Aspectos de la vida de Enzatti, de Marcelo Cohen

   

42 años
Bajo un espeso cielo sin luna hay un edificio, en el edificio varias ventanas abiertas, aunque ninguna iluminada, y cerca de una de esas ventanas un hombre pensando que ocupa el centro de la noche. Tiene los ojos abiertos, pero la mente en duermevela, y a su alrededor la oscuridad incompleta se agita a veces enviándole reflejos rosados o blancuzcos, atisbos de objetos que el hombre no intenta reconocer. Se llama David Enzatti. Está acostado; no se mueve porque, si en cierto modo está pensando, piensa que el sistema de la noche, sus equívocas armonías, dependen de que él se mantenga en el centro. Enzatti se considera tranquilo; piensa o siente que él articula la noche. Sudando un poco, lamido esquivamente por la respiración de su mujer, deja que los ojos se le cierren. Una oscuridad más absorbente le exige que no se abandone, y al mismo tiempo lo cerca y lo acuna.
De repente oye un grito.
Es violento, es largo, tiene algo de lata y aislamiento, no es un grito vertical sino sesgado o parabólico. Oteando la oscuridad, Enzatti se esfuerza por discernir si ha soñado en sus sueños o en algún lugar del mundo, y mientras se arranca las gases de la duermevela el grito vuelve a oírse y otra vez se le escapa: lo único que le queda es la angustia del eco en la cabeza. Y el eco dice que el grito, por mucho que se haya repetido, no es de desesperación, tampoco de pena, no es un grito de dolor ni de cólera ni de rabia. No es un insulto, no es un gemido. No se hunde claramente en el silencio como el chillido de un lirón, no le da peso al silencio, ni forma: lo fractura.
Es un grito, y cuando vuelve a hacerse oír Enzatti tampoco lo escucha (sólo puede sumarlo al recuerdo porque está pensando), deliberado y urgente. El grito de alguien que quiere que lo oigan gritar.
Y ahora Enzatti, inmóvil todavía en el centro de la noche, lo tiene en la cabeza y no puede ignorarlo.
Por mucho cuidado que ponga en no despertar a Celina, que sigue durmiendo, al sentarse en la cama Enzatti altera el sistema de la noche. La oscuridad seccionada se ha puesto a girar en raros sentidos, y de la confusión nacen fuerzas mañosas, arbitrarias, que lo atrapan. Enzatti y la estela del grito están unidos a través de la noche como dos puntas de una grieta que corre entre escombros. Pero la unión no es inerte, sino magnética o viva, u ocurre más bien que Enzatti no soporta que el que ha gritado siga gritando.
La placidez se resquebraja. Enzatti se levanta, se asoma a la ventana: una azotea con macetas, líneas de alquitrán en un techo, un gato se escabulle, antenas y tanques en una atmósfera de nitrato de plata.
Se aparta de la ventana, domina el corazón, agarra de la silla el pantalón y la camisa, se calza los mocasines y esquivando muebles apiñados, pisando cajas y juguetes, encuentra en el pasillito un reducto donde vestirse. Después cierra la puerta del dormitorio: Celina sigue durmiendo. Mientras se apoya en la jamba de la otra puerta para pispear en el cuarto de los chicos, los ronquidos esporádicos, menudos, le llegan flotando en la penumbra como partes de ese orden que el somnífero que tomó no pudo terminar de construir. Hay ahora para Enzatti un ensueño de olores infantiles, quizá un desvanecimiento, y antes o después del nuevo grito la impresión de que un desequilibrio está por desintegrarlo; después, seguramente, porque esta vez el grito le llega no sólo como un llamado sino como una consecuencia.
¿Consecuencia de qué? Con el recuerdo del grito, que sigue conmoviendo el aire, Enzatti se llena de rajaduras: como el esmalte rajado de una cerámica entera. Pero no, no es eso.
A los tumbos va a la cocina, esquiva más objetos, tantea el hacinamiento en busca de una servilleta y se seca el sudor. Se está preguntando por qué no entró en el baño, cuando vuelve a oír el grito, más enérgico o más impaciente, también más amortiguado porque no hay allí ninguna ventana abierta, y entonces, en el resplandor que se filtra desde el patio interno, entre la raya blanca que es el brillo de la cafetera y los destellos de los mosaicos, le parece ver la cuerda arqueada del eco del grito, y en su propio cráneo, como en un teatro fugaz, la recua de armónicos que lo acompañan.
Todo sonido tiene sus armónicos, sonidos secundarios que lo rodean y lo conforman; una grey discreta, opciones ocultas y quizás postergadas. Un sonido es él y el racimo de sonidos simultáneos que arrastra o desencadena. Eso dice la física. Y además de los armónicos, si uno pellizca una cuerda (piensa Enzatti) la nota que se oye es seguramente impura, porque la cuerda vibra, o vibra el aire, y la vibración se propaga y afecta otros puntos del aire antes de extinguirse; y el aire está lleno de impurezas.
En el teatro del cráneo de Enzatti el grito que lo arrancó de la cama, el grito que en la calle o el mismo cráneo vuelve a sonar y convoca, está levantando un revuelo de sonidos antiguos. El grito surca el cráneo y los armónicos se expanden, se arremolinan, chocando con cosas dormidas que, obnubiladas, se alzan a la vigilia tintineando. Después los sonidos se derraman, a los saltos se cuelan en la noche de la cocina para reventar lo que queda de orden, pueblan las capas giratorias de la oscuridad y Enzatti, con la camisa pegoteada y la servilleta en la mano, entra en el tráfago o se deja arrastrar. Otra vez, a todo esto, le parece haber oído ese grito pelado. Descuelga las llaves y sale.
 
31 años
Al salir del hospital sintió que la primavera le sacudía el cuerpo con una tropa de aromas para obligarlo a levantar la cabeza y mirar su despliegue. Era deslumbrante, sí, y arbitrario: jacarandaes cuajados de azul claro balanceaban las ramas en una ingravidez general, relucían los parabrisas de los coches, el polen y los vestidos y la brisa que deshacía peinados unían sus vigores, una tibia alianza sinergética ponía la realidad a levitar, no, a rotar sobre un eje variable, de modo que cada vuelta era un poco distinta a la anterior y nada, nada podía preverse, ni la hora del próximo café ni el rumbo del pensamiento. Como eso era justamente lo que Enzatti quería, perder el hilo, se dejó cercar por el aire. Así envuelto, más frío por dentro que indiferente, se alejó del hospital muy despacio convencido de que, como el rastro plateado de una babosa, dejaba un trazo de visiones desunidas: el frasco invertido del plasma, apósitos en la mesa auxiliar, el pedal de la camilla, relleno asomando por un tajo del tapizado de la camilla, las venas hinchadas en la nariz del padre, el ceño furiosamente arrugado, alguien con una hipodérmica. Era improbable que el padre de Enzatti recobrara la conciencia; lo habían operado después de la caída y, aunque una parte del cerebro estaba estropeada, los médicos se habían obstinado en salvarlo y ahora respiraba, con los párpados entornados, no siempre constante, más allá de la espera y el dolor. Entonces Enzatti dejaba atrás el hospital cargado de una rencorosa levedad. No por la primavera, no por algo cíclico. Madre muerta varios años atrás, ahora padre en el limbo, en la nada: Enzatti caminaba suelto, como supurado por el mundo, sin origen ni explicación. Nada de haber perdido un vínculo real: no había habido presagios, despedidas, no había habido recapitulaciones. Apenas una caída de viejo, un golpe. Y Enzatti en el mundo como una presencia inmotivada. No hijo de padre y madre, sino una emanación de la vida, una exudación, algo que, más que morir, al final terminaría evaporándose. Eso pensaba, sin espanto. Por el momento. Eran las once menos diez, y a las doce tenía que ver al fabricante de juguetes Malamud. Cruzó la calle. Se detuvo en la otra acera. “Ese bar”, dijo entre dientes. Y entró. En el espacio alargado, la gente no tenía más remedio que aglomerarse entre el mostrador y un tabique con espejos: agotados parientes de prostáticos, padres flamantes, enfermeras y proctólogos hermanados, entre el olor a mostaza y el humo de la máquina de café, por la eternidad de un intervalo. Al final del mostrador, ante el escurreplatos de aluminio, había un taburete vacío. Acomodándose, Enzatti pidió vino. Vino blanco frío, y se lo sirvieron no en vaso sino en copa. Un hombre que parecía huraño, o arrogante, lo desmintió dirigiéndole una sonrisa. Había bajado el diario y dado un paso hacia él, y lo miraba como si supiera que Enzatti había perdido los lazos con su origen. En ese momento de intimidad enervante Enzatti bajó la vista, aunque en seguida volvió a levantarla. Súbitamente el hombre dijo que lo disculpase, pero que lo estaba observando porque, si bien no era tanto más viejo que él, al verlo le había parecido verse a sí mismo en otro tiempo. Se rieron los dos. Enzatti lo convidó a una copa de vino. Entonces el hombre dijo que no bebía alcohol, y después del silencio hizo la pregunta: “¿Sabe por qué no bebo?” “No”, dijo Enzatti. “Entonces, mire”, dijo el hombre, “se lo voy a contar. Se lo cuento: una vez, hace años, yo tenía que ir al hospital a ver a mi hermano, que había chocado con la moto. A mí me hervía la cabeza por adentro, de la rabia, porque le había advertido que alguna vez se iba a hacer puré, pero no quería desaprovechar la visita en reproches. Sabía que mi hermano estaba grave, así que lo que más me importaba era conversar, por más que él fuera a curarse aprovechar ese momento decisivo para explicarle que yo le tenía un gran cariño y, dentro de lo posible, aclararle cuestiones importantes de nuestra relación, y también hacerle ciertas preguntas. Para que entienda lo fundamental que era para mí esa conversación, y en el fondo para los dos, le explico que mi hermano y yo estábamos muy unidos pero nunca, nunca habíamos dialogado. Por eso yo no quería desperdiciar la visita en reproches, sobre todo con un hombre que tenía el cuerpo hecho bosta. Así que, como yo era muy temperamental, para calmarme entré a un bar a tomar un vaso de vino. Tomé dos vasos de vino, bien pancho, digamos, debo de haber tardado unos tres cuartos de hora en meditar y tomar el vino. Y cuando llegué al hospital, me dijeron que hacía siete minutos que mi hermano se había muerto. Exactamente siete minutos”, insistió el hombre. Enzatti se dio cuenta de que no iba a poder mirarlo con franqueza. Este tipo es un boludo, pensó. ¿Qué viene a contarme ?, y ni siquiera por piedad o educación logró sonreír. Lo que hizo, entonces, fue sorber un poquito de vino, tenerlo un rato bajo la lengua antes de tragar, y mientras tragaba levantar la copa. Era una copa bombeada, el frío del vino la había empañado, y entre las gotas que se escurrían hasta la base, se dio cuenta Enzatti, sobre el vidrio convexo se acumulaban sin disputas las partes de ese mundo suspendido, el bar y zonas de la calle. En la copa había enormes dedos de enfermeras culminando brazos menguantes y al final diminutos, una pequeña caja registradora, un remoto ventanal, distintas cabezas que en su diversidad minúscula parecían inmóviles, y las campanas de vidrio con sándwiches y el ventilador del techo arriba en retirada, y el suelo abajo en retirada, y la frente de Enzatti en retirada, dejando el primer plano a la montruosa chatura de la nariz, tan alejada de los ojos, todo definido y dispuesto en un fresco nimbo verdeamarillo: la realidad acabada. Del otro lado de la copa, no excluido pero aceptado a gatas, aleatorio, el hombre del hermano muerto parecía exigir un comentario a su historia. “A mí “, dijo Enzatti, “no me espera nadie. Yo ya fui al hospital, vengo de ahí. Yo puedo tomar todo el vino que quiera.” Pero no bajó la copa como quien ha dicho algo concluyente. En la copa se ordenaban partes del mundo que la primavera había puesto a girar.
 
 
42 años
En la luz enchapada del ascensor Enzatti evita mirarse en el espejo. Es cuando levanta la mano para alisarse el pelo que el grito estalla de nuevo como una campanada (aunque timbre de voz), embistiendo, reclamando, pero débil en fin, sometido por el sunsún del ascensor. En la cabeza de Enzatti, de todos modos, sonidos adocenados reaccionan caóticamente. El corazón se le contrae como si quisiera defenderse, y con ese malestar Enzatti se apura a ganar la calle. A lo mejor esta última vez fue el recuerdo del grito lo que oyó. A lo mejor, verdaderamente, no lo oyó nunca.
Afuera, como todas las noches, la luz pública alcanza para ver muy poco. La desquiciada geometría del barrio reverbera apenas en el sueño, rechazando el peso de la humedad con la monotonía de sus balcones seriados, sus pastos solitarios, con la fingida solidez de una clase media declinante. En la esquina, junto al charco de luz de un farol, un bache muy largo parece una boca pasmada en el asfalto. Enzatti enfila hacia la esquina del supermercado. Cuando llega se sienta en el escalón de la entrada, mira la noche, el lejano semáforo de la avenida, cierra los ojos y cree que dormita, pero al rato pasa un cache, ya ha pasado, y él se levanta.
En la ochava de enfrente leves grumos de niebla se pegan a la base de una garita de vigilancia. Es un tubo alto de base hexagonal y estaría vacía, porque hace tiempo que los vecinos no contratan guardias, si no fuese por las palomas que alguien deja encerradas y nadie ayuda a escapar. Los paneles de cristal blindado relucen de mugre. Enzatti cree distinguir aleteos, pero no los oye.
Como no tiene pañuelo se seca el cuello con la mano. Cruza la calle.
Treinta metros más adelante por la misma calle empiezan los descampados donde ya nadie quiere construir o las obras, por deserción de la clientela, quedan siempre inconclusas. Viguetas, cortafuegos y puntales desnudos afloran en la maleza como vestigios de un porvenir atrofiado, y entre los sillares mohosos acampan a veces los cirujas. Al lado de la tintorería hay un baldío que los chicos del barrio mantienen limpio a fuerza de jugar a la pelota. Huele a tierra mojada de vino, ahí, y extrañamente a madreselva, y Enzatti se sienta en el tronco de un jacarandá derribado.
Hace un buen rato que el grito no se oye. Parece que no fuera a oírse más.
Y sin embargo todo el silencio está colonizado por el eco del grito, como si las resonancias partieran del cráneo de Enzatti y nada de lo que Enzatti perciba, la huida de un ratón, un fósforo encendiéndose detrás de una persiana, pudiera librarse de la revolución que los armónicos del grito han desatado. De modo que Enzatti espera. Conoce momentos parecidos a éste, tanto al menos como algunos de los sonidos que le enturbian el pensamiento: son, todos juntos, el rumor de las preguntas que no pueden contestarse, un barullo que surge cuando algo cae súbitamente sobre las explicaciones y las anula. También es, ahora que se fija, la obstinada música del vacío.
Lo que Enzatti no sabe es dónde está el grito que la desencadenó, y empieza a darse cuenta de que esta ignorancia lo asusta. Manteniéndolo en vilo, el grito lo subyuga, y en la increíble persistencia de los armónicos se van levantando no sólo preguntas sino también recuerdos. El grito duele. El grito ha venido a expulsarlo del centro de la noche. A propósito, claro. Con alguna intención. Basta ver que acá está Enzatti, aplastándose mosquitos contra la mandíbula, solo con la lentitud del sudor en un baldío tenebroso. El grito era y sigue siendo un llamado, tal vez una señal. Puede que un desquite del propio cráneo. Es un grito que, además de levantar bullicio, exhuma, quiere cobrarse algo, subleva.
Así que de pronto Enzatti se indigna. Si se sintiera más ágil o despierto, si por otra parte ese malestar no le doliese en los músculos, se levantaría de un salto y fumándose un cigarrillo volvería enseguida a su casa, a su correspondiente mitad de cama. Pero no sólo las vibraciones del grito lo tienen clavado al tronco del jacarandá, sino también la necesidad de que el grito se repita y él pueda darle sentido, interrogarlo al menos. Le preguntaría, si el grito se dejara individualizar, por qué lo ha expulsado del lugar donde estaba hace menos de un cuarto de hora. Y mientras se le ocurre esto aumenta la rabia, porque Enzatti, sentado en el baldío oscuro, en el silencio cargado de olor a basura, a óxido y a cicuta, se da cuenta de que el grito lo tiene maniatado.
Una luz se enciende y enseguida se apaga en el segundo o tercer piso del edificio que hay enfrente del baldío. Es un edificio alto, el único de la manzana, deshabitado en gran parte, flanqueado de talleres y depósitos. Lo rodea el cielo opaco, amplias nubes de felpa. Enzatti espera. Se dice, se atreve a decirse, que esto que le está pasando es demencial, en cierto modo vergonzoso: adjudicarle a un grito alma e intenciones, convertirlo en señal, esa historia de los armónicos, flor de ridiculez.
Titila una luciérnaga. Enzatti fuma, y la quietud de la noche recibe las exhalaciones. No tarda en aplastar el cigarrillo contra un cascote.
Pero nada garantiza que lo ridículo sea falso, ni siquiera inverosímil. Justamente porque no se puede explicar, lo ridículo es inobjetable. Ahí está él esperando que alguien vuelva a gritar. Lo ridículo está siempre acechando en las impecables interpretaciones que cada cual hace de su actividad, sus planes, su trayectoria, y también en las versiones que da del funcionamiento del mundo. Lo ridículo es amoral, pero no taimado como las explicaciones. Y la verdad es que Enzatti tiene la cabeza atestada de sonidos, que le cuesta tragar saliva, que está sentado entre escombros, en una madrugada sin luna, nervioso y triste como si hubiera visto una navaja abriendo la pulpa de la noche y descubierto, cuando esperaba ver gotas, que la supuesta pulpa era sólo una tela y más allá del tajo no se veía nada, cuando mucho una pared vacía, como si la noche fuera un cuadro. La verdad es que, en ese cuadro, Enzatti oyó un grito, poco importa si en sueños o no, y que el grito no ha dejado de hacer un trabajo, despertar sonidos que son momentos, exhumar recuerdos, y por eso está obligado, sometido a esperar que suene de nuevo. Si el grito volviera a hacerse oír, piensa Enzatti, le arrancaría del cráneo un sonido terminante: una reminiscencia. Ese grito de mierda, ese alarido que lo expulsó del centro de la noche. Y qué importaba que la noche fuera un cuadro, si también era plácida.
Exhumar, la palabra exhumar, tiene una brutal fuerza alegórica. De golpe Enzatti se imagina el grito con una pala en la mano, la pala de remover tierra pedregosa. Lo ve entre las sombras del baldío, o se lo figura, entre ladrillos y abrojos. Y entonces, mientras en su cabeza arrecia el clamor, mientras el eco del grito, lerdo, súbitamente renovado, pone a temblar la corroída consistencia del barrio, Enzatti termina de despertarse y reconoce, sin gestos ni escalofríos finalmente reconoce, que el grito es un llamado del olvido, la señal que todo lo negado lanza con partes de su materia antes de enmudecer y pudrirse. Un día, comprende Enzatti, en vez de sonidos habrá hedores. Por eso el grito maltrata, por eso llama y quiere persistir.
Enzatti se rasca las rodillas. Se las rasca demasiado, hasta que las uñas quedan sucias de pelusa de los pantalones. No está seguro de merecer este maltrato pero, como tampoco puede impugnarlo, como sabe que el maltrato ocurre simplemente, que lo olvidado quiso volver y el grito no pudo contenerse, procura decidir que el grito no es sólo una advertencia. Y puede que no se esté engañando: junto con huellas de lo que cualquiera llamaría infame, con lo repulsivo y lo simplemente inquietante, con lo amorfo y lo malformado y lo débil, el grito exhuma otras marcas, los armónicos del grito levantan del erial del cráneo ciertos momentos, incalificables, inmorales, no malos, mejor dicho, amorales: momentos desprendidos del tiempo, apuntes de una disolución saludable. Aunque ninguna palabra contenga ese sentimiento, o él esté demasiado nervioso para encontrarla, Enzatti sabe de qué se habla a sí mismo, y el grito le sigue vibrando entre las sienes.
Sin embargo ahora advierte que no está tan nervioso. 
29 años
Era invierno, una noche del período más recóndito del invierno, y probablemente una fiesta religiosa o patria pegada a un fin de semana, porque la ciudad adonde Enzatti iba a visitar a Anabel estaba medio vacía, despejada de urgencias más bien; y como esa tarde había llovido mucho, bajo el aire renovado los edificios, las fuentes tenían un espesor cercano, una inmediatez casi ofensiva, como si esperasen que los azorados transeúntes les pidieran permiso para pasar. Y justamente eso fue lo que Enzatti le dijo a Anabel, no tanto novia suya como amante continua: “Tendríamos que pedir permiso”, le dijo. “¿A quién?”, dijo ella (y no ¿Para qué?). “Al aire o a los edificios, para pasar. Es como si sobráramos.” Anabel, que caminaba aspirando ampulosamente el aire helado, contestó que no, al contrario: a ella le parecía que esa noche todo la albergaba fácilmente, casi como si no estuviera en la calle ni en ningún lugar, como si no tuviera espesor ni consistencia. De pronto, entonces, al oírla, Enzatti giró la cabeza; y aunque desde hacía varios minutos llevaba a Anabel del hombro, aunque había estado sintiendo el hombro laxo de Anabel a través de la ropa de invierno y con el hombro la contundencia del cuerpo entero, el torso al menos, en ese momento no la vio. Lo único que vio, curvo en la luz de mercurio, horizontal en la transparencia de la noche, fue su propio brazo solo; y si no lo dejó caer fue porque, aunque no lo viera con los ojos, en la mano seguía sintiendo el hombro de Anabel. Cada vez menos, no obstante, o con más dudas. Y no era sólo por el frío, que insensibilizaba el tacto. Tampoco porque se acordara de que un año y medio atrás, la noche que había conocido a Anabel, cenando con el jefe de zona de la empresa que los empleaba a los dos, la había considerado un poco lenta de reacciones, un poco vulgar y un poco reiterativa, tres objeciones que olvidaría antes aún de empezar a quererla, y por lo tanto mucho antes de empezar a tener miedo de perderla cada vez que, terminados los fines de semana, alguno de los dos tenía que volver a su ciudad. Y tampoco por una trampa del asombro, como si Enzatti sólo pudiera esperar que Anabel concordara con él o disintiera ferozmente, y no que de vez en cuando inventara una opción, como quien mira a los costados y alza el vuelo. No. Era, y en ese momento Anabel volvió a materializarse junto a Enzatti, que la vigilaba de soslayo, por la certeza de que cuando llevaba a Anabel del hombro, distraídamente, sabía menos que nunca de qué estaba hecha esa mujer, en qué consistía ser Anabel, qué tipo de labores físicas y mentales demandaba, cuántas operaciones de atención, composición, coordinación, dominio, y relevo. El frío le mordisqueó los dedos, que se hundieron en la franela del gabán de Anabel y reconocieron penosamente el hombro. Enzatti quiso sentir, pero no podía por culpa de la ropa, el cosquilleo del pelo de ella en el hueco del codo. ¿Qué pasaba si, absurdamente, alguien que había tenido una idea de otra persona la perdía de repente? ¿Qué pasaba si la gordura o el acolchado del pensamiento, que se multiplicaba con una autonomía vertiginosa, lo alejaba del conocimiento del otro, de la otra? Muy plausiblemente la otra desaparecía para ese alguien. Estaba, claro, la posibilidad de conversar, algo que Enzatti y Anabel hacían casi siempre que no se estaban tocando; variar las preguntas hasta que alguna le diera a ella la chance de mostrarse de verdad y a él, por así decir, la de asimilarla; o viceversa. Pero aún entonces algo de sustancia, algo de sustancia iba a quedar relegado, porque ya sabía Enzatti lo precariamente que las personas se acoplaban a sus historias, qué inacabable era el proceso de remiendos y adiciones, tanto que todo el mundo se daba por vencido, aceptaba finalmente la inexactitud, y bien era posible que en esa pizca de sustancia faltante estuviera la quintaesencia de Anabel. El ser, incluido en el de ser un mechón de pelo color cerveza, la nariz curva y elegante como el asa de una tacita, la clavícula, los humores, los sismos del corazón y los sentimientos que el arte le adjudicaba al corazón, todo eso, en realidad, ¿dónde se afincaba? ¿En ciertas neuronas, en distritos cerebrales? Sin duda no en la materia, aunque existiera por allá, sino tal vez en la mente, algo tan impalpable. Los sentimientos: vida psíquica, espíritu. ¿Dónde estaba Anabel, la que indudablemente olía a mujer, lastimaba con uñas o insultos, la que apretaba o se ausentaba?
Enzatti estornudó. “Un ruido de nariz”, dijo entonces alguien que no era la Anabel de diez minutos atrás, y lo dijo como si hubiera estado oyendo el pensamiento de Enzatti, “un ruido de nariz no alcanza para que un cuerpo esté presente. Un estornudo es apenas un síntoma, ¿no? Una cosa demasiado poco expresiva.” Enzatti se sobresaltó; de haber esperado algo, habría esperado que Anabel dijera: Qué lejano te siento, o quizá simplemente ¡Changós!, como decían en su ciudad cuando alguien estornudaba. Casi en seguida le entraron ganas de llorar. Se dio cuenta de que en la vida le iba a ser muy difícil llevar del hombro a otra mujer como Anabel. Por eso, por nostalgia anticipada, dijo: “De acuerdo, pero te juro que a medida que pase el tiempo me vas a conocer mejor.” Les quedaba una cuadra, porque iban al cine; y faltaban diez minutos para la sesión. En la calle deshabitada, en el aire lácteo y crujiente, Anabel suspiró sonriendo y, mientras él volvía a perderla de vista, acarició con una fuerza rigurosa la mano que la agarraba del hombro: la mano de Enzatti. Era una buena oportunidad para besarla, sobre todo en la boca, fría seguramente en las orillas, irreconocible en los adentros, y con los ojos entornados espiar cómo reaparecía o aseguraba que en ningún momento había dejado de estar. Pero Enzatti no la besó, no en la calle, porque le molestaba la bufanda y desde la mañana se había estado quejando de tener tortícolis. La besó más tarde en el cine, con los ojos cerrados, llenos del brillo ofuscador de la pantalla. 
 
 
42 años
Sentado en el tronco del jacarandá, sintiendo la corteza en las nalgas, el pantalón viscoso y arrugado con la humedad de la noche, Enzatti especula. Supongamos que estuviera al lado de una laguna, que sin haberse dormido tuviera sin embargo los ojos cerrados; que persuadido por la levedad del aire, porque sería verano y la hora de siesta, dejara caer la mano, la hundiera en el agua; y que la balanceara, abierta, indiferente, nada más de sentir la resistencia, la frescura; y que sin motivo importante, por las puras ganas mover los músculos, de golpe decidiera cerrarla, o que la mano se cerrara por decisión propia, despacio; y que cuando el movimiento fuera a completarse no lo consiguiera, que la palma no pudiera encontrarse con las uñas; porque en la mano, cerrada pero no del todo, había aparecido algo; que de pronto, sin habérselo propuesto, la mano apretara, resbaladiza y palpitante, una trucha. Entonces, en un momento así, piensa Enzatti y le parece sentir la trucha en la mano, él sería la mano y la trucha y el estanque, el aire y la hora de la siesta, y el verano y el tronco del árbol en donde estuviera apoyado, y la hoja más alta de ese árbol y el sol reflejado en el dorso de la hoja, y los colores de todo.
En los armónicos del grito que expulsó a Enzatti del centro de la noche también cabe la visión de un momento así. También un momento así sería inexplicable, rídiculo, y no por eso lúgubre como esta noche.
Esta idea parece detener por un instante el alud de recuerdos que amenaza caerle encima. No mitiga la angustia de Enzatti, pero la vuelve tolerable.
Lo que zumba en el cráneo de Enzatti y lo conmueve, y lo debilita, no es solamente lo olvidado que regresa. Es lo desconocido.
Enzatti se siente frágil y más frágil aún le parece la noche, de modo que responsablemente evita moverse. La inmovilidad se expande; engloba la intemperie, recubre los yuyos, los edificios, las baldosas rotas, los coches como saurios dormidos en la no lejana penumbra de un garaje, en una suerte de fijeza cristalina; y cuando todo parece alcanzar el clímax de la quietud, cuando todo en la noche parece inverosímilmente real, a su manera eterno, eso que reparte la quietud da un paso atrás, el nudo de la persistencia se desata y a los ojos de Enzatti las cosas empiezan a deshacerse. No es, claro, que se derrumben; pero se estremecen, como vuelven a vibrar ahora los armónicos del grito en el cráneo de Enzatti, y la humedad les resta solidez. Lanas de un malva oscuro borronean la mole del edificio de enfrente. Donde hasta hace un rato había un semáforo se ve un hinchado nimbo verde, luego un guiño dorado, después nada. ¿Será posible que el barrio se esté cubriendo de niebla, se pregunta Enzatti, o es lo olvidado que vuelve en mortaja de humo?
Del farol que en la esquina cuelga sobre el pavimento, en una encrucijada de cables invisibles, se derrama una agónica claridad de magnesia. Se balancea solo el farol, porque no hay viento, como para esquivar unos flecos de niebla negroide. Cualquier cosa que pueda oírse, grillo o ambulancia, Enzatti la tiene vedada, no sólo porque el eco del grito le sigue atareando la cabeza sino, sobre todo, porque está absorto en la espera. Ve cosas determinadas, sin embargo, y lo que ve ahora es, a unos treinta metros, donde el muro incrustado de vidrios que limita el baldío se interrumpe en la acera, un pliegue en las ondas malvas de la niebla. El pliegue se acorta y se ensancha, se redondea, se entumece e irrita como una herida mal cosida y, rezumando una rebaba blanquecina, revienta para crear una silueta roja.
Es una mujer. Lleva una especie de batón, o un arruinado vestido de noche de un bermellón sucio, algo gravoso para el calor que hace, y en la cara una dureza atónita, como si acabara de atacarla alguien que a la primera resistencia se hubiera desvanecido. Colgado del hombro izquierdo, un bolso de lona le agobia el cuerpo; en la mano derecha lleva un palo.
No mucho más se ve de la mujer en la oscuridad del baldío, ahora que bordea el muro, corta la niebla y se interna en la cizaña. A Enzatti no lo ve o quiere ignorarlo, aunque mas bien parece que no lo ve, y es comprensible, porque entre ese muro y el jacarandá caído media toda la extensión del baldío, que no es poca. La mujer tropieza con algo, se tambalea, el vestido se le engancha en un cardo, ella aparta las ramas con el palo. Casi borrada ahora por las matas y los vahos, se agacha junta a los restos de un pilar de mampostería. Después de estar un rato trabajando, metiendo cosas en el bolso, resopla o se queja, hasta que penosamente vuelve a incorporarse. Cuando la cara surge entre las matas, parafina mojada, los labios se estiran un poco, y al mismo tiempo los pómulos se hinchan como si la mujer fuese una medalla que quiere cobrar espesor.
Enzatti piensa que la mujer necesita soltar un sonido y no puede; lo nota en la mueca, en el fastidio con que blande el palo, como si estuviera furiosa o decepcionada. Y al mismo tiempo se da cuenta de que en ningún momento se ha preguntado, él, si la voz que lo sacó de la cama era de hombre o de mujer. No lo sabe, pero no se lo ha preguntado; y ahora quiere recuperar la memoria del grito y no puede.
Pegada al muro, bufando bajo el nuevo peso del bolso, la mujer vuelve hacia la acera. Súbitamente convencido de que fue ella quien gritó, Enzatti decide despegarse del jacarandá. Mientras se levanta, desesperado por alcanzar a la mujer, tiene una conciencia abundante del movimiento, de su propio progreso lento, como si estuviera hundido en gelatina. No dura mucho esta torpeza, aunque lo suficiente como para que la mujer le saque una buena ventaja; y con la distancia aumenta la ansiedad de Enzatti. 
36 años 
Media tarde. En una calle de aceras anchas, de baldosas partidas por las raíces de árboles viejos, apoyado en un pasto solitario Enzatti esperaba un ómnibus bajo una llovizna pesada, rumorosa, opaca como limaduras de hierro. Venía de vender una partida de los vestidos de mujer que fabricaba, en otro barrio lo esperaba otro cliente, y quizá no estuviera pero se sentía muy apretado de tiempo. Le molestaba, además, que no se le ofreciera a la vista nada interesante, y además Enzatti no era de los que veían con facilidad. Pero entonces vio algo. En la misma acera donde estaba parado, al volver la cabeza, vio, bajo la luz verdegrís, una escalera de aluminio apoyada en la pared de un balcón clausurado por peligro de derrumbe. La información la daba un cartel colgado de un balaustre del balcón: Peligro de derrumbe, decía; pero esa elocuencia tajante no alcanzaba a atenuar la ridiculez de la escalera, la soledad, la aflicción que de pronto dejó a Enzatti casi sin resuello. El ómnibus no llegaba. La llovizna se iba acumulando, al parecer, en los peldaños de la escalera, y aglutinada se precipitaba en gotas gruesas cuyo destino Enzatti no alcanzaba a ver, porque el pretil del balcón se lo impedía. La eme de derrumbe estaba descascarada, y Enzatti, incontenible, se preguntó qué sentido tenía eso, el balcón en peligro, la escalera abandonada, y se lo preguntó porque no habría podido tolerar que la aflicción que sentía fuese gratuita. A pesar de todo había, como un campo magnético, una calma apabullante alrededor de la parada, y alrededor de él; aunque quizá fueran la escalera y el rumor metálico de la llovizna lo que exigía un sentido para el momento. En la vereda de enfrente, sobre la marquesina de una farmacia, un reloj digital marcaba las dieciséis y veintitrés. Enzatti se concentró, muscularmente inclusive, en los números formados de puntitos de color púrpura. Cuando el último dígito cambió de tres a cuatro, en un paroxismo de discreción, los músculos del cuello le dijeron a Enzatti que, si se giraba a mirar la escalera de aluminio del balcón abandonado, iba a tener una revelación. De modo que Enzatti se giró, y la tuvo. La revelación era que todo seguía desaforadamente igual, como si en el salto del tres al cuatro en el reloj digital se hubiese concentrado la indiferencia entera de la eternidad. Los vetustos árboles de la calle se agitaron un poco, quizá por el viento, y Enzatti olió mezclados hedores de fragua y de quinina. El cuerpo se le expandió, dispuesto a enfrentarse con el ómnibus que ya se acercaba. En lajactanciosa inmovilidad de la tarde, el ómnibus representaba por fin el consuelo de una dirección, el ómnibus era el sentido, algo que transportaba, aunque a lo mejor a otro punto del reposo o la tristeza. Pero Enzatti no lo recibió con alivio, no entró con toda la decisión necesaria en la lógica de los cambios e intercambios, pagarle al conductor, recibir el boleto o empujar un poco. Enzatti pensó que la escalera de aluminio le había ofrecido cierta intimidad con lo inalterable, lo porfiado, lo que no significaba nada. Dos días después, meditando todavía, se atrevió a escribir un poema humorístico:
Adiós,
momento.
Me gustaste porque eras lento y, cuando ya
[te alejabas,
con sólo mover la cabeza pude verte un
[poco más.
Ahora que cavilo,
me acuerdo de que eras rubio, escarpado, con una como leve pelusa exterior
y un poderoso aire de lamelibranquio. Lo que no sé bien
es qué llevabas adentro.

“Me cuesta creer que sea tuyo”, le dijo su amigo Bránegas cuando Enzatti le enseñó el poema. Se sabía que Bránegas no era indiferente a la lírica, por mucho que prefiriese las novelas, y que si la eludía era sobre todo por envidia. Enzatti sintió una tentación mayúscula: decirle que efectivamente el poema no era suyo sino un don otorgado por el momento aquél; que en cierto modo el poema se había escrito solo. Era lo que pensaba, además. Pero en vez de eso le agradeció a Bránegas el comentario, porque lo consideraba un elogio, y guardó el poema en una carpeta esperando volver a encontrarlo en el futuro, de tarde en tarde, como una anomalía persistente, irremediable. 
 
 
42 años 
Tropezando él también con ladrillos, con botellas, Enzatti sale a la acera detrás de la mujer. A unos treinta metros el vestido bermellón se hunde en la bruma como una amapola en los vapores de un cráter, leve, final, envuelto en burbujeos, decidido a llevarse el grito que Enzatti necesita interrogar porque guarda recuerdos suyos, revelaciones. Y Enzatti, pesado de somnoliencia, intenta apurar el paso como si tratar con esa mujer, ayudarla si cabe pero sobre todo preguntarle por qué gritó, pedirle que grite de nuevo, fuera el único deber decisivo que ha tenido en muchos años. Uno detrás del otro, distanciados, cruzan los dos la calle. El hecho de que la mujer haya empezado a usar el palo como bastón no la vuelve más lenta; al contrario. Enzatti llega al garaje de la otra acera cuando ella ya lo dejó muy atrás.
Y en eso se vuelve a oír el grito. El grito que casi una hora atrás lo arrancó del centro de la noche.
Enzatti se para en seco ante la entrada del garaje.
Como la botella de champán contra el casco del paquebote, el grito se hace añicos para que la masa de la noche resbale cansinamente hacia la realidad. Y aunque no deje de haber muchos ecos en el cráneo de Enzatti, los ahoga la inmediatez casi cínica que cobran las baldosas, las manchas de gasoil en el peldaño de la entrada del garaje, el olor del gasoil, la bruma que empieza a disiparse entre los plátanos, y claro, el grito que ahora insiste. Un grito de hombre, imperioso y expectante. Viene del fondo del garaje.
Ahora hay que vérselas con la reacción. El grito es de hombre; está al alcance de la mano, por así decir, en un punto de una oscuridad con forma y accidentes; es un llamado concreto; se repite como si hubiera detectado la presencia de Enzatti. El vestido bermellón de la mujer del bolso no se ha perdido de vista, porque la niebla sigue disipándose, pero está muy lejos y no puede importar más que un pañuelo encontrado en un zanjón. La noche se estanca; antes que un sistema, parece una clara papilla. Y mientras en el cráneo de Enzatti los armónicos revolotean, frenéticos, resollantes, cada uno acoplado a un recuerdo que quiere reivindicarse, a frágiles abalorios de tiempo, sobre el conjunto cae un estupor embarazoso que le es ajeno, cierto, que los sonidos combaten, pero que de todos modos los infecta de frustración.
Ese grito que ahora le llega a Enzatti y sólo a él tiene un sentido demasiado preciso. Tan imposible es dudar como apartar el grito de las jerarquías del mundo, acá un pedido, allá una advertencia, o seguir pensando que era un mensaje de lo profundo, lo cenagoso y caótico, lo descomunal.
Y sin embargo es raro que el grito no se repita periódicamente y que la agitación de los armónicos en la cabeza de Enzatti, su ajetreo subversivo, vaya del arrebato a la indolencia, funcione por arrebatos. El grito, y lo que el grito despierta, es imprevisible. Es un grito humano real, no imaginado, al fin y al cabo, y Enzatti comprende que por eso no puede introducir una claridad completa. Si lo ha llamado, si lo ha expulsado del centro de la noche, no es para instalarlo en la claridad sino para presentarle diversas formas del enigma. De modo que Enzatti presta atención; y el grito resuena dentro y fuera de su cráneo, a la vez como un pistoletazo de partida y como un gong de culminación, y dice: Soy la noche, soy lo indiferenciado, puedo servirme de todas las voces y para mí cualquier voz es lo mismo. La noche es la madre de los gritos.
Un gato. Un gato marrón se frota contra la sudada pernera derecha del pantalón de Enzatti, bastante erizado, como si dijera “a ver si callamos ese grito”. El evidente maullido no se oye. Y Enzatti entra en el garaje. El gato prefiere quedarse en la calle.
Adentro el desorden lo confunde un poco. Choca con una moto sin ruedas que se tambalea en su caballete, roza con la cadera el guardabarros de algo que, ignora por qué, mentalmente llama sedán. En general hay camiones, es un garaje grande y atestado, hay autobuses, rampas oblicuas, mientras las pupilas de Enzatti se acostumbran a lo que no es oscuridad sino penumbra, que se cruzan con otras rampas, la sugerencia de niveles inacabables, chatarra y Piranesi. Fugazmente Enzatti se pregunta por el valor de los colores en la tiniebla, pero aunque intenta reconocer los verdes metalizados, los grandes lamparones de herrumbre en carrocerías viejas, el grito le impide detenerse. Tal vez Enzatti, en realidad, quiera volver a la crisis febril de su cráneo, incluso al dulzor de la angustia.
No puede. El grito lo dirige. Se define, además: voz robusta de barítono, algo lijada no por el tabaco sino por el uso excesivo, atisbos de nerviosismo crónico controlado por la maroma de los años.
Al fondo, por fin al fondo del garaje, hay un compartimiento que debe servir de oficina, con tres tabiques de vidrio y aglomerado contra una pared de ladrillos. A la izquierda, un destartalado camión Reo parece que va a derrumbarse sobre una fosa de engrase. Enzatti tiene enfrente un pasillo que, por la luminosidad que se divisa al fondo, debe llevar a un patio. Pero el suelo está abierto, como por un derrumbe, y para seguir adelante hay que pasar por un puente de unos cuatro metros hecho con tablones. Los tablones están muy descentrados, uno ha caído en el agujero. Escéptico, Enzatti apoya un pie en el más fiable, que se ladea; y está tratando de afirmarse cuando una voz, la misma de toda la noche pero serena ya, cercana y fatigada, le dice que no hace falta que cruce. Es acá, dice. Estoy acá abajo.
La tarea de ayudar al hombre a salir es tan ardua como poco noble. Prueban con un tablón apoyado contra el borde del agujero, con una silla, un cajón y la mano de Enzatti, pero el hombre es gordo, probablemente está anquilosado, y encima es aprensivo. Al fin Enzatti encuentra una soga, siempre hay una soga, la ata al paragolpes de una furgoneta, arrastra y el hombre, agarrado a la otra punta, emerge, inexpresivo como un jabalí muerto en una trampa. 
©1992 Marcelo Cohen. 

 

 

 
 
 
 
 
 
 

 

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