Por qué el Fiscal Nisman no se suicidó

Capítulo del Libro IN MEMORIAM

 

El suicidio -leí una vez- es la letra chica del Contrato con la vida. Todos saben que está allí, como un anexo casi ilegible al pie del convenio vital, pero pocos se toman el trabajo de calzarse los anteojos de ver de cerca, para detenerse y pensar en ello. Mejor, de eso no se habla. Juzgar que la vida vale o no vale la pena ser vivida es inmiscuirse en la cuestión fundamental de la Filosofía; el resto de misterios filosóficos viene muy por detrás.
Suponiendo que sí, que todos vamos a morir algún día, ¿por qué no imaginar cómo nos gustaría que ese hecho se produjera? Morir como nos venga en gana. Bajo esta tesitura, ¿no es el suicidio el modo que permitiría acceder a ese deseo? ¿No es acaso la mejor de todas las muertes posibles, en tanto y en cuanto es la única capaz de acontecer por propia voluntad? Asumir la potestad sobre nuestra propia muerte ¿sería quitarle el viso de fatalidad, desviar el destino celestial, desafiar a Dios, ignorarlo; acaso, negarlo? El cómo y el cuándo a nuestra merced, define al suicidio como un acto de plena lucidez.
Para Séneca, el suicidio es el último acto de una persona libre. El filósofo romano del siglo uno D.C. considera a la vida como un asunto libremente asumido del que hay que salir, si se tiene valor, cuando convenga, pues podemos aceptar a la vida mientras se trate de algo digno, pero si se convirtiera en trance abyecto o desagradable, nada nos obligaría a seguir con ella. “Cogitat semper, qualis vita, non quanta sit” expresión latina que se traduce como Piensa siempre en calidad de vida, no en cantidad. Teniendo en cuenta su anacronismo, la frase de Séneca asombra por su modernidad. Acorde a su estoicismo, piensa que, lo que por sobre todo da valor a la vida es la actitud de dignidad en el transcurso, una actitud que invita a ser Amo y no siervo, a ser dominador y no dominado. Si el hombre es el artífice y gobernante de su vida, también el suicidio habrá de ser un acto de gobierno, no el resultado de una pasión enfermiza. Ha de haber una prudencia, una sabiduría en el suicidio, que nos evite al mismo tiempo, la precipitación y la cobardía. El sabio, de la vida no debe huir, sino salir. “Non fugere debet e vita, sed exire”.
Aunque sus pensamientos fueron claros y definidos, a Séneca se le dificultó llevarlos a cabo en la práctica. Cuenta Tácito el devenir de Séneca por ese periplo hacia el suicidio. Dice que primero, rodeado de familiares en su casa de Roma, Séneca se dejó asistir por ellos para que le cortaran las venas de brazos y piernas, pero era tan viejo, el pobre -sesenta y nueve años, cuenta Tácito- que la sangre no fluyó lo suficiente para desangrarse. En un segundo intento bebe cicuta, el mismo veneno que con Sócrates había surtido efecto, pero el fracaso en su caso se repite. Entre intento e intento, surgen cantidad de frases memorables que aún hoy se leen. Finalmente, un día, tomando un baño de agua caliente, los vapores aceleran el mal que le hubo acompañado toda la vida y que, esta vez, se le aparece letal: el asma.

¿Qué alternativa hay al suicidio?, se plantea el escritor y ensayista francés Albert Camus, en El mito de Sísifo, en donde se deduce la toma de conciencia de lo absurdo de la condición humana y el valor de la vida. Entiende al mito de Sísifo como una metáfora del esfuerzo inútil e incesante del Hombre. Cuenta el mito, que los Dioses castigaron a Sísifo imponiéndole la ceguera además de la condena perpetua a escalar una montaña arrastrando una piedra y, al alcanzar la cumbre, dejarla rodar por la pendiente para repetir la acción hacia la cima, in eternum, en represalia por haberlos enfadado -a los Dioses- presumiendo con su extraordinaria astucia.
“El Hombre absurdo” o de “Sensibilidad absurda” es -para Camus- aquél que se muestra perpetuamente consciente de la total inutilidad de su vida; o aquél que, siendo incapaz de entender el mundo, se confronta incesantemente a esa incomprensión. Por tanto, el Hombre rebelde será aquél que se confronte en todo momento al mundo. Y en este punto, se opone al Séneca de “Cogitat semper, qualis vita, non quanta sit”, ya que Camus alienta la ética de la cantidad (la que acumula mayor número de experiencias), y no la de la calidad. Este eterno confort con el absurdo, gracias a la repetición de experiencias es, justamente, lo que da sentido a no renegar del absurdo. Valiéndose de fuentes literarias y filosóficas, Camus describe la evolución de la conciencia del absurdo concluyendo que Sísifo es su máximo exponente, algo así como el Héroe del absurdo. Justifica la repetición, al comprender que Sísifo experimenta un breve lapso de libertad cada vez que hace cumbre y suelta la piedra que venía arrastrando, pudiendo figurarse -aunque ciego- la plenitud del paisaje desde lo más alto, y que es ese instante de libertad -afirma Camus-, lo que lo incita a Sísifo a la reiteración y, en definitiva, a salvarse de su destino suicida. Acaso hay un poco de Sísifo en cada individuo, tanto en la ceguera como en no advertir el arrastre de la piedra. Nadie está del todo libre como para arrojar la piedra trágica, algún día, o siquiera volver a cargarla.

Tanto David Hume (1711-1776) como Arthur Schopenhauer (1788-1860), ambos filósofos, tienen planteos sabios y profundos a favor y en defensa del suicidio, a pesar de que el primero , aún siendo un ferviente creyente, lo hace desde el punto de vista del teísmo y absuelve al suicida, mientras que Schopenhauer lo aborda desde su sabido ateísmo.

Desde las diversas culturas orientales que enaltecieron, y aún enaltecen la muerte voluntaria, hasta el mandato moral de la tradición Judeocristiana que impone (y estigmatiza) que nadie debe atentar contra su propia vida, podría uno extenderse en un ensayo exhaustivo que abarcase la evolución de las distintas corrientes del pensamiento en las distintas sociedades o culturas. Aún así, ya habiendo sido abordado desde el punto de vista religioso, filosófico, cultural, psicoanalítico o médico, el tema del suicidio no deja de ser considerado el cuco tabú. Y lo decepcionante tal vez sea que, a pesar de que las investigaciones existen, la información que más circula es la insoportable estadística. Entonces, nos enteramos de que el suicidio es el acto deliberado que provoca la muerte de tres mil personas al día. Que es considerada una de las causas de muerte más conocida a nivel mundial. Que las causas que desembocan en él son diversas, pero que se estima que las dos terceras partes de quienes deciden quitarse la vida sufren depresión o algún acontecimiento que los marca de por vida. A través de mediciones de la OMS (Organización Mundial de la Salud) surgen otras tantas aseveraciones como por ejemplo que el suicidio ocupa los primeros puestos entre las causas de mortalidad; que generalmente es la manifestación de un trastorno mental; que el alcohol y las drogas aumentan el riesgo de suicidio; que la gente mayor se mata más que los jóvenes; que los hombres se matan más que las mujeres; que los gays y lesbianas son considerados colectivo de riesgo; que el trabajo, la familia y el estar en pareja disminuyen la probabilidad de ideación de suicidio; que existen factores congénitos y que blá, blá.

En cualquier caso, yo enfatizo y me detengo en dos categorías: aquellos que eligen al suicidio como una posibilidad, leyendo esa letra chica del contrato con la vida, que lo deciden como un acto del intelecto y de libre voluntad; y aquellos que recurren a quitarse la vida como una acción impulsiva y compulsiva, en un momento de arrojo y desesperación. Mi primo Alberto no cuadra en ninguno de los dos casos.

El 01 de julio de 1896, Leandro N. Além subió a su carruaje rumbo al Club El Progreso. Vestía con sombrero y llevaba su típico poncho de vicuña. A mitad de recorrido, se pegó un tiro en la sien, que su cochero en ese momento no advirtió. Más tarde, en el bolsillo del saco, se encontró una nota que decía:
“Perdónenme el mal rato, pero he querido que mi cadáver caiga en manos amigas y no en manos extrañas, en la calle o en cualquiera otra parte”.
En su dormitorio había dejado un sobre que decía “Para publicar”, conteniendo su Testimonio Político

A fines del 2014, una joven norteamericana, Brittany Maynard, se mudó desde California a Oregón, acompañada de su familia, con el único propósito de quitarse la vida bajo la Ley de Muerte con dignidad, que tenía plena vigencia en la legislación de esa localidad. El caso fue mundialmente conocido gracias a un artículo para la CNN titulado “Mi derecho a la muerte con dignidad a los 29”

En la década del setenta la agrupación Montoneros usó orgánicamente el método de suicidio por envenenamiento, a través de la ingesta de una pastilla de cianuro o una ampolla líquida de cianuro, que llevaban siempre a cuestas los militantes para usar en caso de que fueran capturados en un operativo, optando así por la muerte antes que ser sometidos a interrogatorios y/o delaciones a fuerza de torturas.

Fue un viernes. De Febrero. En 1938. El hombre le dio las monedas al muchachito a cambio de un tarro de lombrices que juntaba habitualmente para los visitantes que arribaban a la isla El Tropezón cada fin de semana, aunque esta vez, el hombre, no llevó la lata: se sentía insolado y quería descansar -le había dicho. Le asignaron una pieza fresca en donde se echó a dormir una siesta. A las diez debían despertarlo para la cena. Cuando golpearon a su puerta a la hora indicada, nadie respondió; entonces, salieron en pelotón en su búsqueda, provistos de faroles, durante más de dos horas, por todo el Recreo. No encontraron nada. Volvieron a golpear en la habitación N° 9. Nadie contestaba. La puerta estaba sin llave. Entraron. Lugones yacía recostado en la cama contra una ventana. Había tomado cianuro y estaba muerto. Hasta ese momento, nadie sabía quién era. La prefectura llegó recién al día siguiente. En la mesita de luz había un reloj de oro de bolsillo con una nota de clara y firme caligrafía bajo una botella de whisky a medio llenar que probablemente lo haya ayudado a juntar coraje para ingerir el cianuro que aún blanqueaba el fondo de un vaso vacío.

Un 22 de Febrero de 1942, el escritor Stepan Zweig, luego de despedirse de sus amistades, incluso, de encontrar un nuevo hogar para su mascota, se suicida, junto a su esposa.

Tanto Leandro N. Além como Brittany Maynard, los militantes montoneros, el poeta Leopoldo Lugones o el escritor Stepan Zweig, son sólo alguno de los casos de personas que tomaron la decisión, a conciencia, de quitarse la vida diseñando un plan a priori para llevarlo a cabo. Mi primo Alberto, el plan más inmediato que tenía era presentarse el día lunes 19 de enero en el Congreso de la Nación para exponer los fundamentos de la denuncia de encubrimiento a la presidente Cristina Fernández de Kirchner, y el plan subsiguiente era regresar a Europa a reencontrarse con su hija mayor para retomar el viaje por sus quince años.

Por otro lado, los suicidios compulsivos -aquellos no planeados, producto de un momento de desesperación o debilidad- tienen otra mecánica en el sentido de que, al no estar planificados a priori, el sujeto se somete a lo que está a su alcance: arrojarse al vacío, al río o a las vías del tren; ingerir compulsivamente una sobredosis de algún medicamento, insecticida, etc. El hacedor compulsivo, es un individuo que, probablemente, en un momento de más fortaleza no hubiese actuado de esa forma. Hablamos de individuos depresivos para quienes la ciencia permite hoy que puedan sobrellevar su patología con la prescripción de algún fármaco o acompañamiento terapéutico ambulatorio o internación. El diagnóstico y tratamiento en este punto es fundamental, en tanto y en cuanto, el suicidio es un acto irreversible. La fantasía del suicidio se adviene cuando se pierde el interés por vivir y no existe compañía de ningún tipo que se ocupe de aliviar esa desesperación. No fue el caso de mi primo Alberto. Sabido es que su temperamento se correspondía al de un ser activo y vital que se oponía contundentemente al de un ser depresivo que no encuentra un motor de vida. Por cierto que él lo tenía. Y que quede claro, no se trata de una mera opinión personal o de su entorno; estamos hablando de que los resultados del perfil psicológico realizado post mortem no dieron signos adversos en su situación emocional previa, es decir, no se encontraron indicios de depresión o instinto suicida.

Existe una tercera categoría, que no encuadran ni en los suicidios cometidos por obra de la razón ni los llevados a cabo por obra de la desesperación. Se trata de los suicidios dudosos, ya sea porque fueron inducidos por un tercero o, llanamente, porque son asesinatos encubiertos, disfrazados de suicidio. Magnicidios que se dan comúnmente en el seno del poder y que abordaré en extenso en el capítulo “Enseñando a asesinar”

APG©


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