Burdel Rutero

BURDEL RUTERO

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Un operativo sorpresivo de control del Ministerio de Trabajo en la Terminal de ómnibus, obligó a la Empresa a retrasar su horario de salida. Afortunadamente, no llegaron a suspender el servicio: Roberto -el chófer- lleva once horas de descanso cuando lo reglamentario, para micros de larga distancia, exige un mínimo de doce. Decide hacer tiempo, la hora que le resta, sentado en un banco del andén junto a un linyera que, si no fuera por el bufido que emite muy de vez en cuando, cualquiera podría suponerlo muerto. Cumplido el plazo, Roberto -el chófer- sale a la ruta rumbo a Santiago del Estero, al volante durante el primer tramo del recorrido para luego, en un paraje en las afueras de Río Tercero, hacer el recambio de choferes que estipula el Convenio, con su compañero que ahora, mientras salen de la urbe, comienza a darle charla y a cebarle unos mates con bizcochos de grasa, desde un asiento en la misma cabina. No va a ser un viaje fácil. A partir de las primeras dos horas, que son las que implican dejar atrás la ciudad hasta conseguir velocidad constante, debiera abrirse el paisaje como un lienzo impresionista. Pero eso no sucede. La niebla es baja y tan espesa que mirar hacia adelante es como un ensayo de la ceguera, el corazón de las tinieblas. Todo lo que se abre ante los ojos de Roberto -en soledad, porque su compañero duerme a ronquido limpio- es blanco y vacío, obligándolo a avanzar lento, como si levitara sobre un colchón de bruma. La imagen parece relajante pero no lo es: él está tieso, y probablemente sea el imaginar cómo va a distender placenteramente esa tensión cuando se detengan en el paraje, lo que amengua tanta zozobra.
Si el día estuviese despejado -piensa apenado- se vería a la distancia la monotonía de la inmensa llanura: La Pampa, hasta que comenzasen a aparecer pequeñas serranías -algo así como el anticipo o el desprendimiento de las Sierras-, algunos paredones verdes de bosque combinado con Sabanas; y ríos, el Dulce y el Salado… Pero el día no es día, es un gran telón de neblina que empaña el paisaje. Roberto sólo ansía llegar al recambio -sano y salvo-, hacer el intervalo habitual de una hora en donde los pasajeros descienden al parador de la Estación de Servicio para ir al baño y saciar su apetito con unos especiales de jamón y queso, y él cruza al otro lado de la ruta, hasta la whiskería, en donde pasan la noche los camioneros en la cabina de sus acoplados, acompañados de alguna señorita de ocasión, y donde él suele ir a la pieza del fondo del local para entregarse en la sumisión absoluta de las caricias de Margot. Lo que Roberto ni se imagina es que Margot no se llama Margot, sino Julieta; que no tiene veinticinco años como aparenta bajo un grueso delineador negro en sus ojos y el carmín provocativo de sus labios; que no tiene edad para andar sobre esos inmensos tacones que la hacen tambalear y torcer sus endebles tobillos, ni tampoco es adulta como para disfrazarse con ropas de meretriz; que Margot tiene apenas la edad de su hija menor que acaba de celebrar sus quince en una fiesta que a Roberto le costó el sacrificio de viajes adicionales. Todo eso, él no lo imagina. Ni tampoco que en el tiempo que Margot lleva ahí -casi un año- chupó tantas pijas como nadie podría chupar jamás. Que fue una compañera, que llevaba tres años en cautiverio, quien le enseñó cómo hacerlo: escondiendo los dientes bajo los labios; que si lo hacía bien, se ganaba el cielo -le dijo-, además de darle un truco para evitar las arcadas. No sabía Roberto, que Margot había perdido su virginidad en brazos de un Juez que la cuadruplicaba en edad y que pagó veinte mil dólares por el desfloramiento; que, a pesar de la canallada, la había tratado dulcemente pero que no movió ni un pelo para evitar que se la llevaran al burdel, donde sufrió cada vejación que corrompió su niñez envejeciendo su alma de modo despiadado. Que padeció tantas golpizas y violaciones en cada intento fallido de fuga que finalmente dejó de intentarlo. Que creía -Margot- que había tenido dos embarazos pero que muy bien no lo recordaba, como tampoco recordaba ya su verdadero nombre ni a sus padres ni a su hermano, porque la inyectaban tanto para rendir a su patrón y a sus clientes que eso era todo lo que recordaba de su estropeada corta y malograda vida. Qué se va a imaginar Roberto que mientras él ingresase por el frente de la whiskería, corriendo el velo de la cortina de tiras plásticas, preguntando por Margot, acodado sobre la barra y el cantinero le dijese que sólo está Lulú disponible y Roberto -a pesar de que no es su favorita- aceptase la propuesta con algo de desgano… Qué se va a imaginar Roberto que mientras todo eso se sucediera por el frente, por el fondo estarán sacando a Margot en una bolsa negra, tan negra como la negrura misma que le devuelve la finitud de la ruta que se abre ante a sus ojos cansinos.

APG©


Una respuesta to “Burdel Rutero”

  1. Después de leer tu cuento me quedé pensando en el impulso sexual. Lo que has contado es más frecuente de lo que uno se imagina. Es muy cruel.
    Suelo escribir cuentos semejantes. Me gustó el clima y su desarroollo directo. Saludos.

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