Ostende – Una célula nazi en el Delta

[Avance Editorial]

El único inconveniente -me había dicho la mujer de la inmobiliaria- es que la isla no tiene muelle propio, pero en esa afirmación estaba omitiendo mencionar -por ignorancia, complicidad, indolencia, desidia o miedo- que sí existían ciertos inconvenientes, y que el primero de ellos sería toparme con una cruz esvástica ni bien pisara la isla. En cuanto al muelle, en realidad sí había uno, pero estaba semi destruido: intransitable para las personas e inaccesible para que la lancha colectiva maniobrase para un ascenso o descenso de pasajeros. No me importó en lo más mínimo. Todo lo contrario. El único pasajero era yo, y lo que necesitaba, justamente, era un lugar de aislamiento lo más escabroso posible en donde pasar cuatro meses y escribir para amenguar la presión de la cuenta regresiva de la editorial pegándome en la nuca de una cabeza carente de ideas para mi segunda novela. Cata no lo entendió así. Para ella fue el rompimiento de un pacto de esos que las mujeres pergeñan en su cabeza para que nosotros -los hombres, los malvados- traicionemos, aún sin haber comprometido palabra alguna. En una actitud conciliadora le propuse que viniese los fines de semana pero -a esta altura ya debería haberlo aprendido- las buenas intenciones casi siempre salen mal: sólo son buenas para quien las genera y nunca para quien las recibe, y Cata, dolida, vengó mi exilio tomando la determinación de que los cuatro meses de solipsismo se cumpliesen a rajatabla, invirtiendo el hecho, como si hubiese sido ella quien imponía mi destierro para que escarmentara. Me insinuaba, además, que la distancia la ayudaría a ella también; no para escribir sino, para pensar en su futuro. ¡Mujeres! ¿De qué habla esta mujer? Lo desconozco. La desconozco. Dijo cosas como que actué unilateralmente y que las decisiones en pareja son de a dos, que ya me había pasado un año viajando para promocionar mi primer libro, que su tolerancia tiene límites, que nuestros planes eran otros, que ya no está tan segura de querer formar una familia conmigo, que desde que me convertí en “celebridad” -dijo-, era otra persona. Y que la mar en coche. Ya se le va a pasar -pensé mientras calculaba-, debe estar menstruando. Y si era cierto que Cata no tenía intención de venir algún fin de semana, pues invitaría a Raquel que, con seguridad, aceptará encantada de la vida y sin desplantes.
De acuerdo a dónde te dirijas es el lugar que te asigna el paisano que corta el ticket en la popa. “Bien adelante, por favor”, me dice, y yo sé que seré uno de los últimos en descender. Frente mío hay una niña. De una radio que está a un lado del timón, alguno de los Expósito, Homero o Virgilio (toda una tragedia griega) canta: Era más blanda que el agua, que el agua más blanda, era más fresca que el río…
El Delta de Tigre se divide en tres franjas concéntricas: primera, segunda y tercera sección; mi casa está al límite de la segunda rozando con la tercera, sobre un arroyo, a unos doscientos metros del Río Capitán, a no recuerdo qué distancia del Paraná de las Palmas y no sé a cuánto del Carapachay o el San Antonio; son algunas de las referencias que manejo, pero la única que realmente importa es que la zona está lo suficientemente alejada y despoblada. Gracias a que no hay interés en islas de este tipo, y mucho menos fuera de temporada, el valor de alquiler resultó más que conveniente: óptimo. Una hora cincuenta de lancha, dijo la mujer de la inmobiliaria. La pequeña que está frente a mí debe ir tan lejos como yo -arriesgo. El motor se pone en marcha y el aire se hace brisa fluvial que me incita a respirar profundo para embeberme en el vaho de río. En el primer tramo del recorrido, por el Luján, hay algunos astilleros sobre la margen izquierda -ocho, según el folleto de la Municipalidad de Tigre que me dieron junto al ticket en la boletería de la estación-; guarderías con grandes galpones repletos de lanchas apiladas como libros en bibliotecas; señoriales edificios bien conservados que ostentan ser patrimonio histórico, sobre el otro margen del río, delatores de la arquitectura centroeuropea de mediados del siglo XIX y principios del XX. Y la pequeña que no me quita los ojos de encima desde que zarpamos. La descubro cada vez que giro hacia uno y otro lado en busca de paisajes y, aunque no detengo la mirada en ella, sé que está mirándome con la mirada impune de la niñez. En sentido contrario al que vamos se encuentra el Puerto de Frutos, municipalizado en 1979, dice el mismo folleto. La niña tiene la actitud del isleño nativo que no se sorprende con el entorno ya naturalizado sino más bien con la presencia del foráneo, del curioso, del recién llegado. Mantiene la postura erguida provocada por una mochila fuera de escala para su escueto tamaño que empina su espalda y hace de apoyo a la vez. Me mira con la mirada que miran los que no gustan de intrusos mirones. A medida que avanzamos, el panorama se despeja y la lancha se despoja: los viajeros van amenguando… pero la pequeña sigue ahí, mirándome fijo, sin gesticular. El otoño prematuro tiñó de ocre lo que era verde oscuro. El éxodo de veraneantes dejó muelles vacíos y menos botes en ríos. Y yo voy sentado con medio cuerpo fuera, intentando retener la estela de torrente que se dibuja y desdibuja en mi mano a medida que la embarcación se impone a la sumisión del canal, y me figuro un cierre relámpago gigante: la lancha es el cabezal que abre las aguas a medida que avanza, y la cremallera es el río que se parte al medio escoltado por la sucesión de pinos en ambas orillas. Esa burda alegoría me hace tomar consciencia de lo jodido que estoy, atrapado en un brete en busca de vaya a saber qué, con la expectativa ilusoria y decepcionante a la vez, de que el simple hecho de cambiar de hábitat para escribir sea un acto con garantías posibles. ¿Qué se espera de mí? ¡Shit!
La pequeña se pone de pie, camina hacia mí y dice enfática: “Está prohibido llevarse las olas”. Me enderezo y miro mi mano mojada: la prueba del delito. Ensayo una sonrisa fugaz de labios, de esas que esconden la dentadura. Ella sostiene el rictus inexpresivo y, sin que medie respuesta, se va hacia la popa para descender en el siguiente muelle en donde una mujer, junto a tres perros en un ladrido coral, espera. Tomo mi libreta del morral para escribir, antes de que la niña se vuelva pasado sobre el malecón: está prohibido llevarse las olas.
Estoy expectante. De un momento a otro, será mi turno. Llevó más de hora cuarenta de viaje. Salvo por la estela que dibuja la lancha a su paso, el río está planchado y el resto es naturaleza muerta que ni la brisa menea. Casi no se ven casas; mucho menos, personas. Un corte abrupto pone fin a la arista irregular, despreocupada y agreste de la costa, para dar paso a la estocada de hormigón, continua, monocorde, que se insinúa con autoridad al arrebato de las crecidas. Da un aspecto, en esta zona, de civilización y progreso, aunque su apariencia es de haber sido construida hace muchas décadas: una gran obra de ingeniería que subsistió en el tiempo -pienso. Me pongo de pie. La empalizada de hormigón es la referencia que me dio la mujer de la inmobiliaria. Llegué a destino. Dijo también que tiene una extensión de cuatrocientos metros, que debo bajar en ese muelle -el único apto en el entorno cercano-, caminar a la vera del río hacia el arroyo que bordea esa isla y, por ese arroyo, continuar unos trescientos metros más. Imposible perderse -dijo la mujer- porque con lo que se va a topar en esa caminata es con el muelle desvencijado de su casa; ande con cuidado, mire dónde pisa; éstas son sus llaves.
En cambio, este otro muelle en el que quedo desamparado con mis bártulos una vez que la lancha se aleja, probablemente -advierto-, corresponda a la misma obra ingenieril que la estocada. Es fuerte. Noble. También de hormigón. Y madera.

Sin título

¿Cómo será la casa? Intento ver hacia el fondo pero la tupida arboleda, los arbustos, la ligustrina, todo en su conjunto me lo impiden. Ser niño otra vez. Mirar a través del ojo de la cerradura. Merodear un viejo caserón abandonado. Coquetear con los fantasmas. Corretear por peligrosas escaleras esquivando clavos oxidados y vigas carcomidas por el tiempo. Ser niño otra vez para adivinar, escudriñando por el ojo de la cerradura. Un mero agujero es un universo que se abre, ante los ojos ávidos de la niñez, en un sinfín de misterios y quimeras… Tomo mi libreta del morral y, mientras escribo: un ojo en la cerradura, acuden a mí un par de perros que aparecen de la nada. Sólo husmean. No representan peligro alguno. No represento peligro alguno. Ellos lo advierten. Saben que estoy de paso. Dos bidones de agua. Tres enormes bolsos -pesados gracias a que la mayor parte de su contenido no es ropa, sino libros y latas y cajas de comida no perecedera. Un morral que traigo atravesado con la notebook, de peso aceptable… Y sólo dos manos. Los perros son presencia inútil. Tampoco cuento con el hombre del remise que me hizo la gauchada en la estación a cambio de unos pesos. Tendré que hacer dos o tres viajes y exigir la cintura, con la realidad cruel, que no me espera Raquel, para aliviarme en ternura. Antes de comenzar la quijotada hacia mi casa, desobedezco. Necesito estirar las piernas y juntar coraje. No camino por la vera del río hacia el arroyo -como debiera- sino hacia adentro por el muelle que, ahora en tierra firme, se sucede en una senda de cemento. Ande con cuidado, mire dónde pisa.

esvástica tallada

Donde piso descubro una cruz esvástica del tamaño de mi calzado. Entre perplejidad y desconcierto detengo mi andar. Me agacho, observo y recorro su contorno con el dedo. Parece haber sido grabada sobre el material fresco, antes de fraguar. Tiene una inscripción en alemán y una fecha que no se termina de definir: mil novecientos cuarenta y algo. Regreso caminando hacia atrás, rebobinando la acción. ¿Habré perdido la irreverencia y valentía de niño explorador? ¿O es sólo la frescura del arrebato lo que se ha esfumado? Mi curiosidad sigue intacta aunque la intriga no se manifieste en ansiedad: primero urge instalarme amparado en el par de horas que restan de luz. Mañana habrá tiempo para el merodeo.
En menos de una hora y en dos ida y vuelta consigo estar en la galería de mi casa. Sigo las instrucciones. Con el llavero más grande abro la puerta principal tras el mosquitero. Con el otro voy hacia el fondo, a la covacha, en donde debo encender la bomba y el generador eléctrico. Atravieso un pastizal en estado de abandono como si nadie hubiese pasado por acá en mucho tiempo. El pasto está crecido por demás. Me muevo entre yuyales, frutos por doquier roídos por los bichos, nueces pecan y vestigios de la última inundación. Una vieja máquina de cortar pasto que no tiene aspecto de funcionar, un hacha, una pala, un rastrillo; una caja de herramientas, algo de leña acumulada y un resto de carbón; un par de soles de noche, bidones de combustible son, en resumen, los elementos que constatan el inventario que traigo conmigo. Además hay un par de guantes de trabajo y unas botas altas de goma. Ni bien consigo accionar los interruptores salgo del lugar un tanto aturdido por el ruido del motor, y un tanto envenenado por el olor a gasoil que desprende el aparato éste. Regreso a la casa con los dos faroles, por si las moscas, a sabiendas de que la mujer de la inmobiliaria me advirtió que los cortes de luz en la zona son frecuentes. La casa no tiene el aspecto de las fotos que vi en internet. Ni por dentro, ni por fuera; pero eso es algo de lo que me ocuparé recién en la mañana, así como también el tema del gas y el estado de las garrafas. Por lo pronto, solo abriré un par de latas de atún, con algunas galletas. Un faso en la cama, un libro y a descansar: el viaje en lancha más la travesía ida y vuelta, se sienten en el cuerpo. De los dos cuartos, elijo el que tiene la cama doble. Mis sábanas limpias no consiguen anular el olor rancio que desprende el colchón. De todos modos, me tiro boca arriba y me pierdo en las aureolas de humedad de la pared frente a mí. La primera noche que me quedé a dormir en casa de Cata -recuerdo y me transporto, a través del humo, más de cinco años atrás- estábamos tirados en la cama en esta misma posición abstraídos en un mural en blanco y negro frente a nosotros: una fotografía inmensa montada a un bastidor apaisado, del ancho de la cama. Una sabana, un desierto infinito y arenoso; una superficie de textura lisa y porosa a la vez, que se precipitaba en pendiente sinuosa hasta conformar la topografía de un médano voluptuoso; raro, porque cambiaba su tonalidad, oscureciéndose hacia la cumbre, el terreno se volvía rugoso para culminar en algo así como un pico truncado como el cráter de un volcán.
– ¿De dónde es este paisaje? –le pregunté a Cata.
– Más cerca de lo que te imaginás –respondió sin mayores precisiones.
La imagen había sido tomada por un fotógrafo francés que -según me dijo-, en una visita por Buenos Aires, había ofrecido una clínica a la que ella asistió. Después, mientras hacíamos el amor, me susurró al oído: “Es un pezón. La ampliación de un primer plano de un pecho y un pezón”. Cada noche que me quedaba a dormir en su casa me sentía atraído y obnubilado por ese mural, como ahora frente a las formas que devuelven las manchas oxidadas de esta pared descascarada. Jamás pregunté si quien posó ante la cámara del francés había sido ella. Cata sorprendía siempre con esos misterios en los que yo prefería no indagar. Recuerdo otra vez. En un viejo bar. Ambos habíamos tomado de más y en esa condición de iguales y de exacerbación, pactamos hacer una confesión cada uno. Empezó Cata. Es sabido que ella es fotógrafa. Retratista de artistas, con más frecuencia de escritores. La llaman “la mordzinski”. El caso es que en una ocasión le tocó retratar a un renombrado escritor para ilustrar una nota en una revista dominical. La producción fue en casa de este hombre. Cata sugirió que se sentara en un sillón BKF junto a un ventanal. Ella, desde cierta distancia, parapetada detrás de la cámara frente a él, comenzó a disparar fotos indiscriminadamente mientras le hablaba, le daba indicaciones, le decía: “dame más”. Esto suele motivar al retratado -me explicó Cata- tal es así, que el escritor le devolvía cantidad de muecas y morisquetas. Ella se entusiasmaba y disparaba fotos sin respiro; “dame más, dame más, quiero más”.
– ¿En serio querés más? -dijo él.
– Quiero más -dijo Cata resuelta desde detrás de la cámara sin dejar de gatillar.
Y sí. Él abrió su bragueta, la sacó y le dijo: “¿Querías más? Tomá, es todo lo que tengo”. Cata siguió disparando a granel pero cambió el foco y el objetivo. Avanzó firme hacia el escritor mientras seguía gatillando fotos; se detuvo frente a él, se agachó en su entrepierna, tiró muchos planos cortos hasta que al fin descubrió su cara. La cámara quedó en el piso. En la misma confesión, Cata me dijo que conservaba la seguidilla de más de cincuenta fotos en blanco y negro que testimoniaban la secuencia de su erección. Visto el proceso en formato de contacto, como una sucesión de tomas -dijo Cata vanidosa- era Cine: su mejor obra de arte. Jamás me la mostró. Ni a mí, ni a nadie. Y el agraciado -o desgraciado- ya no está entre nosotros para confirmar o desmentir. Es tu turno -reclamó Cata. Cumplí con el pacto, pero mi anécdota no era tan buena como la suya. Tenía que ver con algún tentempié con alguna alumna. Nunca nos dijimos si esas historias ocurrieron previo o durante nuestra relación. Lo cierto es que “¿llevamos?” cinco años de pareja. Cata sigue desperdiciando su talento como fotógrafa de todos los escritores y, probablemente, utilizando la muletilla del “dame más” para conseguir una buena toma, y yo, claro, sigo con mi cátedra en Exactas y con esporádicos tentempié. Pero estamos sobrios.
Las areolas en la pared se vuelven curvas femeninas en cada pitada. El erotismo de las formas me incita a manosear la repentina erección que precipita -precoz- en alivio, y ya estoy sumergido en el laberinto intrincado de un sueño en el que escucho voces que hablan en alemán. Y hay esvásticas.

APG©

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Una respuesta to “Ostende – Una célula nazi en el Delta”

  1. Estaba buscando una foto de la casa de Tres Bocas donde Perón se refugió antes de ser llevado a Martín García y me encuentro esta divina pieza literaria… quiero leerlo todo, dame más!!!

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