Mala praxis, en Historia de mujeres infieles

 

La lucecita roja del contestador automático es lo único que se distingue en casa antes de encender la luz del hall. La cantidad de veces que titila indica cuántos llamados no atendidos mutaron en mensajes grabados. A mí me gusta quedarme a oscuras mientras cuento las pulsiones intermitentes a medida que avanzo a tientas con ese destello como única guía hasta que pulso “play”. Recién en ese momento enciendo la lámpara de pie, me bajo de los tacos para acariciar la alfombra con los pies despojados -si por mi fuere, viviría en patas- Permanezco así todo lo que puedo -probablemente vuelva a calzarme mañana antes de salir- me tiro en el chaise longe, la cartera a un lado. Tomo un habanito de la cigarrera de nácar que me regaló Gastón, lo enciendo con el encendedor de la estatua de la libertad, que me “idem” Gastón y me sumerjo hasta quedar envuelta en la nube de humo. Aspiro profundo con la mitad superior de mi cuerpo inmersa en la humareda para impregnarme en ese olor masculino -sí, de hombre, porque los olores tienen género- y ahora sí, me dispongo a escuchar los ¡trece! mensajes de hoy. Trece es demasiado para un día normal de diez horas de ausencia sin ningún acontecimiento extraordinario. Lo único fuera de lo común es que me dejé olvidado el celular -cosa que me sucede a menudo cada vez que no quiero oír- aunque estuve en el estudio la mayor parte del día…A ver de qué se trata:

1. “Buenos días, este es un mensaje para la señora Sofía, le hablo de “María Cher”, de Palermo. Quería decirle que ya tenemos en stock su pantalón. Soy Silvia, si yo no llegara a estar, queda reservado a su nombre. Gracias”

2. “Sofi, soy yo. ¿Qué pasa que no me atendés el celu?”

3. “Otra vez yo… ¿Estás ahí?”

4. “Tuc, tuc, tuc…”

5. “¡¿Me podés atendeeeer?! Necesito que hablemos.”

6. “Tuc, tuc, tuc… ”

7. “Tuc, tuc, tuc… ”

8. “Hola Sofi. Mamá. Se confirma lo del viernes. Los esperamos a las nueve. Beso.”

9. “Tuc, tuc, tuc… ”

10. “Ya sé que estás ahí… Estoy mal y necesito que hablemos urgente… ¡Atendé!”

11. “Mirá Sofi, de nuevo Andrés, son las ocho y media, te estuve buscando todo el día… Me estoy yendo para lo de Nora, mi psicóloga. Necesito que vos también vengas, es importante. Sabés dónde: Lafinur y Cabello, mano izquierda, segundo edificio desde la esquina. No me acuerdo el núme… pí, pí”

12. “Yo de nuevo, se cortó. Cuarto piso. Te vamos a estar esperando hasta que llegues”

13. “Tuc, tuc, tuc… ”

 

No me sorprendí. Sabía bien de qué se trataba, no había dudas. Era -en parte- por mi pedido de la otra noche; cuando a media tarde de ese día había pensado que el restaurante marroquí podría ser el lugar propicio para el encuentro, y llamé y reservé una mesa para tres, aclarando mi preferencia por esas de tipo bajas, donde se come sentado sobre almohadones de raso de colores estridentes, bordados con canutillos y espejitos incrustados. También había preguntado si ya estaba en funcionamiento la narguila. Quise asegurarme ya que la última vez, a causa de haberse tapado, el deseo había quedado trunco.

Inmediatamente había escrito un mensaje de texto, con copia a ambos: Confirmado. Esta noche a las 9 en el marroquí de la calle Armenia. Beso, Sofi.

Al instante recibí sendas respuestas, una tras de otra. La primera, de Andrés, decía: Nueve menos cuarto te paso a buscar. En el mensaje siguiente, Gastón escribió: te llamo cuando estoy saliendo para que bajes. Me inventé una coartada y mentí simultáneamente con copia a ambos: No voy desde casa, nos vemos allá.

Y esa noche, ya sentados en el piso, con nuestros labios teñidos de borravino, los miré a los ojos -aunque sabía fehacientemente que era a Andrés a quien me dirigía- y les dije: “Para mí es muy importante que Uds. dos se lleven bien. Los quiero a ambos y soy incapaz de resignar a alguno”.

Es por eso que no estoy sorprendida. Sé bien de qué se trata, no hay duda. Me convocaban al banquillo: Andrés y su psicóloga. Ya conozco el mecanismo: ella y él,  tribunal; yo, su presa.

Volví a subirme a los tacos, dejé el habanito a medio camino, tomé las llaves del auto y así nomás me fui -no sin antes olvidarme nuevamente el celular-

Transitaba por Av. Del Libertador, en esas veinte cuadras que separan mi casa de lo de Nora, cuando sentí una especie de zumbido y pensé: “Insecto o no, no estoy sola en este auto. Somos dos en este cubículo.” Ya detenida en el semáforo de Av. Sarmiento, busqué infructuosamente en la parte delantera y luego en la trasera a través del espejito retrovisor que me delató la mosca recortada por el destello de luz de los faros del auto de atrás. Inmediatamente, otro juego de luces me alertaba que el semáforo había trocado de rojo a amarillo, de amarillo a verde y solté suavemente mis pies en sube y baja sobre sendos pedales. El auto entonces, se deslizó en un movimiento recto y creciente. Yo, en cambio, permanecí estática -quiero decir, el auto se movía y yo arrastrada por él, pero inmóvil- claro, yo estaba en la butaca atrapada bajo el cinto de seguridad. ¿Pero, la mosca? No estaba sujeta a nada, al mismísimo espacio. ¿Cómo era entonces que avanzaba sin avanzar, a 80 o 100 km por hora, del mismo modo que lo hacíamos nosotros? -el auto y yo- Me quedé abstraída pensando en ello sin obtener respuesta del mismo modo que aquella vez. La vez que dejé un paquete de galletitas abierto sobre una mesa, en un departamento de un piso diecinueve. Transcurrida una hora de ese episodio, el departamento fue invadido por un regimiento de hormigas adoctrinadas en fila encaminándose justo allí donde estaba su botín, ¿Quién les avisó? ¿Cómo es posible que se hayan enterado distanciadas a sesenta metros de altura con respecto al paquete? -suponiendo que hayan provenido de la planta baja- Y lo peor, ¿Cómo hicieron para recorrer esa distancia en menos de una hora? Quedé atrapada en el interrogante -los interrogantes: la mosca y la hormiga- y en el stop de esta otra esquina, sólo a cuatro cuadras de la otra en la que había quedado detenida. Esperaba que el semáforo me diese paso, dispersa en estos misterios que claramente me evadían de pensar en otros menos abstractos y, cuando finalmente eso sucedió -digo, el semáforo dándome paso- permanecí en punto muerto. Fantaseé en el accidente que provocaría el malón de autos abalanzándose a granel desde la otra esquina, que yo divisaba estática desde el espejo retrovisor… escribí una “L” con mi mano derecha, pero seguí inmóvil, con mis pies inmóviles, como reteniendo ese instante, como queriendo darles más y más ventaja, hasta alcanzarme y, luego del impacto, arrastrarme, seguramente por los aires, en vueltas, rebotando en uno y otro auto, desequilibrando el tránsito hasta quedar tendida; mi carne mezclada en una confusión de hierros y asfalto… las ruedas girando en falso, en falsa posición. Digo, mientras dibujaba de fantasía toda esa sucesión de acciones e imágenes, me invadió el miedo de morir sin haber terminado los libros que tengo empezados; sin tener un horno de barro para hornear sconnes con cascarillas de naranja; sin haber ido, al menos, una vez más a París; sin atrapar bichitos de luz alguna noche en el campo… Todo eso enumeraba mientras el semáforo hacía rato imploraba que avance. Y mi punteo mental se ramificaba en cada deseo al que me transportaba y donde me ubicaba: en ese otro lugar,  en esa otra acción, y olía la tibieza del scon recién horneado, y deambulaba por París en primavera…, hasta que finalmente, cuando la distancia que me separaba del malón de motores era mínima, el juego de luces me cegaba por el espejo retrovisor y, reconociendo crudamente que el impacto podría ser real y fatal, pisé en juego vaivén acelerador/embrague y avancé perdiéndome en el tránsito.

 

Ni bien crucé Salguero -además de percatarme que estaba circulando por la mano izquierda cuando debía doblar hacia la derecha, y que había pasado de largo Lafinur que era el punto de giro- me distraje en la galería Mamam. Adiviné, sin mayor esfuerzo, que había un evento, un vernissage, o algo por el estilo. Me lo gritaba la vidriera en doble altura recortada de luz en una cuadra mayormente opaca -opacidad exceptuada por la estación de servicio en la esquina- más una multitud bien vestida que se desbordaba por la vereda, con copas burbujeantes en unas manos y canapés en las otras. Algarabía en grupos de tres y cuatro o cinco humanos dejándose llevar por el alcohol. Hablando o riendo o gritando y discutiendo con gestos exagerados, a veces sobreactuados -digo, la burguesía a pleno- Cuando, además de leer el nombre del artista que tanto admiramos, reconocí a la ligera alguna de sus obras de exageradas dimensiones, volanteé en una riesgosa maniobra y, como tuve la dicha de que un auto saliese en ese mismo instante…, me dejé tentar, no pude evitarlo…, estacioné en dos maniobras y bajé. Me olvidé de Andrés y de “mala praxis” -así llamo yo a Nora, su psicóloga, cosa que él desconoce, porque la creo la principal responsable de fomentar su neurosis- con una capacidad exquisita para amnesiar todo aquello en lo que pierdo interés,  y entré…, entré directamente y con convicción, mezclándome entre la gente. Enseguida me topé con él -el artista que tanto admiramos- y así como si nada, le dije: “me gusta mucho tu obra, sos muy talentoso y    -haciendo gala de mi falta de registro- no tengo planes para esta noche, ¿vos?”.  Sería una obviedad describir su sorpresa (a mi pregunta)  y la mía (ante su respuesta) cuando redobló el envite: “yo tampoco, pero acabo de improvisar algo que se asemeja bastante a un plan”. Extendió su brazo como quien detiene un taxi, pero en ángulo obtuso apuntando a un mozo que bandejeaba extraviado entre la gente. Él -el mozo- asintió, en un gesto exagerado, inclinando la cabeza hasta tocar con su mentón por debajo de la nuez, y vino hacia nosotros. Él  -el artista que tanto admiramos- tomó un vaso de color caribeño y, mientras me lo ofrecía, dijo: “Resuelvo un temita y antes que termines el trago estamos fuera”

Subimos a un taxi. Mi auto quedó a la deriva en una cuadra que no le era familiar -de esto me percaté recién a la mañana siguiente- Llegamos a un punto confuso entre San Telmo y Barracas, o más bien, donde un barrio le sucede al otro, y el otro le precede al uno. Yo sabía que él vivía alternando Londres con Buenos Aires y, supuse, estábamos en su ¿casa temporal? ¿atelier? ¿ambas? Sin sutilezas ni anticipos de juego previo me desnudó y se desnudó, en ese primer piso por escalera. Un edificio de tipología arquitectónica utilitaria inglesa, conservado desde una época en que el puerto era esplendor, junto al ferrocarril, los docks y los edificios fabriles. Ladrillo, hierro y muro grueso que prevalecía sobre las aberturas. Un único espacio amplísimo de alturas exageradas, desprovisto de tabiques, donde sólo las columnas de hierro daban ritmo al vacío. El escaso mobiliario era ecléctico y de buen gusto, suelto desprolijamente en una puntillez obsesiva. A las paredes rústicas se le oponían sus obras de arte -las del artista que tanto admiramos- a veces colgadas, otras apoyadas o encimadas; acabadas o inconclusas. Completaban el inventario artístico todos los materiales, elementos, atriles, telas y colores. Estiró un gran lienzo sobre el piso en damero que se dejaba translucir a través de la tela en una cuadrícula suave. Mientras lo observaba tomar un poco de violeta con la mano en forma de cucharita y con la otra, un tono más subido, probablemente con más porcentaje de cian y menos de magenta, pensé en Jack Pollock. Sentí la untuosidad violeta sobre mi pecho y con los ojos cerrados y en un susurro le pregunté: “¿Es tóxico?” “No, si no lo ingerís”, me secreteó al oído. Tomándome la muñeca metió mi mano en un tacho de verde brillante. Me sorprendió la temperatura; me excitó la densidad y textura. Nuestros cuerpos recorrieron el lienzo en acrobacias amorosas dejando su impronta en arte.

Desperté en desnudez tatuada, convocada  por un “clap, clap” y lo descubrí de espaldas frente al muro rústico, extendiendo la noche de sexo sobre un bastidor gigante, con golpeteos de martillo secos y cortos para fijar la tela a los bordes. Aproveché para observar su cuerpo blanco siluetado sobre el abstracto en colores. Ahora busca en una caja de madera. Toma un pomo amarillo y uno naranja, los mezcla precario sobre la paleta y con un pincel caligrafea pausadamente sobre una mancha violeta el nombre del artista que tanto amamos. Mientras voltea para tomar perspectiva del “todo”  me descubre descubriéndolo. Me llama, acaricia la rigidez de mi pelo verde, pone el pincel en mi mano derecha y, señalando bajo su firma, me dice: “Es una obra conjunta”. Cambio el pincel de mano y en zurda escribo Sofía. El artista que tanto amamos toma mi mirada en la suya y me dice: “Bello nombre”

Desayunamos en una esquina en un punto confuso entre San Telmo y Barracas, o más bien, donde un barrio le sucede al otro, y el otro le precede al uno. En el bar de día, bodegón de noche, hay una barra con campanas de cristal que dejan ver medialunas en un caso, sándwiches de miga blanca en otro e “ídem” de miga negra en el tercero. Los tazones de loza blanca gruesa y las medialunas gigantes me recuerdan a desayunos de infancia en “Las Violetas”

“No tengo planes para mañana -me dice interrumpiendo mi dejà vu- Tampoco para pasado mañana, ni la semana próxima, ni los próximos diez años. ¿Vos?”

–– Yo tampoco. Pero puedo improvisar algo que se asemeje bastante a un plan para toda la vida.

 

Regresé a casa a media mañana con la misma ropa del día anterior. La lucecita roja del contestador automático titila evidenciando cuántos llamados no atendidos mutaron en mensajes grabados. Me quedo a oscuras mientras cuento las pulsiones intermitentes a medida que avanzo a tientas con ese destello como única guía hasta que pulso “play”. Recién en ese momento abro las cortinas, me bajo de los tacos para acariciar la alfombra con los pies despojados, me tiro en el chaise longe, la cartera a un lado. Tomo el medio habanito que dejé inconcluso la noche anterior, lo enciendo con el encendedor de la estatua de la libertad, que me regaló Gastón y me sumerjo hasta quedar envuelta en la nube de humo. Aspiro profundo con la mitad superior de mi cuerpo inmersa en la humareda para impregnarme en ese olor… y me acuerdo de Andrés y de Nora y de mi auto estacionado en una esquina de Buenos Aires. Me dispongo a escuchar los cuatro mensajes de hoy:

1. “Tuc, tuc, tuc…”

2. “Sofía, ¡la concha de tu madre! Estamos esperándote con Nora. ¡Son casi las doce de la noche!

3. “Sofía, ¡olvidate que existo! Para mí estás muerta.

4. “Sofía, ¿qué carajo hace tu auto estacionado en Ruggieri y Libertador?

                    APG©

Mayo `08

 

 

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3 comentarios to “Mala praxis, en Historia de mujeres infieles”

  1. hola,
    Soy hector y vengo para acá a leer todo ésto; sí, es cretino de verdad

  2. Ando muy nostalgica de Buenos Aires No soy Argentina pero ……….

  3. Me encanto!

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