El mendigo ciego, de Marcelo Lillo

 

En épocas más ordenadas, recordaba Fauber, el Café Austral solía ser un lugar más homogéneo, más seguro. Sus íntimos rincones, alejados de los escombros del mundo, eran el tamiz que separaba las mejores semillas de la realidad de los abrojos que la contaminaban. A través de sus ventanas, la vida se contemplaba como a una vidriera engalanada: más cautivante, más enriquecida.

Así había sido, hasta que los intrusos llegaron.

Sentado a la misma mesa de siempre, Fauber esperaba. Tal vez hoy, se alentaba, él vendría. Tal vez hoy no tendría que irse con su resignación a cuestas.

Nunca antes habían importunado a Fauber las inquietudes mundanas, esos insaciables flagelos que consumen a los hombres cuando penas más dignas no logran desviarlos de sus predecibles caminos. Ciertas habilidades financieras le habían permitido disfrutar de su juventud con imprudente holgura. No conocía la pobreza, por lo tanto la despreciaba. Su vida siempre había repetido las mismas intensidades, los mismos encantos, y ahora, postrándose sobre su taza vacía, sospechaba que todo aquello se había ido con Mónica: intensidades, encantos y vida a la vez.

Mónica. Si tan sólo pudiera recuperarla, si pudiera regocijarse una vez más con sus caprichos de amante. Pero no era momento de pensar en Mónica. Ahora inventariaba congojas más primordiales.

¿Vendría él hoy?

La ansiedad le arrancó un espasmo, y la tos volvió a manchar de rojo su pañuelo. Pidió su segundo café y siguió esperando.

Fauber creía que el primer intruso había llegado la última tarde de invierno: un impertinente florista, innecesario elemento en un lugar desprovisto de enamorados y de ataúdes. Después de él desembarcaron los demás herejes del mundo que jadeaba allá fuera: diarieros y lustrabotas, desgreñados estudiantes, mercaderes de glorias encerradas en un billete de lotería, estruendosos filósofos improvisados.

Y los mendigos.

Ellos eran quienes mayor aversión le inspiraban. Ellos, con sus desaliñados gestos, con sus caras sucias de realidad, con sus pedidos modulados y sus tristezas ensayadas, con sus demandas borroneadas en papeles ajados por el rechazo, tan reiterados como una burla de niño: “Siempre falta el pan sobre la mesa. Hoy, como ayer, necesitamos su colaboración. Se lo agradecen: los chicos de la calle.”

Fauber apenas leía aquellas apelaciones, y en seguida fabricaba incredulidades que justificaran su avaricia. Luego rompía los papeles y devolvía los pedazos a los insistentes pordioseros, quienes se retiraban con sus miradas de silencioso reproche. Miradas que lo deleitaban, porque le hablaban de revanchas que no podían ejecutar.

Sólo un mendigo le negó una vez su mirada.

Aún recordaba la tarde en que se había acercado a su mesa. Nunca había visto entrar a tantos como ese día. Él, desde su lejano sitio, los veía revolotear de mesa en mesa con los mismos ruegos, con los mismos rechazos. Después se cansaban y se iban, y otros llegaban para reemplazarlos. Él los espantaba con un gesto cuando se le aproximaban, mientras observaba satisfecho idénticas reacciones en los demás concurrentes, como si todos se hubieran confabulado contra los invasores en una silenciosa cofradía. El Café Austral, por fin, parecía haber inventado su propio sistema de inmunidad.

Fauber recordaría luego —puesto que ciertos momentos imprecisos se observan mejor a distancia—, que esa débil defensa se derrumbó justo en el momento en que él había comenzado a leer el diario.

El decreciente alboroto fue el primer síntoma de aquella enfermedad renovada. Luego, un sonido sucedáneo, inusual, como el lejano tambor de un ejército que se avecina. Fue entonces cuando él levantó su mirada del diario.

Un mendigo ciego, agitando con torpeza su bastón blanco entre las mesas, sembraba pedidos de papel que luego cosecharía. Fauber esperaba vislumbrar las acostumbradas muecas de indiferencia en los rostros de los que los recibían, ansiosos por seguir picoteando en los innumerables temas que poblaban sus charlas. Pero sólo percibió silencios, tanto en las palabras como en los gestos. Silencios paulatinos, confusos, quebrados solamente por el continuo tictac del bastón blanco que cortaba la quietud en rebanadas iguales, que abreviaba la calma y que desviaba las miradas.

Al llegar a su mesa, el mendigo ciego le extendió un papel que vibraba al compás de su mano temblorosa.

—Léalo, por favor —le pidió, y dejó su papel al lado de la taza vacía.

Fauber desatendió su ruego y aprovechó el momentáneo silencio para seguir leyendo. Cuando el mendigo regresó a la primera mesa que había visitado, Fauber volvió a levantar la mirada. Entonces captó la inequívoca señal de alarma.

Una enchalinada mujer, sentada cerca de la puerta, extraía un billete de su cartera y se lo entregaba al mendigo. En la mesa contigua, dos hombres de adustos trajes se deshacían de sus monedas. Un anciano de austeros recursos consultaba su billetera, y más cerca de su mesa, una muchacha embarazada leía su papel con ojos lacrimosos.

Un incómodo asombro lo obligó a dejar el diario y a desplegar el papel que esperaba junto a su taza. Su frente se arrugó ante las descaradas frases que de allí se desprendían: “No deje que descubran su estafa. Por favor, colabore. Se lo agradecen: los chicos de la calle.”

Una voz cercana le arrebató su atención. Él miró hacia la dirección de donde provenía. El mendigo, parado delante de él, le extendía su mano intranquila, elevando sus ojos anulados hacia alguno de esos rincones que sólo los ciegos pueden ver. Fauber escrutó ese rostro incompleto como si procurara descubrir algún secreto, algún ojo escondido que, a su vez, puede percibir imágenes también escondidas.

Con su enojo clavado en aquella cara intolerable, Fauber adivinaba las miradas vecinas que lo medían, que aguardaban su reacción. Y decidió complacerlas. Destrozó el papel y lo colocó en la mano del que pedía. Tal vez los intrusos podían haber cambiado sus métodos, pero él no cambiaría los suyos.

El mendigo estrujó los pequeños fragmentos en su mano y se alejó con sus torpes pasos de madera. Cuando salió, un atrevido carraspeo emergió desde una mesa. Luego alguien murmuró una palabra. Otro emitió un resuello. Poco a poco, las mesas volvieron a cobrar vida, a regar el olvido con gotas de bullicio, a esconder sus papeles ajados. Pronto todos empezaron a hilvanar sus conversaciones truncas. Todos, excepto la muchacha embarazada que, antes que llegara el mendigo, había entregado al mozo sus últimas monedas.

Suele suponerse que no hay destino al que le agraden las cuentas en rojo, y que a veces puede otorgar ciertas facilidades de pago. Fauber tuvo la suya el siguiente domingo.

Los domingos eran los mejores días en el Café Austral. Había menos gente, menos ruido, menos mendigos. Puso sobre la mesa un libro que siempre amenazaba con leer, se sentó en su lugar de siempre y respiró aliviado esa calma extática. Su fin de semana se había evaporado con habitual velocidad, con la dicha que conceden las aventuras sin riesgo, con placeres sincronizados, con salvajes dulzuras en la casa cómplice que tres meses atrás había regalado a Mónica. El sosiego alrededor era una merecida caricia a sus sentidos; era la brisa luego del vendaval, el café con cenizas luego de la borrachera, el cigarrillo después del sexo. Era un goce conexo, íntimo, que nadie podía arrebatarle.

Nadie.

Oyó el repiqueteo del bastón cuando ya era demasiado tarde para evitarlo. El mendigo ciego no tardó en llegar a su mesa, y le extendió su tembloroso papel.

—Léalo, por favor —le dijo antes de continuar su recorrido por las pocas mesas que quedaban por persuadir.

Pero él no estaba dispuesto a ceder. Mucho menos con arengas que ya antes habían probado su ineficacia. Cuando el mendigo regresó, Fauber tomó el papel y, sin siquiera leerlo, lo guardó en el bolsillo de su saco.

—Gracias —le dijo al mendigo—. Necesitaba un señalador para el libro.

Así fue como Fauber eludió el último plazo fijado por el destino.

—Hablando del plazo fijo —le dijo a su jefe la mañana siguiente mientras acomodaba algunas carpetas en su maletín—, hoy debo ir al banco para renovarlo.

—Sí, Fauber. No hace falta que me lo comunique. Usted es el que se encarga de esas cosas —replicó el jefe desde el otro lado del escritorio.

—Trataré de estar aquí antes del mediodía. ¿Me necesita para algo más?

El jefe se sacó los anteojos y los dejó al lado del teléfono.

—Yo siempre lo necesito, Fauber. Usted es útil por naturaleza. Especialmente hoy —le dijo el jefe sonriendo. Fauber lo miró extrañado; era raro verlo sonreír un lunes.

—¿Por qué hoy?

—Tengo que hacerle una consulta muy importante. Pero ahora vaya, luego hablaremos.

Cuando Fauber se retiró, el jefe volvió a ponerse los anteojos, sacó una agenda de su cajón y marcó un número en el teléfono.

—Va para allá —dijo, y colgó.

El cajero del banco lo saludó con la efusiva cordialidad de siempre. Intercambiaron un saludo y algunas bromas gastadas. Al concluir el trámite, Fauber se retiró luego de dirigirle al cajero algunos comentarios triviales y reiterados. Episodio inalterable de los últimos dieciséis meses.

En los escalones de la salida, los mendigos estiraban sus manos a los miopes caminantes. Él notaba con desdén que aquéllos eran cada vez más numerosos, como si todo el espacio les perteneciera. Fauber no entendía qué deseaban obtener con esas mudas súplicas. El mundo ya estaba cansado de ellos, y ellos no podían cambiar nada del mundo.

Absolutamente nada.

Una mano certera lo atajó al bajar a la vereda. Él se dio vuelta y amagó una protesta.

—Acompáñeme —le dijeron. Era un hombre robusto, de peinado muy prolijo, que escondía sus intenciones detrás de sus gafas oscuras.

Fauber miró alrededor. En la esquina, un policía se distraía con la ondulante pollera de una apresurada muchacha.

—Ni siquiera lo piense —le previno el hombre, corriendo apenas su saco que cubría la culata de un revólver.

Entonces Fauber comprendió. Se dejó llevar hacia un coche negro cuyo motor ronroneaba con impaciencia, y empezó a buscar en su cabeza alguna frase redentora. Después de tanto rodearse de mendigos, estaba aprendiendo la oportuna habilidad de suplicar.

—Fauber —escuchó decir cuando lo arrojaron sobre el asiento trasero—, veo que ya ha terminado de renovar el plazo fijo.

—Señor… —empezó a decir él, y en esa única palabra se redujo todo su vocabulario.

—Supongo que ahora tiene un poco de tiempo para mí. Como le dije esta mañana, tengo una importante consulta que hacerle —continuó el jefe—. Vamos, arranque —le ordenó al hombre de gafas oscuras.

Al alejarse, Fauber dirigió una última mirada al agente que seguía admirando el contoneo de aquella pollera.

—La consulta es muy simple, mi querido Fauber. Nadie mejor que usted para responderla.

Él le dio un sollozo como respuesta. El jefe prosiguió.

—Esta mañana me he tomado la excepcional libertad de llamar al banco para preguntar acerca del saldo de nuestro fondo fijo, algo que jamás había hecho antes debido a la enorme confianza que he depositado en usted. Me enteré, con cierto desagrado, de que había un pequeño faltante en la cuenta. No pude dejar de preguntarme qué clase de error podía haberlo ocasionado, pero al verlo salir a usted de este banco, creo que la respuesta es más que evidente.

—Yo puedo explicarle…

El jefe lo cortó con un gesto.

—Estimé inapropiado recurrir a la Justicia sin hablar antes con usted. Como ve, todavía guardo ciertas consideraciones. Además, ¿para qué molestar a la Justicia cuando hay sistemas más eficientes? —agregó, palmeando el hombro del que manejaba—. Ahora, mi estimado Fauber, tiene usted novecientas once mil razones para empezar a hablar…

Mónica retrocedió al abrir la puerta. Una cara desconocida la observaba desde el umbral. Una cara muy distinta de la que había alegrado su fin de semana.

Fauber entró y se derrumbó sobre un sillón.

—¿Pasa algo? —reaccionó ella.

Él le respondió cubriéndose la cara con las manos. Mónica se sentó junto a él y lo abrazó con aturdida ternura. Él, recordando el propósito de su visita, se descubrió la cara y bajó la cabeza.

—Hay que vender la casa —contestó Fauber con palabras amortiguadas.

—¿Cómo? —preguntó ella.

—Mi cuenta en el banco…

—¿Qué ocurre con tu cuenta en el banco?

—Ocurre que no es mía.

Ella se irguió, retirando su abrazo. De repente, la aturdida ternura se sofocaba en el temor.

—¿A qué te referís? —preguntó, apartándose de él como un caballo cuando empieza a olfatear los primeros humos del incendio.

Entonces Fauber le reveló su treta.

—La abrí con novecientos mil dólares pertenecientes a la empresa. El dinero no es mío, excepto los intereses. La tasa de interés en mi banco es dos por ciento más alta que en el de la empresa. Durante casi un año y medio tuve una ganancia limpia de veintidós mil novecientos noventa y siete dólares.

Ahí lo tenía. Su fraude genial en cuatro oraciones.

Ella agitó su cabeza estupefacta.

—Dejame ver si entendí. ¿Estás diciéndome que cometiste una estafa?

Él no respondió.

—No es posible —se resistió ella—. ¿Acaso nadie te controlaba?

—Sólo en los balances anuales. Entonces yo transfería de mi banco el dinero que faltaba para completar el saldo y al mes siguiente volvía a desviar la misma cantidad inicial a mi cuenta, donde ya tenía los intereses ganados el año anterior. Siempre actué con total libertad en la empresa, nunca me pidieron rendición escrita de lo que hacía. Siempre me permitieron mentir. Siempre.

Mónica tentó una última alternativa.

—De todas maneras, no veo cuál es el problema. El dinero no fue robado, tan sólo desviado. El próximo mes podés cerrar tu cuenta y devolver a la empresa el dinero que le corresponde. Y aún te quedarían tus propios intereses.

—Mónica —le dijo él tomándola de las manos—, ¿de dónde crees que salieron los treinta y dos mil dólares para comprar esta casa que tanto querías? En este momento, les debo más de diez mil.

—¿Gastaste dinero que no es tuyo? —exclamó ella, apartando sus manos como si las de Fauber las hubieran quemado.

—Pensaba reponerlo con la ganancia de los intereses —arguyó él.

Mónica sintió una vibración en su pecho. El temor ahora se convertía en furia, en un resentimiento incontenible, el último recurso del que sabe que va a perder.

—¿Cómo pudiste ser tan estúpido? —le reprochó. Algunas lágrimas comenzaban a descolgarse de sus ojos.

—Sólo el resultado distingue una estupidez de una genialidad. En tres meses, habría resuelto todo. No entiendo cómo justo ahora, después de tanto tiempo, se les ocurrió vigilarme.

O tal vez entendía, tal vez su memoria le dictaba alguna frase borrosa que había leído en un papel ajado. Aun así, no se resignaba a aceptarlo.

—La casa está a mi nombre, y no voy a venderla —atacó ella. Un creciente paroxismo hacía temblar su voz.

—¿Acaso no escuchaste lo que te conté?

—No me importa si vas a parar a la cárcel. Te lo merecés por embustero, y por torpe.

—¿Quién habló de la cárcel? Amenazaron con matarme si el mes que viene no les devuelvo hasta el último centavo —le confesó, y luego reforzó su argumento con una persuasiva mentira—. Y a vos también.

—¿Qué estás diciendo? —se estremeció ella.

—Te mencionaron. Saben todo acerca de nosotros.

Mónica se puso de pie y caminó desesperada a lo largo de la sala. Todo era tan inmenso, tan surrealista. Su nombre, en la boca de un asesino.

—Dejame sola.

—Mónica, tenemos que solucionar esto.

—¡Dejame sola, te digo! ¿En qué lío me has metido? ¡No quiero verte más, imbécil! —y un llanto histérico suplantó a los insultos que ya no podía pronunciar.

Fauber se levantó y se dirigió hacia la puerta.

—Mañana vamos a seguir hablando. Espero encontrarte más tranquila.

Y se marchó.

La noche lo sorprendió en la misma mesa de siempre. El lugar estaba casi vacío. Sólo una chica embarazada, sentada junto a una ventana, parecía esperar a alguien mientras jugueteaba con algunas monedas.

Fauber lanzó una mirada furibunda hacia las mesas silenciosas. Los mendigos habían ahuyentado a todos. Hasta las ventanas parecían ahora más opacas. El Café Austral se había marchitado.

Dejó su taza vacía y llamó al mozo. El café aún le ardía por dentro. Ya no le servía para digerir pensamientos.

El tiempo se le había deslizado sin adornos, repleto de imágenes recientes, inesperadas, atroces. Se detuvo en la última de ellas, la que más lo indignaba: los gritos de Mónica, su llanto y sus insultos. No era justo. Todo lo que él había hecho, mal o bien, había sido por ella.

—Dos pesos, señor Fauber —lo distrajo el mozo.

Él buscó algunas monedas en los bolsillos de su saco. Un papel enredado entre sus dedos se asomó junto a ellas. No recordó al instante quién le había dado ese papel. No recordó el episodio con el mendigo el día anterior.

Abrió el papel y lo leyó. Una violenta conmoción lo sacudió por dentro, escamoteándole el mundo detrás de una oscura ola. Se puso de pie y volvió a caer sobre la silla. El mozo, a su lado, amagó una ayuda. Fauber lo alejó. El papel, delante de él, era una ironía infinita: “No permita que su querida Mónica muera tan joven. Por favor, colabore. Se lo agradecen: los chicos de la calle.”

Apartó al mozo con un empujón y se abalanzó hacia la calle. Antes que el mozo lo alcanzara, ya había puesto en marcha su auto.

Al llegar a la casa, se arrojó sobre la puerta y la forzó a golpes. Intuía, no sabía por qué, que nadie abriría si tocaba el timbre. El esfuerzo lo hizo toser; aquélla fue su primera tos.

La encontró sobre la cama, cercada por un enjambre de píldoras desparramadas y con una botella vacía aprisionada en su mano. Los nervios la habían derrotado. La mezcla letal de alcohol y tranquilizantes había certificado esa derrota.

Fauber se sentó sobre la cama y empezó a llorar con desesperación. Ahora iba a tener que buscar otra manera de conseguir los diez mil dólares que debía.

Tres meses habían transcurrido hasta que regresó al Café Austral. Los días se le habían acortado entre espasmos y amenazas. Ahora, sentado a la misma mesa de siempre, Fauber comenzaba a impacientarse.

Un lejano repiqueteo le dio un poco de fuerza. Se enderezó en la silla con dificultad. La tos lo había debilitado.

El mendigo ciego caminó hacia él con inextirpable torpeza. Alargó su brazo y dejó el papel sobre la mesa.

—Léalo, por favor.

Fauber examinó aquella nueva advertencia: “No deje que esa mancha en el pulmón siga causándole problemas. Colabore, por favor. Se lo agradecen: los chicos de la calle.”

Envolvió una moneda en el papel y se la entregó al mendigo.

—Tenga —dijo éste, guardando la moneda y devolviéndole el papel—, consérvelo como un recuerdo.

Él obedeció la orden. El mendigo giró para marcharse.

—¿Todavía tengo tiempo? —lo detuvo Fauber.

—Tiempo, tiempo. Como si el tiempo se midiera por cantidades. No se preocupe. Vaya tranquilo.

—¿Quién es usted? —arremetió Fauber, aclarando su voz congestionada.

—Sólo un chico de la calle —susurró el mendigo sin darse vuelta.

Y hacia allá se dirigió, trazando caminos que sólo él veía.

Fauber se puso de pie, pagó y salió del bar para siempre.

Así fue como el Café Austral perdió a su último cliente.

Marcelo Lillo

 


4 comentarios to “El mendigo ciego, de Marcelo Lillo”

  1. Soy admirador del estilo de Marcelo Lillio, tengo sus dos libros de cuentos; desconocía este relato, me gustaría saber si está publicado y donde, gracias.

  2. El cuento está publicado en una antología de la revista Cartografías de la ciudad de Río Cuarto, Córdoba, del cual yo soy el autor. No sé cómo habrá venido a parar a esta página. Vale aclarar que no se trata del escritor chileno al cual se hace referencia, sino de un autor argentino cuyo nombre completo es Marcelo Adrián Lillo, y que en adelante va a considerar seriamente la posibilidad de cambiarlo por un seudónimo.

  3. Si les interesa, ése y otros cuentos más del mismo autor están en la página http://www.revistacartografias.com.ar

  4. Así de traviesos son los cuentos, alguien los escribe y nosotros los disfrutamos mientras van de página en página. Marcelo, lo mejor para este año 2014 y te seguiré leyendo, hasta ahora impecable! Superaste mis expectativas. Eres de esas perlitas que no se encuentran fácil.

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