Onetti, un escritor argentino

 

 

(Publicado originalmente en Nación Apache)

 

 

Que tu abuelo fue siempre un mujeriego empedernido que trasnochaba varios días a la semana en el bulín de la calle Ayacucho era vox populi en todo el barrio; hasta tu abuela lo sabía y aceptaba con naturalidad. Es que eran otros tiempos, los tiempos en que los matrimonios se consolidaban para toda la vida, hasta que la muerte los separara y así lo vivieron ellos, como debía ser. Pero aún así, y a pesar de lo que cualquiera pueda aventurar, yo creo que ella consiguió ser más feliz que él. Porque a ella, la que todas las mañanas de su vida transitaba su rutina, primero haciendo los quehaceres en los dormitorios, luego -eso sería alrededor de las diez-, llevándole el mate amargo a tu abuelo a su taller de sastrería, justo allí, en la piecita del fondo a la que se llegaba tras pasar el patio, momento en que aprovechaba para despedirse con un beso en la frente porque partía hacia el mercado a la vez que le decía -esto sucedía sólo los miércoles- “voy a encontrarme con mi amante”, y él le sonreía festejando la broma, siempre incrédulo, y le pedía que pasara por la Franco-Inglesa y le trajera un frasco de Glostora, a veces, y otras, crema de afeitar Gillette, digo, porque a ella siempre le había resultado decir la verdad…, es que nadie hubiese osado ni imaginar que la abuela Ona, con su rodete plateado, su batón floreado y mañanita a crochet, su cutis brillante y lavado, su mirada leal y apacible de ternura con la que salía y regresaba cada día a media mañana -incluso los miércoles-, fuera capaz de tener una doble vida. Ella fue quien me enseñó que la mejor forma para que crean que mientes, es decir la verdad, y también, que si tienes la intención de ocultar algo, no hay mejor manera que dejarlo a la vista. Fue a instancias de preparar mi tesis, que escuché esta enseñanza por primera vez. Bajo esa tesitura, yo me había obligado a exponer el origen judío de Cervantes, pero no del modo que lo habían demostrado otros historiadores o filólogos: alegando la conversión masiva de judíos en España en épocas de la inquisición, y probando a la vez la profesión de médico del padre de Cervantes y la condición de prestamista de él mismo, actividades que no eran usuales ni aceptadas en un buen cristiano y que manifestaban su origen y posterior conversión; yo me había propuesto ir más allá, lo que me hizo quedar atrapado en una encrucijada y fue la abuela Ona quien consiguió rescatarme cuando me dijo: “Lo oculto está a la vista”. Yo tenía por esos tiempos un par de años más de los que tú tienes hoy y, aunque joven, en ese momento descubrí la obviedad; debía revelar, en voz del propio Cervantes, su arrogación de condición de judío, y qué mejor manera que a través de su propia obra. Me lo había propuesto, más bien, me lo había impuesto; me tomó cuatro años de lectura y relectura de su obra, puntillosamente, meticulosamente, subrayando y desglosando cada párrafo, detectando mensajes encriptados (1). Pude comprobar que desde el comienzo, justamente en el título, yacía el primer indicio; que La Mancha, además de ser una región geográfica, hacía alusión a los “manchados” (2), un modo vulgar y despectivo de llamar a los conversos, a los marranos. Conseguí señalar un párrafo, también dentro de El Quijote, en donde se respetaba implícitamente el Shabat (3), y así, montones de obviedades más que, dichas por el propio Cervantes, tomaban carácter y relevancia, dando cuenta de que él mismo asumía su origen: lo que debía permanecer oculto, estaba a la vista. En el caso de Cervantes, tuvieron que pasar siglos para detectar lo que en ese momento hubiese sido imposible ver. En el caso de tu abuela sólo bastaron algunas décadas para develar el secreto de su vida paralela; aunque sería una arrogancia atribuirme el descubrimiento pues si bien fui cómplice -sin saberlo- durante años, fue ella misma quien me lo confesó finalmente en su lecho de muerte.
En una mañana de domingo apacible y muy primaveral, de esas mañanas en que ni una lluvia intempestiva podría alterarme ni a mí, ni a mi escritura -más bien, mejoraría el contexto-, me sorprendió el teléfono, a una altura de la vida en que ya nadie acostumbraba a llamarme -salvo mi editor y único amigo pero, al ser domingo, lo descarté rápidamente- y, como estaba completamente solo, tampoco nadie habría podido responder por mí, entonces, cuando ya el ring retumbaba alocadamente en mi cabeza, decidí atender; tu abuela Ona me convocaba a un encuentro. Era algo inusual; para ese entonces, y por razones que no vienen al caso, nosotros hacía tiempo que habíamos perdido contacto; más precisamente, nos habíamos visto por última vez en el velatorio de tu abuelo a quien no llegaste a conocer. Ella ya llevaba casi veinte años de viudez -ese es un lapso considerable-. En una voz muy leve, tu abuela Ona me dijo que ya sentía la muerte encima; que podría suceder esa misma mañana, o esa noche, o a la mañana siguiente, o cualquiera de esos días -no lo podía precisar- y que le urgía hablar conmigo. Ni bien llegué me pidió que le prendiera un cigarrillo. Es que tu abuela Ona, desde joven y a escondidas de su hogar -más precisamente los miércoles a media mañana-, fumaba Camel, unos cigarritos finitos, que exageraban su extensión al montarlos a la boquilla, en una época en la que era una impertinencia, transgresión o acaso un signo de modernidad el hecho de que una mujer fumara; entonces, luego de dar la primera pitada me confesó que necesitaba desahogarse antes que sus pensamientos y recuerdos se volviesen errantes o acabaran para siempre. No tuve más que encender mi grabador y ella comenzó a hablar. Son siete casetes de ciento veinte minutos cada uno que grabamos de manera salteada, de acuerdo a su ánimo, fuerza y predisposición, durante los tres días siguientes en los que me instalé en su casa hasta el desenlace. Están rotulados y numerados dentro de la caja color gris junto a un block con apuntes.
Siempre sostuve que los hechos suceden, son únicos, y eso es irrefutable; lo único capaz de modificarlos es el recuerdo que cada partícipe guarda sobre ellos. Apelo a mi memoria para admitir que hubo un tiempo en que compartí junto a tu abuela Ona su vida paralela. Fui el silencioso, su más fiel cómplice. La cocina era nuestro hábitat en donde transcurría esa doble vida; un doble fondo en la alacena camuflaba, tras una hilera despareja de tarros de fideos, yerba y arroz, una cantidad de libros: nuestra biblioteca oculta. Eran tiempos en los que no era bien visto que una mujer leyera -esto lo entendí años después-. Entonces, sólo era cuestión de esperar a que tu abuelo partiera hacia el bulín y ahí nomás, inmersos en vapores de olla como atmósfera, la cocina viraba en sala de lectura entre libros que, al abrirlos, desprendían ese olor a guiso que se mezclaba con la magia de la prosa. Hasta recuerdo una ocasión en que la alacena cedió por el sobrepeso curvando su base y no nos quedó más remedio que prolongar el escondite en el mueble bajo mesada. Es que una vez por semana -con más precisión, cada miércoles- a la biblioteca secreta se le sumaban un par de libros que ella traía, simulados en el fondo del chango bajo paquetes de verdura. Actualmente se encuentran catalogados en dieciséis cajas numeradas. En los bultos “diecisiete” y “dieciocho” hay manuscritos y algunas fotografías. Recuerdo una en particular -puedo describirla con rigor, aún sin tenerla al alance- en la que se ve a tres hombres y a una mujer, en lo que parece ser una piecita de pensión, sentados a una mesa desordenada sobre la que se alcanza a ver un ejemplar del semanario Marcha, un par de libritos, pareciera que de la colección Cobalto, un manuscrito, varios vasos, botellas de whisky y vino, una atado de cigarrillos John Player Medium y dos ceniceros desprolijamente colmados. Los nombres de esas personas están en el reverso, son: tu abuela Ona, muy joven y bella, con su rodete, su batón floreado y mañanita a crochet cubriéndole precariamente los hombros, sentada a la derecha de quien fuera su amante; junto a ellos, Arlt y Soiza Reilly, quien se ve bastante mayor que los demás. Siempre me intrigó saber quién pudo haber tomado esa imagen y siempre tuve la sospecha de que pudo haber sido Ítalo (4), aunque nunca lo llegué a comprobar; es una misión que ahora te delego junto a esta otra, que pronto develaré.
Y doy rodeos y más rodeos y no consigo llegar al punto y me persigue la idea de que si no lo hago en este momento, ya no lo haré. Eso no sería justo porque, a pesar que aún eres muy joven (recién has cumplido la mayoría de edad), ya has obtenido el primer reconocimiento literario de la Academia y eso basta para admitir que has heredado el don; un don que a mí me fue negado; un don que me pasó por encima salteándose mi generación. Un don que, por otro lado, ya se venía manifestando en el entusiasmo de tu prosa rica y a la vez compleja que delata la misma dificultad de encuadre estilístico que padecía él, que -en tu caso- no tiene que ver con la precocidad en el sentido de la acuñación de un estilo, sino más bien que, en esa carencia fuerte de estilo, radica el estilo. No sólo heredaste su don sino también su oscuridad e indisciplina al escribir, actitudes que revalidan quién eres, quién soy.
Y me ha tocado a mí la posta de transmitirte esta verdad y luego, alivianado, partiré y tú albergarás con sopor esa certeza y encararás la apertura de bultos y cajas y desgravaciones. Con seguridad encontrarás tu identidad, una historia que tal vez escribas, que debí haber escrito yo pero, ya ves, no he heredado el don, no lo he conseguido y ya no lo conseguiré.
Ahora sí creo que viene al caso -al menos, yo lo siento así- relatar el motivo por el cual estuve distanciado de tu abuela por veinte años -ese es un lapso considerable- Tu abuelo, a quien no llegaste a conocer, había muerto. Pero antes de eso, había sufrido una descompensación en su taller de sastrería, en la piecita del fondo, y fue tu abuela Ona quien tomó el volante del viejo Ford y lo arrastró hasta el Hospital, ya inútilmente. Y ahora pienso que fue una suerte que haya muerto, pues tu abuela nunca hubiese podido responderle a él su último reproche cuando le dijo: “Vamos Ramona, hazte a un lado, ¿acaso quieres manejar tú, mujer?”, y luego se desvaneció. Durante años circuló el rumor por el barrio -hecho a rodar por ella misma- de que tu abuela Ona era una eximia conductora, en una época en que no se estilaba que una mujer manejara, y ella no lo desmentía, es más, incluso lo fomentaba contando anécdotas, pues no hay mejor manera que crean que mientes, que diciendo la verdad. Es que nadie hubiese osado ni imaginar que la abuela Ona, con su rodete plateado, su batón floreado y mañanita a crochet, su cutis brillante y lavado, su mirada leal y apacible de ternura que nos regalaba a diario, fuera capaz de ser a la vez “moderna”, de conducir un automóvil, de fumar con boquilla, de beber whisky, de tener un amante y de ser una ávida lectora. Fue repentino y sin premeditación, como una aparición rotunda me cayó la doble vida en la nuca y sentí, por primera vez, que casi no había tenido contacto con el muerto -tu abuelo que yacía en el cajón-; y primero sentí culpa, y luego tomé el camino más fácil, el más cobarde, y la culpé a ella. Por inducirme, por tentarme al mundo de los libros que me alejaron de él, que lo único que pretendía de mí era que fuera su aprendiz de sastre; que a los trece años me hizo incursionar en el bulín de donde sólo traje frustración y la convicción de que nunca lo volvería a acompañar. En el féretro había un hombre al que desconocía, al que me había perdido de conocer y ya no podría hacerlo. En el ataúd yacía un hombre que no era mi padre. Infidencia que me enteré veinte años después y que, visto a la distancia, no resultó improcedente porque gracias a ello, es decir, a tantas noches de huida trasnochada de quien no fue mi padre, ni tampoco tu abuelo, ella se permitió construir un mundo en el que supo ser feliz y libre por intervalos que se oponían, o quizás complementaban, a su cotidianeidad. Que las reiteradas ausencias de quien no fue tu abuelo mutaron en hueco fértil en donde ella llegó a desdoblarse de tal modo como sólo en ese ámbito pudo haberlo hecho. Allí pudo leer y leerme, en una época en que la lectura en una mujer era un acto prohibido. Un día simplemente nos dimos cuenta de que aguardábamos con ansias que quien no fue mi padre, ni tu abuelo partiera en nocturnidades y así poder rescatar de nuestro escondite aquellos libros. Siempre fui cómplice del secreto; lo que no sabía en ese entonces, y que me enteré recién cuando tu abuela Ona se desahogó en su lecho de muerte, fue que el origen de ese mundo maravilloso surgió un miércoles a media mañana, cuando conoció a tu verdadero abuelo, a mi verdadero padre, en una relación paralela que mantuvo durante quince años, hasta que él regresó a Montevideo y finalmente, muchos años después, falleció en Madrid. El resto de la historia esta aquí, en estos baúles y cajas y grabaciones. Dispone de ellos libremente. Porque -querido hijo-, como bien instaurara y sellara para siempre en una frase, el mismísimo Soiza Reilly, otro escritor argentino, “¡Pasó mi cuarto de hora!”.

 

APG©

 

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