Orden del Día / 181

J U S T I N A

Justina era millonaria sin querer. A los trece años había recibido un adelanto de herencia que estuvo bajo custodia hasta una mañana en que la citaron a una escribanía para que un buffet de letrados le comunicara -en ese mismo momento en que cumplía la mayoría de edad- que era titular de una cuenta abultada en el exterior, que tenía participación minoritaria en un Holding de Empresas, y también terrenos y propiedades en la Argentina y en el extranjero, según constaba minuciosamente en el escrito que un hombre adusto leía en voz sobria de monotonía, y que expresaba -según le dijo- la voluntad de su finado padre. Su madre no la había podido acompañar a tal evento: tenía una sesión de introspección y Reiki, impostergable. Sus cuatro hermanos que la duplicaban en edad tampoco fueron de la partida; sólo se ofreció para acompañarla el hijo mayor de uno de ellos, que vendría a ser su sobrino aunque le llevase un par de años y que, además, era abogado recién recibido y su compinche desde que eran niños. En esa sala vetusta en la que estaban, Justina sólo atinó a escuchar al letrado, como quien escucha a un orador aburrido, sin hacer el más mínimo esfuerzo en disimular su manifiesto desinterés. Luego firmó en donde debía firmar y todo terminó en un mero trámite.
Justina era el último resabio de un matrimonio mayor, tradicional y acabado hacía tiempo. Se rumoreaba que ella podría ser el resultado de alguna de las revolcadas que su madre solía tener con ciertos Taxi Boys que la frecuentaban, pero lo cierto es que llevaba el mismo apellido que sus hermanos, tal vez porque su padre habría preferido arrogarse la paternidad antes que asumir la deshonra y el escarnio ante sus pares de clase. Como fuere, ella tenía tantos nombres y apellidos que en su partida de nacimiento hubo que comprimir la caligrafía para que cupiesen todos. Creía, incluso, que había heredado algún título nobiliario sobre el que ella prefería no indagar para que la llamasen simplemente Justina, pronunciado con “ye”, y no Baronesa, como a su madre, o Vizconde, como solían ostentar sus hermanos. Casi no tenía trato con su madre, ahora que tenía veintitrés, ni tampoco recordaba que hubiese sido fluido, de pequeña. Justina era una corporización de la libertad y la individualidad. Era el resultado genético flagrante de sus padres. Pero ambos, a la vez, representaban todo lo que ella había decidido rechazar en la vida: el linaje. De su padre, era poco lo que recordaba; se trataba, más bien, de una transferencia de la memoria ajena. Que a los cincuenta y cinco, cuando ella tenía apenas tres, se había mudado a un pent house de la 5thAv, sobre el Central Park, junto a un diseñador top que conoció cuando éste vestía a su (ex)mujer. Que a los pocos años de esa convivencia ya había contraído el SIDA y que fue por eso que decidió anticipar su herencia tal vez para expiar la culpa de que siempre él prometía todo aquello que era capaz de incumplir. Como el día -recuerda Justina- que tuvo el mal gusto, no sólo de estar ausente para su treceavo cumpleaños, sino que también tuvo el tupé de morirse justo ese mismo día. En cuanto a su madre, Justina siempre la vio como una mujer bohemia, distinguida, elástica y vieja. Andaba siempre vestida con un Sari: un largo lienzo de seda ligero que se enrollaba alrededor de su estilizada figura, que era el atuendo tradicional de las mujeres en la India. Se paseaba descalza dejando al descubierto sus pies de porcelana bajo un hálito de sahumerios. Bebía absenta, bailaba melodías de Oriente, meditaba hacia el Este, no comía carne, fumaba narguile, y llevaba el pelo azabache liso larguísimo y suelto a excepción de la cena anual de beneficencia o en ciertos coctels en las embajadas o en las vernissages, para los que solía peinarse con un recogido tipo chignon. Pasaba más tiempo de viaje por Montecarlo, Nueva Delhi, Tánger o Estambul, que con ella -su propia hija- en su casa en el Palacio Estrugamou. Tenía un grueso álbum de fotos posando junto a Príncipes y Reyes Europeos, y no había día en que no le dijera que la amaba. Pero para Justina, se trataba de una mera formalidad, que a ella misma la hacía dudar de si sentía o no, amor por su madre. Como fuese, Justina era fuerte y estaba haciendo su propio camino. Ya había recibido la educación de rigor y, por su cuenta, había terminado sus estudios de cine aquí y allá. También había dado sus primeros pasos “participando” en el rodaje de una película, y además escribía una columna mensual en una revista deportiva que la dirigía su ex entrenador de los tiempos en los que jugaba hockey. Elegir un buen calzado, Tu 1er maratón. Los temas que le proponía el editor eran un bodrio, pero a Justina le servían para adquirir oficio -escribir en mil caracteres-, aunque la mayoría de las veces le rechazasen el material. Esta vez, fue ella quien propuso: Los atletas y el sexo, por puro despecho hacia un rugbier con el que había noviado en otra época. Decía así:


Los atletas tienen sexo como si fuese una performance deportiva más. Son activos, enérgicos, reincidentes y duraderos y, en la mayoría de los casos, lo único que se consigue, luego de su entrenamiento, es acabar paspada, aburrida y sin llegar al clímax. Ellos se van triunfantes creyéndose ser buenos amantes. Desconocen por completo la ecuación cantidad/calidad. Solo saben de glorias deportivas y poco de Fair Play. Preguntan si acabaste, más preocupados por constatar su virilidad que por un genuino interés en el otro; entonces, en un gesto solidario, es usual mentir para no romper su ilusión del gran macho. Cuando por fin quedás sola -luego de pararte en puntas de pie para despedir a tu hombre, ese David de Miguel Ángel que, previa elongación, se fue- te servís un whisky para olvidar el brindis anterior que hicieron juntos con Gatorade y pensás si no será hora de experimentar con otro tipo de amante: uno más imperfecto, más falible, más insano, más humano; que se oponga al estereotipo de deportista de elite; por ejemplo, un cineasta: un Director.


Hoy, primero de mes, sale un nuevo número de la revista. Justina baja ansiosa al Puesto de diarios. Paga con cien. Lee deslizando su dedo sobre el Sumario. No hay caso: otra vez, su nota no figura en el Índice.

APG

Queda archivado bajo el nombre de Justina, en el cajón Ficciones Propias

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~ por APG en mayo 4, 2014.

Una respuesta to “Orden del Día / 181”

  1. Complejo y tridimensional, además de verosímil. Lo veo como parte de algo mayor y más poderoso. B CR

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