Columna Infobae

Publicado originariamente en Infobae

Es sabido -lo menciono continuamente con la frecuencia de un capricho-, que el primer libro que leí, ni bien comencé a reconocer la magia de las letras, fue el Diccionario, rápidamente suplido por una tupida Enciclopedia que me interpelaba desde la gran biblioteca hogareña. Necesitaba entender o -al menos- saber el significado de las palabras que escuchaba del mundo adulto porque el infantil me aburría o no me bastaba. Pasados los años, mi ánimo se invirtió: ahora escucho más a los niños porque el mundo adulto me aburre o no me basta, aunque mi apego al diccionario sigue intacto; entonces, cuando el pasado 18 de mayo, el pensador Santiago Kovadloff, presidiendo un panel que se completaba con Alejandro Fargosi a un lado y Horacio Jaunarena al otro, dirigiéndose a unos pocos -los concurrentes a la convocatoria del cuarto mes en memoria de mi primo Alberto-, dio “la bienvenida a esta casa que es sinagogal en el sentido más profundo del término, vale decir, como espacio de reunión, puesto que el espíritu fundamental de lo sinagogal es convocar a la convergencia, al encuentro, y en ese sentido es que aquí hemos decidido hoy reunirnos”, yo supe que acabaría, irremediablemente, indagando en el origen etimológico de la palabra “sinagoga”. Así me enteré de que el término proviene de dos raíces griegas: syn (junto) y agein (guiar conducir). De ahí deriva un verbo (í sinagoyí), y de ahí sinagoga, el lugar donde tienen sus reuniones los hebreos el séptimo día. Esta digresión quedaría en la mera anécdota si no fuera porque para el DRAE, en su tercera acepción, sinagoga significa “reunión para fines que se consideren ilícitos”. Resulta curioso, porque usualmente se peca fuera de los templos y se redime dentro de ellos. Salvando la gracia que regala el oxímoron, procuré ahondar en el asunto. Así, conseguí averiguar que esa tercera acepción para el término sinagoga fue introducida en la 19a edición (1970) del DRAE y que, al día de hoy, cuarenta y cinco (45) años después, en la edición digital 22ª, aún puede verificarse lo que aquí cuento. Cuarenta y cinco años es mucho tiempo para persistir en un “error” sobre los hábitos de una Comunidad. Sobre todo teniendo en cuenta que la RAE no dictamina sino que legitima los usos y costumbres populares de la Lengua. Lo que infiere a pensar que el imaginario colectivo cree o creía, allá por los años setentas, y los cuarenta y cinco subsiguientes, que los judíos se reunían -se reúnen- en las Sinagogas con el fin de cometer actos espurios.

Ahora bien, ¿cómo se construye el creer de una sociedad, el imaginario colectivo? La vasta bibliografía imperante deambula por Goebbels, Apolds, Duranes Barbas, Aníbales, por el uso o abuso de la Cadena oficial y la del desánimo, por la instalación artificiosa de agendas, de colores, de encuestas tendenciosas, del relato; por los medios oficialistas y los hegemónicos y los Tinellis y los etcéteras. En síntesis, pura manipulación que responde a intereses de ocasión, que procura imponer un pensamiento único, que si es eficaz, envuelve al manipulado -al desprevenido, al ciudadano, a esa pobre buena gente-, anulándole su libre pensar como individuo, privándole de la capacidad de discernir. Haciendo acuse de uno de estos mensajes que intentan bajar línea, Horacio Jaunarena, esa misma mañana del 18 de mayo, frente al escueto auditorio reunido en el bar del Centro Cultural del Museo Judío de Buenos Aires, anexo al histórico Templo Libertad, que es la primera Sinagoga de la Argentina (1897), patrimonio de la Nación, dijo, en tono irónico y haciendo alusión a Santiago Kovadloff, situado a su derecha, que estaba sentado al lado de un fondo buitre.

Alejandro Fargosi, un poco más serio, ahondó en ese mismo sentido, al sostener que la clave está en que la realidad nos tiene sometidos a un bombardeo permanente de variaciones. Que éste no es ni el primero ni será el último Gobierno que tiene la técnica de saturar de “información”. Ahí está una de las principales explicaciones de por qué la muerte de Alberto Nisman transita aletargada o escondida, porque es parte de esa estrategia -insiste Fargosi. Si hacemos el ejercicio de leer los diarios de modo analítico, concluiremos que no hay cabeza humana capaz de almacenar, además de los asuntos propios, la realidad que impone el día a día. Por eso es entendible el escapismo social que se produce hacia el Fútbol, el programa de Tinelli o la Serie americana serial. El Poder, no exento de este actuar, abordado comúnmente por la Sociología Política, lo fomenta a niveles monumentales, que incluyen la promoción de la delincuencia, con el desenlace obvio de quitarle a los individuos lo único que tienen en común, que son los espacios públicos. Este hecho de ningún modo es accidental, ya que la vida en común de una Sociedad no transcurre dentro de sus casas. Los medios, al promover la delincuencia, y el Gobierno al promover la impunidad, lo que consiguen es diluir esa comunidad a la que se supone debemos pertenecer. El caso de Alberto -insiste Fargosi- es antológico en ese aspecto: de alguna forma ha pasado a un tercero, cuarto, quinto, octavo nivel, algo escandaloso en sí mismo, pero coherente en vista de la superficialidad característica con la que los Medios rozan la realidad. Estamos -me animo a arriesgar- bajo un Estado de sitio implícito, acatando un Toque de queda tácito que nos hace quedar en casa antes de que aparezca la primera estrella, dejar de ir un domingo a la cancha con nuestros hijos, evitar también que salgan a divertirse, incluso -nosotras, las mujeres- cuidarnos de usar determinada blusa para no ser “culpables” de que, eventualmente, se nos ultraje. Habrá quienes intenten hacernos creer que somos putas, que el Fiscal Nisman tal o cual cosa, que los Fondos Buitre, que los judíos ortodoxos asaltan Bancos, que el Ministro de Economía cobra un sueldo escandaloso de la aerolínea de bandera, que atravesaremos la estratósfera y que la mar en coche. Intentarán, los unos y los otros, construir realidades a creer, para mantener su Poder. Mezquinamente. Unos y otros, olvidando que los ciudadanos estamos en el medio mientras ellos juegan al Far West. Es necesario apartarse de la línea de fuego para pensar. Pensar es una actividad infrecuente en la República Argentina -sostiene Santiago Kovadloff-, es una actividad riesgosa en la República Argentina, pero es una actividad indispensable donde el ideal del civismo es regir las conductas que tengamos en el campo de la concepción de nuestro presente. Nos reunimos, aquel 18 de Mayo, para eso: para sostener el pensamiento y entender que la acción no es la antítesis del pensamiento; es precisamente el recurso que orienta y da significado a la acción. Sin el pensamiento la acción es puro impulso. Sin acción el pensamiento es la expresión sofisticada de la impotencia.

Nos reunimos porque conocemos el avance de las mareas: son pasajeras, pueden traer olas de ruido y espuma que arrastran y arrasan todo, a merced de lo que viene detrás. Pero el oleaje, por más furioso que sea, no puede nunca -nunca- con los sedimentos que siempre -siempre- perpetúan pétreos con el mote de Memoria.

 

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