento de las cosas terribles que pasan en el planeta. Sólo yo, que soy tu madre, te cuento las verdades de la vida sin colorantes ni adornos ni tapujos (y encima te enojas conmigo).
¿Y qué me dices de los secuestradores? Ahora se ha puesto de moda secuestrar aviones para protestar por cualquier causa: los osos pandas o la contaminación o el arbitraje lamentable de un árbitro en un partido de fútbol; pero a veces las negociaciones se tuercen y aquello termina en una masacre. Publicarán tu foto en los periódicos, junto a la del resto de las víctimas, con lo poco agraciado que tú eres y la cara de pan que te sacan siempre.
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¿Por qué no coges el teléfono? ¿Es que ni siquiera has dormido en casa? ¡No habrás pasado la noche con Susana! Vas de mal en peor y a mí me estás matando a disgustos. Todos los hombres sois igual de tontos: un par de tetas y una melenita rubia de bote y ya perdéis el criterio y la perspectiva. Es obvio que ésa lo que quiere es cazarte con viles artimañas.
Un día te dirá que está embarazada y tú, que eres un tolón, pensarás que el niño es tuyo. Pero fíjate lo que te digo: prefiero verte casado con ésa y cornudo que verte paralítico, que es como volverás de Nueva York como consecuencia de alguna reyerta.
Aunque ya tienes veintiocho años eres todavía muy ingenuo y estás muy verde. También me da miedo que te eche las garras encima alguna cabaretera de las muchas que hay por allí sueltas y te lleve al altar en una de esas bodas relámpago que organizan en Las Vegas. Ya te estoy viendo disfrazado de mamarracho. Por un lado, Susana se iba a quedar con un palmo de narices; pero a ti te tocaría sacar adelante siete u ocho chiquillos de padres diferentes que no te tratarían con ningún respeto ni te manifestarían ningún cariño y te sorberían la sustancia y se harían tatuajes y se meterían en alguna banda callejera o en una secta satánica.
Nueva York es la boca del lobo y peligros de todo tipo acechan en cada rincón. No pasees por los parques cuando haya anochecido, porque a los transeúntes despistados les acuchillan y destripan por aquello del tráfico internacional de órganos. Es un negocio muy floreciente. Tu hígado puede acabar filtrando la sangre de un bebedor de whisky y tus pulmones colgando del escaparate de una charcutería del barrio chino. Y el resto de tu cadáver destartalado terminará en las alcantarillas y será pasto de las ratas y de los cocodrilos.
Tú, los parques, mejor ni pisarlos, aunque sea a plena luz del día, porque los frecuentan pandillas de vagabundos y de yonquis que te clavan un destornillador afilado por menos de nada. A lo mejor no te matan en el acto, pero te tendrían que llevar a un hospital y allí los médicos son todos de pago y casi es mejor desangrarse como un cerdo que tener que asumir las facturas y acabar en la cárcel y luego en el corredor de la muerte con un pijama naranja por culpa de un desaguisado judicial.
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¿Pero de dónde te viene a ti esa idea extravagante del artisteo?
Cuando dices que quieres dar salida a tu fértil mundo interior, ¿de qué demonios estás hablando? No te ofendas, hijo, pero el único mundo interior que te conozco son las lombrices que tuviste de niño (ya te advertí que no comieras tantos dulces) y que yo te ayudé a combatir, como siempre, porque yo he estado a tu lado de manera constante e incondicional, preservándote de la enfermedad, defendiéndote, acompañándote al colegio hasta que cumpliste los dieciocho años.
¿Recuerdas aquella vez que me pegué, en el patio del colegio, con los gamberros que se metían contigo y te hacían perrerías? Seguro que ya lo has olvidado porque eres un ingrato. Dices que te agobio y que te atosigo y que te asfixio; pero eso es el amor maternal y a estas alturas deberías estar ya acostumbrado y darme las gracias.
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Hijo, coge el teléfono, que hablarle a una máquina es muy triste y estas cosas no se le hacen a una madre. ¿Qué se te ha perdido a ti en Nueva York? Yo, que te conozco bien porque te he parido, no he visto nunca tu creatividad por ninguna parte. Los dibujos que hacías en la escuela eran bastante normalitos, tirando a sosos, y nunca demostraste tener habilidades especiales, salvo esa costumbre tuya de asustar a los niños más pequeños poniendo los ojos en blanco y sacando la lengua; pero eso no da ni para el circo y ni se te ocurra hacérselo a ningún americano porque fijo que te pegan una paliza con bates de béisbol.
Supongo que la culpa de este desatino la tienen todos esos libros que sacaste de la biblioteca durante años y que devorabas encerrado en tu cuarto. Y las películas que veías de madrugada, que es cuando dejábamos la tele libre, una y otra vez, fijándote en todos los detalles. Y aquellas libretas en las que anotabas tonterías y que escondías en el doble fondo de tu mesilla de noche. Y esos amigos extrañísimos con cara de despistados y gafas aparatosas que empezaron a venir por casa. Tenía que haber disipado a tiempo todas esas nubes que se iban formando dentro de tu cabeza.
Aunque consiguieras tu propósito (cosa que dudo) de terminar con éxito los estudios, tú no ibas a encajar en la industria cinematográfica. El cine moderno carece de intríngulis y está lleno de escenas violentas y de guarradas y de payasadas y de edificios que explotan, con la poca experiencia que tú tienes de la vida y lo sensible que eres para los ruidos fuertes, porque hay que ver lo que te molestaba cada vez que yo daba un portazo o me ponía a pasar la aspiradora los sábados a las nueve de la mañana.
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Empiezo a creer que te vas a ir de verdad. No sé, hijo, si mi fatigado corazón podrá resistirlo. Creo que tengo taquicardias y cualquier día de éstos, de la pena que me invade, me dará un jamacuco cardiorrespiratorio; pero, claro, a ti eso qué te importa.
Abrígate bien en Nueva York, que allí hace un frío espantoso; si te pones la parka granate de cuadros escoceses no te subas el cuello, que pareces un espantapájaros y da grima mirarte. Si no me quieres hablar, no me hables, pero no se te ocurra marcharte sin recoger la maleta con las croquetas, que me he tirado mil horas en la cocina. También te he metido unas morcillas y esos chorizos un poco picantes que tanto te gustan. Te lo he dejado todo en el bar de la esquina de tu calle (qué camarero tan amable) por si no quieres ni siquiera acercarte a casa para despedirte y darme dos besos de Judas. Quizás cuando escuches este mensaje, yo ya esté ingresada en el hospital, conectada a una maraña de tubos, luchando a tortazo limpio con la muerte.
Ay, hijo mío, qué nostalgia tan grande vas a pasar. Ya verás cuánto nos echarás de menos, porque la familia lo es todo (un refugio, un colchón, una isla) y encima te vas a perder la cena de Nochebuena, con lo emocionante y lo bonito que es siempre reencontrarse con parientes con los que no tratas el resto del año. Es verdad que las últimas Navidades el tío Claudio y el tío Tomás acabaron enzarzándose por la cochina política y luego el rifirrafe se complicó cuando la abuela se puso nerviosa con el jaleo y cogió el cucharón de la sopa y empezó a soltar mandobles con muy mala leche. El tío Claudio se ha dejado bigote y la cicatriz casi no se le nota.
Sé que te avergüenzas un poco de tu familia y piensas que soy una pesada; pero ya verás cuando escuches una canción en español y se te salten lagrimones como huevos de perdiz y te sientas más solo que la mierda, rodeado de rascacielos y de chinos y de negros. Beberás litros de café de cucaracha molida y se te acabarán cayendo todos los dientes.
Y luego está, claro, el tema del idioma, porque aunque te esfuerces y consultes a cada instante el diccionario, los americanos no te van a entender o, en cualquier caso, no te van a entender como yo, que soy tu madre. Si me lo propusiera, podría comunicarme contigo sin necesidad de pronunciar una sola palabra, por telepatía, aunque averiguaré tu teléfono en Nueva York y te llamaré a diario para preguntarte por tus cosas.
Ni el océano ni los kilómetros ni las franjas horarias podrán romper este vínculo que nos une.

Alejandro Cuevas

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Una respuesta to “Apoteosis del vínculo, de Alejandro Cuevas”

  1. me gustaría que, de una vez, Alejandro Cuevas volviera al redil de los escritores que escriben y publican novelas. Un bucólico apestado, modesta voz de un grupillo de admiradores.

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