El smoking, en Cuentos argentinos

“Todo hombre es hombre más cosas,

es hombre en cuanto se reconoce en un número de cosas,

en cuanto reconoce lo humano investido de cosas,

él mismo ha tomado forma de cosas”

Italo Calvino

 

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Esta vez era cierto. No había duda. Una acreditación a mi nombre -en calidad de acompañante- para la ceremonia de entrega del galardón y un pasaje Bue/Mad manifestaban, de algún modo materializaban que, lo que Lucrecio venía anunciando, y porqué no mereciendo, desde hacía décadas, finalmente se concretaba. El sobre que contenía ambas pruebas -la acreditación y el pasaje- tenía escrito de puño y letra: “Alquiláte un smoking. El martes recibo el gran premio. Espero ansioso nuestro reencuentro en Madrid. Lucrecio”

Y esta vez era cierto. Porque lo que diferenciaba esta de otros tantos amagues, era justamente eso: las pruebas. El premio literario más prestigioso de habla hispana. Yo iba a estar presente, no tenía dudas, al fin y al cabo, hacía más de veinte años que se venía anunciando. Más de veinte oportunidades que le había sido negado. Más de veinte veces que debió haberlo merecido. Montones de veces que devolví el smoking sin siquiera lucirlo. Sí, yo iba a estar presente. Por alguna o ninguna razón yo soy, y siempre fui, su único amigo.

Lucrecio y yo -Octavio Casón Argüelles- debemos tener la misma edad. Digo “debemos”, nada es certero con respecto a su vida. A decir verdad, nada se sabe. Ni su origen, ni su apellido, ni a ciencia cierta su edad. No hay documentación, certificación ni nada que confirme su existencia. Toda su vida fue construida por sí mismo, con mi consentimiento y presencia como único testigo de que Lucrecio existe, o al menos existió. Pero no hay elementos puntuales que lo demuestren. Salvo yo, Octavio Casón Argüelles, y este testimonio. Una verdad inamovible.

Muchas veces en la vida me pregunté: “¿Qué es lo que se puede saber del otro?”, a lo que yo mismo me respondo, una y otra vez: “Lo que el otro nos permite”.

En mi mediana infancia -pienso ocho, nueve años- la gran Biblioteca de la ciudad  -según el propio Lucrecio, la más grande de América Latina- era para mi madre, el lugar ideal para mis penitencias. Así es que, cada travesura, rebeldía o mal comportamiento infantil, tenía como castigo mayor ese destino y debía pasar allí largas horas. Ese ámbito conseguía enderezar, lo que ella no.

La Biblioteca ocupaba una manzana en tres plantas, justo allí, frente a mí casa de infancia y de cara a la ventana de mi cuarto, de postigos verde oscuro. Era un edificio majestuoso, solemne, imponente y temible por fuera…, lo mismo que por dentro. Los grandes salones tenían una altura descomunal que hacía que uno se sintiese siempre insignificante e intimidado, aún siendo adulto -quiero decir, no era una cuestión de tamaños, sino del Ser- Las paredes absolutamente cubiertas de libros de piso a techo y de rincón a rincón, sin respiro. Una sucesión pareja y continua de lomos que, más que una suma de partes, parecía una piel membranosa de cuero oscuro, a veces resquebrajado, que alternaba el marrón con el negro, el azul o bordó en todos los casos con leyendas de viñeta dorada o plata. Volcaban, sobre las distintas salas, un olor mezcla de papel agrio y roble añejo. Un sonido mudo y hueco se concentraba en el aire. Un silencio apacible y áspero. Un mutismo ostentoso. Las únicas interferencias propias del lugar eran las ruedas engrasadas que corrían por el riel -las oigo claramente- trasladando por encima de ellas las escaleras de madera colgantes a lo largo de todas las paredes, y las pisadas secas que hacían crujir en lamentos los suelos de roble encerado. Las resonancias se elevaban, acaso se sublevaban, en forma de eco, expandiéndose hasta lo alto, más allá de las molduras, los capiteles, las pilastras hasta rebotar o fundirse, en algunos salones, en un fresco del cielorraso y, en el caso del salón central, allí mismo, en el centro de la cúpula, donde dejaron su arte impregnado en estuco color, Berni, Castagnino, Urrutia, Basaldúa y Spilimbergo.

Lucrecio siempre fue igual. A los ocho, nueve años, cuando nos conocimos y aún hoy con cincuenta. Lo que creo realmente es que siempre fue adulto, aún de niño.

Cuando, obligado por mi madre, la condena me llevaba a la Biblioteca a cumplir mis penitencias, él estaba siempre por las alturas, en esa especie de balcón angosto que corría a lo largo de las paredes, casi rozando los techos. De pibe, de adulto, siempre tuvo la misma apariencia a excepción de un estirón en altura que pegó en la adolescencia y lo mantuvo proporcionalmente estable los años siguientes y aún hoy. Lo recuerdo todos esos y estos años con la misma vestimenta. A decir verdad, eso aparentaba -ser la misma- porque es inverosímil que una camisa blanca, un pantalón de franela gris y unos mocasines negros, perduraran a lo largo del tiempo, igualmente impecables, como si estuviesen siendo estrenados una y otra vez. La camisa muy nívea, de voyle blanco. Un bolsillo sobre su pecho izquierdo delataba, finamente bordadas, las iniciales L.P.S.L, de Lucrecio, se entiende. P y S, vaya uno a saber de qué- Y las mangas…, las mangas largas, que era sabido que eran largas no precisamente porque se extendían hasta allí donde pliega el brazo, antes del codo, sino, porque allí concurrían arremangadas de forma tan idéntica y prolija siempre, que parecía como si viniesen así de origen. Se podría sospechar era una manifestación maniática de algún tipo, un empecinamiento por sostener ese ritual hasta hacerlo costumbre -al menos, para mí-

Las veces que no concurría a la Biblioteca, yo igual lo contemplaba desde mi ventana despegada de la construcción de enfrente por una calle angosta y arbolada a ambos lados. Sólo a partir del otoño, cuando los árboles comenzaban a desnudar, la visibilidad era perfecta. En cambio, el resto del año, cuando las ramas estaban tapizadas de un verde mullido, yo hacía movimientos malabáricos de un postigo al otro, subiendo y bajando la vista, para descubrir a Lucrecio, siluetado en algún rectángulo de luz, subido o no a las pasarelas de libros.

Calculaba y estudiaba su motricidad que se resumía en unir sólo puntos en el ámbito de la Biblioteca, ese universo y sus apéndices. Si no estaba colgado del andamiaje, podía estar por lo bajo, entre pilas de libros, o leyendo, o escribiendo. No registro a Lucrecio en otra situación ni en otro contexto. Inclusive, al llegar la noche, cuando los rectángulos de luz se volvían oscuridad, otro rectángulo idéntico pero aislado en la periferia, recibía como por transferencia esa luz tomada de otro lugar. Sólo un  rato después la tonalidad viraba a penumbra de velador. Ese juego de luces me llevaba a imaginar que Lucrecio se retiraba a su cuarto, dónde leía antes de dormir. Era un espacio reducido en el que yo alcanzaba a distinguir una pared revestida de libros de piso a techo y un chaise longe escoltado por una lámpara art decó. Cuando la negrura finalmente anulaba mi vista, yo cerraba los postigos verde oscuro de mi ventana, con la certeza que Lucrecio ya dormía.Recuerdo la primera vez que descubrí a Lucrecio escribiendo. Él estaba tan concentrado en su escritura, que no llegó a percatarse que yo me acercaba por su derecha y, sin que él tuviese oportunidad de cubrir su cuaderno, yo, en escorzo,  alcancé a leer:

 texto

Él miraba la hoja, yo lo miraba a él, y ninguno de los dos dijo nada. Esa fue la primera vez que leí algo suyo. Tendríamos doce o trece años, seguramente la misma edad, pero él era adulto; yo, niño. Creo, también, que esa fue la primera vez que hablamos.

Se siente bien hablar con Lucrecio. En realidad, jamás hablamos demasiado, más bien compartimos horas de silencio, que no es lo mismo que horas de nada.

Era evidente que yo no entendía lo que Lucrecio escribía. Ambos teníamos doce o trece años, pero él era adulto y yo, niño. Igual me esforzaba en ordenar esas ideas para luego olvidarlas.

Siempre sentía, siento y sentí que estábamos como en un desencuentro profundo, extremadamente lejos, a la vez que infinitamente cerca -no me pidan más precisiones que ésta, aún después de los años, no consigo explicarlo-

A los catorce o quince -cuando él era adulto y yo un púber- lo descubrí esa vez traduciendo, del alemán, un poema de amor:

Löscht mir die Augen aus: ich kann dich sehen

Aunque me quites la vista veo mucho

Wirf mir die Ohren zu: ich kann dich hören

cortáme las orejas: yo te escucho

und ohne Füssen kann ich zu dir gehen

sin pies mi alma tu camino tocaohne

Mund noch kann ich dich beschwören.

y ya puedo alabarte sin la boca

Brich mir die Armen ab ich fasse dich

Troncháme los brazos humanos

Mit meinem Herzen wie mit einer hand

entonces mi corazón será mis manos

Halt mir das Herz zu

Y si mi corazón vos detuviera

sund mein Hirn wird schlagen

latiría mi razón por tus quimeras

Und wirfst du in mein Hirn den Brand

Si mi cerebro tirás al inodoro

so werde ich dich auf meinem Blute tragen

mi sangre bullirá porque te adoro

Rainer Maria Rilke

Lo cierto es que Lucrecio nunca recibió educación formal. A pesar de ello, leía y escribía en inglés, alemán, francés, italiano, latín y español. Seis idiomas que él mismo se enseñó y aprendió.

Lo cierto es que Lucrecio nunca conoció mujer alguna. A pesar de ello, leía y escribía poemas y novelas cual sufriente enamorado.

Lo cierto es que Lucrecio nunca salió del ámbito de la Biblioteca. A pesar de ello, conocía el mundo todo, su cultura, su historia, sus paisajes. Y yo, Octavio Casón Argüelles, habiendo recibido educación formal de excelencia, habiendo conocido mujeres y aún habiendo viajado, nunca conseguí lo que él, que construyó en la Biblioteca un reducto donde todo era posible.

A los veinticinco míos y equivalentes de él, Lucrecio era adulto, lo mismo que yo. Por fin coincidíamos. Esa fue la edad en que me gradué, me casé, me mudé. Enfrente de la Biblioteca, despegada por una calle angosta arbolada a ambos lados, quedó una ventana con los postigos verde oscuro herméticamente cerrados, ciega de silueta en algún rectángulo de luz, al otro lado de la calle. 

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Esa fue la primera vez que me dijo: “Mandá a la tintorería el smoking del casamiento. A fin de año, gano un premio” Yo emocionado obedecí, pero la funda permaneció inmóvil en el placard. A partir de entonces, y a causa de la mudanza a mi casa marital, las visitas a la Biblioteca se espaciaron de diarias a semanales. Y a lo largo de todos estos años yo, Octavio Casón Argüelles, devine en profesional, esposo, padre, divorciado, flamante abuelo… Lucrecio, por estas horas supongo, ya arribó a Madrid. Lo imagino escribiendo un pequeño discurso, en su cuarto de hotel, para lucirse al momento de recibir su galardón. Y yo voy a estar presente. Sí, voy a estar ahí, porque por alguna o ninguna razón yo soy, y siempre fui, su único amigo.

La noticia fue sorpresiva. No por noticia, sino por cierta, pues todos los años anteriores, sin excepción, me venía anunciando y convocando a acicalar el smoking. Hubo un año incluso, que debí mandarlo a lo de Rosenfeld, el sastre de la familia, porque la vida matrimonial me había adiposado algunos kilos. Años más tarde, sufrí el proceso inverso a causa de mi divorcio y mi activa vida de soltero, con lo cual regresé a lo de Rosenfeld, esta vez para angostarlo. Nunca en todos esos años salió de mi placard. Para las cinco últimas convocatorias lo alquilé y sin excepción lo devolví sin haberlo usado… hasta hoy, que ya forma parte de mi equipaje. Debí pagar un adicional por la cantidad extra de días de alquiler y por la funda especial de viaje.

Volé junto a un séquito de escritores argentinos que constituían invitados de honor a la ceremonia. Yo también me sentía un invitado honorable. Entre aquella comitiva se encontraba el ganador del pasado año que sería quien le entregaría el galardón a Lucrecio en una ceremonia que se llevaría a cabo en el Palacio Real, con la presencia de los mismísimos Reyes de España.

El majestuoso Palacete databa del S XVIII y emanaban suntuosidad barroca por donde se lo mirase. Abundancia de oros, exceso de curvas, torneadas volutas, formaban el conjunto de tan exuberante ornamentación.Los asistentes al evento fuimos agasajados con una recepción previo a pasar al auditorio. Las paredes enteladas con gruesos brocatos entre molduras, alternaban con bellas obras de arte, entre las cuales la genealogía de la familia real se testimoniaba en  cuantiosos retratos.Una seguidilla de manjares en bandeja desfilaba zigzagueando entre columnas y estatuas. Una melodía de vals interpretada por una pequeña orquesta acompasaba de sobriedad el evento. Por un buen rato me sentí como transportado en el tiempo hasta que repentinamente, la convocatoria al auditorio desequilibró el hastío que inundaba el aire.

Hasta ese momento no me crucé con Lucrecio, lo que me hizo pensar que se encontraba preservado en una suite anexa o algo semejante hasta el momento de subir al escenario.

Hubo un breve discurso inaugural a cargo del Rey. Luego, unas palabras del presidente de la Academia de Letras quien convocó al escritor premiado el pasado año, ese mismo con el cual compartí mi vuelo y quien sería el responsable de abrir el sobre del ganador. Yo tenía una ubicación de privilegio desde donde podía abarcar toda la perspectiva del escenario pero aún no tenía noticias de Lucrecio.

Finalmente el orador expresó generosos halagos hacia la obra premiada adjudicándole el título de “obra maestra de la literatura” y ahí nomás se  anuncio que la misma fue presentada con el seudónimo “Octavio Casón Argüelles”. Me sobresalté. Me corrió un estremecimiento por el cuerpo y finalmente hice un gesto de aprobación cómplice por la ocurrencia de Lucrecio en utilizar mi nombre para encubrir su anonimato.

El sonido amplificado del papel crujiendo frente al micrófono me develó que la apertura del sobre era un hecho y luego de la ineluctable pausa expectante: – El ganador es… Octavio Casón Argüelles. Me sobresalté. Me corrió un estremecimiento por el cuerpo y finalmente hice un gesto de desconcierto buscando con mi vista vaivén la presencia de Lucrecio sobre el escenario en espera de una aclaración. Nada. Nadie apareció.

Ni bien pisé Buenos Aires, y antes incluso de hacer escala en casa para dejar el equipaje, fui a la Biblioteca. Necesitaba explicaciones. No encontré ninguna respuesta.

Lucrecio no estaba en los lugares que solió estar. Fui a la habitación -o más bien lo que yo imaginaba que era su habitación, pues nunca había estado allí y sólo conocía a través de observarla desde mi ventana de postigos verde oscuro, sobre la calle arbolada a ambos lados.

Hubo una coincidencia -sólo una- entre la imagen que yo había congelado a través de un rectángulo de luz y ese espacio reducido: una pared revestida de libros de piso a techo, sólo eso. Ni chaise longe, ni lámpara art decó, ni Lucrecio.

Caminé hacia la biblioteca, tan cerca, de manera de leer con claridad “Octavio Casón Argüelles” grabado en letras oro sobre los lomos de cuero. Tomé uno y otro y otro…y todos sin excepción eran las novelas y ensayos que Lucrecio había escrito a lo largo de todos estos años. Lo digo yo. Doy fe de ello, porque los conocía, porque me había sumergido en ellos uno a uno a medida que él los terminaba y me los cedía en lectura.

La frustración me arrastró a casa. Ya en el ascensor, me vi sorprendido por la imagen que rebotaba el espejo. Reconocí la camisa de voyle blanco. De mangas largas, que era sabido que eran largas no precisamente porque se extendían hasta allí donde pliega el brazo, antes del codo, sino, porque allí concurrían arremangadas. Sobre el pecho diestro, un bolsillo delataba, finamente bordadas, las iniciales O.C.A.

En el lapso que transcurre entre el ascensor que se eleva, aún en el momento que retarda su marcha e incluso, cuando finalmente se detiene,  las puertas automáticas se abren y cierran inmediatamente después que yo consigo arrastrar el equipaje hacia el palier  -digo, en todo el lapso de tiempo que esas acciones se demoraron y aún mientras se demoran- los ladridos de mi perro tras la puerta se vuelven roncos de ímpetu y cada vez más próximos. Reconozco en esa conducta -la de mi perro- un comportamiento idéntico al que siempre supo tener frente a extraños.

¿Para qué agregar más detalles a esta historia? ¿Para qué falsear datos que luego son irrelevantes? Al fin de cuentas, yo también me ladraría hasta volverme ronco.

 

El poema transversal lo he tomado del blog de la escritora chilena Lilian Elphick

 

APG©

Abril 2008

 

 

 

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