Orden del Día / 191

•junio 20, 2015 • Dejar un comentario

CARTA ABIERTA

Estimada Fiscal, Dra. Viviana Fein

De mi consideración,

No va a poder creer lo que me sucedió. Esta mañana, mientras estaba en la cola del supermercado aguardando para pagar un mix de verduritas orgánicas para hacer una sopa, escuché hablar a dos mujeres, de similar apariencia a las del otro día. Como es sabido que los sábados la cola del súper es más larga, el diálogo también lo fue.

 – ¿Viste? La prima, al final, no era taaan prima…

– ¡¿Vos viste?! Dicen que sólo quería vender un libro…

– ¡Sí! Y cuando estuvo frente a la Fiscal, desdijo todo lo que había escrito.

– Ahora dicen que hace añares que no se veían, que jamás estuvo en su departamento. en Puerto Madero, que no conocía a sus amigos y que ni siquiera tenía su celular…

– ¡Sí! Lo dijeron en la tele…

– Yo lo leí en el diario. Una caradura.

– Una oportunista. Así, nunca vamos a cambiar como país.

Tomé mi bandeja de verdurita orgánica -aún restaba un trecho para mi turno- la puse en una heladera de gaseosa para que no se rompiese la cadena de frío, y me fui, pensando en la testigo Natalia Fernández, la moza que reveló el descontrol en el departamento del Fiscal, la noche que lo encontraron muerto de un disparo en la cabeza, que citaron a ratificar sus dichos para luego mediatizar en titulares que decían que la testigo se había desdicho. Caminé pensando que estaba siendo objeto de la misma maniobra, mientras repasaba lo que tenía en casa para improvisar un almuerzo.

Le escribo, Sra. Fiscal, para expresarle mi estupor, que seguramente usted compartirá, porque fue justamente usted ante quien declaré. Que me presenté haciendo referencia a que la escritura es mi modo de expresión, que ese libro reunía todo mi pensamiento acerca de lo que yo consideraba un magnicidio; que suscribía cada palabra de su contenido. Incluso -¿recuerda Doctora?-, estuve unos días antes en la Fiscalía ofreciéndole un ejemplar, siendo que si por eso me citaba, hubiese sido ideal que lo leyera a priori. Pero usted no lo aceptó, ¿se acuerda, doctora? Que le mencioné que millones de ciudadanos pensaban como yo y que usted adujo que mi palabra era “trascendente” por la familiaridad que me unía al Fiscal Alberto Nisman. Sin embargo, días después, cuando finalmente me presenté en la fecha acordada y solicité que el libro se adjuntara a la causa como mi testimonio, usted sin desmedro de ello, de pie pero con el dorso superior apoyado sobre el escritorio a causa de una dolencia en el nervio ciático -alegó cuando le ofrecí que se sentara-, quiso hacerme preguntas que apuntaron a neutralizarme como declarante, relegándome al lugar de pariente en segundo grado de Nisman, que no conocía a sus amistades, ni su departamento, ni su teléfono, y que hacía un par de años que no veía. Como si todo ello, invalidara mi saber personal sobre el asunto y mi opinión. Como si desde un principio, usted no hubiese tenido ningún interés en lo que yo fuera a decir, sino más bien, en desestimarlo a priori porque era “inconveniente”; como el de la moza Natalia Fernández. Mi declaración quedó resumida en dos hojas, que no incluyeron varios de los elementos aportados en esa declaración, lo cual no me preocupó, ya que todo está expresado en el libro que remití como elemento a la causa, el cual espero -ahora sí- tenga a bien leer, ya que es su deber profesional, y sumarlo al expediente complementado a mi testimonio.

Por cierto, leí también -en los Medios que divulgaron mi declaración que sólo pudo provenir de su Fiscalía, Doctora- cuestionamientos sobre mi idoneidad para escribir un ensayo que consta en el capítulo Por qué el Fiscal Nisman no se suicidó. A grandes rasgos, sin hacer un recorrido plagado de aburrimiento desde los orígenes del Ensayo como género literario, mérito atribuido a Michel de Montaigne hacia fines del S. XVI, debo decir que un Ensayo, no es otra cosa que un acto del pensamiento. Y a mí, nada ni nadie me va a impedir pensar libremente, ni tener una opinión. Y elijo hacerlo en este espacio -mi blog personal- porque es el único lugar genuino que encuentro para preservar mi palabra intacta, sin interferencias de ningún tipo. Por el mismo motivo que elegí el formato de libro para resguardar y cobijar mi opinión, sentimiento y saber sobre la causa del asesinato del Fiscal Alberto Nisman. Quien quiera callarme no tendrá otra opción que hacer lo mismo que hicieron con él.

Para terminar, y siendo usted tan permeable a las sugerencias, me atrevo a proponerle -si es que me cabe ese derecho ciudadano- que cite como testigo a la Procuradora General Dra. Gils Carbó, entendiendo que fue ella quien, días antes de lo ocurrido, le ofreció a Nisman reforzar su seguridad personal, atento a que había recibido alertas de carácter reservado que lo ponían en riesgo de vida. El origen de estas amenazas que la Procuradora dio rango de gravedad y verosimilitud, podrían echar algo de luz a la causa.

Me despido de usted, no sin antes admitir que sí, que IN MEMORIAM es un libro oportunista. Tan oportunista y necesario como oportunista y “necesaria” fue su muerte.

Le deseo que trabaje menos. Pero mejor. 

La saluda atentamente,

Andrea Paula Garfunkel

Prima de Alberto (En segundo grado)

*Está permitida su libre difusión, sin alteración del contenido.

Orden del Día / 190

•junio 4, 2015 • 6 comentarios

CARTA ABIERTA

Estimada Jueza, Dra. Fabiana Palmaghini

De mi consideración,
Esta tarde, mientras estaba en la cola del supermercado aguardando para pagar un yogurt con cereal, escuché el siguiente diálogo entre dos mujeres:

– ¿Viste? Ahora la Jueza llamó a declarar a la prima.
– ¿Qué me contás? Dice que lo asesinaron…
– ¡Sí! Que fue el muchacho de la computadora.

Mediante la simple aplicación de un razonamiento lógico-deductivo, pude inferir que la Jueza a la que hacían referencia era Usted, Doctora; que la prima era yo, y que en cuanto al “muchacho” se trataba del Analista informático Diego Lagomarsino. También pude observar que quienes dialogaban eran dos señoras que, en ese afán por amenguar el tiempo de espera, probablemente, hubiesen exagerado. Luego, mientras caminaba, recibí un SMS que confirmaba que yo había sido citada a declarar.
Le escribo, Sra. Jueza, para decirle que estoy a derecho, a su entera disposición, aún sin haber recibido notificación alguna. Que sí creo firmemente que al Fiscal Alberto Nisman lo asesinaron, que se trató de un magnicidio, que no tengo la menor idea de quién fue y que estoy convencida de que jamás se sabrá. Si usted considera que estos dichos, que provienen de la simple aplicación del razonamiento lógico-deductivo, de la observación aguda y básicamente de pensar, podrían aportar al esclarecimiento de la causa -le reitero- estoy a su entera disposición. Eso sí -bajo esa tesitura- habría que citar a declarar a millones de ciudadanos que piensan como yo, lo cual sería muy engorroso o directamente, impracticable. Preferiría que no desperdiciemos tiempo en desvíos inconducentes. Y no me refiero a “mi” tiempo que es insignificante, sino al suyo, que tiene a su cargo un caso de extrema complejidad. En ese sentido -el de no perder tiempo en investigaciones vanas y en dilapidar recursos- me gustaría contarle que vivo hace más de veinticinco años en un mono-ambiente luminoso de cuarenta metros cuadrados y problemas de filtración en el techo. Que no poseo cuentas bancarias ni aquí ni en el exterior. Mi única tarjeta dice: “COTO, yo te conozco”, y que no estoy en riesgo de profugarme porque mi Pasaporte está vencido y porque, a pesar de todo, amo profundamente este País.
Aprovecho para contarle que recientemente escribí un libro en memoria de mi primo. Que suscribo absolutamente todo le que allí expreso, incluso, si hubiere faltas de ortografía. Que voy a hacer todo lo posible para que le llegue un ejemplar a su despacho. Y si al leerlo, Usted encontrara en su contenido algo trascendente, podría incorporarlo a la causa, cuando usted disponga.

Si al momento de leer esta carta, la citación judicial ya hubiese sido librada, le ruego, por favor, la desestime -a la carta, claro.

La saluda atentamente,
Andrea Paula Garfunkel
Prima de Alberto

*Está permitida su libre difusión, sin alteración del contenido.

Orden del Día / 189

•junio 4, 2015 • Dejar un comentario

CORTANDO ETIQUETAS

No podría precisar la fecha, pero con seguridad fue hace bastante tiempo y en una época del año en que las seis de la tarde es noche prematura. El semáforo de Av. Sarmiento aún no había soltado de la gatera al aluvión de autos, ávidos de escapar del trajín diario. Eso hacía que el único sonido que sentía yo, que venía corriendo por el sendero de Av. Figueroa Alcorta, fuera el de mi propio jadeo a ritmo de trote. A la altura de la curva del puente del Velódromo, apareció del fondo de la negrura un hombre bajando del terraplén. Con una mano sostenía su jean abierto a la altura de la cadera y con la otra manoseaba libidinoso su miembro amenazante. Pegué un pique tan veloz hacia Av. Dorrego que hubiera merecido ser cronometrado. Mientras el degenerado corría en un intento vano tras de mí, el semáforo echó a rodar al tránsito, y los conductores, aún a alta velocidad, hicieron sonar su repudio en una ráfaga de bocinas. La bestia cobarde volvió a su guarida. Yo llegué a Dorrego sin mirar atrás. En sentido contrario venía un corredor. Me abalancé sobre él, temblando, y en una voz ahogada por la falta de aire le imploré un Socorro.
– Tranquila -me dijo con voz calma-, no te va a pasar nada, ahora estás conmigo.
En ese momento, sentí como si un Súperman alado hubiese bajado de los cielos para protegerme. Hoy me pregunto por qué es necesario estar con un Súperman alado para que a las mujeres no nos pase nada.
Súperman cambió su rumbo original y me escoltó en un trote hasta la avenida. Al llegar a casa estallé en llanto en el tubo del teléfono. Quien estaba al otro lado recibiendo la catarsis era mi novio de ocasión que, aunque tenía previsto un agasajo por mi cumpleaños, me dijo:
– Cálmate, mi amor. Paso a buscarte en un rato y antes de ir a cenar, vamos juntos a la Comisaría.
Me bañé, pasé por el proceso habitual de conversión de pibita que corre a mujer presentable, y bajé cuando sonó el timbre.
– ¡Estás bellísima! ¿Quién te va a tomar una denuncia así vestida? No es creíble -remató y consiguió convencerme.

Otra vez, más cercana en el tiempo, yo me probaba una prenda que acababa de comprar, ante los ojos de mi hombre de ocasión, esperando de él la respuesta habitual y desinteresada de la mayoría de los hombres: “te queda bien”, pero me vi sorprendida por otro comentario:
– Una de dos -sentenció-, o usás esos pantalones o escribís.

Yo, que lo único que quería en el mundo era escribir y que nada ni nadie se interpusiera en mi camino, guardé el pantalón sin siquiera quitarle la etiqueta, y comencé a usar -por algún tiempo- una boina de vicuña del altiplano para sentirme más escritora.

Esta tarde, 3 de Junio, pasados algunos años de esa vez, busqué aquel pantalón, arranqué de un tirón la etiqueta de la estigmatización, me lo puse -sí, aún me entra-, y marché a la Plaza del #NiUnaMenos, para mezclarme en el tumulto, con la convicción de que es imperioso comenzar a cambiar la cultura desde las etiquetas.

APG©

Orden del Día / 188

•marzo 27, 2015 • Dejar un comentario

INSOMNIO

La tristeza es enorme y excede a mi primo. Duele el país, su decadencia patética. Y en el transcurrir de la noche, en la concavidad del silencio, mientras una parte de la humanidad duerme, la vigilia me tiene sentada en la grada de este anfiteatro romano mirando el espectáculo grotesco de este circo. Soy espectadora. De primera fila al medio. Observo el vaivén de transacciones del sálvese quien pueda y al mejor postor. Una orgía. Una vulgar orgía.

Las cartas están echadas. Pero al mazo le falta un naipe: el de la Verdad. Qué curiosa improcedencia: en la vasta Numerología, la Verdad no tiene adjudicado un número. Jugamos un juego de barajas diseñado para la frustración.

APG©

Orden del Día / 187

•octubre 15, 2014 • Dejar un comentario

Tapa 10

Ya es hora de que sepas algo de mí (Fragmento de mi novela Wunderkammern)

[…] Salgo por la puerta de servicio lateral, con la pretensión de poder huir sin ser vista. Advierto que la casa está rodeada por un bello jardín de diseño a pesar de verse un tanto desordenado por el temporal que azotó la zona dejando un cendal de ramas y hojas. No es muy grande el vergel, pero lo suficiente como para albergar un variopinto floral, un par de abetos, un avellano añoso, un limonero, algún eucalipto y otros más que no reconozco. Hay también una suerte de estanque pequeño cubierto de nenúfares, a veces de flor rosada, y una estatua clásica griega, en escala natural, de una Venus desarropada que mira ligeramente hacia abajo, como custodiando el espejo de agua o a los peces de color, o expectante como si fuera a aparecer algún tipo de criatura acuática; o el mismísimo Poseidón en persona.

botanico-entrada

Algo me inquieta de este lugar. Ahora. Parece una pavada decir “ahora”, pero el solo hecho de pensar en la dimensión espacial de ese “ahora” me hace tomar conciencia de la debilidad de ese recuerdo. Una imagen difusa de la niñez temprana acude al desconcierto: es una niña: gira sola, flotando dentro de un salvavidas de aro, color amarillo y cabeza de pato. Gira sola. Sólo gira. Antes de cruzar la verja descubro, tumbado sobre el pasto como lacra del temporal, un cartel de madera que dice en letra tallada Green Hedges, que significa “setos verdes” y que me incita, inmediatamente, a definir qué voy a comer, en pocos minutos, cuando me encuentre con Pier para almorzar […]

APG©

Queda archivado bajo el nombre de Wunderkammern, en el Cajón Ficciones Propias.

Orden del Día / 186

•septiembre 27, 2014 • Dejar un comentario

EL SIGNIFICADO DE LAS PALABRAS

Recuerdo la primera vez que busqué el significado de una palabra en un Diccionario. La había pronunciado mi papá refiriéndose a mí, y yo supe, en ese mismo instante, que no se trataba de nada bueno.

Tendría cinco, seis o siete años. Recuerdo que estaba acatando la consigna que, cada noche e irremediablemente, se pronunciaba en mi casa a las ocho en punto: “A lavarse los dientes, a hacer pis y a la cama”. En eso andaba: ya había hecho pis y estaba manipulando el cepillo de dientes cuando, en un movimiento torpe, con esa torpeza propia que una niña suele tener a esa edad, el cepillo acabó dentro del inodoro. Aún no había tirado la cadena y -es sabido- a las nenas nos dan asquito muchas cosas y yo no estaba dispuesta a meter mi mano en el pis en procura de recuperar el cepillo. Hete aquí que pulse el botón para que se limpiara mi campo de acción y claro, observé impávida como el cepillo de dientes desaparecía en el mareo de un remolino hipnótico, psicodélico, centrífugo, de color ámbar. Luego vino esa palabra que dijo mi papá y que yo, a pesar de no haber entendido, jamás olvidé: ni en ese momento ni en el correr de los años.

De adulto uno sabe que el prefijo “in” denota una negación o carencia de algo: inútil, incapaz, inacción, indecente, inmoral, intrascendente, etcéteras. Pero a esa edad -cinco, seis, siete años- ni siquiera tenía noción del orden de las letras en el abecedario, de modo que encontrar la palabra que me había dicho mi papá, que comenzaba de ese modo, que me interpelaba y me urgía descifrar, transcurrió en sucesivos intentos fallidos, en varios días. Tenía sólo una certeza: no estaba ni por el principio ni por el final.

Entonces, luego de subirme a una silla, tomar con dificultad ese Diccionario gordísimo y pesadísimo del estante, me acostaba en el piso, lo abría al azar y comenzaba la búsqueda del tesoro, con el entusiasmo de quien está dando sus primeros pasos en la lectura. Por supuesto que no comprendía el significado de casi ninguna de las palabras que incitaban mi curiosidad pero a mí me bastaba con conseguir deletrear una y otra, en voz alta, guiada por el índice sobre el recorrido de las letras. Una tarde descubrí el lugar secreto en donde se agrupaban todas las palabras que empezaban con la letra “i”; sabía que estaba cerca, entonces, para no perder esa ubicación, me aseguré de colocar un papelito. Así se sucedieron las tardes de búsqueda y dispersión entre esas páginas hasta que finalmente, un día, se me apareció la palabra que había pronunciado mi papá y que ya nunca olvidé. La definición decía así:

Dícese de la persona cuyas dotes intelectuales son inferiores a las corrientes.

APG©

Queda archivado en el Cajón No Ficción, bajo el nombre Infradotada

Orden del Día / 185

•septiembre 7, 2014 • 1 Comentario

Sin mediar palabra transparente

SOÑAR EN CIEN PALABRAS Y UNA IMAGEN

Soñé que un hombre de riguroso traje negro y sombrero bombín se inmiscuía en mi sueño. Llevaba la cabeza levemente inclinada, como en reverencia, lo que hacía que no pudiese ver su cara, aunque imaginé que podría ser un Chaplin sin bastón. Impertinente, sin que medie palabra, se metió en mi zapatilla. Le ordené que saliera de inmediato. Obedeció saltando hacia afuera y en el salto, cayó al piso. Quedó tendido. Supuse que estaba muerto… Pero no: estaba vivito y coleando. Se incorporó, caminó hacia un rincón, abrió un libro y, para ignorarme completamente, comenzó a leer. Sin mediar palabra.

APG

Queda archivado en el Cajón Ficciones Propias, bajo el nombre Sin mediar palabra, en cien palabras

 
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