Los Santos vienen marchando

plaza de mayo paraguas

El servicio meteorológico anunciaba fuertes lluvias para la tarde del miércoles. Al leerlo, esta misma mañana, rogué, imploré, que por favor esta vez -de una buena vez- el pronóstico acertara. Deseaba que lloviera. Fuerte. A la tristeza le va mejor la lluvia. Le regala al duelo, a la marcha en su conjunto, un sentido épico. No existe clima adverso -ni del tiempo, ni de otro tipo- capaz de achucharrar la voluntad de marcha. Si las Madres no se dejaron amedrentar marchando en plena Dictadura, cómo lo vamos a hacer nosotros por un poco de agua o un poco de chicana de baja estofa.
Hubo una época de mi vida en que me gustaba caminar por Avenida de Mayo, los domingos bien temprano, a esa hora del séptimo día en que el trajín propio de la ciudad prefiere descansar. Entonces, caminaba por Avenida de Mayo, escoltada y contenida por una membrana uniforme y continua de edificios mudos a cada lado, por el puro capricho de estar a solas, embebida por la soberbia arquitectura de principios de siglo. Para apropiármela.
El domingo volví a ir. Después de muchísimos años. Quería recorrer sola y en silencio, el trayecto que une el Congreso de la Nación con la UFI AMIA -Fiscalía que presidía mi primo Alberto-, que hoy, miércoles 18 de Febrero, volveré a caminar con el mismo silencio pero en compañía de muchos más.
Si todo se arreglara tan sólo con cerrar los ojos. Si fuera así de fácil, yo caminaría a ciegas, por el eje central de la avenida y a contramano, pisando con equilibrio de malabarista la línea blanca entrecortada, reconstruyendo en mi imaginario la maqueta de cúpulas que alguna vez vi romper un cielo diáfano. Pero es bien sabido que sólo priva -la ceguera- y que de insistir con los ojos cerrados sólo conseguiría que un auto me arrollara a su paso.
La Avenida de Mayo es una de las pocas y privilegiadas arterias de Buenos Aires que aún preserva su esencia, en una ciudad que crece descontrolada e imperfecta. Una ciudad superpoblada en un país desierto, una ciudad en la que se yerguen miles y miles de edificios sin ningún criterio. Al lado de una torre hay un PH. Al lado de uno racionalista, se yergue lo irracional. A la construcción de estilo, la interpela otra carente de estilo. Brotan del cemento mismo, crecen donde no deberían crecer, emergen indignos, como plagas, sin ninguna estirpe, absurdos de aglutinamiento. Y se creen modernos. No brindan nada y nada los detiene, una metáfora de vida incontenible, que paradójicamente, enfrenta nuestra debilidad. Son el cruel espejo de la sociedad. Espejo, espejito… la luz de una mañana brillante me encandiló y tarde, como siempre, me di cuenta de que a quien reflejaba el vidrio espejado del Santander Rio, en una zona en la que no abundan vidrieras, era a mí; era yo, como un maniquí, inmóvil, silenciosa, tomando conciencia de que ya formaba parte de la recova del Edificio La Franco Argentina, de estilo racionalista, en el que más arriba, en el séptimo piso, por alguna de las aberturas de la enorme fachada de ritmo vertical, mi primo Alberto, probablemente, se haya asomado durante años en busca de la luz milagrosa que le permitiese esclarecer el bajo fondo de los escombros del Atentado a la Amia, en la firme convicción de encontrar respuestas.
En ese andar, confluyeron, a mi mente perturbada, un sinfín de motivos para volver hoy aquí, para asistir a la Convocatoria ciudadana del 18F. Mi derecho a marchar. Mi derecho a homenajear. Mi derecho a llorar. Mi derecho a reclamar. Mi derecho a formar parte. Mi derecho a ser parte. Mi derecho a saber. Mi derecho a una respuesta. Mi derecho democrático. Entiendo que mis motivos puedan estar viciados en mi propio beneficio; cada individuo que se haga presente tendrá los suyos. Mis derechos son obligaciones. Íntimas, individuales, egoístas, miserables que, al marchar entre la gente, se disiparán o potenciarán en el colectivo.
En lo más íntimo necesito aclarar en mi mente perturbada, la naturaleza de la podredumbre en la que nos revolcamos, los argentinos, extasiados en una orgía demencial. Como bobos. No consigo precisar si la naturaleza de esa podredumbre es social, política, religiosa, moral, institucional, argentina o peronista endémica, pero lo que no me cabe duda es que existe y, como toda podredumbre, huele mal. Pero ésa ni siquiera es la peor desgracia. Para percibir el olor de lo putrefacto es necesario situarse en el lugar foráneo, preservar los sentidos intactos, estar exento y a salvo de la manipulación de vahos maliciosos y corruptos que se expanden como la peste hasta privarte del sentido del olfato. Hay que salirse de la cloaca, del agua estancada de la política sin respuestas para no quedar envuelto gradualmente como la brasa envuelve a la rama hasta apoderarse de ella y volverla ceniza. Esa pobre buena gente que con el LCD, el Futbol para todos y la net, cree tener todo lo que desea; menos la libertad. Esa pobre buena gente no conoce el olor de la libertad. Esa pobre buena gente se incendia a lo bonzo sobre el maloliente basural de la política del puntero y el clientelismo. Y ni siquiera siente el calor del fuego. Quiero vivir en un país cuyos dirigentes rescaten a esa pobre buena gente para ponerla a salvo. A resguardo de la podredumbre, en un lugar donde consigan expandir sus pulmones y discernir entre el jazmín y el estiércol.
Ayacucho. Bartolomé Mitre. La dispersión mental en búsqueda de respuestas mas un cielo plomo que corona pero aún no abdica me desvían irremediablemente de mi rumbo, para dejarme arrastrar por el gentío que se moviliza a ritmo de hora pico. Y recién pasan las cuatro. Debería seguir derecho hasta Paraná -punto de encuentro desde el cual partiremos los familiares de Alberto-, pero los que vienen caminando por la avenida Callao, desafiando la lógica del orden vehículo/peatón, incluso el sentido mismo de la avenida, me absorben. Algunos llevan cintas negras en sus frentes; otros pocos, banderitas de Argentina, pero la mayoría sólo va; con cierta excitación u orgullo ciudadano. Me gustaría seguir con la multitud pero hoy, lamentablemente, la vida -o más bien su antónimo- me ubica en otro lugar.
A las 17:15hs., Sandra Arroyo Salgado, ex mujer de mi primo Alberto, Iara y un amigo, mi tía Sara, mi tía Lidia y mi prima Sandra, bajan de los autos que las preservaban a resguardo, para unirse al resto de familia que esperábamos afuera. La consigna es caminar por Paraná hacia la Plaza. Nos guía el Rabino Sergio Bergman, con un séquito de custodios voluntarios del Templo Libertad: ése es el primer anillo de contención; le sigue un corralito de hombres grandotes vestidos con remeras negras con la inscripción “Marcha del Silencio”; son del Sindicato de Judiciales, y forman parte de la logística que dispuso Julio Piumato, presidente de dicha Asociación, para escoltarnos durante el trayecto. Nuestra ubicación será detrás del grupo que encabezan los Fiscales, no junto a ellos: por detrás de ellos, con la lógica distancia que separa una institución familiar en duelo de una institución judicial que pareciera recapacitar o necesitar pedir perdón.
La Plaza de los Dos Congresos está en pleamar, es decir, el punto más alto que registra una marea. Marea de gente que marea al tratar de ingresar para ser parte. Y no es que lo diga porque tenga verdadera dimensión de lo que acontece -de eso tendré conciencia recién al día siguiente al ver el impacto en las imágenes aéreas – sino porque al abrirnos paso entre la muchedumbre para acceder al vallado, sentimos la presión de la masa que nos reduce en un puñado compacto. La sensación es parecida a viajar en el Subte D, en hora pico, cuando se abren las puertas y la gente trata de entrar a un vagón ya colmado, con la salvedad de que estamos -la familia- rodeados de hombres grandotes: parecemos entonces, estrellas de rock. Sin su dicha. La gente es algo increíble, nos da fuerza, ánimo y, como puede, colabora para abrirnos paso. Cuando por fin accedemos al vallado, Bergman se retira con la labor cumplida y quedamos ahí, sacudidos por la emoción, expectantes a que, allá a lo lejos, en la cabecera que encarna el grupo de Fiscales alineados tras una bandera negra, con tipografía blanca en la que se lee -yo lo leería recién al ver las imágenes posteriores-: “HOMENAJE AL FISCAL ALBERTO NISMAN. MARCHA DEL SILENCIO”, dé la señal de largada. Aún no son las seis. La carucha de susto de Iara, petrificada en el tumulto, se pierde como un punto negro más en el colectivo -potenciado por su vestimenta: jean chupín negro y remera ídem. Y pensar que fue ella quien tomó la iniciativa, con gran valentía, y decidió estar presente. Quién pudiera entrar en esa almita conmovida para abrazarla. Esta vivencia, sin duda, va a ser ese abrazo que la abrace de por vida.
Una sensación, un rumor similar que ya he sentido, si es que cabe el lugar para la analogía y -una vez más- la auto referencia. Quien haya corrido alguna vez una maratón, sabrá entender. Los instantes previos a una carrera conforman un evento épico. Los corredores, que son miles, hermanados con el desconocido anónimo, se compactan tras la línea de largada en una procesión que tiende al infinito. Aguardan estoicos que quien deba dar la bendita señal, lo haga de una buena vez. En el mientras tanto de la espera, con centímetros de distancia entre sí, abundan los estómagos revueltos, el nerviosismo, la excitación y ansiedad, el orgullo de ser parte de esa masa uniforme y multiforme tras un mismo objetivo que, contrario a lo que se pudiese imaginar, no es tan importante el llegar, como el estar yendo; en una misma dirección. Sólo unos pocos, una elite, tiene interés en estar entre los primeros; pero se trata de un grupo minúsculo que forma parte de la cabecera. El resto son pares igualados en la mera participación y, por más que resulte imposible percibir el volumen de la multitud porque cada corredor está sólo en contacto con los más próximos que lo rodean, es sabido que el colectivo de atletas es superlativo.
Cada ciudadano -cada corredor- es -o será- consciente de que está siendo parte ineludible de ese acontecimiento histórico. Y como si la misma señal sirviera para anunciar la largada y para correr el telón del cielo, ni bien comenzamos a marchar, comienza a llover: sincronía de Dios, para los devotos; un cielo protector, casi sólido, como un manto que arropa, para mí. Entonces, como la señal ya fue dada y la lluvia bendice, avanzamos lento y a paso firme en un perpetuo temblor emotivo que se mantendrá durante las más de dos horas de procesión bajo el aura del diluvio. No se puede hacer más lento -dice una voz celestial. Otras voces, más cercanas, dan aliento, dan fuerza, se arriman y abrazan los cuerpos húmedos, empapados. La multitud queda semi amparada bajo un cielorraso de paraguas. Yo prefiero caminar a cielo abierto. Ellos también -me enteraría luego. La lluvia lava el apresto de sus camisas y subvierte el acicalado y petimetre de sus trajes de alpaca. Ojalá que la lluvia redima también sus consciencias, para barajar y empezar de nuevo. Yo vi llorar frente a la tumba de mi primo Alberto, a uno de ellos: al Presidente de la Asociación de Fiscales, Dr. Carlos Donoso Castex, compungido, quebrado, como si asumiera, en nombre de sus colegas, no haber hecho lo suficiente.
La tarde ya es noche. Si yo pudiera musicalizar este homenaje lo haría con gusto, pero me contengo: desconozco si mi primo Alberto habría estado de acuerdo. Tal vez, si no se hubiese aislado tanto en sus asuntos de la profesión, conocería sus gustos musicales. Pero como eso ya no es posible, avanzamos pues al ritmo que nos marca el silencio, a veces tomados de las manos o enlazados por sobre los hombros o por las cinturas y ya no nos soltamos. El temblor de uno es el temblor del otro. La lluvia es de todos. También del pañuelo blanco de una de las Madres de la Plaza, que sin que nos diéramos cuenta se unió a nosotros y nos honra. “Mirá que yo no estoy con Hebe, eh” -me dice con convicción, como si hiciera falta aclararlo. Unos pasos al costado camina solo, empapado, desvencijado, Luis Czyzewski, papá de Paola (21), fallecida en el Atentado a la AMIA. También están las caras que ya resultan familiares, de los hombres que nos cuidan en el trayecto; en el primer anillo, por ejemplo, hay uno que me lleva dos cabezas que me cuenta que es Médico Oftalmólogo de profesión y voluntario en el Templo de Libertad. Ahora, quedamos detenidos un buen rato. Mi necesidad intrínseca de orientación me hace buscar alguna referencia externa que me resultare familiar por fuera de lo familiar, por fuera del continente de masa compacta. Alzo la vista, periférica, entonces la descubro; es la extravagante fachada del viejo Diario Crítica: estamos en el mil trescientos treinta y tres de la avenida de Mayo, eso es un dato irrefutable, empero a mi me transporta por un segundo a la Metrópolis, de Fritz Lang. Mi viaje efímero es interrumpido abruptamente por una mujer joven que aparenta treinta y algo que, acompañada de una pequeña, se abre paso a fuerza de empujones hasta que, al reconocerse mutuamente, se estrechan en un abrazo emotivo con Sandra Arroyo Salgado. Enseguida me entero de que se trata de la babysitter que cuidó a Iara de pequeña. Pareciera que la adolescente hace esfuerzos por recordarla, pero está demasiado conmovida y contenida, afortunadamente, por su amigo que no se despega de ella en todo el trayecto, camuflado de la lluvia o del entorno, bajo la capucha de un buzo tipo canguro, color gris claro. En contrapartida, a la que se ve sola, es a Sandra Arroyo Salgado. Salvo por los breves mensajes de afecto y fuerza que intercambia con la gente en el andar, gracias a que su imagen es fácilmente reconocible luego de las inevitables capturas mediáticas de la última semana, el resto del recorrido, ella camina sola con expresión impávida, de rasgos angulosos, de difícil traducción.
Volvemos a hacer otro intervalo en la mitad de la avenida 9 de Julio. Un soplo helado que permea nuestras ropas mojadas es la señal de que prontamente muchos de nosotros caeremos en cama. Llega un rumor de que los Fiscales, los corredores de elite, ya llegaron a la meta. Retomamos pausado y lento. No se puede hacer más lento -insiste la voz celestial. Mi tía Sara y mi prima Sandra son las que marcan el ritmo lánguido, pesadumbroso. Sara, sobre todo, camina con esfuerzo, cabizbaja, tomada del brazo por el rabino Marcelo Polakoff, aquél que le contó a la pequeña Kala -que hoy no vino-, el cuento del cocodrilo y la mariposa, el día del entierro de su papá. Viajó especialmente desde la Provincia de Córdoba, en donde vive, a expreso pedido de mi tía Sara. Fue ella quien insistió en que él estuviese presente. Y fueron varios los que bregaron para que ese deseo fuese concedido.
Una cuadra antes de entrar en la Plaza, luego de rápidas y concisas comunicaciones por handy o esos dispositivos diminutos que se prenden junto a la boca del personal de seguridad, que no alcanzo a oír pero sí advierto, un grupo de ellos rodea a Sandra Arroyo Salgado y su madre, y a Iara y su amigo, y en una maniobra ágil y repentina que dura un segundo, los quitan de la procesión hacia un costado, hasta desaparecer. Nosotros seguimos marchando junto a mi tía Sara y mi prima Sandra a la cabeza. Alzo la vista en busca de la referencia. Tengo frente a mí al imponente edificio La Franco Argentina. Está todo a oscuras. Salvo, una hilera de ventanas: es el séptimo piso, en donde funciona -o funcionó- la UFI-AMIA, que se creó gracias al Presidente Néstor Kirchner en el año 2005, delegando en mi primo Alberto la investigación del atentado.
Justo por debajo hay una suerte de tráiler desde donde Julio Piumato anuncia que la familia está entrando a la Plaza. Hay aplausos. Se canta el himno otra vez. La gente es maravillosamente conmovedora en sus palabras de afecto y aliento. La emoción toma forma de lágrima y temblor nuevamente. Piumato, otra vez, micrófono en mano, pide un minuto de silencio. Luego, a mi tía Sara, mi prima Sandra, Lidia y alguno más, los suben al tráiler con los Fiscales. Cuando Campagnoli se deja ver, la gente aviva ¡Campagnoli! ¡Campagnoli!. Piumato vuelve a tomar el micrófono y pide a la multitud que comience a desconcentrar. Por favor. El oftalmólogo se inclina dos cabezas hacia abajo hasta alcanzar mi oído y me dice: Listo. Ya pasó todo. Ya son uno más. Mézclense entre la gente. Cuando quise agradecerle, ya no estaba. Ni él, ni los otros. Miré nuevamente al cielo. Aliviada. Había dejado de llover. Otra vez la sincronía de Dios, para los devotos. El cielo protector, para mí.

 

IN MEMORIAM, Editorial Planeta. Pág. 127

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