El formalismo ruso

La sensación de pérdida del amor Julián ya la conocía pero no de manera tan brutal e impuesta. Es que a Natacha nunca más la volvió a ver. Ni él, ni nadie. Simplemente, o absurdamente, dejó de existir.

Se conocieron en la Facultad. A decir verdad, cuando se conocieron, no se conocían. Él estaba en el buffet haciendo tiempo hasta su próxima clase. Leía un libro de Nabokov sobre Literatura Rusa que lo había rescatado del sótano de la librería de la avenida Corrientes en una pila donde estaban todos los libros que él mismo había sacado de exhibición. Cuando recibió la consigna del traslado de los libros al subsuelo no entendió bien el porqué; tampoco indagó demasiado y lo hizo sin objeciones. Le apeteció leer este ejemplar, el de Nabokov, así es que se lo cargó.

En el buffet de la “facu” las mesas eran largas con lo cual uno pasaba la mayor parte del tiempo compartiendo un café con desconocidos. Él seguía el rumbo de la lectura a medias -y digo “a medias”- porque llegó a percibir la silueta que se acercaba portando una bandeja hasta detenerse a su lado y sentarse junto a él. Siguió leyendo entre el bullicio ambiental y el ruido más cercano de cubiertos. Debe ser que al voltear la página, dejó al descubierto la tapa para quien estaba a su lado porque inmediatamente después de leerla, la voz femenina dijo:

– El verdadero formalismo ruso es cóncavo.

Julián, interrumpió la lectura y se quedó mirando sin entender a su eventual compañera de mesa. Ella completó la frase, sólo un poco:

– El verdadero formalismo ruso es cóncavo y convexo.

Él, entendiendo menos que antes -además su libro hablaba de Gógol, Turguéniev, Dostoyevski, Tólstoi, Chéjov y Gorki, pero no de los formalistas- la miró enmudecido. Ella siguió completando la frase como dando más pistas, y con un aire risueño agregó:

– El verdadero formalismo ruso es cóncavo y convexo y muy pronunciado.

A Julián por fin se le escuchó la voz:

– Me doy por vencido, me rindo.

Entonces ella, sonriendo, develó el misterio:

– El verdadero formalismo ruso es cóncavo y convexo y muy pronunciado y lo llevo bajo la ropa. Soy Natacha Koloff, ¿y vos?

Julián se echó a reír. Quedó muy impactado por la audacia de esa muchacha ingeniosa y desprejuiciada. 

– Soy Julián y eso me gustaría comprobarlo.

Se quedaron un buen rato primero riendo, luego hablando sobre sus carreras, tal o cuál profesor, los apuntes, las cátedras y demás, hasta que se despidieron llegando tarde a sus clases. Pero antes de eso, y envalentonado quien sabe porqué razón -porque en general cuando en una situación de dos, uno avanza con mucha actitud, lo más probable es que el otro retroceda intimidado- Julián le dijo firme que le gustaría verificar si el formalismo ruso era verdaderamente así tal cual ella lo describía. Acordaron irse juntos de la “facu” para la casa de ella. Natacha terminó primero, entonces pasó por el aula de Julián y se asomó a la puerta. Al verlo le hizo un gesto con la mano en vaivén apuntando hacia afuera. Julián cerró el cuaderno y un rato después estaban besándose en el último asiento de dos del colectivo 128.

La casa de Natacha quedaba sobre el boulevard, a una cuadra del zoológico. Era de esas casas antiguas de techos altos con molduras, columnas con capiteles y otros detalles de estilo como la escalera de mármol y la chimenea, pero todos esos pormenores no los apreció en esa primera vez, sino en su última visita a la casa. En esta oportunidad, entraron por una puerta lateral que daba a un pasillo bastante largo, como de servicio y que parecía correr a lo largo de toda la casa. Aparecieron en un jardín de invierno primero y en un inmenso jardín parquizado después. En el fondo del jardín había una construcción en dos plantas mucho más nueva que la anterior. Ella le contó que sus padres vivían en el frente y que cuando, su hermano y ella, ingresaron a la facultad, el padre, que era arquitecto, les había construido esa casita con entrada independiente si lo querían, o bien podía formar parte de la casa grande a voluntad. Sus padres no sólo pretendieron en ese gesto soltarlos a la vida, sino, de algún modo protegerlos. Ambos militaban y allí se realizaban habitualmente las reuniones.

Al ingresar se toparon con el hermano y cuatro más tirados en unos puffs, fumando y hablando tan acaloradamente que ni se dieron cuenta que Natacha atravesó por el medio, arrastrando a Julián hasta el cuarto donde se quedaron hasta que amaneció verificando y por qué no afirmando, que el formalismo ruso, no sólo era cóncavo y convexo, sino que, al extenderse de manera sinuosa entre curva y contra curva, él pudo descubrir que también era de textura lisa y suave, de color muy blanco y en algún lugar húmedo. Esa misma noche Julián también supo -porque ella se lo mostró- que dentro de un armario y detrás de una falsa pared, había una escalera caracol de hierro que permitía una fuga. Esa misma noche también se enteró -porque ella se lo dijo- que el papá incluso había previsto un cableado oculto que llegaba hasta el frente y se conectaba a un timbre para alertarlos ante una eventual emergencia. Y esa misma noche Julián vio además, con sus propios ojos -porque ella se la mostró- una píldora de cianuro. 

Julián y Natacha tuvieron sólo tres encuentros furtivos. No porque ellos quisieran, pero las cosas se sucedieron así. Una tarde, justo el día previo a que se desencadenara lo trágico, Natacha no entró a clase y lo interceptó a Julián en la puerta para decirle que por ese año dejaba la “facu”. Capaz retomaba al año siguiente, pero en ese momento todo estaba enrarecido, o por lo menos, eso es lo que entendió Julián, que a decir verdad, para esos tiempos, no entendía o no sabía o no veía, absolutamente nada. Lo único que quería era sumergirse en ella una vez más. Pero no supo, hasta una semana después que esa era la última vez que se verían, porque al día siguiente, mientras estaban reunidos Natacha, su hermano y cuatro más, se accionó el timbre. También se usó por primera vez la escalera caracol y un par de días más tarde, “afortunadamente”, Natacha hizo a tiempo de tragarse la píldora. Su hermano y el resto del grupo fueron llevados en el mismo operativo y mucho tiempo después pasaron a formar parte de la lista. La absurda lista de treinta mil.

Julián se enteró el día que entró a la casa de Natacha por el frente. Fue el día que conoció los techos altos con molduras, las columnas con capiteles, los detalles de estilo como la escalera de mármol y la chimenea; ese mismo día que las fundas blancas le impidieron apreciar el mobiliario que imaginaba elegante; fue al mismo tiempo que conoció la cara desencajada de la mamá de Natacha y la tristeza profunda del padre. Supo, por el equipaje dispuesto en el foyer, que estaban muy próximos a viajar a alguna parte. Julián decidió repentinamente y en un impulso dejarles el libro que llevaba en su mochila, el de Nabokov. En la primer página ella había escrito: “El verdadero formalismo ruso es cóncavo y convexo y lo llevo en la piel” NAT. Julio´77

Ambos padres le agradecieron y le sugirieron que en lo posible se vaya por un tiempo.

Como la vez que en la librería de la avenida Corrientes le encomendaron llevar algunos libros que estaban en exhibición hacia el sótano, y Julián no entendió bien el porqué pero tampoco indagó demasiado y lo hizo sin objeciones, de igual manera, sin entender bien en esta oportunidad tampoco, obedeció sin refutación. Dejó por ese año la Facultad y se recluyó en su refugio circular de la playa.
Si un día de estos pasás por la playa y encontrás un círculo en la arena, tan perfecto, bello y armónico, del cual el mismísimo Leonardo y su divina proporción estuviesen orgullosos, es muy probable -casi tengo la certeza- que dentro de él encuentres a Julián llorando. 

 

APG©

Agosto 2007

 

 

 

 

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Una respuesta to “El formalismo ruso”

  1. Me encanto
    Esta trágica historia de amor de estudiantes y que refleja como los jóvenes no temen a nada y disfrutan de la vida sin preocuparse mucho por lo que podrá pasar en el futuro … Lo importante es vivir el presente sin complicársela mucho la vida.

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