Eterna Cadencia

  

Descubrí Eterna Cadencia hace un par de años o más. Iba de pasada, arriba de un auto.  Digo, la parte material que corresponde al cuerpo iba en auto; el resto, traspasaba la ventanilla. Demoré un par de días en regresar. Esta vez de a pie. Si pudiera hacer memoria -o investigar un poco- podría precisar la fecha, porque recuerdo que al entrar, en el primer ambiente, te topabas con una mesa larga (hoy ya no está y en su lugar hay dos más pequeñas). También te topabas -me topé- con un volumen monumental con la desproporción que sólo un Atlas puede alardear. Ese libro -yo sabía- era de reciente lanzamiento. Ahí tienen la fecha precisa: mi primera vez en Eterna Cadencia. Asiéntese. Tomé un par de libros y me fui a leer mientras tomaba un café en donde, mucho tiempo atrás, hubo un patio (comunión de todos los ambientes de un prototipo de casa chorizo). 

Otra vez, fui en busca de Cuentos rusos (una antología), de Editorial Siruela. No lo tenían pero tomaron mis datos, para el caso que lo consiguieran. Notifíquese.

Un par de veces fui a cenar. Tengo la certeza que era jueves. Los jueves solía haber música en vivo. Un trío de jazz (piano de cola, bajo, batería), improvisando -o no-  desde lo alto, en el entrepiso.

Alguna tarde me surgió un “mientras tanto” (lapso de tiempo entre un compromiso y otro, que me hace feliz). Me ubiqué en el living del fondo a escribir a la vez que merendaba un té con unas delicias en forma de sconnes, queso crema y mermelada casera. Un hombre, que  aún hoy atiende en la librería, me ayudó muy gentilmente a capturar la señal Wi Fi. Compruébese. Fue el mismo día que quedé privada de mi libertad. Cuando mi lapso de felicidad llegó a su fin no conseguí salir. En el bar se había acumulado una parva de gente (hasta ese momento no lo había advertido) y para salir, era necesario interrumpir en diagonal y a fuerza de empujones y “permiso, permiso, disculpe por favor”. Era incapaz de hacer semejante desagravio al panel que presentaba un libro. Busqué alternativas de escape. Todas infructuosas. Ni la escalera lateral, ni la escalerilla de hierro, ni abertura detrás de mueble que lleve a pasadizo secreto. Desplomé mi resignación en el sillón y susurré por teléfono que estaba atrapada -no en el tránsito, sino en otro lugar- y llegaría tarde. La joven de prensa (que había advertido mi necesidad imperiosa de escapar), me dijo que, entre la presentación y las preguntas del público, se hacía un impás propicio para la huída. Ni bien recibí su señal, desaparecí.

En una ocasión estuve en calidad de público en la presentación de El trabajo, de Aníbal Jarkowski. Libro maravilloso. Adorado Aníbal, mi primer gran maestro.

No recuerdo otra visita a Eterna cadencia. El gusto por estar allí se propagó vertiginosamente de boca en boca. Se colmó de gente. Creció. Rebalsó la agenda de eventos, presentaciones, talleres, el lanzamiento de la editorial… Yo, curiosamente, dejé de ir. Archívese.

 

Eterna Cadencia queda en Honduras 5582 y tiene blog

 

 

APG©

Octubre 2008

 


Responder

Introduce tus datos o haz clic en un icono para iniciar sesión:

Logo de WordPress.com

Estás comentando usando tu cuenta de WordPress.com. Cerrar sesión / Cambiar )

Imagen de Twitter

Estás comentando usando tu cuenta de Twitter. Cerrar sesión / Cambiar )

Foto de Facebook

Estás comentando usando tu cuenta de Facebook. Cerrar sesión / Cambiar )

Google+ photo

Estás comentando usando tu cuenta de Google+. Cerrar sesión / Cambiar )

Conectando a %s