Ada Neuman, de Patricia Esteban Erles

 

 

 

Debo confesar que la mañana de sábado en que Ada Neuman se trasladó definitivamente a nuestro edificio yo ya le tenía cierta ojeriza. No en vano, el ruido incesante de la obras en su piso había conseguido destrozarme los nervios durante las semanas previas a la mudanza, y, para colmo, los tipos que le trajeron los muebles el día anterior me habían despertado, al llamar por error al timbre de mi casa cuando ni siquiera habían dado las ocho de la mañana. Me desahogué diciéndoles de todo por el portero automático antes de colgar bruscamente, y Javier me gritó desde la cama que estaba loca. Escuché que una voz femenina, como de locutora de radio, decía «Aquí Ada Neuman, suban, por favor», desde otro interfono y les abría la puerta. Me pareció que tenía un poco de acento argentino y que su propietaria debía de ser rubia y aficionada a los albornoces blancos de felpa. Minutos después me acerqué a la mirilla y vi una pareja de sillones de color marfil, descansando apaciblemente en el rellano como dos elefantes blancos, hasta que llegaron dos diminutos ecuatorianos y se los llevaron adentro. Entonces me asomé a la ventana y comprobé que en un lateral de la furgoneta aparcada junto al portal estaba dibujado el anagrama del almacén de muebles más caro de la ciudad, un raquítico arbolito verde que parecía pintado por un niño de primaria. Me pasé un buen rato ocupada, porque aquellos sillones fueron las primeras dos piezas de un desfile de mobiliario selecto que se prolongó hasta muy entrada la tarde. A través de la mirilla vi a los resoplantes ecuatorianos trasladar una mesa baja de mármol travertino, un jarrón rojo de porcelana china en el que podía haberse plantado tranquilamente una palmera, una cama blanca de dosel que arrastraba un cortinaje de seda de varios metros de longitud; por no hablar del secreter renacentista de palosanto o el piano blanco de cola que trajeron los empleados de una céntrica tienda de instrumentos musicales a mediodía.

Hasta aquel momento, de la futura propietaria del 3º B sólo sabía su nombre, que había descubierto grabado en el buzón contiguo al nuestro, tres o cuatro semanas antes. Ada Neuman, decía la placa de bronce envejecido. Me llamó un poco la atención aquel «Ada», escrito en cursiva y sin «h», pero justo entonces pasé la mano por el interior de nuestro cajetín y extraje un sobre rectangular del banco. Con un respingo, intuí la amenaza latente de un recibo inesperado y me olvidé por completo de la nueva vecina.

Después había venido lo de la dichosa reforma integral. Durante quince días, de lunes a domingo, una brigada de albañiles rumanos vestidos de un blanco impoluto tomó al asalto el edificio, adueñándose del ascensor desde primera hora de la mañana y dejando en el suelo un harinoso sendero grisáceo que trazaba la línea del espacio conquistado por aquella turba de gigantones silenciosos. El rellano adquirió en apenas dos semanas el aspecto de un vertedero montañoso, lleno de enormes sacos de escombros y tuberías consumidas por el óxido, recién extirpadas de las paredes. La furia rítmica con que el escoplo de los rumanos golpeaba las baldosas del cuarto del baño y la cocina de Ada Neuman hasta que se hacían añicos contra el suelo tenía algo de telúrico. Aquel martilleo me despertaba cada mañana con la brusca sensación de que una falla acababa de resquebrajar los cimientos de nuestro bloque y me arrojaba sin remedio al interior de un pozo abisal, poblado por extrañas criaturas de alcantarilla. Tardaba todavía unos instantes en recobrar la noción del tiempo y del espacio, crucificada sobre el edredón, como si realmente acabara de estrellarme contra la cama. Me arrastraba a la cocina y miraba el reloj de pulsera a través de las últimas telarañas del sueño, maldiciendo a aquella mujer del nombre imposible y a su disciplinada cuadrilla de albañiles.

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En ocasiones comprobaba al borde de la crisis nerviosa que apenas hacía media hora que había conseguido dormirme, porque una terrible ola de calor azotaba la ciudad en aquellos días y yo pasaba las madrugadas en vela, escuchando el monólogo intermitente de un grillo en algún balcón cercano con los ojos abiertos, hasta que un cielo de sucio malva se iba colando a través de las rendijas de la persiana. Y todo porque a principios de junio, Javier se había sentado ante la mesa de la cocina con su libreta de gastos y tras dos horas de cuentas emborronadas terminó reconociendo que con nuestros escasos ahorros no nos alcanzaba para instalar el aire acondicionado en los dormitorios, tal y como habíamos previsto hacer. De hecho, admitió mi marido con un cabeceo triste, ni siquiera podíamos plantearnos comprar un aparatito portátil para ir refrescando por turnos cada habitación. La historia no era nueva. El verano anterior nuestro viejo Ford Fiesta se había declarado oficialmente muerto en medio de una de las calles más céntricas de la ciudad y tuvimos que invertir la extra de julio y parte de lo poco que habíamos conseguido ahorrar en cambiarle el motor. Esta vez, la ortodoncista de Carlota nos había mostrado en su consulta la radiografía de una pequeña sonrisa de calavera. Al parecer, la desviación que se apreciaba en los incisivos de nuestra hija podía llegar a deformarle el labio si no se le ponía remedio a tiempo, así que dos filas de espantosos y carísimos hierros correctores salieron de la nada y escalaron la lista de prioridades domésticas situándose en el número uno, mientras yo me resignaba a desempolvar el esquelético ventilador del armario de la terraza, un verano más. El resultado de aquella decisión fue que Carlota berreaba todas las mañanas a la hora del desayuno, mientras yo, cada vez más ojerosa y parecida a un zombie, perdía los nervios y le obligaba a ponerse el aparato a bofetada limpia. Por la noche ninguno de los cuatro lograba conciliar el sueño. De vez en cuando Carlota chillaba pidiendo agua y se oía a Javier hijo maldecir los dientes torcidos de su her-mana desde la terraza. Había decidido trasladarse allí, con la colchoneta hinchable de camping de cuando aún podíamos permitirnos unas vacaciones en la playa. Mientras, yo trataba de dormirme contando las vueltas que Javier padre daba en su mitad del colchón, imaginando el cerco que el sudor de su cuerpo iba a trazar a lo largo de las horas en la sabana bajera. Una silueta fantasmal que traspasaría el somier y me obligaría a cambiar la ropa de la cama en cuanto nos levantásemos a la mañana siguiente. El sueño no llegaba y a cada minuto notaba el camisón blanco de verano pegándose más y más a mi piel, hasta hacerme sentir como un caramelo chupado por un niño, con una banda de papel blanquecino empapado en saliva caliente rodeando mi cuerpo. Aunque el bochorno resultaba abrasador no me atrevía a desnudarme del todo, por miedo a lo que Javier pudiera pensar al girarse. Yo no estaba para muchas fiestas, la verdad. Me desesperaba permanecer despierta durante aquellas largas horas nocturnas en las que el calor atrapado en el asfalto durante el día reptaba por la fachada del edificio como una bestia con dedos de alquitrán.

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¿Cómo no iba a odiar a Ada Neuman, que vivía sola, compraba muebles de diseño y tenía una voz ronca y suave a la vez, de mujer rubia, fumadora y aventurera? Pero lo peor, por increíble que parezca, aún estaba por venir, sólo que yo todavía no podía ni imaginarlo. Muchas veces me atormento diciéndome lo estúpida que fui, reprochándome el no haber sido capaz de avistar a través de la mirilla el peligro que se cernía sobre nosotros. Ada Neuman era el cataclismo con el que yo soñaba a veces en esas noches de calor febril, y no supe verlo.
Aquel sábado por la mañana Ada Neuman bajó de un coche negro que parecía de charol, con un vestido de tirantes y falda de vuelo, estampado con enormes dalias blancas. Llevaba el pelo recogido con un pañuelo y grandes gafas de sol. Me pareció que era morena y menuda, pero no puedo asegurarlo, porque enseguida se metió en el patio, mientras el conductor del coche descargaba del maletero dos enormes maletas blancas, que centellearon bajo el sol de la mañana como si fueran de nácar. Ahí está su ropa toda de marca, seguro, me dije sin apartar los ojos de ellas, mirando al hombre guapo y trajeado seguir los pasos de Ada Neuman, igual que un vulgar botones de hotel.
No me di cuenta de que Carlota dejaba de ver los dibujos animados en el salón y se escabullía al rellano para saludar a la nueva vecina. Seguía demasiado abstraída en el lomo negro y resplandeciente del Mercedes como para percatarme de que mi hija se quitaba el corrector dental y salía al encuentro de Ada Neuman y sus maletas. Cuando dejé mi puesto de vigilancia y me dirigí a la cocina para poner la cafetera al fuego ya era tarde. La puerta de casa estaba abierta y tras un momento de pasmo corrí afuera, temiéndome lo peor. Lo cierto es que en el descansillo sólo encontré las dos maletas de Ada Neuman colocadas una frente a otra en posición horizontal, y a Carlota parada junto a la más grande, moviendo los brazos y admirando el reflejo de sí misma que le devolvía la superficie perlada, como si fuera un espejo mágico. En el interior del piso vecino se escuchó entonces el murmullo suplicante de un hombre, después una risa burlona y una voz femenina hablando en francés. Por último, el sonido de unos tacones alejándose por el pasillo. Sin saber muy bien por qué le di una bofetada a mi hija y la arrastré adentro, pero no pude evitar escuchar la puerta del 3º B cerrándose lentamente, dejando aquellas dos maletas de actriz de cine abandonadas en el rellano, con el reflejo de una niña de siete años atrapado para siempre en su interior.
No sabíamos a qué se dedicaba aquella mujer, tan solo que su casa estaba siempre llena de hombres que entraban con ojos de hechizados en el ascensor y se olvidaban hasta de decir adiós al salir, obsesionados por pulsar cuanto antes el melodioso timbre de la puerta de Ada Neuman. Siempre tardaba mucho en abrir, así que no me daba tiempo de verla, por más que me entretuviera fingiendo buscar las llaves en el bolso. El visitante se quedaba esperando en el rellano diez o quince minutos más mientras yo me resignaba a entrar al fin en casa, prometiéndome a mí misma que en la próxima reunión de la comunidad me quejaría de que la puerta lacada en blanco de esa advenediza se cargaba de un plumazo la armonía integral del rellano.
Un día mandé a Javier hijo a comprar el pan y la leche en la tienda de la esquina. Aceptó a regañadientes, como de costumbre, pero volvió encantado, diciendo que se había encontrado con la nueva vecina en el portal y habían subido juntos en el ascensor. Después se pasó media hora describiendo el perfume floral de su larga melena pelirroja, y el elegante vestido largo de terciopelo verde botella que llevaba puesto. Durante la comida explicó con minuciosidad de astrónomo la lluvia de pecas estrelladas que adornaban su escote y evocó el porte de violinista rusa de la vecina. ¿Rusa?, le pregunté, ¿Ada Neuman es rusa?
Me asusté mucho cuando mi hijo de trece años respondió con voz grave, No, mamá. Ada Neuman es un ángel. Eso es lo que es. Curiosamente, a partir de entonces Javier hijo no volvió a protestar por tener que dormir en la galería causa del calor. Una mañana temprano, al abrir la puerta de la terraza para ventilar el salón, descubrí el motivo: una hilera de sujetado-res y diminutas bragas de color amatista ondeaban en el tendedor de Ada Neuman, y mi hijo permanecía despierto en su colchón, vigilando la cuerda de nuestra vecina, leyendo con ojos hipnotizados aquel pentagrama de notas azules.
Pero el principio del fin habría de comenzar oficialmente una de aquellas tórridas madrugadas, cuando mezclado con los ruidos habituales de la casa distinguí de pronto un sonido nuevo, distinto al crujir reumático de la librería en el salón y al tartamudeo del agua cayendo en la cisterna del piso de abajo. Al principio fue sólo un rumor localizado detrás de la pared de nuestro dormitorio, pero pronto aquel siseo pareció extenderse como una cola invisible de dragón por todas las habitaciones en la casa vecina, levantando una corriente de aire fresco a su paso que yo podía sentir a través del tabique, con la garganta seca de un abandonado en el desierto. Comencé a sollozar, desesperada y sedienta, cuando comprendí que Ada Neuman se había hecho instalar un sofisticado sistema de refrigeración integral en su piso. A mi lado, tumbado boca arriba, Javier permanecía tan despierto como yo, pero no dijo nada. Ni siquiera me preguntó qué era lo que me pasaba. Escuché el ronroneo de aquel céfiro artificial durante horas, imaginando el balanceo lúbrico de las cortinas de gasa blanca de la cama de Ada Neuman, el siseante avance del frescor por el pasillo, colándose en la boca del jarrón rojo hasta producir una misteriosa música de tuba en su interior, un rumor marítimo de caracola cuya belleza sólo yo era capaz de valorar en su justa medida. El aire fresco mecería las partituras olvidadas sobre el piano y llegaría a la terraza girando grácilmente, agitando la ropa interior de Ada Neuman como si fuera una bandada de anémonas despidiéndose, ante la atenta mirada de mi hijo Javier, insomne ahora por voluntad propia. Creo que di algunas cabezadas y llegué a soñar durante unos segundos con el paisaje submarino de las prendas íntimas de aquella mujer, ondulando al compás del aire fresco, inalcanzable, cuando de pronto me sobresaltó el sonido de la puerta de la calle cerrándose con sigilo. Miré al otro lado del colchón y sólo encontré la huella del cuerpo de Javier en las dunas húmedas de la sábana.
Durante las semanas que siguieron, los tres miembros de mi familia se convirtieron en auténticos maestros del juego del escondite inglés. A mí siempre me tocaba hacer de gallinita ciega, fingía no enterarme de que Javier hijo desaparecía justo al mismo tiempo que el piano de cola blanco comenzaba a desgranar una tristísima rapsodia en casa de Ada Neuman, mientras restregaba enérgicamente la esponja amarilla por la espalda de Carlota, quien unos minutos antes había venido a abrazarme la mar de mimosa y con su patito de goma en la mano, pidiéndome que la bañara como cuando era pequeña. Otras veces, Javier hijo vendaba mis ojos requiriendo uno de aquellos flanes temblorosos que antes solía hacer los domingos, y Carlota aprovechaba para deslizarse a través de una mínima rendija de la puerta y asomarse al maravilloso mundo de superficies especulares del piso vecino. En ocasiones los dos me cogían de la mano de pronto y me arrastraban junto al televisor, saltando y riendo como una pareja de muñecos articulados porque se a media tarde se les antojaba que viésemos juntos un estúpido concurso de ruletas giratorias, mientras Javier padre, recién llegado de la oficina, jugaba al juego de las puertas hasta la hora de la cena.
Aguanté todo lo que pude, lo juro. Pensé que al final ellos se darían cuenta de que yo era su madre y esposa, pero Ada Neuman se reveló una adversaria formidable. Fue quitándomelo todo, como una araña tiró del hilo plateado y se llevó con ella los cepillos de dientes de Carlota, Javier hijo y Javier padre, dejando al mío completamente solo, como una flor lánguida en el vaso de cristal del lavabo. Una tarde de mediados de julio Carlota me dio un beso en la mejilla y me pidió permiso para bajar a jugar a la plaza con una amiga de la escuela. Yo sabía que mi hija era una antisocial y que tal amiga no existía, pero aun así no tuve valor para negarme ni para ordenarle que antes de salir se pusiera el corrector dental. A las nueve de la noche no había regresado, pero Javier hijo, Javier padre y yo hicimos como que no ocurría nada y nos sentamos a la mesa, evitando mirar la sillita vacía cada vez que nos pasábamos la cesta del pan, con una amabilidad de la que ni siquiera nos sabíamos capaces. A la tarde siguiente fue Javier hijo quien, sorprendentemente risueño, desapareció sobre las siete para acudir a sus clases de recuperación en la academia de inglés. Tampoco regresó, así que después de cenar su padre y yo nos sentamos en el sofá y vimos en silencio un documental acerca del asma infantil que ponían en la 2, hasta que se hizo la hora de acostarse. Al abrir la puerta de la terraza para que corriera algo de aire, vi la colchoneta roja de Javier hijo en el suelo y pensé en un animal atropellado. Por primera vez en mucho tiempo, Javier padre me dio un beso en la mejilla antes de girarse para dormir.
Hoy me he tropezado a Carlota en el ascensor. Yo venía cargada de bolsas del súper y me ha esperado con la puerta abierta y una enorme sonrisa en los labios. Me ha preguntado a qué piso iba. Le he dicho que al mismo que ella. Ha sonreído al pulsar el botón. Ya no necesita ponerse de puntillas y he recordado que está a punto de cumplir nueve años al mirar su nuevo corrector de dientes. Es de plástico rosa y le gusta mostrarlo, por eso sonríe todo el tiempo. Ha salido dando saltitos de la cabina hasta llegar a la puerta de Ada Neuman. Entonces se ha girado un momento y ha vuelto a sonreír.
–Que tenga un buen día, señora Rodríguez –ha dicho con voz cantarina, antes de entrar en su casa.

Patricia Esteban Erlés© nació en Zaragoza, en el año1972 y tiene blog

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