El caso -acaso, el ocaso- Van Der Hüme, en La joven guardia

 

No queda más que ser paciente y observar el desplazamiento que opta el transeúnte día a día, hacia una u otra dirección, hasta que la repetición de esa práctica se convierte en hábito. Recién en ese momento, luego de un par de meses de estudio de estas conductas, se está en condiciones de actuar. Es cuando se proyecta el trazado definitivo de los senderos del parque, de acuerdo a lo que predijeron los miles de caminantes a los que no se les quitaron los ojos de encima durante el período de prueba.

Así se planifican los parques en Japón desde tiempos milenarios: se diagrama el planteo general y los límites virtuales en que se encuadra el espacio verde, dejando en suspenso, al libre albedrío de los transeúntes, la circulación; es potestad de ellos la elección del futuro trazado de senderos. Así habría planificado el Parque Ichigogari, el urbanista Van Der Hüme que, si bien de origen  holandés, vivía en la isla desde hacía más de cinco décadas. Esa mañana, mientras se afeitaba para ir al estudio, lo descubrió el espejo con sus ojos azules rasgados. Marie Lee Wang no observó nada fuera de lo común en su rostro, al momento que lo ayudaba a ponerse el sobretodo y le entregaba el sombrero en mano, como cada mañana. A decir verdad, no habría podido hacerlo -ni notar la rasgadura, ni el progresivo avance de arrugas que venía acompañando su mirada, en los últimos años-; no es costumbre, en Japón, que una mujer servicial a un hombre mire a éste a los ojos; ni siquiera el hecho de conocerse hacía casi cincuenta años era, en este caso, la excepción. Las tradiciones milenarias se siguen sin cuestionamientos, entonces, es convincente pensar el porqué Marie Lee llevaba décadas con su mentón pegado a la nuez, con su cabeza inclinada en reverencia hacia ese hombre; primero, en el estudio de arquitectura en donde él había sido becado para cursar un master ni bien terminó sus estudios en Hogeschool van Ámsterdam con diploma de honor y, muchos años después, cuando Marie Lee fue jubilada y él decidió llevarla consigo a su hogar.

 

En un principio podría haberse  pensado que Mien Lu Tzu -supongamos que sí, que este es su nombre según el propio Van Der Hüm y lo aceptamos por referirnos a él de algún modo- era una de las tantas miles de personas que atravesaba el Parque Ichigogari cada mañana entre el anónimo aluvión uniforme y vertiginoso de gente. El hecho de aludir a él como un singular y no como parte de un todo, es un evento que descubrió el urbanista y no, nosotros. Aún más, podríamos admitir que ese fue el detonador del conflicto que se suscitaría más adelante, en las acaloradas e interminables reuniones de directorio, hasta tomar la más controvertida  de las decisiones.

Como cada vez que Van Der Hüme proyectó un parque -de hecho llevaba más de treinta obras de espacios verdes en su larga y prolífica carrera, lo cual le valió el mote de ser el más prestigioso urbanista del Japón- se realizaba el mismo procedimiento con la única diferencia que, gracias a los avances tecnológicos, en lo últimos casos, el seguimiento de los itinerarios de los caminantes, se facilitaba gracias al circuito de cámaras instaladas en puntos estratégicos del parque, con lo cual el urbanista podía estudiar el comportamiento de los ciudadanos, a través de varios monitores, desde la comodidad íntima de su despacho. Este procedimiento se extendía a lo largo de un trimestre durante el cual, el urbanista, esbozaba los primeros bocetos y anteproyectos hasta definir el trazado final de senderos.

Acaso por sentir la vejez, que le devolvía la edad, en forma  de cansancio; acaso por ser consciente que ese año se celebraría el quincuagésimo aniversario de su trayectoria como arquitecto y urbanista con un homenaje en su honor; acaso porque su profesión era lo único que siempre había amado -o, mejor dicho, lo único-; acaso porque la precisión de su pulso se había vuelto imprecisa; acaso por alguna de estas razones o por todas a la vez, Van Der Hüme había comenzado un duelo íntimo despidiéndose, en forma gradual y creciente, de tantos trazos, de tantas líneas en fuga hacia un punto impreciso en el infinito, de maquetas y planos y perspectivas…  La hilera de monitores que reproducía en imágenes los movimientos diarios de la gente en el parque, resultó ser el mejor artilugio de distracción para apaciguar su retiro definitivo que se concretaría una vez inaugurado oficialmente el Parque Ichigogari.

Cada día, cada mañana, recorría de a pie -últimamente con más letargo y demora- las veintiún cuadras (solo: sin Leto, sin el Matemático) que separaban su casa del estudio, luego de que Marie Lee Wang, metódicamente, le sirviera su té de jengibre y miel que él tomaba tranquilo mientras leía el Japan Times. Todos los días, todas las mañanas, esa era su rutina salvo los primeros de mes cuando llegaba un nuevo número de la revista de arquitectura G.A. Document; en ese caso -sólo en ese caso- hojeaba el ejemplar y, si había alguna nota sobre una obra propia, entregaba la revista a Marie Lee para que ella la archivara en su escritorio junto a todas las demás; y, si no la había, partía caminando rumbo al estudio con la publicación bajo el brazo por el lapso -cada vez más prolongado- que le demandaban esas veintiún cuadras.

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Fue por esos días, mientras observaba, desde el confort de su sillón ergonómico, la masa homogénea de gente avanzar por el parque, que distinguió una anomalía que desequilibraba esa uniformidad sólo por unos pocos segundos -suficientes para perturbarlo-. En los días subsiguientes, siempre en el mismo rango de hora -entre las 08:41 y las 08:53-, fijaba la vista en el monitor cuatro, el que cubría la mejor perspectiva del evento que lo inquietaba, y seguía el trayecto del flujo peatonal desde la salida del Subway, en Nagatachó Station, en la esquina Este, aún mientras atravesaba el parque, hasta el punto preciso de la interferencia. El quinto día -ya instruido en el manejo de la imagen y el uso del zoom- hizo foco y pudo observar que, lo que antes se manifestaba como una sucesión continua de puntos negros en movimiento parejo y en línea recta, ahora se materializaba en un conjunto de cabezas, mayormente de negra y alisada cabellera, hasta que en un momento determinado se producía un aire cuando una de las cabezas, justo en el punto álgido, comenzaba a desaparecer hundiéndose progresivamente hasta hacerse hueco en el montón. El zoom no le ayudó en nada más, salvo en visualizar, en la gorra que cubría la cabeza que descendía, una inscripción en la visera donde se podía leer claramente -gracias a la imagen congelada- Mien Lu Tzu en letras bordadas.

Mientras duró el proceso de estudio este hecho lo mantuvo obsesivamente entretenido, pero ahora, que había finalizado, sólo restaban definir las circulaciones, ejecutar el final de obra e inaugurar oficialmente el Parque Ichigogari.

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Nunca había habido motivo alguno para objetarle un proyecto a él… Él, el mismísimo  fundador y presidente de Van Der Hüme Architect & Associates, el más importante estudio de Tokio de proyección internacional con filiales en Kuala Lumpur, Beijín y Chicago; él, el que conservaba, en un mueble diseñado por sí mismo, los diplomas de honor y medallas de oro con los que fue homenajeado a lo largo de su carrera; él, el que sin obligación ni necesidad, justamente por ser el presidente, sometía sus decisiones proyectuales democráticamente at referéndum.

¿Podía objetársele a él, al más prestigioso ejemplo de la arquitectura moderna, a instancias de la obra que sellaría su carrera?

El proyecto final que presentó el urbanista ante el directorio, conformado por el grupo de discípulos que lo sucederíamos en el estudio, acaso sería la excepción. Contemplaba las circulaciones y espacios de descanso para satisfacer las necesidades de movilidad y esparcimiento de los transeúntes detectadas en el periodo de prueba. Se había previsto una bella arboleda de ciruelos a ambos lados de la senda, salvo en la zona del lago donde también los había de fresas; brindarían una sombra perfumada sobre la agrupación de bancos. Una  vegetación colorida en franjas curvilíneas acompañaría el ritmo cuando los caminos se volviesen sinuosos o concéntricos, como en el caso de los que rodearían la fuente central. En la proyección del plano que devolvía la pared se veía también, en un punto casi irracional, una escalera escoltada por dos explanadas de flores amarillas tupidas, que conducía hacia algún lugar en un posible subsuelo.

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Dudamos en objetar, pero nada nos hacía suponer que la existencia de esa escalera tuviese un sentido lógico. Van Der Hüme sólo atinó a argumentar que su función como arquitecto radicaba en dar marco material a los hábitos de las personas y que en ese punto había un ciudadano llamado Mien Lu Tzu que todas las mañanas, en su trayecto al trabajo, descendía hacia alguna parte. Comenzó un intercambio, a veces razonable, a veces tenso, a veces con un tono elevado de voz, en el que él no intervino; entonces -y en vista de que la discusión se había vuelto un callejón sin salida-, se acordó una nueva reunión para que nuestro urbanista expusiera la tesis argumental que justificara dicha escalera.

De la primera presentación del proyecto al enunciado de fundamentos que hubo cuatro días después, algo pasó: como un globo que comienza a perder aire gradualmente y se vuelve insignificante, como vestigios en ceniza de lo que supo ser hoguera. Van Der Hüme era un gigante que perdía su postura erguida al tiempo que, en un tono de voz tenue y poco convincente, manifestaba la existencia de Mien Lu Tzu para luego, un tanto perturbado o avergonzado, dudar de sus propias palabras y, en algún modo, de su lucidez. No fue necesaria votación alguna. Era un hecho, la decisión estaba tomada, principalmente por el urbanista: no habría ni escalera, ni escalinata, ni rampa, ni explanada de flores amarillas en el Parque Ichigogari.

La obra se extendería por dos semanas durante las cuales el parque quedaría cerrado temporalmente hasta la inauguración oficial; pareció razonable, entonces, el anuncio de Van Der Hüme de retirarse a su casa en las afueras, con la promesa de estar de regreso para hacerse presente en la ceremonia de apertura. Allí mismo, en nuestra presencia, mantuvo dos conversaciones telefónicas a micrófono abierto: primero, con Marie Lee -quien no hubiere podido advertir, esa mañana, sus ojos azules rasgados, y nosotros, aún bajo los lentes, sí lo hicimos- solicitándole le armase el equipaje para dos semanas de ausencia; luego, con su cabaña advirtiendo a los caseros que tuviesen todo listo para su llegada. Finalmente se despidió de nosotros, uno por uno, y partió.

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La casa a orillas del Lago Biwa, que él mismo había proyectado hacía más de cuatro décadas, distaba a un poco más de 400km de Tokio, que a él le demoraban unas seis o siete horas recorrerlos -incluyendo una parada en Osaka-, porque el camino era montañoso y, además, porque viajaba a bordo de un Jaguar del `56, conducido por él mismo; un convertible clásico, color verde inglés, que conservaba impecable desde el año que lo había adquirido, justamente a instancias de viajar y pasar su primer temporada en la casa del lago. El escaso kilometraje que marcaba el contador delataba o confirmaba que el vehículo, en todo ese tiempo, había sido usado sólo en dos, a veces tres, oportunidades al año para pasar una temporada de pesca en el Lago Biwa,  una de las aguas del mundo más rica en peces que hacían de éste su mayor atractivo.

La vida en la casa de la montaña le daba lo que no encontraba en Tokio, es decir, podía pasar un día entero, desde la salida hasta la puesta del sol, en la quietud de su bote en medio del lago. En particular en esta época del año en que la pesca estaba restringida parcialmente debido a que los peces emprendían migraciones desde las zonas más profundas del lago hacia las orillas donde el agua es más cálida y propicia para el desove, Van Der Hüme aprovechaba para hacer travesías en la infinidad de arroyos, ríos y riachos que desembocan en el lago; ésto compensaba placenteramente el impedimento a tirar su mejor línea para laguna.

Así pasaba los días de pescador sin pesca hasta que una noche, cuando ya se estaba por cumplir el plazo de dos semanas, descolgó el teléfono para solicitarle a Marie Lee que tuviese el apartamento en orden porque emprendería el regreso y, ni bien colgó, hizo lo propio con los caseros para que empacasen.

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La mañana de la inauguración había amanecido con cielo límpido y temperatura agradable, por lo que el urbanista se opuso al sobretodo que Marie Lee le ayudaba a vestir cada mañana, pero sí aceptó el sombrero con el que no caminaría las veintiún cuadras de cada día, sino que serían sólo tres en dirección al Subway donde se lo quitaría para regresarlo nuevamente a su cabeza al salir por la Nagatachó Station, en la esquina Este del Parque Ichigogari. Van Der Hüme siempre se había mantenido esquivo a las presentaciones públicas y a los medios, que había provocado que su presencia pasara inadvertida y anónima, lo cual le devolvía una grata tranquilidad; pero en esta ocasión, por tratarse de su retiro, el compromiso era ineludible y lo obligó, durante el período que pasó en la casa del Lago Biwa, a redactar un pequeño discurso que guardó en el bolsillo interior del Blazer, y recién volvería a quitar al momento de pronunciarlo esa mañana en el parque. La ceremonia consistiría en el recorrido, junto a la comitiva oficial, de un tramo sobriamente ornamentado con guirnaldas, una banda musical, una alfombra que cubría transitoriamente el sendero, hasta llegar a un palco especialmente colocado, donde esperarían los periodistas y flashes para acosarlo y atosigarlo en busca de una imagen o una nota luego de la conferencia de prensa.

Caminó entonces esa mañana, atravesando el Parque Ichigogari, de acuerdo a lo previsto, rodeado de la comitiva oficial; por delante de ellos la guardia pública; por detrás, el nuevo directorio de Van Der Hüme Architect & Associates, y más atrás una seguidilla de asistentes, asesores, colaboradores y etcéteras, hasta cerrar simétricamente el séquito con otros miembros de la guardia pública. Esta sucesión heterogénea de personas singulares, a la distancia se percibía como una masa anónima y uniforme de personas, que atravesaban, en una sucesión de puntos negros el parque, hasta llegar a un punto en donde uno, precisamente el de sombrero y sin sobretodo, comenzó a descender lentamente dejando, a cambio del espacio físico, un hueco dentro del montón que siguió avanzando homogéneo y en línea recta.

APG©

Febrero 2009


Una respuesta to “El caso -acaso, el ocaso- Van Der Hüme, en La joven guardia”

  1. esta muy bueno……………….sigan asi

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