Cuando sea grande

Malala estaba enamorada del Otoño y de la Luna. Decía que cuando fuese grande se iba a casar con una hoja seca o con el Planetario. Sabía -porque su papá le había dicho- que también cuando fuera grande iba a conocer el secreto. Tenía prisa por crecer. Tenía cosas pendientes para cuando eso sucediera.

Desde pequeña y siempre para la misma época, al acercarse la primavera, Malala acariciaba la brutal cicatriz y le preguntaba:

 

– Pá, ¿qué tenés ahí?

– Es un secreto que te voy a contar cuando seas grande.

 

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Y ella se frustraba año tras año cuando sentía que no había crecido lo suficiente. Que no bastaba con haber superado en una cabeza a su primo, ni con haber aumentado dos números de sus zapatos, ni con haber perdido sus dientes de leche.

Todos los años para la misma época, cuando las altas temperaturas invitaban a arremangarse, a desabrochar escotes y a trocar largos por cortos, la cicatriz se dejaba ver bajo las bermudas. Era brutal, pero eso a Malala no le asustaba. Se extendía desde el tobillo derecho hasta detrás de la pantorrilla. Era bestial y a ella le intrigaba. De contorno irregular, de textura lisa y brillosa, es que era calva y muy brutal y a Malala le enternecía porque sabía que era el único recoveco del cuerpo en el que su papá no tenía cosquillas. Él había olvidado lo que era el roce al haber extraviado la potestad de sentir, pero esto Malala no lo sabía. Él,  aún, no se lo había contado.

Recién a los diez años fue grande para enterarse que su papá había estado en la guerra. Pero no lo suficientemente grande para saber que anduvo durante cinco días y cinco lunas a campo traviesa, a campo minado, antes de que le extrajeran las esquirlas. Que durante esos cinco días y cinco lunas arrastró como pudo la gangrena. Que durante ese lapso interminable las astillas metálicas incrustadas le punzaban la pierna y apuñalaban el alma. Que fue en ese pueblo, en una de las callejuelas que bajan al río, entre dos tiendas de ropa usada, donde vio el cartel casi invisible de un zapatero. Y que fue la dicha de toparse con él, lo que le hizo salvar su pierna. Porque ese hombre artesano, con sus herramientas de trabajo y su buena voluntad, le extrajo hasta la última esquirla que le perforaba el hueso mientras él mordía un paño a rabiar. Y que fue la dueña de la zapatería, que vivía en la piecita que estaba al fondo del patio encaramada a una estrecha escalera de metal, la que lo atendió en los momentos posteriores de agonía y recuperación. Que recién después de días, consiguió partir caminando tranquilo y despreocupado.

Pero todo eso que Malala aún no sabía, su papá se lo iba a contar cuando fuese grande. Probablemente cuando ya estuviera casada; casada con una hoja seca o con el Planetario, porque Malala estaba enamorada del Otoño y de la Luna.

 

APG ©

Agosto, 2007


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