Orden del Día / 189

•junio 4, 2015 • Dejar un comentario

CORTANDO ETIQUETAS

No podría precisar la fecha, pero con seguridad fue hace bastante tiempo y en una época del año en que las seis de la tarde es noche prematura. El semáforo de Av. Sarmiento aún no había soltado de la gatera al aluvión de autos, ávidos de escapar del trajín diario. Eso hacía que el único sonido que sentía yo, que venía corriendo por el sendero de Av. Figueroa Alcorta, fuera el de mi propio jadeo a ritmo de trote. A la altura de la curva del puente del Velódromo, apareció del fondo de la negrura un hombre bajando del terraplén. Con una mano sostenía su jean abierto a la altura de la cadera y con la otra manoseaba libidinoso su miembro amenazante. Pegué un pique tan veloz hacia Av. Dorrego que hubiera merecido ser cronometrado. Mientras el degenerado corría en un intento vano tras de mí, el semáforo echó a rodar al tránsito, y los conductores, aún a alta velocidad, hicieron sonar su repudio en una ráfaga de bocinas. La bestia cobarde volvió a su guarida. Yo llegué a Dorrego sin mirar atrás. En sentido contrario venía un corredor. Me abalancé sobre él, temblando, y en una voz ahogada por la falta de aire le imploré un Socorro.
– Tranquila -me dijo con voz calma-, no te va a pasar nada, ahora estás conmigo.
En ese momento, sentí como si un Súperman alado hubiese bajado de los cielos para protegerme. Hoy me pregunto por qué es necesario estar con un Súperman alado para que a las mujeres no nos pase nada.
Súperman cambió su rumbo original y me escoltó en un trote hasta la avenida. Al llegar a casa estallé en llanto en el tubo del teléfono. Quien estaba al otro lado recibiendo la catarsis era mi novio de ocasión que, aunque tenía previsto un agasajo por mi cumpleaños, me dijo:
– Cálmate, mi amor. Paso a buscarte en un rato y antes de ir a cenar, vamos juntos a la Comisaría.
Me bañé, pasé por el proceso habitual de conversión de pibita que corre a mujer presentable, y bajé cuando sonó el timbre.
– ¡Estás bellísima! ¿Quién te va a tomar una denuncia así vestida? No es creíble -remató y consiguió convencerme.

Otra vez, más cercana en el tiempo, yo me probaba una prenda que acababa de comprar, ante los ojos de mi hombre de ocasión, esperando de él la respuesta habitual y desinteresada de la mayoría de los hombres: “te queda bien”, pero me vi sorprendida por otro comentario:
– Una de dos -sentenció-, o usás esos pantalones o escribís.

Yo, que lo único que quería en el mundo era escribir y que nada ni nadie se interpusiera en mi camino, guardé el pantalón sin siquiera quitarle la etiqueta, y comencé a usar -por algún tiempo- una boina de vicuña del altiplano para sentirme más escritora.

Esta tarde, 3 de Junio, pasados algunos años de esa vez, busqué aquel pantalón, arranqué de un tirón la etiqueta de la estigmatización, me lo puse -sí, aún me entra-, y marché a la Plaza del #NiUnaMenos, para mezclarme en el tumulto, con la convicción de que es imperioso comenzar a cambiar la cultura desde las etiquetas.

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Orden del Día / 188

•marzo 27, 2015 • Dejar un comentario

INSOMNIO

La tristeza es enorme y excede a mi primo. Duele el país, su decadencia patética. Y en el transcurrir de la noche, en la concavidad del silencio, mientras una parte de la humanidad duerme, la vigilia me tiene sentada en la grada de este anfiteatro romano mirando el espectáculo grotesco de este circo. Soy espectadora. De primera fila al medio. Observo el vaivén de transacciones del sálvese quien pueda y al mejor postor. Una orgía. Una vulgar orgía.

Las cartas están echadas. Pero al mazo le falta un naipe: el de la Verdad. Qué curiosa improcedencia: en la vasta Numerología, la Verdad no tiene adjudicado un número. Jugamos un juego de barajas diseñado para la frustración.

APG©

Orden del Día / 187

•octubre 15, 2014 • Dejar un comentario

Tapa 10

Ya es hora de que sepas algo de mí (Fragmento de mi novela Wunderkammern)

[…] Salgo por la puerta de servicio lateral, con la pretensión de poder huir sin ser vista. Advierto que la casa está rodeada por un bello jardín de diseño a pesar de verse un tanto desordenado por el temporal que azotó la zona dejando un cendal de ramas y hojas. No es muy grande el vergel, pero lo suficiente como para albergar un variopinto floral, un par de abetos, un avellano añoso, un limonero, algún eucalipto y otros más que no reconozco. Hay también una suerte de estanque pequeño cubierto de nenúfares, a veces de flor rosada, y una estatua clásica griega, en escala natural, de una Venus desarropada que mira ligeramente hacia abajo, como custodiando el espejo de agua o a los peces de color, o expectante como si fuera a aparecer algún tipo de criatura acuática; o el mismísimo Poseidón en persona.

botanico-entrada

Algo me inquieta de este lugar. Ahora. Parece una pavada decir “ahora”, pero el solo hecho de pensar en la dimensión espacial de ese “ahora” me hace tomar conciencia de la debilidad de ese recuerdo. Una imagen difusa de la niñez temprana acude al desconcierto: es una niña: gira sola, flotando dentro de un salvavidas de aro, color amarillo y cabeza de pato. Gira sola. Sólo gira. Antes de cruzar la verja descubro, tumbado sobre el pasto como lacra del temporal, un cartel de madera que dice en letra tallada Green Hedges, que significa “setos verdes” y que me incita, inmediatamente, a definir qué voy a comer, en pocos minutos, cuando me encuentre con Pier para almorzar […]

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Queda archivado bajo el nombre de Wunderkammern, en el Cajón Ficciones Propias.

Orden del Día / 186

•septiembre 27, 2014 • Dejar un comentario

EL SIGNIFICADO DE LAS PALABRAS

Recuerdo la primera vez que busqué el significado de una palabra en un Diccionario. La había pronunciado mi papá refiriéndose a mí, y yo supe, en ese mismo instante, que no se trataba de nada bueno.

Tendría cinco, seis o siete años. Recuerdo que estaba acatando la consigna que, cada noche e irremediablemente, se pronunciaba en mi casa a las ocho en punto: “A lavarse los dientes, a hacer pis y a la cama”. En eso andaba: ya había hecho pis y estaba manipulando el cepillo de dientes cuando, en un movimiento torpe, con esa torpeza propia que una niña suele tener a esa edad, el cepillo acabó dentro del inodoro. Aún no había tirado la cadena y -es sabido- a las nenas nos dan asquito muchas cosas y yo no estaba dispuesta a meter mi mano en el pis en procura de recuperar el cepillo. Hete aquí que pulse el botón para que se limpiara mi campo de acción y claro, observé impávida como el cepillo de dientes desaparecía en el mareo de un remolino hipnótico, psicodélico, centrífugo, de color ámbar. Luego vino esa palabra que dijo mi papá y que yo, a pesar de no haber entendido, jamás olvidé: ni en ese momento ni en el correr de los años.

De adulto uno sabe que el prefijo “in” denota una negación o carencia de algo: inútil, incapaz, inacción, indecente, inmoral, intrascendente, etcéteras. Pero a esa edad -cinco, seis, siete años- ni siquiera tenía noción del orden de las letras en el abecedario, de modo que encontrar la palabra que me había dicho mi papá, que comenzaba de ese modo, que me interpelaba y me urgía descifrar, transcurrió en sucesivos intentos fallidos, en varios días. Tenía sólo una certeza: no estaba ni por el principio ni por el final.

Entonces, luego de subirme a una silla, tomar con dificultad ese Diccionario gordísimo y pesadísimo del estante, me acostaba en el piso, lo abría al azar y comenzaba la búsqueda del tesoro, con el entusiasmo de quien está dando sus primeros pasos en la lectura. Por supuesto que no comprendía el significado de casi ninguna de las palabras que incitaban mi curiosidad pero a mí me bastaba con conseguir deletrear una y otra, en voz alta, guiada por el índice sobre el recorrido de las letras. Una tarde descubrí el lugar secreto en donde se agrupaban todas las palabras que empezaban con la letra “i”; sabía que estaba cerca, entonces, para no perder esa ubicación, me aseguré de colocar un papelito. Así se sucedieron las tardes de búsqueda y dispersión entre esas páginas hasta que finalmente, un día, se me apareció la palabra que había pronunciado mi papá y que ya nunca olvidé. La definición decía así:

Dícese de la persona cuyas dotes intelectuales son inferiores a las corrientes.

APG©

Queda archivado en el Cajón No Ficción, bajo el nombre Infradotada

Orden del Día / 185

•septiembre 7, 2014 • 1 Comentario

Sin mediar palabra transparente

SOÑAR EN CIEN PALABRAS Y UNA IMAGEN

Soñé que un hombre de riguroso traje negro y sombrero bombín se inmiscuía en mi sueño. Llevaba la cabeza levemente inclinada, como en reverencia, lo que hacía que no pudiese ver su cara, aunque imaginé que podría ser un Chaplin sin bastón. Impertinente, sin que medie palabra, se metió en mi zapatilla. Le ordené que saliera de inmediato. Obedeció saltando hacia afuera y en el salto, cayó al piso. Quedó tendido. Supuse que estaba muerto… Pero no: estaba vivito y coleando. Se incorporó, caminó hacia un rincón, abrió un libro y, para ignorarme completamente, comenzó a leer. Sin mediar palabra.

APG

Queda archivado en el Cajón Ficciones Propias, bajo el nombre Sin mediar palabra, en cien palabras

Orden del Día / 184

•agosto 27, 2014 • Dejar un comentario

Tapa eterna 2

PRÓLOGO

La carrera de relevos tiene su antecedente en la Grecia Antigua. En esos tiempos se trataba de un rito funerario: una antorcha debía pasarse de mano en mano manteniéndola encendida en el transcurso. Este ritual se reprodujo luego en las Olimpíadas -la famosa Llama Olímpica- y casi al mismo tiempo, en la creación de una nueva disciplina deportiva conocida como carrera de relevos o postas. En esta competencia en equipo, cada corredor debe recorrer una distancia determinada con una barra cilíndrica de metal en su mano derecha, llamada testimonio o testigo (evocando a la antigua antorcha) y, al terminar el recorrido, pasársela al siguiente corredor para que éste repita la acción, y así sucesivamente con el resto de los integrantes del equipo. Largada y Llegada son el mismo punto en la pista ovalada de atletismo; es in eternum, siempre se vuelve a empezar.

A merced pretende ser un libro que retome esta idea y para ello debe cumplir determinadas reglas -oulipianas- como toda disciplina deportiva. Cada relato debe recorrer mil palabras y estar atravesado por un billete de cien, de Eva Perón, que pasa sucesivamente de mano en mano, de relato en relato, narrando -siendo testigo, testimoniando- en primera persona, lo que sucede en cada tramo, en cada historia.

Si bien un libro impone un orden de lectura, este texto puede comenzar a leerse por cualquier relato, porque son continuos y, como en el sinfín de una pista de atletismo, siempre se vuelve a empezar, constituyéndose en antecesor y sucesor al mismo tiempo: precuela y secuela, a la vez.

El nombre A merced refiere a que el narrador (el billete de cien) no tiene potestad sobre sus acciones, tan sólo tiene un valor nominal pero distinto valor simbólico o práctico para cada protagonista que lo utiliza, a su merced. Es moneda de cambio. Es usado a necesidad. Va de mano en mano sin importar quién lo tome. Nadie presta atención en él: nadie se detiene; sin embargo es imprescindible en cualquier hombre, mujer, niño, anciano, gordo, flaco, bello, rico, pobre, instruido, ignorante, honesto o ladrón, de cualquiera o ninguna religión. Es billete que habita entre bolsillos, billeteras, colchones, cajeros automáticos. Es omnisciente demiúrgico silencioso, austero y observador. Y nos cuenta estas historias en veinte textos cortos, pero contundentes; de lectura rápida pero no ligeros; plagados de sordidez o humor o dramatismo, o ironía, que transitan todos los géneros… en fin, que se dejan leer a merced.

Una Sherezade moderna que no corre el riesgo de morir si se detiene pero sí de quedar fuera de circulación.

 

APG

Queda archivado bajo el nombre de A merced, en el cajón Ficciones Propias

Orden del Día / 183

•agosto 12, 2014 • Dejar un comentario

僵蚕

 

– ¿Dónde hay un baño?
– Saliendo a tu izquierda, por el pasillo, apenas al toque de la Biblioteca.

Salgo siguiendo las indicaciones de Mark y en ese andar observo los techos altos, las paredes blanquísimas coronadas por molduras ranuradas, esquineros y plafones en escayola. A ambos lados del corredor, un sinfín de puertas de madera de cedro con paños de cristal labrado, con bisceau, prometen universos tras de sí, custodiados por pesadas fallebas de bronce macizo. Y los pisos. Son de roble, con diseño de guarda, y se rinden en crujidos ante cada pisada, y es ese lamento delator el que anuncia mi presencia e incita a Jerôme a alzar su brazo en un ademán, desde dentro de la Biblioteca, invitándome a pasar. Comprimo el músculo esfínter posponiendo la vejiga urgente. Una pulsión placentera que conozco bien.


Alors, Alors, Úrsula. Ven aquí. Ven que deseo mostrarte algo. Bombyx Mori. El secreto mejor guardado.
– ¿Qué es eso? -pregunto algo intrigada ante lo que me señala: una suerte de cápsula amarillenta y aterciopelada, del tamaño de una almendra, que se exhibe tras una vitrina.
– Pronto lo sabrás, estimada Úrsula. Ve en busca de algo para tomar nota que te contaré la historia.

Jerôme está recostado en un chaise longe tapizado en pana con capitoné, sumido en la calma de quien ha estado esperando estoico por un momento así, por años. Sostiene un cigarrito indonesio en una mano y con la otra me invita a tomar asiento en una butaca contigua.

Muchas veces esquivé a La Parca, pero sólo una fue gracias a que intercedió por mí una mujer, salvándome el pellejo -comienza Jerôme sin preludio. Ser Monje Monofisita, seguidor de la Doctrina de Eutiques, durante el Imperio de Justiniano, que hostigaba y perseguía a todo aquél que profesare el monofisismo, era peligro inminente. A sabiendas de que me auguraba un porvenir infausto, tumultuoso, de malestar físico y espiritual, de inanición de sopa chirla de calabozo y disgustos aún mayores que acabarían en mi muerte, pronto entendí que la única salida viable era pactar mi exilio. El salvoconducto consistía en emprender una peligrosa misión secreta con destino, China. La dama que bregó por mí, ofreciendo este singular destierro, eximiéndome del cadalso, fue ni más ni menos que Teodora, consorte de Justiniano. Al fin y al cabo, ella era tan monofisita como lo era yo. La mujer poseía en su quantum de seducción un sinfín de ardides diferentes que despilfarraba hábilmente cuando deseaba conseguir algo a cambio. Y en esta oportunidad, su deseo era doble: deseaba descubrir el secreto de la seda china, al tiempo que pretendía salvar mi vida. Su astucia se dejó ver durante la cena, con una selección de sus más llanos recursos: una generosa sonrisa de hoyuelo en las mejillas, una mirada furtiva, el acompasado batir de sus inmensas pestañas, el último botón del opulento escote desprendido. Luego, en los aposentos, bastó con un poco del más embriagador de los sándalos del cercano y lejano Oriente, y ya no necesitó seguir: cogió a Justiniano con las defensas bajas, por el cansancio y la preocupación, y en menos de lo que canta un gallo, su esposo, el Emperador, estaba rendido ante sus encantos -que también yo hube gozado pero que no es tiempo de explayar.

En el devaneo amoroso, con su escueta verga complacida entre babas de lengua y de las otras, y sus facultades de raciocinio disminuidas, Justiniano firmó, a pulso de pluma, “mi libertad”, al tiempo que se le escuchaba balbucear: Tú no eres un enemigo importante. Ni siquiera eres un enemigo sin importancia.

A la mañana siguiente partía yo, de lance y jaleo, rumbo a China, devenido en espía, en misión secreta, en busca de los misterios de la seda que permitiría al Imperio producirla por sí mismo y dejar de depender del caprichoso abastecimiento de Oriente. Luego de meses de travesía, de una estancia corta pero rica en Bhutan, el último shangri˗la -que en otra oportunidad te contaré, mi estimada Úrsula-, de padecer las secuelas del soroche y algunas otras afecciones itinerantes, pisé tierra oriental donde el gran enigma pronto comenzó a ceder. Poco tardé en enterarme de que hubo una vez, una antigua Emperatriz de nombre Xi Ling-Shi que bebía la ceremonia del té, bajo una morera de los jardines del Palacio Real, cuando acudió a su taza un capullo de gusano de seda desprendido de una rama. Al intentar quitarlo, éste se deshilachó en hebras y ella, que se había convertido en tejedora de excelencia gracias a los periodos de ocio que el reinado le propinaba, tomó un extremo del hilado y comenzó a tejer. Hete aquí el gran misterio. Mi misión estaba casi cumplida; sólo restaba procurar una cantidad de capullos de gusano de seda para emprender con ellos, el regreso. Ése que tienes frente a ti en la vitrina -mi estimada Úrsula- es el primer capullo introducido por este servidor, a mediados del siglo VI, en Occidente. Un capullo de Bombyx Mori, su denominación en chino: 僵蚕

– Alors, mi estimada Úrsula, ve por otro cigarro.


APG

Queda archivado bajo el nombre de 僵蚕, en el cajón Ficciones Propias

 
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