Semántica de un Billete

 

El Oficial Ochoa tiene cuatro hijos y está a punto de jubilarse, tras veinticinco años de servicio en la Policía Federal portando un historial intachable, sin antecedentes de ningún tipo; conducta heredada de su padre gracias a quién, hoy forma parte de la Fuerza y, por sobre todas las cosas, es peronista de ley, de los de antes, endogámico; peronista por vocación desde aquel día que escuchó por primera vez de su propia boca, la anécdota de la peregrinación eterna hacia la Plaza, aquella jornada histórica de los pies en la fuente, un 17 de Octubre del `45; que motivó, a Ochoa padre, a abandonar su puesto en la garita de control vial, en el cruce de las avenidas Córdoba y Alem; que dirigió hasta el `58, año en que se instaló, en esa intersección, el primer semáforo porteño, que lo forzó a enmarcar su silbato en un recuerdo que el Oficial Ochoa hijo conserva colgado en una pared. Justamente -la anécdota de su padre seguía así-, cuando desde esa posición privilegiada divisó a la columna multitudinaria que venía marchando desde el sur, por Alem, bajó con entusiasmo para sumarse a los miles de descamisados que reclamaban, camino a la Plaza, por la liberación de Perón. Pero el afán peronista del Oficial Ochoa hijo, no tiene origen sólo en la rama paterna, no; también tuvo incidencia su madre que lo hacía dormir, noche a noche, pedal a pedal, al ritmo de la máquina de coser que le había regalado Evita, con la que remendaba sus calzoncillos pero también, cosía para afuera; que algunos vecinos, que también habían recibido una, vendieron al precio de dos damajuanas verdes de cinco litros, pero que otros tantos, como ella, dignificaron. Probablemente en esos tiempos se haya instalado el “Sino estás con nosotros, estás en contra de nosotros”: el gorilaje como categoría ideológica; en uno u otro bando, lo mismo da. Con la raíz peronista incrustada en la piel, es plausible de entender el porqué el Oficial Ochoa queda petrificado cuando me ve sobre la vereda, entre una sucesión de billetes de cien. No puede resistirse a mí, o más bien, a la imagen de Eva que traigo impresa en mí: el retrato de María Eva Duarte de Perón de perfil izquierdo, adornado con una orla de flores. En el centro superior puede leerse, aunque dudo que Ochoa preste atención a esto: “BANCO CENTRAL DE LA REPUBLICA ARGENTINA – MARIA EVA DUARTE DE PERON 07 05 1919 – 26 07 1952”, y por debajo de estas fechas la frase: “Como mujer siento en el alma la cálida ternura del pueblo de donde vine y a quien me debo” –ahora sí, Ochoa lee moviendo los labios. Está embelesado: nunca se sintió tan cerca. Aún, los billetes no pasamos por el conteo de los peritos policiales; están entretenidos rotulando las armas incautadas en el asalto al Súper Chino. Ochoa toma ventaja de la situación. Mira hacia un lado, mira hacia el otro, pergeña, no puede evitarlo, se deja llevar…, y en cuanto ve la oportunidad, se lanza sobre mí y me guarda en su bolsillo trasero. Es algo habitual en los decomisos, relevar una cantidad y declarar otra inferior. Sucede a menudo, es sabido, aunque Ochoa, en sus veinticinco años de servicio, jamás haya transgredido la Ley… Hasta hoy. Es su primera vez. Si Evita viviera…


billete

Al llegar a su casa en Lavallol, luego de que el patrullero de la 4ta lo alcanzase hasta la esquina como todos los días tras cumplir sus horas de servicio exceptuando las tardes que además hace un adicional en la cancha del Club Atlético Lavallol cuando hay partido, me coloca junto al altar de la Virgencita Claudia, Patrona de los Esteros del Iberá, que está sobre un modular, ni bien se entra al desván. Lo veo persignarse y agradecer el estar vivo. Lo observo arrodillarse en un rezo ante la Santa Patrona y ante Santa Evita, o sea, ante mí. Al segundo día, ya estoy pinchado como una estampita a un lado de la Claudia. Permanezco ahí, quietito, mientras transcurren los días, como cinco como una semana como diez noches, viendo pasar las rutinas familiares de esta gente, mientras se acumulan junto a mí las cuentas por vencer, como si implorasen a la Virgencita o a la Santa Patrona de los humildes para que sea alguna de las dos quien finalmente pague la luz, el gas, los impuestos.
La mayor de las hijas se levanta tempranísimo para ir a la facultad. El que le sigue prepara el ingreso para la escuela de Cadetes, siguiendo la tradición familiar, y los dos más pequeños (uno propio y otro, mejor no aclarar si fue un desliz de la costurerita que dio el mal paso), están escolarizados. En esta familia tipo del conurbano el salario es magro y la dignidad plena. Cuando uno de esos días, el veintitrés, se establece como límite de plazo para el segundo vencimiento de la factura del servicio de cable comunal que contrataron cuando supieron que para acceder a la TDA (televisión digital abierta) su barrio estaba fuera del área de cobertura, la hija mayor, en un acuerdo con su madre, a sabiendas de que soy necesario para completar el importe a pagar, me toma y me acomoda dentro de la boleta doblada, junto al resto de billetes. La tramoya la propuso la hija, que bajo ninguna circunstancia estaba dispuesta a perderse otra vez los capítulos de Avenida Brasil, como el último mes en que les cortaron el servicio de cable por falta de pago. La madre estuvo de acuerdo; tampoco quería perderse la novela. El complot consistía en reemplazarme por una fotocopia color que la hija haría en la librería de la otra cuadra, a pesar de que el Chavón de la fotocopiadora, que la conocía desde el colegio, le advirtiera que era un delito fotocopiar billetes, y que ella se defendiera argumentando que se trataba de un trabajo práctico para la facultad. El Oficial Ochoa jamás advirtió el cambio. Para él, nunca fui un billete. Era puro simbolismo: yo encarné siempre a Eva Perón, Jefa espiritual de la Nación, que un 26 de julio de 1952, siendo las 20:25, entró en la inmortalidad.

APG


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