Columna Télam


Recuerdo una época no muy lejana en que escribía textos ensayísticos o ficciones de corte realista. Seis novelas, cientos de relatos, decenas de ensayos. ¡Ah, la escritura bajo seudónimo! ¡Qué feliz era ocupando ese lugarcito en la gran derrota universal! Y qué zonza en pensar que perduraría. Porque una mañana de enero del 2015, precisamente hace dos años, el corte realista atravesó trágicamente la vida de mi familia. Pasó muy cerca, demasiado cerca. De pronto me descubrí escribiendo con mi nombre sobre un tema que jamás hubiese deseado escribir. Textos que rondan la figura de mi primo, el Fiscal Alberto Nisman, asesinado porque resultaba incómodo. Textos como éste.

A principios del mes de Junio de 1994, un ciudadano brasilero de nombre Wilson Roberto Dos Santos, se presentó sucesivamente en los Consulados de Brasil, Israel y Argentina, de la Ciudad italiana de Milán, para manifestar temor por su vida debido a que conocía detalles del atentado a la Embajada de Israel ocurrido en Buenos Aires en el año ‘92, a la vez que advertía que era inminente un segundo atentado. La Cónsul argentina que le tomó declaración en esa oportunidad fue Norma Fasano. Un par de semanas después, el 18 de julio, en la calle Pasteur 633, volaba la AMIA.
Más cercano en el tiempo, a principios del año 2015, la Procuradora General de la Nación, Dra. Alejandra Gils Carbó, recibía información de carácter reservado que daba cuenta de amenazas y un fehaciente riesgo de vida sobre la figura del Fiscal Alberto Nisman, en consonancia con la denuncia que éste encabezaba contra la presidente Cristina Elisabeth Fernández y otros, y por la que era inminente la presentación de sus argumentos ante el Congreso. No se trataba de la ya conocida Orden Fatwa que pesaba sobre su cabeza desde hacía años, desde el mismísimo momento en que el Fiscal solicitó a Interpol la captura de varios funcionarios jerárquicos iraníes, y por la que tenía custodia permanente, tanto él como su familia. No. No se trataba de esa sentencia de muerte, sino de una nueva amenaza mixta de origen local-iraní, probablemente. Pocos días después, el 18 de enero, días antes de su descargo, el Fiscal Alberto Nisman, mi primo, aparecía muerto de un disparo en la cabeza, en el baño de su departamento.


Existieron indicios previos para que ocurriera tanto un hecho como el otro. Ambos: el atentado y el magnicidio fueron advertidos a priori. Sí, digo “magnicidio”, porque me gusta llamar a las cosas por su nombre, y pensar que el Fiscal Nisman se suicidó, observado con visión periférica, me resulta tan absurdo como decir que el Edificio de la Amia se derrumbó por problemas edilicios.
Pero ¿qué pasa en la Argentina que llegamos tarde a todos lados, mal guiados por un Estado ausente o en el mejor de los casos, sordo? ¿Impericia, desidia, intencionalidad? Cada muerte, cada tragedia tuvo su pre aviso. El atentado, el magnicidio, un femicidio, la tragedia de Once, una inundación, el último escape de gas de Adrogué. Es imprescindible pensar en ello. Es imprescindible pensar. Pensar es una actividad infrecuente en la Argentina. A Hanna Arendt le solían preguntar: “¿Dónde está la felicidad?” Ella decía: “La felicidad es el pensamiento”. Por eso insisto en que pensar es indispensable, porque la acción sin pensamiento es vano impulso. Y a la inversa, el pensamiento sin acción es una manifestación de la impotencia del intelecto.

Pero quiero volver hacia atrás, a la AMIA, al Fiscal Nisman. Se podría inferir que, ocurrido el atentado, perpetrado el magnicidio, lo más grave ya habría pasado… Error: ésa ni siquiera es la peor desgracia. La peor desgracia viene a posteriori, cuando se investiga. Cuando se pretende impartir justicia. Porque lo que sigue es siempre una investigación lenta y pobre e ineficiente, que no es una fatalidad, sino el resultado de una estrategia deliberada. “El sistema judicial está diseñado para garantizar la impunidad del Poder, no para investigarlo y mucho menos para condenarlo”, admiten los mismos protagonistas (Jueces, Fiscales, Abogados defensores y querellantes), en una nota del periodista Hugo Alconada Mon, La Justicia y el Poder en su laberinto, como también reconocen que está atravesado por operadores judiciales. Una auditoría reciente arrojó unos dos mil casos de corrupción irresueltos. Por eso creo que el camino para llegar a la verdad exige un extraño desvío. Es necesario investigar cómo se investiga, hay que saber lo que se hace, pero sobre todo, lo que se deja de hacer. Hay que indagar en los antecedentes de cómo se investiga en la Argentina y de quiénes son los encargados de investigar los crímenes. Si se parte de la premisa de una investigación viciada, es imposible que la Justicia llegue a dilucidar la verdad. Las cartas están echadas. ¿Qué hacer frente a este escenario? ¿Barajar y dar de nuevo? Es insuficiente porque los naipes son los mismos y están todos marcados. La única solución que se me ocurre es un nuevo mazo, virgen, como los que se les quita el celofán frente a los jugadores en cada nueva partida de Black Jack. Un “que se vayan todos” judicial.

Me gustaría cerrar con una anécdota que tiene como protagonista al Fiscal Julio Strassera, que encabezó el Tribunal del Juicio a las Juntas de la última Dictadura Militar, quien, por cierto, manifestó profundo pesar y conmoción por el asesinato de Nisman. Pocos días después fallecería. En la última entrevista que ofreció, el periodista le pregunta por algún testimonio durante el juicio que lo haya marcado de por vida. Hubo muchos testimonios importantes -respondió-, pero uno de los que más me marcó fue el de la Sra. Barjacoba (madre de Daniel), que dijo: “Señores jueces, a mi hijo lo sorprendieron armando una bomba. Ahora yo me pregunto, Señores jueces, ¿mi hijo no merecía un juicio como éste? Me devolvieron una bolsa de huesos.”


Andrea Paula Garfunkel