Iara y Clémence

Clémence estrenaba su adolescencia cuando su papá murió. Clémence se definió a sí misma con una frase témpano que derrite con el mero contacto, y que bien le podría caber -con el lógico desvío de tiempo y espacio- a Iara, la hija del Fiscal Nisman: «Yo soy la hija del juez Boulouque y del terrorismo y de los años ochenta y de los atentados parisinos. Yo soy huérfana de todo eso».

La crónica cuenta que el 17 de Septiembre, en la Rue de Rennes 140, frente a la Tienda Tati, se perpetró el último de una serie de trece atentados terroristas que se dieron en París durante el año 1986, dejando decenas de muertos y centenares de heridos, en lo que se dio en llamar Septembre Noire. La investigación que llevó a cabo el Juez de instrucción Gilles Boulouque (papá de Clémence) determinó que un comando del Hezbolláh fue el brazo ejecutor respondiendo a la orden directa de Wahid Gordji, un joven iraní que bajo el velo de oficiar de intérprete en la Embajada de Teherán en París, ocultaba su verdadera identidad: un pez gordo de la peculiar diplomacia iraní. Conocido en Francia de los servicios secretos, de los fabricantes de armas y de los más altos responsables del Estado, al punto de que el expediente incluye registros fotográficos de Gordji junto al primer ministro Jacques Chirac, en un acto público. En julio de 1987, Boulouque creyó haber recopilado suficientes elementos probatorios como para citarlo a declarar. Más allá de que Gordji mantenía estrechas relaciones con los militantes islámicos integristas que encabezaban la red terrorista, lo irrefutable era que su automóvil BMW había sido repintado pocos días después de que testigos hubiesen declarado haber visto al autor del atentado, escapar en un coche negro de idéntica marca y modelo, luego del sangriento atentado en la Rue de Rennes. Además, su caligrafía coincidía con la de los comunicados que reivindicaban los ataques. Sin desmedro de esas pruebas, Boulouque -prudente- no lo inculpó, sino que lo citó a declarar en calidad de testigo. El joven Gordji se recluyó en la embajada hasta que, cinco meses después, presumiblemente en el marco de un intercambio de rehenes con dos ciudadanos franceses detenidos por el Hezbolláh, en el Líbano, se le franqueó la salida de regreso a su país. Y se esfumó. El papá de Clémence estaba furioso, como lo estuvo el papá de Iara al enterarse de la firma del Memorándum de entendimiento con Irán. Ambos pactos oscuros entre países traicionaban de manera vil, las investigaciones de los dos letrados. En el caso de Boulouque, todos los resortes de los servicios de inteligencia franceses se confabularon -incluidos los medios de prensa- para desmentir al perito grafólogo y para conseguir que un experto en pintura de automóviles localizara un rastro de capa gris, y no negra, debajo del automóvil repintado arteramente.
“Vas a escuchar decir cosas terribles sobre tu padre, que jamás hubieses imaginado” -le dijo mi primo Alberto a su hija Iara. A Boulouque también lo defenestraron los Medios de Prensa, y también -del mismo modo que Nisman- estaba bajo amenaza. Sendas cabezas tenían precio. Trescientos mil dólares¹, en el caso de mi primo Alberto.

Clémence recuerda que en los últimos tiempos era más usual verse con los guardaespaldas que con su propio padre: «Soy la hija pequeña que conoció las amenazas de muerte y los guardaespaldas a los diez años de edad. Las campañas de prensa, las frases asesinas. Tenía 13 años cuando mi padre se disparó el 13 de diciembre de 1990. Disparó sobre sí mismo, aquella noche. Y sobre nuestras vidas».
Gilles Boulouque murió el 13 de diciembre de 1990, en su casa, de una bala en la cabeza disparada por su arma de servicio. Tenía 50 años. Nunca se recuperó de los ataques de los que había sido objeto. No dejó cartas.
Alberto Nisman fue hallado muerto el 18 de enero de 2015, en el baño de su departamento del piso trece de una torre que despunta impertinente la ribera del Río de la Plata, con un orificio de bala en su cabeza. Acababa de cumplir 51 años. No dejó cartas. Su plan más cercano era presentarse al día siguiente en el Congreso de la Nación. La carátula de la causa dice Muerte dudosa. Pero es bien sabido, que fue asesinado. Clémence Boulouque, vive en Nueva York y es autora del libro La muerte del silencio, publicado por Editorial Gallimard: una autopsia de su sufrimiento. Ojalá Iara, algún día, consiga escribir.

¹ Entre las amenazas de muerte que pesaban sobre el Fiscal Nisman, y que fueron denunciadas ante el Juzgado Federal del Dr. Rodriguez, había un correo electrónico con remitente “jaimestiles@hushmail.com”, en el que se ponía precio a su cabeza y al de su familia: U$s 300.000. Otros mensajes del mismo remitente incluían fotografías de personas asesinadas. «Así son nuestras obras de arte y ésas no se descargan de internet, viejo».

Andrea Paula Garfunkel


 
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