La salud de nuestros hijos


“Dar ejemplo no es la principal manera de influir sobre los demás;
es la única manera”
Albert Einstein


Por qué motivo un texto es capaz de interpelar al lector es una cuestión personalísima que tiene que ver más con la psicología, la libre asociación, que con el sentido común. Un sensor íntimo hace contacto. Pienso en voz alta en los distintos perfiles que escribe la periodista Leila Guerriero. Tienen un no sé qué, que te deja siempre desarmado ante el prejuicio o pre concepto maquetado en tu cabeza sobre el sujeto en cuestión, del que ya creías haber leído todo. Parece ser que, a pesar del abundante material hasta ese momento disponible, de todo lo dicho, ella encuentra siempre algo nuevo por decir que “a la postre” deshace lo que se daba por cierto o jamás se hubiera sospechado.
En este caso, el sensor se activó en el perfil de Gustavo Grobocopatel que escribió Guerriero para la Revista colombiana Gatopardo, y que disparó en mí esta columna. Cito el fragmento que me interpeló; es el testimonio de Olivia (22), hija mayor del Rey de la Soja, en el que habla de la relación con sus padres:

——Me pusieron muchos límites hasta que cumplí 14 años y a esa edad me dijeron: “Las decisiones que tomes de ahora en más son tuyas, vas a tener que vivir con ellas”. Y así fue que con mi hermano nos fuimos solos a Europa, después a Vietnam, Myanmar y Camboya, yo con 18 y él con 17. Dormíamos por cuatro dólares la noche. Los viajes con la familia no eran tan mochileros, pero tampoco eran lujosos. […] Papá siempre nos dice: si no cuidás lo poco, no cuidás lo mucho. […] A partir de que me reciba, mi papá ya me dijo que el siguiente viaje me lo tengo que pagar yo. Y mi mamá me avisó: “Desde el día en que te recibas, no podés pasar más de una semana sin trabajo”.

——¿Vas a trabajar en Los Grobo?

——No, los hijos no podemos por una cláusula en el contrato. Tenemos que trabajar dos años en otra compañía y después ver.

La libre asociación es inevitable -para mí- en tanto y en cuanto la lectura del texto se dio en paralelo a la polémica que surgió por esos días a raíz del nombramiento de Delfina Rossi (26), hija del funcionario Agustín Rossi, como directiva del Banco Nación. Padres e hijos. Padres que quieren lo mejor para sus hijos.

Cuando era chica -recuerdo- cada vez que decía: “¿Me comprás?. Quiero eso. Quiero aquello”, mi mamá respondía con la misma frase: “Y yo quiero un yate”. Yo era demasiado pequeña como para saber qué era un yate, pero me gustaba imaginar que era una suerte de piedra preciosa como las que tallaba mi abuelo con arte de orfebre. El caso es que la respuesta era tan tajante -e inteligente- que clausuraba el reclamo al quedar ambas empatizadas en la insatisfacción del capricho. Una vaga imagen de la frustración temprana: el típico hocico de puchero, la creencia en mi cabecita de que mi mamá era la peor mamá del mundo, la revelación precoz de que era mentira eso de que los padres quieren lo mejor para sus hijos y, finalmente, el olvido del asunto a los dos minutos y a seguir jugando. Hoy me pregunto qué clase de valores forjará una criatura que a los diez tiene un celular de mil dólares; a los doce, un cuatriciclo de ochocientas cilindradas y doscientos cincuenta kilos de peso para desafiar a los gigantes de arena; un Mini Cooper pistero que anda a las chapas con combustible de avión, a los dieciséis; un convertible enmoñado bajo el pino de Nochebuena a los veintialgo; unas cuantas cápsulas de euros que exigen los bíceps de sus veintimás, y un Zulu, Zulu para volar ida y vuelta al sur. La salud de nuestros hijos. ¿Qué clase de padre es capaz de involucrar a su hijo en el vicio obsceno del poder per sé, constituyéndolo en sujeto sujetado? ¿Es amor filial? Está claro que los hijos no eligen a los padres y sublevarse a ellos puede implicar una larga y dolorosa estadía de diván. ¿A qué edad un hijo deja de ser víctima para convertirse en cómplice o -por el contrario- para sublevarse y ser artífice de su propio camino? Es una verdad de Pedro Grullo que los padres quieren lo mejor para sus hijos pero también es sabido que a veces las buenas intenciones salen mal: son “buenas” para quien las genera pero no para quien las recibe. Concedamos la suposición de que Agustín Rossi tuvo buena intención de padre, ¿Resultó igual de bueno para Delfina? Pero la pregunta no se agota ahí porque lo curioso del tema es que, en este caso, por tratarse del Estado, ya no hablamos de Paternidad sino de Paternalismo. Excede el límite de la familia. Está involucrada la sociedad cuando se desconocen los pasos, se saltean los casilleros lógicos al que están sometidos los funcionarios de carrera y hasta se rompen mecanismos de incentivo como la fórmula de recompensa. Mucho se discutió -y aún se discute- sobre los miles de empleados, algunos con sueldos obscenos, que se encontró el gobierno de Macri, que habían sido incorporados a último momento, en tiempo récord y sin los requisitos establecidos. Una primera lectura podría ser que “Cristina dadora” es la buena y “Macri quitador”, es el malo. Parece infantil. Seamos benévolos y concedamos que Cristina pudo haber tenido buenas intenciones, genuinas, y no un plan para garantizarse votantes. La pregunta que cabe es si le está haciendo un bien a esa gente, “sus hijos políticos”, porque finalmente lo que se les dé a los jóvenes es lo que los jóvenes darán a la Sociedad. Lo que quiero decir es que aún teniendo las mejores intenciones se puede hacer daño. Dañamos a nuestros propios hijos. Y encima, los condenamos a la orfandad. ¿Qué nos espera como país con esos valores en la plataforma? Lo humano necesita un momento de reflexión. Si dejáramos de pensar en legar un país mejor a nuestros hijos para pensar en legar mejores hijos al país, probablemente el resto venga sólo. Tal vez sea tiempo de desarmar el sintágma endémico “Estado Protector” para pensar la posibilidad de un Estado capaz de proteger. Tenemos que ser capaces de comprender la diferencia. Uno de los primeros kirchneristas que salió a repensar en este sentido, luego de la derrota electoral, fue el sociólogo Horacio González que dijo: “Las conciencias pulverizadas por la fuerza del nuevo relato triunfante condenan lo mismo que muchas veces las sostiene: los sistemas de subsidios, jubilaciones sin aportes previos, etc. […] Esa paradoja derrotó a Scioli. Lo lograron: el Estado social molestó a sus beneficiarios”.
La protección en exceso convierte al sujeto en un desprotegido. Te lo cuento con una anécdota. El pequeño se iniciaba en el arte de andar en bici con la asistencia de su papá corriendo detrás, a la vez que lo sostenía con su mano en el reverso del asiento. Una imagen que todos vimos o vivimos alguna vez. La velocidad aumentaba y el padre, ante la destreza del hijo, fue soltándolo aunque siguió corriendo, casi a la par, visiblemente fatigado, en el empeño de acompañarlo: un sostén inasible: la promesa de sostén. De pronto e imprevisiblemente el pequeño volteó para ver a su papá y al descubrir que venía un par de metros detrás -sin poder precisar si fue por el susto o porque perdió el equilibrio al voltear- se dio un porrazo contra el suelo. El padre corrió hacia él y restando importancia a la caída le dijo: “Te felicito campeón, anduviste una cuadra solo”. Se dice que hubo otro padre, mucho mejor que éste, que sería incapaz de soltar a su hijo. Tan bueno y protector era que llegó a ponerle rueditas a la bici, que aún hoy, a los doce, sigue usando, seguro y sin caerse. El sujeto sujetado. A sus miedos. A su autoestima.
Otra anécdota cuenta que Mauricio Macri, de jovencito, comenzó a trabajar en Sevel, la empresa automotriz de su padre Franco. Las jornadas eran frustrantes: cada acción que emprendía el joven acababa, como por arte de magia, en rotundo fracaso. Intrigado y fastidiado Mauricio interpeló a un directivo para averiguar qué era lo que estaba sucediendo. Fue cuando éste le confesó que cumplían órdenes instruidas por su padre para boicotear cada movimiento que el joven realizara. Mauricio se fue de un portazo para nunca más volver. La técnica de Macri padre -la invisible patada en el tujes- fue menos transparente que la de Grobocopatel, sin embargo, ambos tuvieron la misma intención: que sus hijos se hicieran de abajo, fuera del halo de protección familiar. Sabido es que hoy, décadas después del mito, Mauricio Macri ocupa el escalafón más alto en el organigrama país. Y nadie sabe dónde habría estado hoy de no haberse animado a sacrificar al padre. Hablamos de “matar” al padre, porque es sabido que para concretar la liberación y conformar una identidad propia es ineluctable cometer “parricidio”.
Y como todo tiene que ver con todo y no desatendemos que el título de esta columna es La salud de nuestros hijos, y que los hijos no son responsables de las acciones de sus antecesores, viene al caso, Hijos de los ’70, un reciente libro de las periodistas Carolina Arenes y Astrid Pekielny, que recoge veintitrés testimonios de hijos de los distintos actores que intervinieron en esa etapa histórica de la que, por estos días, se cumplen cuatro décadas desde el golpe militar del 24 de Marzo de 1976. El libro es valioso en muchos sentidos. Particularmente me impresionó la madurez con la que algunos hijos consiguieron pensar su propia historia. Transcribo un tramito de Luciana Ogando: “[…] De todas maneras, lo que uno tarda más en soltar es la fascinación que tu propia historia te crea, porque es tentador en un momento quedar como víctima. Son lugares cómodos y en los que moralmente nadie te puede cuestionar. Es lo que dice Juan Cabandié: <<Yo me banqué la Dictadura>>. Es muy cómodo ese lugar porque, como hijo, no es un lugar que vos elegiste. El lugar de víctima no se elige y yo quiero un lugar que se pueda elegir. Si tengo que renunciar al lugar de víctima, que en algún momento necesité ocupar para entender algunas cosas, es para tener algún lugar que elijo, el mío.”
Ser víctima es un estado indiscutible del que el afectado puede decidir correrse con voluntad de superación. La victimización es una acción, un uso -consciente o inconsciente- de ese estado indiscutible de víctima.

Es necesario atreverse a la incomodidad de re pensar.
Que se active el sensor íntimo.
Que haga contacto.
Por la salud de nuestros hijos.

 

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