Columna Infobae

Publicado originariamente en Infobae

Bad news Mrs. President, you´re wrong

Si alguien leyera desprevenido el primer párrafo de una crónica llamada Pole Pole, seguramente se sentiría interpelado y hasta indignado por el exabrupto gramatical con el que comienza:

“Hace caliente. Las sábanas se encharcan y busco la manera; el olor es sudor y canela. Dos mariposas rojas se rozan en el aire; cotorras cuchichean. La plegaria del almuecín se cuela por las celosías; más abajo, en la calle, las colegialas llevan velos negros, y grititos cuando las mira un hombre. La siesta llama cuerpos. Un soplo apenas mueve el tul azul que cuelga de las columnas de mi cama: relámpagos serenos. Zanzíbar es un exceso de todos los sentidos, el peso de una fruta reventando y la cama encharcada y yo, en medio de este aire, sigo leyendo como un nabo el mayor best-seller periodístico del siglo XIX”.

Ahora bien, si ese alguien tuviera más información sobre ese texto, si supiera a quién pertenece, incluso si tuviera la oportunidad de leerlo completo, me atrevo a pensar que cambiaría de parecer al entender que no se trata de una burrada, sino más bien de un artilugio literario, escrito premeditadamente, que hace referencia a la jerga de entendimiento con la que probablemente los nativos se comunicaron con el cronista Martín Caparrós durante su travesía por el África profunda. Caparrós -ningún ingenuo- es bien efectivo con su maniobra, porque -percibida o no- ningún lector queda indiferente ante semejante provocación.

En el mismo sentido, queda latente la pregunta: ¿La presidente Cristina Fernández de Kirchner es burra o, por el contrario, es tan astuta que pretendió causar impacto, un efecto que resuena hasta el día de hoy, en tanto y en cuanto fue ella misma la que difundió la entrevista “televisada” que le realizara Dexter Filkins para el magazine norteamericano The New Yorker, en la que se la ve fresca retando al periodista a la vez que le dice: “No, No. Bad information, bad information”, y Dexter no hace más que reírsele en la cara?

Lo que se conoce sobre la formación en idiomas de la Presidente, gracias a la investigación de la periodista Laura Di Marco, en su libro Cristina Fernández, la verdadera historia, da cuenta de que: “[…] en aquella escuelita pensada inicialmente para los chicos del barrio no se enseñaban idiomas. En parte por esa razón Cristina no sabe hablar inglés, una carencia que siempre vivió como una herida narcisista dentro de un entorno -la política de alto vuelo-, en el que es común manejar varios idiomas, o al menos el inglés. ‘Por eso cuando dicen que Cristina podría tener un futuro internacional a lo Bachelet (que cuando terminó la presidencia ocupó un alto cargo en la ONU), yo descreo. Y descreo, en parte, porque Cristina siempre padeció no saber inglés, un recurso fundamental para manejarse con fluidez en escenarios internacionales’ -dice un ex ministro kirchnerista que conoce bien a la Presidente y que, sobre todo, ha viajado con ella y con Kirchner durante los primeros años de idilio K”.

Sabido es que Cristina es voluntariosa, así es que tuvo su intento de aprendizaje, de adulta, tomando clases con Walter Kerr, el traductor oficial de la Presidencia desde el punto cero de la era kirchnerista. Hay sobrados ejemplos de que ese intento fracasó, pero Cristina, en lugar de asumir la derrota, se ocupó más bien de disimularla al invisibilizar al traductor, que, si en tiempos de Néstor aparecía siempre presente en las imágenes de los encuentros del Presidente con líderes internacionales, ahora quedaba relegado al rol de apuntador tras bambalinas, para ser ella la que en apariencia mantiene un cara a cara con su interlocutor extranjero.

Una primera lectura podría ser que Cristina, acorde a su obsesión por la imagen y el querer ser, transita cada “actuación” como realidad, convencida de que es una eximia bilingüe y de que nadie es capaz de percibir esa postura.

Otra sería reconocer que su verdadera intención es “dejarla picando”, provocar para convertirse automáticamente -nuevamente- en víctima, en centro de todas las humoradas y las páginas escritas, desviando el eje primario de la nota del magazine The New Yorker, que se titula “Death of a Prosecutor. Alberto Nisman accused Iran and Argentina of colluding to bury a terrorist attack. Did it get him killed?”.

Cristina -ninguna ingenua- es bien efectiva con su maniobra, porque -percibida o no- ningún argentino queda indiferente ante semejante provocación, y el eje principal de la entrevista queda relegado a un segundo plano.

Una anécdota cuenta que hubo una vez, en tiempos en que Cristina Fernández se desempeñaba como primera dama, durante una cena en la quinta presidencial de Olivos para agasajar a Horst Köhler, el presidente del FMI, el presidente Néstor Kirchner, a través de Walter Kerr, que oficiaba de traductor, confiesa a Köhler sus intenciones de pagar lo más pronto posible para evitar que el FMI se inmiscuya en las cuentas de la Argentina y evitar la intervención del Congreso, aludiendo a que Argentina atravesaba una crisis, que los diputados eran tarderos y que él necesitaba acelerar los tiempos, en una clara denostación al funcionamiento del Congreso de la Nación. Cristina, que para ese entonces era senadora, quiso intervenir haciendo oír su voz, pero, al no manejar el idioma, solo atinó a interrumpir: “No, no, no. I congress, I congress”.

 

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