LA MAR EN COCHE (Fragmento)

 


[…]Que qué mierda hago acá –dice. Y yo me sobresalto una vez más en el devaneo hipnótico del ansiolítico; sólo buscaba imperiosamente un lugar apto para dormir; nada más; necesito descansar porque hace casi tres días que, condenada a una vigilia espantosa, no lo consigo. A pesar de mi estado semiconsciente, percibo el manipuleo sobre la remera y la bombacha que traigo puesta; la penetración forzada sorteando la estrechez que ofrece mi sexo frígido; ahora mis piernas apuntan abiertas hacia el techo gracias a que él las sostiene porque, de no ser así, yacerían inertes sobre la cama. Y así relajadas en una V mayúscula acompañan sin voluntad el traqueteo que se demora un par de minutos hasta la descarga precoz. A pesar de mi estado semiconsciente, reconozco en ese trámite a la conducta repetitiva de voracidad animal -maquinal- que Eduardo viene ejerciendo sobre mí, la última semana, cada día sin importar si se trata de la mañana, la tarde o la noche; o precisamente, en la mañana en la tarde y en la noche. Desconozco qué hora es pero, con seguridad, es de madrugada. Tal vez por haber ingerido una dosis doble de Valium (pasé de 5mg a 10mg, de ayer a hoy) mi cuerpo no responde con normalidad, aunque mi mente perciba lo que pasa. Experimento por primera vez el efecto de la medicación que, en algunos casos, receto a mis pacientes.

Que si él no duerme, en esta casa no duerme nadie –grita. El vaho etílico que expira invade el espacio distorsionando el aroma dulce, ese típico olor de suavizante para la ropa, tan propio de la niñez, ahora corrompido por la lujuria. Que si él no duerme, en esta casa no duerme nadie –grita aún más fuerte. Y, mediante un brusco empujón, vuelo de la cama al piso. Como un bicho bolita que se comprime hermético para protegerse, me vuelvo un ovillo y en posición fetal recibo los embates furiosos que apuntan a mi cabeza y que yo, instintivamente, oculto entre mis brazos como un escudo humano. Que si él no duerme, en esta casa no duerme nadie –dice.
Estoy rodeada de muñecas Barbie y un Ken. Estantes repletos de osos de peluche. Hay todavía más en el piso, aquellos cuyo tamaño no admite estar allá arriba. Se pierden entre los volados del cortinado que escoltan al ventanal. Otra pared tiene una guarda infantil, a lo largo y a un metro de altura del piso, en la que está apoyada la cama con forma de carroza con un acolchado lleno de almohadones en compossé; ésa en la que, hasta hace un rato, intentaba descansar; ésa en la que, luego, fui ultrajada. En otra pared hay una cajonera blanca laqueada salpicada de stickers de Snoopy y Hello Kitty pegados al azar con pulso infantil. En la última, la más sobria, sólo un placard empotrado y una puerta. Son las cuatro caras laterales que componen este prisma de ensueño en el que me encuentro. Ah…, y la alfombra: una alfombra de pelo largo y color rosado que yo ahora, en cuatro patas, rasqueteo infructuosamente con un cepillo de uñas impregnado en shampú. Y estoy tan desesperada en conseguir quitar los rastros de la pelea, las gotas gruesas de sangre que cambiaron su color al mezclarse con la espuma y que ahora forman una gran aureola más clara que sólo consiguió empeorar las cosas. La sangre no es del tipo de manchas que sale con facilidad, así y todo, me exaspero por conseguir que todo quede intacto para que la pequeña Karen no advierta que aquí dentro, en su cuarto, en su cuento de hadas, hubo una guerra violenta y desigual de la que solo fueron testigo los osos de peluche. Sobre mí, pende una lámpara que gira como un carrusel esparciendo sombras chinescas a mi alrededor. La luz tenue y escurridiza es insuficiente para mi labor, pero óptima para esconder mi miedo, mi vergüenza, mi llanto, mi temblor. Y me duele el cuerpo. Me duele un hombre en todo el cuerpo. Pero él -creo- se encerró en el cuarto. En algún momento estuvo aquí dentro y me descubrió sobre la cama de su hija, intentando dormir, buscando el sabor del sueño. Que qué mierda hago acá –dijo.
De un tiempo a esta parte, más precisamente en esta última semana, Eduardo duerme de día y se despierta alrededor de las seis de la tarde para juntarse -en un happy hour del microcentro o Recoleta- con algún colega que continúa en la Compañía porque él, desde que firmó el preacuerdo, está fuera. Ese es el primer punto del circuito del alcohol que puede seguir más tarde en un restaurante o aquí, en su casa, junto a la botella de Johnnie Walker blue label, durante toda la noche. Esa noche que, para él, es día, y para mí, noche. Yo lo sé. Yo lo atestiguo. Yo lo padezco. El tiempo libre para un individuo que supo ser hiperactivo, work alcoholic; que supo gozar de cierto poder, del respeto de pares y de un estatus social, puede ser fulminante, y mucho más si tus hijos ya no quieren saber nada de vos, y mucho más aún, si a tu alrededor el país se cae a pedazos: los ciudadanos se violentan en contra de los Bancos que se quedaron con su dinero y está la montada y hay gases y hay balas que son de goma pero también las hay de las otras. Y hay muertos. Y hay un helicóptero. Y hubo un Presidente.
Y estoy acá, en cuatro patas en el piso, fregando, y me olvido de que, al estar malherida, sigo manchando con sangre el mismo lugar que me empeño en limpiar. Eso es ahora, cuando van a ser las cuatro de la mañana, pero ¿cómo llegué hasta acá? Algo tuvo que haber ocurrido antes de ahora. A veces es imposible recordarlo todo, pero transcurrió -in crescendo- durante la última semana, de eso estoy segura.

Sólo pensar en decirle que me voy para casa, me aterra. ¿Hasta cuándo? ¿Hasta cuándo se puede continuar así, petrificada en la inacción? Me pregunto aquí, sobre una alfombra de pelo largo de color rosado, en donde, por primera vez, su ira se materializó sobre mí: grieta y sangre. ¿Hasta cuándo? Me respondo en un impulso brusco que me hace levantar de golpe, sorteando el temblor, el estado semiconsciente, las heridas y sobre todo a Eduardo que -un leve rumor me dice- sigue en el cuarto, probablemente llorando. Y así, sin más, saltando todos los obstáculos, en un impulso brusco, aparezco en la planta baja del edificio. Por la puerta veo pasar un taxi con la parsimonia que deambulan los taxis en la madrugada por la ciudad húmeda, y me abalanzó hacia su interior. Temblando. El chofer, un poco sobresaltado por la irrupción pero manteniendo la serenidad que devuelven los años a quien tiene el oficio, me mira por el espejo retrovisor, aguardando de mí un destino. Lo miro yo también, muda, a sabiendas de que el hombre espera escuchar, al menos, una dirección. La pausa del semáforo me da tiempo a pensar: a casa, no: es el primer lugar en donde me buscaría Eduardo; ¿al consultorio?, no tengo llaves -no tengo nada, salvo una remera larga y una bombacha que huele a semen-; ¿mi familia?, ni está enterada -para ellos, como para todo el mundo Eduardo es encantador y una gran persona incapaz de dañar a alguien- lo descarto.Un grito irrumpe en mi pensamiento y en la apatía de la noche: “¡Julia! ¡Julia!”. Automáticamente me agacho en el asiento y me hago encima. Comienzo a temblar. El hombre, por el espejo retrovisor, ve a otro hombre que, en calzoncillos, grita mirando hacia un lado y hacia el otro, como el vaivén del espectador de un partido de tenis. “Tranquila, Julia –me dice. No la vio.” Por fin el semáforo da el verde para avanzar, entonces dobla y me pregunta: “¿A la Comisaría o al Hospital?” No –digo, reincorporándome; y le susurró, como si Eduardo pudiese alcanzar a oír, la dirección de la casa de Marcia.

“¡Qué hijo de puta! ¡Qué reverendo hijo de puta!” –exclamó Marcia luego de cerrar la puerta tras de mí. Solo atiné a decir que no había pagado el taxi y permanecí en silencio de ahí en más. Ella se apropió de toda la rabia y enojo que yo no podía encarnar; estaba demasiado asustada para sublevarme. Me dejé abrazar. Luego me hizo alzar los brazos y me quitó la remera con cuidado, estirando el cuello para esquivar una herida cortante en el labio inferior, seguramente por haberme mordido, y que ya comenzaba a hincharse deformando mi expresión. Me observó íntegramente con minucia de perito: los pechos y el estómago estaban indemnes gracias a haberme vuelto un ovillo defensivo pero, a cambio, los brazos, expuestos, resultaron los más dañados. Las rodillas estaban sangradas, probablemente por la fricción con la alfombra de pelo largo color rosado en la que dejaron su impronta.
Ella quería llevarme a la Guardia. Yo me resistí. Además, no tenía la credencial de Medicus encima, y mi devaneo sólo imploraba por un lugar en donde acurrucarme y dormir. Marcia abrió la mitad virgen de su cama y ayudó a que me recostara. Cuando regresó con el botiquín de primeros auxilios y una almohadilla de gel frio color azul eléctrico, yo ya estaba dormida, o en duermevela, porque sentí el cambio de temperatura sobre el labio, escuché que me preguntaba si dolía; me entregué a las caricias de gasa húmeda que olía a asepsia sobre las grietas de las rodillas y los brazos. Luego me quitó la bombacha inmunda, maloliente, y le oí decir otra vez “qué reverendo hijo de puta”. Cubrió mi desnudez con la sábana de aroma florar. Y ahora sí. Creo que estoy dormida profundamente en un sueño que se va a prolongar por casi doce horas.
Deben ser las tres, cuatro de la tarde. Veo a Marcia de reverso corriendo las cortinas y abriendo de par en par los postigos de este ventanal de un segundo piso sobre la plaza, y ese gesto hace que quedemos inmersas en una mata de copas de árboles en verde variopinto gracias a la distorsión que provoca la tangente del sol. El sonido sabe a pájaros y a recreo de escuela. En esta calle de adoquín del Bajo Belgrano los autos son fugitivos aunque cada tanto resuenen, dispersos, la turbina de un avión o el traqueteo de un tren. Ahora Marcia amolda la almohada entre mi espalda y el cabezal de la cama para que me incorpore y ella se ubica al otro lado. Quedamos separadas por una bandeja muy digna de un hotel de categoría. Sólo faltaría el periódico. Mi cabeza bombea y no tengo apetito. Sólo bebo café negro. Amargo. Marcia, entonces, toma una medialuna que no comeré, la despedaza y la coloca de a trozos pequeños sobre el borde del macetero que perfila a lo largo el ventanal. Inmediatamente, las palomas que días atrás volaron ahuyentadas por el cacerolazo masivo, aparecen de la nada, como si un mago hubiese golpeteado con la varita sobre la galera, y se agolpan sobre las migajas pacificando la vista.
Ella, a sabiendas de que yo temo volver a mi casa y de que estoy desprovista de todo -no tengo ropa, documentos, llaves, celular, notebook, libros; hasta mi auto quedó varado en el garaje de la casa de Eduardo- aparece con una bolsa de Caro Cuore con dos bombachas y un blíster con un cepillo de dientes. Compré esto para vos -dice-, del resto de la casa, podés disponer de todo. Ya sabés, mi vestidor es tuyo como cuando éramos chicas y nos disfrazábamos de mujer frente al espejo.
Desde el baño acude un ruido a cascada y un rumor de vapor de espuma. A mi cuerpo le lleva unos minutos de adaptación la nueva textura líquida hasta que al fin consigo dejarme llevar por ese vaho de sales relajantes. Marcia me incita a volcar mi cabeza hacia atrás y comienza a lavarme el pelo masajeando y apretando con sus dedos firmes sobre la nuca y la sien. La lluvia a presión del duchador y las caricias hacen el resto: nuevamente soy raptada por un duermevela. Apenas uno cierra los ojos, comienza la aventura del sueño. Siento la untuosidad espesa del baño de crema en el cuero cabelludo. Siento una máscara mentolada sobre el rostro. Siento que toma uno de mis pies emergentes y comienza a masajear la planta, el talón, el arco, el empeine. Yo vengo de tanta violencia que simplemente me dejo hacer. Necesito de alguien que me cuide, y Marcia necesita de alguien a quien cuidar.
La siento enamorada de mis pies estilizados de dedos largos y uñas de esmalte rojo. La siento subir por los tobillos, sumergir las manos hasta detenerse en la curvatura de las pantorrillas, retomar sorteando las rodilleras huesudas, la firmeza de la musculatura y obsesionarse con las paletas de la cadera. Me sorprendo al sentir que mis pezones emergen tiesos entre la espuma y me da cierto pudor de que Marcia pudiese advertir mi excitación incipiente. Pero la advierte, porque ahora ella se quita la prenda y en un movimiento de oleajes se sumerge para seguir el trajín rastreando como un submarino. Su cara acompaña de cerca el recorrido de sus manos. Siento un escalofrío por la columna. Siento su respiración acelerada en mi cuello. Me besa la clavícula, lame con dulzura el hombro morado, muerde suave mi audición y planta su cara contra mi mirada y, en esa mirada, nos damos el permiso para seguir con la improvisación, con la exploración casi virginal, casi adolescente. Estamos demasiado cerca, se confunde nuestro respirar y las lenguas se marean en una danza que sabe a lágrima, cafeína y jabón. Ahora le ofrezco un pecho amoldándolo a su boca y ella acepta. Voraz. En un movimiento ágil de pie destapo la bañera y en minutos los cuerpos de mujer confundidos se descubren como la piedra esculpida. Marcia se desprende de mi pezón, toma la maquinita de afeitar y comienza a rasurar mi pubis, como celebrando un pacto de hermandad, hasta quedar idénticas. Con el duchador enjuaga el vello, ahora inútil, y acaricia la calvicie resplandeciente. Con su lengua. Me descubro empujando su cabeza hacia abajo, orientándola hacia mis pliegues. Ella obedece. Con su lengua. Lo busca. Lo encuentra. Lo recorre. Lo refriega. Lo hace estallar en un bruto latir que me hace encorvar, alzar la pelvis, ponerme tiesa para gozar del éxtasis glorioso, amnésico; para conservarlo por siempre en la entrepierna. Una de nosotras lleva los ojos cerrados, la otra una mirada alternante: a veces lasciva, a veces tierna. Luego nos paramos. Bajo la ducha, enjuago mi orgasmo mientras Marcia voltea contra los azulejos ofreciéndome la curvatura de la espalda. La envuelvo desde atrás tomándome de sus pechos, descansando mi cabeza en su omóplato y ahora es el agua de lluvia tibia quien nos abraza a las dos. Ella toma el cepillo esponja exfoliante de mango largo para la espalda y me lo ofrece. Alza los brazos hacia el cielo con las palmas apoyadas sobre los azulejos y abre las piernas como invitándome a la requisa. Comienzo a deslizar la esponja desde la nuca hasta la sinuosidad cóncava convexa de su trasero. Me agacho, lo beso, recorro la perfección de la curva que se vuelve erecta, apuntándome; doy vuelta el cepillo y con el mango comienzo a inmiscuirme en la raja. Ella se rinde ante mí, expectante. Bajo sigilosamente dejándome guiar por la topografía; sus gemidos implorantes me incitan a seguir hasta su abertura y penetrarla. Marcia comienza a gemir como una gata en celo. Yo solo atino a besarla para amordazar el aullido.
A grandes rasgos, tenemos la misma talla a pesar de que Marcia me excede en pocos centímetros de altura y sus pechos son más glamorosos. Eso significa que nadie advertiría que la ropa que llevo puesta no me pertenece. Ni tampoco el sillón en el que estoy sentada, ni el libro que tengo abierto sobre mis piernas estiradas sobre la mesa ratona, que miro pero que no consigo leer. Estoy dispersa.
Esta es mi vida hoy. Esto me pertenece. Puedo inventariar el preciso balance de mi escaso presente. Tengo treinta años, dos bombachas y un cepillo de dientes nuevos. Un auto estacionado en la plaza que alcanzo a ver desde el ventanal. Un departamento que ya no habito y un consultorio en el que ya no ejerzo mi profesión. Tengo una ex pareja, y una niña y un adolescente a los que voy a extrañar, a los que ya extraño. Tengo la autoestima deteriorada y secuelas color morado de una agresión. Tengo una Patria que agoniza alimentando mi frustración ciudadana. Tengo una biblioteca que ya no nunca leeré y estoy frente a esta otra que no sé si alguna vez ojearé. Tengo un sillón a préstamo en el que estoy sentada esperando hasta que no haya nada que esperar. Tengo una amiga de fierro que me presta este sillón y que me cuida -¿o me ama? Y tengo la propuesta de un salvoconducto para salir de un país sin salida. ¿Qué hacer? La modernidad privilegia al movimiento, a la acción, al entusiasmo, a los grandes proyectos; prevalece el hombre que avanza hacia adelante, el que arrasa mirando fijo a un horizonte. Marcia, es ese hombre, sin duda. La creadora de salvoconductos. Marcia la resolutiva, la demoledora. La que pone frente a mí los dos pasajes a París con nuestros nombres impresos. Solo de ida. Es Francia porque ambas tenemos doble nacionalidad franco-argentina. Es Lyon porque está a dos horas de París. Es el Barrio de Fourvière porque ahí tengo familia. Es la Ruè des Les Invalides porque allí nos podríamos alojar provisoriamente. Es el tiempo porque aún no hemos envejecido. Es un mes el plazo de partida, porque es un mes lo que demora partir. Es inminente porque merodean con insistencia los fantasmas. Los fantasmas […]

APG©

Abril, 2013

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