Serendipia: Una chica sin suerte (adelanto)

Azul o negro, me daba elegir Eloy en un SMS.

Depende para qué, escribí y pulsé enviar.

Ropa interior, me apuró.

Negro.

¿Y para un barquito?, decía su siguiente mensaje desconcertándome con la pregunta. Como no tenía ni idea, por inercia o por una ligera asociación, escribí:

Azul ultramar.

Con un Ok, beso terminó el escueto diálogo que me había dispersado sin que yo consiguiese comprender a dónde quería llegar con el ping-pong.

Una semana después -un viernes de diciembre por la mañana- yo, Alegría Maidenford, ponía, en un bolsito hindú de bambula multicolor, lentes de sol porque el pronóstico así lo exigía, una muda de ropa interior porque el bikini lo llevaba puesto, un abrigo extra porque en el río refresca al caer la tarde, dos libros porque eran los que estaba leyendo en simultáneo, y mi documento de identidad porque él -expresamente- me había incitado a llevar. Tenía puesto, sobre el traje de baño, una musculosa blanca de algodón, un short de jean y ojotas. A las nueve recibí un SMS que decía: bajá en cinco. Metí el celular en el bolsito, me puse brillo incoloro en los labios, eché doble vuelta a la cerradura y llamé al ascensor.

Supongo que la singularidad se debe al agua de río filtrada en cisterna y, también, a la cocción en horno a leña. No encuentro otra explicación -tiene que ser eso- porque el resto de los ingredientes son idénticos a los de cualquier otro Pan Dulce. Lo que lo distingue, sin lugar a dudas, es el sabor particular y esa rusticidad en boca.

Entonces ése era el plan, la propuesta por la que me dejé tentar para salir al Delta, convirtiendo un viernes común en un viernes atípico, en busca del inigualable Pan Dulce de la Isla Martín García, dejándome arrastrar por la corriente -del río, porque así lo había aprendido desde pequeña- con un hombre que apenas conocía y que deseaba estrenar conmigo el barquito recién adquirido que bautizó “Alegría” y que hizo filetear, sobre un lateral del casco de proa, en azul ultramar.

Y tal vez la osadía haya sido porque, a pesar de que Eloy era un perfecto desconocido -apenas habíamos tenido un par de encuentros previos-, el Delta no lo era: yo estaba familiarizada con ese hábitat; conocía de ríos como de calles de mi ciudad, y eso me devolvía cierta tranquilidad que apaciguaba, de algún modo, al otro vértigo. No podía sentir miedo. Y si lo sentía, me atraía sentirlo; tal vez tanto como lo que me atraía ese hombre.

Antes de llegar a la Guardería, hicimos tres escalas: la primera en la estación de servicio para cargar combustible, comprar dos bolsas de hielo y un pack de botellas de agua mineral de litro y medio; la segunda, en una vinería en donde compramos -compró él, porque yo esperé en la camioneta- un par de botellas de champagne y otras tantas de vino; y por último, en una casa de San Fernando en donde bajamos a Bretón, el labrador surrealista que hasta ese momento venía ladrando y aireándose atrás, en la caja de la camioneta.

Como Eloy se anticipó con un llamado en el camino, al llegar, el barquito ya estaba montado al elevador, y yo quedaba absorta al verificar mi nombre, fileteado sobre un lateral del casco de proa, en azul ultramar. Eloy y un empleado lo amarraron al muelle flotante, quitaron la funda, cargaron los bultos a bordo. Giró hacia mí y, mientras tomaba del bolsillo posterior de su bermudas náutica un par de billetes de cien, me dijo:


̶ ¿Ves esa puerta blanca? -volteé para ver hacia donde él señalaba por más que conocía el lugar, probablemente, mucho más que él-, en el restaurante del chileno, venden para llevar. Comprá una docena de empanadas surtidas entre mariscos, pulpo, salmón, o lo que vos quieras. ¿Dale? -agregó al final, transformando en amigable lo que había empezado en tono imperativo.

Cuando regresé con el mandado tibio en mis manos, Eloy ya estaba a bordo con el motor encendido, hablando por teléfono, guardando algo en la guantera, y atento a mí mientras me veía llegar. Me pareció entender que acordaba encontrarse con alguien: “en una hora donde siempre”, creí escuchar, y luego cortó apresurado; estiró un brazo para tomar el paquete, y con la otra mano, me ayudó a subir. Mientras yo ponía las empanadas en la heladera que ya estaba abastecida con las bolsas de hielo y las bebidas, Eloy soltaba amarras y zarpábamos por el Luján, río arriba, optando por la ruta del Delta, la más agradable para un paseo: un rizoma deleuzeano; la otra, más rápida, es la que cruza a río abierto el Río de la Plata. Para mis adentros, agradecí la elección, pensando que en menos de dos horas estaríamos en la Isla, sin tener idea de lo que se venía.

“Alegría” era bello. Todo olía a nuevo y aún conservaba funda plástica en algunos sectores. El equipamiento, novedoso, se advertía tanto en los instrumentos de navegación como en el diseño interior; por ejemplo, el vestidor en el que me cambié y dejé mis cosas. Eloy parecía estar abstraído entre el comando de su nueva nave y el manual de la máquina para hacer hielo; sin embargo, cuando pasé delante suyo para salir a cubierta, libro en mano, desanudó, en un movimiento ágil, las tiras del corpiño y con la pieza de la malla en su mano me dijo: “esto ya no te hace falta”. No me opuse. Sentí la liberación de mis pechos y la del espíritu. Me dejé llevar porque, era cierto, ya estábamos alejados de la zona más poblada y no hacía falta. Dispuso una reposera en cubierta, palmeó dos veces con la mano sobre el almohadón indicando de modo redundante que era para mí. Y ahí nomás me tiré con la intención de leer, pero no pude: él se interpuso: comenzó a esparcir sobre mi desnudez, con suave dedicación, un gel transparente que olía a coco. Me entregué a la sensación fresca que aliviaba la virulencia del sol que ya comenzaba a picar los pechos blancos que se hinchaban al contacto. Mi espalda se curvó, la figura del hombre bloqueó al sol y, bajo esa sombra, sentí su lengua profunda, impertinente, enredarse con la mía. Después se fue. A retomar la Capitanía.

Creo que me quedé dormida en el vaivén de cuna. O tal vez, no haya estado profundamente dormida sino atravesando un duermevela, de esos que te tienen a mitad de camino entre sueño y realidad sin poder discernir lo uno de lo otro. Las sensaciones que recibía eran variadas, a veces sonoras. Creo que pudieron haberse sucedido en este orden: el motor que se silencia, Eloy que va y viene, que le escucho decir: “¿Por dónde andás, negro?; ya fondeé”. Era cierto, el barco ya no avanzaba. Cada tanto se escuchaban motores que aumentaban su volumen al acercarse hasta volver a perderse en la lejanía. “Y negro, ¿para cuándo?” Me pareció que su voz se tornaba ansiosa. Y la siguiente vez que lo escuché estaba aún más nervioso: “Negro, no pares. Hay un bote a motor que ya pasó tres veces y no me gusta nada. Disminuí la velocidad, arrimáte y tirálo”. Entonces, debe haber sido ése el ruido que me sobresaltó e hizo que me despertara definitivamente: como si un bulto impactase contra un algo, primero, y cayera pesado, después -arriesgo que por la popa.

Me desperecé, acomodé el cuerpo a la nueva postura; miré alrededor hacia una orilla y hacia otra; ahora a la lejanía en donde la perspectiva del río confluye en punto. Creí reconocer el entorno: parecía el Canal del Estudiante, sí -sin mirar el GPS me aventuraba a afirmarlo. Al entrar, sentí la violencia del aire acondicionado sobre mi cuerpo insolado. Eloy reaccionó quitándose el buzo y pasándolo, primero por mi cabeza y luego por cada brazo: quedé inmersa en su perfume y en una prenda que me sobraba por todos lados, alcanzando la altura de mis rodillas.


̶ ¡Qué siestita, nena! -me dijo mientras, puntilloso, arremangaba mis mangas.

̶ ¿Qué hora es? ¿Cuánto dormí?

̶ Más de una hora. ¿Tenés hambre? Yo estoy famélico.

Había advertido que tenía hambre ni bien entré y reconocí el olor que soltaban las empanadas desde el hornito eléctrico. Medio dormida, asentí con un cabeceo y me encerré en el baño para lavarme la cara. Varias veces. Escuché el plop del corcho y volví repuesta y motivada. A Eloy lo noté amable, de buen talante, sirviendo con esmero en unas copas esbeltas, y acabé por concluir que lo mío había sido, finalmente, más sueño que realidad. Sin embargo pregunté:


̶ ¿Qué fue ese ruido?, sentí como algo que cayó en la popa.

̶ Nada. ¿Te asustaste? Un flaco en una lanchita se arrimó, tiró adentro una bolsa con basura y se esfumó: uno de esos resentidos que agreden, de tanto en tanto, a todo aquél que posee algo a lo que ellos no pueden acceder. Nada por qué preocuparse, nena.

Levantó la copa y propuso un brindis: primero, porque había aprendido a usar la máquina de hacer hielo y después, por los Pan Dulce que íbamos a comprar, en un rato.

El río te abre el apetito y te pone sediento: comimos cuatro empanadas cada uno y vaciamos la botella de champagne. Este hombre era tan caballero que no me daba lugar a nada; cuando quería hacer algo, Eloy ya se había anticipado. Y seguía sentada, en mi letargo, mientras él ya había ordenado todo y ahora salía a cubierta. Me quité el buzo y fui tras él. Lo observé pararse en el vértice de proa, rebotar como en un trampolín, posicionar sus brazos extendidos en triángulo sobre la cabeza, tomar envión y clavarse como a tres metros de distancia en la espesura del río. Quedé mirando fijo la aureola concéntrica. Silencio. Silencio. Silencio. No sé cuántos minutos habrían pasado, pero fueron eternos. Reapareció como a cien metros, tomó aire -ávido-, hizo una pausa y regresó nadando en un braceo elegante y varonil.


̶ ¡Qué delicia! -Dijo ya asido a la escalerilla, mientras sacudía la cabeza adquiriendo un porte salvajemente masculino- ¿Nena? ¿Me alcanzarías la vitorinox y el porta documentos que están en la guantera, y el llavero que está en el encendido?

Sentí casi por primera vez, desde que habíamos salido, que era útil para algo; volví contenta con el mandado cumplido. Callada. Sin preguntar. Eloy ya estaba en cubierta, secándose con un toallón blanco con anclas azules. Se sentó sobre él, tomó la vitorinox y con el cutter tajeó el llavero náutico ovalado -a lo largo- como se suele abrir una baguette.


̶ ¿Qué hacés? -Pregunté intrigada.


Él siguió en lo suyo, ignorando mi curiosidad. En el interior, como cuando uno rompe un huevito de chocolate, apareció la sorpresa: cuatro cápsulas bicolor, de esas solubles que contienen medicamentos. Tomó una, la abrió al medio dejando caer el polvo en montoncito sobre el canto del parapeto de babor. Yo seguía ahí. Callada. Sin preguntar. Como quien observa atentamente los pasos en un programa de manualidades en el canal Utilísima. Con el dedo índice la probó.


̶ Mmmm… ¡Qué delicia! Ésta es la que toma el Papa.


Del porta documentos tomó una Amex Black -en la que alcancé a leer su nombre: Eloy Castro Arrieta-, y comenzó, como si una Narda Lepes fuera a amasar pan, a hacer movimientos con el cornet sobre el montículo de harina. Luego lo dividió en cuatro hileras paralelas y equidistantes. Enrollando un billete de cien dólares que sacó del mismo porta documentos, consiguió hacer un tubito finito y apretado. Callada, sin preguntar, lo vi inclinarse sobre esa arquitectura y aspirar la primera línea. Se incorporó sacudiendo la cabeza mientras se apretaba los orificios de la naríz. Repitió el ritual con la segunda, la tercera y a mitad de la cuarta interrumpió y, como si en un acto lumínico se hubiese percatado de mi presencia, me preguntó:


̶ ¿Querés?

̶ No sé.

̶ Es mínimo lo que queda… la cápsula completa tenía dos gramos.

̶ No sé, todavía estoy bajo el mareo del champagne…

̶ Con más razón, nena. Esto te va a recomponer al toque.

̶ ¿Vos decís? ¿De verdad?

̶ Sí nena. Es pura. Es la que toma el Papa. No puede caerte mal. Vení, animáte. No tengas miedo.

Me acerqué. Me arrastró del brazo, hasta hacerme sentar entre sus piernas abiertas. Pegó su pecho a mi espalda hasta quedar inclinados, como en un rezo, sobre la media línea. Sentí su contundente rigidez en el nacimiento de la espalda y eso -de algún modo- me incentivó. Acercó un extremo del canuto al orificio de mi nariz y el otro sobre la cocaína, y me dijo:


̶ Ahora aspirá, nena.


Luego, me volteó hacia él, me besó largo y profundo, me tomó de los hombros, me miró fijo, y sentenció:


̶ La primera vez, puede considerarse una experiencia; la segunda, un error; y la siguiente, pura imbecilidad, ¿entendiste? ¿Cómo te sentís?
Yo me sentía muerta de amor. Como un volcán en erupción que escupe su lava, escupí:

̶ Te amo.

̶ De mi podés enamorarte; de la blanca, no -sentenció otra vez mientras me besaba la frente.

Un vip del instrumental alertó el nivel de cota. Era cierto, el río venía bajando aceleradamente: teníamos que ponernos en movimiento o nos quedaríamos varados indefinidamente hasta que el río volviese a subir y recuperásemos calado.


̶ Allá vamos, nena, en busca del Pan Dulce -dijo mientras se sentía de fondo el zumbido eléctrico del mecanismo elevador del ancla.


Con una locuacidad repentina, tal vez para compensar la mudez que venía ostentando desde que zarpamos, comencé a recitar -con la misma convicción que podría enumerar las estaciones de subte de la Línea D, o las tablas de multiplicar- lo que quedaba por delante del rizoma deleuzeano: Canal del Estudiante, Arroyo Fredes, Canal Arana, Arroyo de la Barca, Arroyo Naranjo, Río Paraná Guazú, Río de la Plata. Avistaje. Mi Capitán asentía corroborando la lección en el GPS, y así se anoticiaba que su “nena” era una experta en náutica. Él, en todo lo demás.


A los pocos minutos divisamos la costa de la Isla Martín García. No era conveniente acercarnos demasiado: no había cota aceptable y venía en descenso. Además, la sedimentación de la Isla es rocosa y podríamos, no sólo encallar sino también averiar el casco. Fondeamos, entonces, a más de doscientos metros y subimos al gomón, con motor fuera de borda, que traíamos en la embarcación -de complemento o de auxilio- para casos como éste.


̶ ¿Todo bien, viejo? -entró saludando a viva voz al muchacho delgado que estaba del otro lado del mostrador, frente al gran horno a leña de ladrillo a la vista, esparciendo glacé metódicamente sobre los Pan Dulce recién horneados dispuestos en grandes bandejas negras sobre la mesada.


Para cuando el joven interrumpió su labor y se dio vuelta, Eloy ya estaba a su lado palmeándole la espalda. Trozó con la mano uno que aún estaba tibio, sin decorar y, mientras saboreaba dijo:


̶ Mmmm… ¡Qué delicia! Éste es el que come el Papa -exclamó mientras me guiñaba un ojo y se acercaba con otro trozo para mí, que iba y venía inquieta de la puerta al mostrador.


Murmurando comenzó a sumar: unos cuarenta para la oficina…, tres o cuatro para Nochebuena…, otro tanto para la cena de Fin de Año…


̶ Flaco, embalame cuatro docenas de los grandes -le dijo señalando los que estaban envueltos en celofán sobre el mostrador.


Destapó un frasco grande de vidrio, en donde había cerezas al marrasquino y me puso una en la boca; ahora, toma dos más para él:


̶ Mmmm… ¡Qué delicia! Es el detalle que le faltó al champagne. Flaco, llevamos también uno de estos frascos. Preparáme la cuenta, volvemos en un rato. Vení, vamos a dar una vuelta, quiero mostrarte algo -me dijo mientras me arrastraba de la mano hacia afuera.


Salimos de la Panadería de estilo colonial, de fachada rosa intenso, por las calles rústicas de la Isla Martín García. Nos detuvimos frente al Teatro. Una chapa blanca, con letras azules delataba Teatro Gral. Urquiza.


̶ Esto quería que veas: mirá qué curiosa esta fachada…, esas figuras egipcias, qué rareza arquitectónica, ¿no?

̶ El edificio es de 1910 -comencé a relatar en una suerte de seguridad desconocida en mí- pero esta fachada es posterior, del ’20; es una reconstrucción de la original que se destruyó en el incendio. Por esos tiempos se descubría la Tumba de Tutankamón y, probablemente, esas reminiscencias egipcias respondan a eso y hayan influenciado en el Art Decó de la época. Fijáte en los capiteles, las pilastras… -pero él ya había dejado de mirar al edificio para clavar su mirada en mí- …y esa serie de alegorías: el mascarón, la lira, el pentagrama: simbología que manifiesta su función teatral. ¿Sabías que acá debuto como cantante lírica Azucena Maizani?


Volteé hacia él -expectante en busca de su respuesta. Estaba mudo, boquiabierto, con el rostro congelado en un gesto mezcla de sorpresa, interés, deslumbramiento, ¿amor? Era cierto: yo tampoco me reconocía. Había adquirido mágicamente otra actitud. Más extrovertida, más lúcida, más sabia; pero esa información, ¿de dónde provenía? ¿del fondo más hondo de la memoria? ¿de viejos relatos de mi padre? ¿de los tiempos de la universidad? ¿sería cierta o solo sonaba convincente y era pura imaginación? No tenía respuesta a ninguna de esas preguntas, pero de lo que sí tenía certeza es que me gustaba esta nueva identidad.


̶ No, no lo sabía; pero qué interesante, Alegría.


Por primera vez, Eloy me llamaba por mi nombre. Había crecido repentinamente. Ya no era “su nena”. Ahora, era él quien me seguía:


̶ Vení, vamos a dar una vuelta, quiero mostrarte algo -le dije mientras lo arrastraba de la mano contándole que esa calle, La Calle del Teatro, había sido, a principios de siglo, la arteria principal de la Isla; que allí también estaba la Capilla y que, en su conjunto, conformaban el centro de reunión cívico -como un ágora griego, rematé.


Cuando llegamos a las ruinas de lo que fuera la vieja prisión recreé, junto a Eloy, la escena en la que mi padre nos había contado -a mi hermano y a mí- historias fantásticas de presidiarios y fugas, que a un niño siempre consiguen atrapar -hayan sido ciertas, o no. Como en un ejercicio de psicodrama, yo -ahora- encarnaba a mi padre, y Eloy, al hijo pequeño que escucha absorto con atención. Que durante la época colonial, a fines del Siglo XVIII, los presidiarios traídos de Buenos Aires, picaban la piedra del basamento rocoso de la Isla para conseguir los primeros adoquines que cubrieron, en el casco histórico, las calles de tierra de Buenos Aires. Que en esa prisión se podía encontrar tanto a un hombre que había robado un caballo como a otro que había asesinado a punta de cuchillo como también a dos hermanos que habían desobedecido a su madre -me había dicho hacía años mi padre y ahora yo le contaba a Eloy. Que en la Isla cumplieron su presidio presidentes como Hipólito Irigoyen, Perón, Frondizi. Que la Isla debe su nombre a… Que Juan Díaz de Solís, en 1516…, Que se dice que las cruces torcidas del cementerio… Que…

Hubiese querido seguir. Perderme en el laberinto borgeano de arbustos que está ubicado en el centro de la Isla. Pero sentía -gradualmente- que se iban disipando mis fuerzas, que empezaba a decaer como decaen las horas. Ya eran cerca de las tres de la tarde, hacía un buen rato que habíamos dejado la Panadería; debíamos -todavía- recoger los Pan Dulce, regresar al barco, hacer una escala rápida en Colonia (Eloy me había comentado que debía retirar allí el complemento de un instrumental), y emprender la vuelta -ahora sí- por la ruta directa, atravesando el Río de la Plata, fuera de todo rizoma.


En la Panadería ya no estaba el joven. En su lugar, el viejo nos decía que los bultos ya habían sido cargados en el gomón. Nos despidió deseándonos felices fiestas y con un “hasta la próxima, siempre son bienvenidos a la Isla”. Llegando al bote nos cruzamos con el flaco que arrastraba el carro vacío -salvo por un paquete- que venía en sentido contrario. Eloy lo interceptó colocando un billete de cincuenta en su mano y lo saludó palmeándole la espalda.


En el trayecto hacia “Alegría” sentí el derrumbe. El viento húmedo me mojaba la cara y no sentía frío. Temí perder mis súper poderes. Entré en pánico. ¿Y si se atenuaba la sabiduría? ¿Y si se esfumaba la lucidez? ¿Sería por la cocaína? ¿A esa sensación es a lo que llaman “abstinencia”? ¿Y si daban las doce y me volvía calabaza de golpe; el hombre, otra vez me llamaba “nena” y me dejaba de amar?


Subí primero y sujeté el cabo. Al pisar sobre la colchoneta, la espuma se hundió y, en ese movimiento, dejó ver -como en una aparición-, en la unión con el respaldo, tres píldoras bicolor. Era la puertita de Alicia en el país…, “mi puertita”; solo necesitaba entrar. Me propuse calmarme. Me obligué a bajar la ansiedad hasta encontrar el momento oportuno.

Eloy entró a acomodar los bultos -me empeñé en seguir minuciosamente sus movimientos hasta hacerlo desaparecer, como el efecto de una pócima mágica. Luego subió el gomón con el comando eléctrico. Luego puso música: Calamaro. Luego se encerró en el baño.

El momento oportuno.

La primera vez, puede considerarse una experiencia; la segunda, un error… ¿Y qué? -me dije- ¿quién no cometió un error alguna vez?
Creí conocer los pasos. Lo había observado a él con virgen atención. Sólo restaba imitarlo. Tomé una cápsula y la abrí sobre el canto del parapeto de babor. La probé con el índice. “Mmmm… ¡Qué delicia! Ésta es la que toma el Papa” En los segundos que me demoré en encontrar el canuto, una ráfaga esparció el polvillo por el Río de la Plata. Todo se esfumó. Me abalancé sobre la segunda cápsula, pero cambié de lugar para abrirla asumiendo que ya no estábamos varados en la mansedumbre del canal, sino en la furia del Río de la Plata. Sobre el almohadón -a resguardo, entonces- dibujé las líneas como pude -sin la tarjeta de crédito-, con el mismo canuto con el que debía aspirar. Me reverencié sobre la primera línea y mientras la aspiraba, la furia del río volvió a arremeter: me empapó y se tragó el resto. De todos modos, quedaba una cápsula: la última. Me senté -esta vez- en el piso; más protegida aún, la vertí ahí mismo. El canuto, mojado, ya no servía para nada y lo eché por la borda. Cien dólares. Me volqué, con un dejo de desesperación, sobre el último polvo y, entre lo que lamí del dedo y lo que aspiré desprolijamente, acabé enseguida con los dos gramos finales.

Eloy seguía en el baño. Calamaro me invitaba a bailar desde los parlantes y yo aceptaba.

Bailemos… porque no hacen falta palabras de más. Bailemos… lejos de la gente quisiera volar. Prefiero… que dure un segundo mi noche a tu lado y jugar con tu fuego. Bailemos… porque no hacen falta palabras de más. Bailemos… lejos de la gente quisiera volar. Prefiero…

Bailar. Bailar sola. Bailar sola alocadamente. Bailar sola alocadamente y cantar. Bailar sola alocadamente y cantar a los gritos. Bailar sola alocadamente y cantar a los gritos y desafinar. Toda esa turba lo atrajo hacia mí, nuevamente. Eloy aparecía en cubierta con el balde de Champagne en una mano y las dos copas esbeltas -con una cereza cada una en su interior-, en la otra, mientras decía: “¡Qué Alegría, nena!” Yo estaba sedienta, desérticamente sedienta. No pude esperar a que sirviera. Del balde tomé la botella y comencé a beber del pico, vulgarmente, sin pausa. Mientras seguía con mi baile frenético, Eloy apoyaba todo en la mesa percatándose del desorden a su alrededor: mitades de cápsulas por doquier -alcanzó a contar cinco, la sexta se la había tragado el río- los almohadones y respaldos por doquier; mi libro en el piso, abierto en abanico, empapado…


̶ ¿Qué hiciste, nena? ¿Te merqueaste todo? ¿No dejaste nada para mí?


Calamaro seguía cantando: Fue por una rubia loca, que bailaba sola hasta el amanecer… y se movía, pero, tan bien, que fue mirarla y fue perder… todo por ese cuerpo y esa promesa. Sobre estimulada -ahora enajenada- hacía movimientos burdos de cadera, pélvicos obscenos. Yo, Alegría Maidenford, la joven que fue educada en Colegio Bilingüe Inglés, que fue a la Universidad, que sabía de buenos modales… Como sea, ahora este hombre se meneaba conmigo y me decía “puta” y también cantaba: llegó la noche, llegó el champagne, llegó la hora de la verdad y esa apuesta, al final, la ganó la muerte.

Nos volvimos dos desaforados. Patéticos. Bailábamos pegados, sobre excitados con el roce. Sentí calor. Me quité el short y la malla. Eloy me imitó e hizo lo mismo con su bermudas. Como siempre que se cambian los papeles, voy a quedarme dormido en tu cintura… Y si me despierta el día presumido, déjame quedarme un poco en las alturas…

Di la espalda a su erección mientras me frotaba y gritaba: Para qué contar el tiempo que nos queda… para qué contar el tiempo que se ha ido…¡¡¡Oooooh!!! … si vivir es un regalo y un presente…

Me tumbó a estribor. Quedé en cuclillas sobre el almohadón asida del caño de la baranda. Sentí sus manos, una a cada lado de mi trasero; tomándome firme me comenzó a cojer brutalmente, primero por delante y luego por detrás. O al revés. Sólo sé que no sé nada de tu vida…

La furia del Río de la Plata propiciaba el ajetreo frenético. De repente, desde mi posición que no tenía orillas, se me apareció un muelle; un muelle y una arboleda. Era el libro: mi libro que yacía en el piso, abierto en abanico, empapado. El agua había expulsado a la historia contenida ahí adentro. Las letras volaban. Frente a mí, en la otra orilla del río, lo descubrí a Sutton, en su muelle, rebotando en el lugar mientras le pegaba a la bolsa de Box. Se había escapado del libro de Brindisi -no podía ser de otro modo- y ahora nos observaba con morbo. Paranoica lo vi apartarse, espiarnos por entre la arboleda y comenzarse a pajear…


̶ ¡Ahhh!… ¡Qué Alegría! -exclamaba Eloy, mientras lo sentía explotar dentro mío.


Ni la otra orilla ni el muelle ni Sutton ni la bolsa estaban ya frente a mí. Todo se había esfumado. Sólo tenía delante la furia de un río drogado. Y la nada. Me aflojé. Sentí el derrumbe. El desplome. La caída final.

Llegó la noche, llegó el champagne, llegó la hora de la verdad y esa apuesta, al final, la ganó la muerte…


Hay un mito que sostiene que cuando un ser muere, su sistema auditivo sigue funcionando, como por inercia: el muerto oye -por un buen rato- aunque no pueda reaccionar. ¿Sería entonces que estaba muerta, oyendo con claridad, confirmando el mito?; o ¿tal vez no lo estuviese y, en un estado comatoso, conseguía oírlo en su desesperación?:


̶ ¡Boludo!, está muerta. ¡La pendeja está muerta!

̶ Tranquilizáte, negro -decía otro hombre por el altavoz.

̶ ¡Está muerta! ¡Está muerta!

̶ Pará, negro. Decíme qué le diste.

̶ Nada, te lo juro. Yo no le di nada…

̶ ¿Cómo que no le diste nada?

̶ No boludo… Ella solita se tomó de un saque seis gramos. ¡Está muerta!

̶ ¿Estás seguro que no respira?

̶ Sí boludo… Vengo cargado. Yo la tiro al río y me voy a la mierda.

̶ ¡Pará, negro! Hacéle respiración boca a boca. ¿Te animás?

̶ Se meó y se cagó encima, boludo. La tiro al río y me voy a la mierda.

̶ ¡Pará, negro! Sacudíla. Pegále una bofetada fuerte. Vas a ver que reacciona…

Cómo no reaccionar ante semejante violencia. Sentí un corrimiento de la mandíbula y comencé a llorar. En espasmos. Calamaro ya no cantaba. Eloy me abrazó fuertísimo contra su pecho mientras gritaba eufórico:


̶ ¡Nena, nena! ¡Estás viva! ¡Nena, qué cagazo me hiciste pegar! ¿Estás bien?

Él también se largó a llorar. Me alzó. Me besó. Y me llevó adentro -a upa- para dejarme en la cama. Nos quedamos tendidos exhaustos. Cada un minuto me preguntaba cómo me sentía. Yo estaba plácida como la quietud que deja una Sudestada. Sólo tenía una sensación de dolor, un rezago, en la mejilla.


̶ Quiero un café -le dije en un arrojo.


Mi ánimo lo contagió. Se levantó abruptamente y me ordenó:


̶ Vos te quedás quietita acá. Yo también voy a tomar uno: vamos a estrenar la máquina Nespresso. ¿Qué te parece?

̶ Necesito bañarme.

̶ Ok. Pero no de inmersión. Solo ducha. Y dejá la puerta abierta.


Desde el ojo de buey del baño podía divisar, mientras me duchaba, la costa de la Isla Martín García. Seguíamos fondeados ahí. El cielo estaba claro. ¿Qué hora sería?


̶ Nena, van a ser las cinco -me dijo asomándose a la puerta, como si hubiese leído mi mente- ¿cómo estás para virar hacia Colonia y, después, emprender la vuelta?

̶ Espléndida -le dije mientras me dejaba envolver en la suavidad de un toallón que olía a nuevo.


Fondeamos frente al Yacht Club, a unos cincuenta metros de la costa uruguaya. Mientras el gomón descendía, me dijo:


̶ Traéte el documento, por las dudas. No nos vamos a demorar mucho.

̶ No quiero bajar. Prefiero quedarme acá.

̶ ¿Sola? ¿Estás segura? ¿Te sentís bien?, nena.

̶ Estoy perfecta. Solo necesito quedarme. Sola. Ya tuve bastante por hoy; prefiero esperarte acá.

̶ ¿Seguro estás bien?, nena. Tu celular no debe tener roaming habilitado -digo, por cualquier cosa.

̶ No, ni idea… -Hice una pausa. Tranqui, ya no queda más nada por tomar.

̶ Más te vale -se río. Me llevo el móvil satelital conmigo, por si acaso, y a vos te queda el fijo. Si necesitaras hablar, utilizá solo ése. Vení que te enseño cómo.

̶ Sé cómo funciona. Tranqui, estoy perfecta. Me voy a quedar a ordenar un poco las secuelas del desastre.

̶ Ok, como vos quieras. Éste es el número. En el cajón de la mesita de luz están los controles del equipo de música y del LCD. Como mucho, en una hora estoy de vuelta…exagerando. Y te voy a traer una sorpresa. Portáte bien, nena.


Lo vi alejarse. Con un brazo comandaba el motor y con el otro, en alto, agitaba un saludo. Lo vi acercarse a la costa y bajar. Lo vi inclinarse en el muelle y amarrar. Lo vi incorporarse, darse la vuelta y caminar. Saludar a un hombre y caminar. Empequeñecerse y caminar. Hasta volverse nada. Recién entonces, aliviada y sola, entré.


Sintonicé el canal de música clásica, en sub-categoría: Barroco. En el vestidor, frente al espejo, dejé caer a mis pies el toallón en el que aún estaba envuelta. La desnudez escuálida me impactó. No era posible que esa imagen respondiese a mí. No correspondía a la mujer que había salido esa misma mañana de su casa. Para negarla, volví a resguardarme en el buzo de Eloy, aquél que me cubría holgadamente hasta las rodillas. Después de todo, no tenía otra opción para vestirme. En el bolsito hindú de bambula multicolor, sólo había un libro y una muda de ropa. Me la puse. En el baño, con jabón de glicerina, lavé el resto de prendas -no sin pudor- y luego les apunté el caloventor para acelerar el secado; también arrimé el libro.


Fui por otro Nespresso; descubrí unos sabores que desconocía: vainilla, anís y canela. Hice los tres. Olían bien, pero eran horribles. No tomé ninguno. Salí, por fin. a la cubierta, a juntar los restos del exceso: el balde de Champagne, la botella vacía, las esbeltas copas, las mitades bicolor desparramadas…, sonó el fijo y me apresuré cargando todo hacia adentro, para atender.


̶ Hola nena, soy yo, Eloy. ¿Cómo va todo?

̶ Bien, tranqui -respondí mientras bajaba el volumen de Vivaldi.

̶ Oíme, nena. Estoy en Montevideo…

̶ ¿Cómo en Montevideo? ¡¿Qué hacés en Montevideo?!

Miré el reloj del equipo; eran las siete. Se había ido hacía más de una hora y media, y ni lo había advertido.

̶ Me vine de un tirón hasta acá para buscar el repuesto y, ahora que llegué, me dicen que va a estar recién para mañana. Decidí pasar la noche y esperarlo. Prometo comprarte un regalito; de color negro, como a vos te gusta, para compensar. No te enojes.


Curiosamente, no estaba enojada ni me importaba quedarme sola; probablemente, tampoco me importaba él y mucho menos su regalito.


̶ ¿Y entonces? -pregunté con manifiesto desinterés.

̶ Entonces escucháme bien, nena. No es conveniente que te quedes sola a bordo. -Este hombre desconocía que yo, con mis veintiséis años, veinte menos que él, era capaz de levar el ancla y zarpar solita. Prestá atención -continúo-: acabo de hablar con el Yacht Club. Mandé a que te vayan a buscar. En el estuche de los papeles del barco, en la guantera, vas a encontrar algo de dólares -siguió- tomá lo que necesites y andá al Puerto. Ya averigüé: a las nueve sale un Buquebus rápido y, a las diez, hay otro; el último. Apuráte a ver si llegás al primero y en una horita estás en Buenos Aires. Nena, ¿estás ahí?


Un poco sí, y un poco no. Pero no se lo dije.


̶ Sí…, sigo acá. -El pobre hombre que todo lo tenía resuelto, había olvidado mencionar la diferencia horaria: no eran las siete, sino las ocho en Uruguay. Tenía menos tiempo del que él calculaba.

̶ Ok. Apenas llegás a Buenos Aires, me llamás, ¿sí?


Sentí el ruido del motorcito que se acrecentaba y eso me alentó a despedirme abruptamente -como solo admiten ser estas despedidas.


̶ Ahí me vienen a buscar, beso. -Y corté.


Me sobrevino una necesidad urgente de escapar de ahí. Salí a cubierta. “El Sr. Castro me envió por usted”, -decía un joven con respeto charrúa desde el botecito a motor.


̶ Enseguida. Un momento. Voy por mis cosas.


Entré apresurada, feliz y algo excitada: abrí la guantera; luego, el estuche de los papeles de la embarcación; conté mil ciento cincuenta dólares -algo de dólares- y los volví a guardar en donde los había encontrado. Fui por la ropa; estaba todo seco -incluso el libro. Me puse el short, la musculosa blanca de algodón y el abrigo sobre los hombros. Fui por el bolsito hindú de bambula multicolor; guardé el resto: el traje de baño, los lentes de sol… En el repaso, constaté que estaba descalza y no veía las ojotas por ningún lado. Una, apareció bajo la mesa…, la otra, no. Me asomé y le pedí un momento más, al joven que obedecía y aguardaba, con paciencia charrúa, en el bote a motor. Ni noticias de la ojota. Opté por darla por pérdida porque tenía la certeza que no volvería a navegar en ese barquito por más que haya sido bautizado con mi nombre fileteado sobre un lateral del casco de proa, en azul ultramar. Ni tampoco volvería a ver a Eloy. Ya había experimentado; asumía también, que había cometido un error, pero no era una imbécil. Ese hombre era un riesgo para mí. No habría siguiente vez. Resigné la ojota, pero no estaba dispuesta a resignar el Pan Dulce de la Isla Martín García, de sabor singular, por el agua de río filtrada en cisterna o por la cocción en horno a leña. No. No iba a resignarlo: al fin y al cabo, era uno de los motivos que me había impulsado al Delta, convirtiendo un viernes común de diciembre en un viernes atípico. Fui, entonces, por la vitorinox y con el cutter tajeé una de las cajas. En mi bolsito hindú de bambula multicolor cargué dos, y me lamenté por no haber optado por un bolso más grande para que el robo -y el despecho- fuese aún mayor. Y si Eloy necesitara encontrar una razón, una justificación al exabrupto, podría pensar que me había tratado como una nena, como una puta, como una muerta y como una pendeja; y si no le bastara con eso, entonces, podría recordar que había deseado arrojarme al río.


En la tienda del Yacht Club, compré las únicas hawaianas que había: unas feas, de color flúo, que se oponían a la austeridad de mis viejas ojotas negras. A las dos cuadras me sacaron ampolla. A las diez cuadras, estaba frente a la ventanilla de Buquebus, en el Puerto. Eran las siete y media (ocho y media, hora local). El rápido que partía en quince minutos, ya estaba completo. No me quedó otra opción que sacar para el siguiente, que embarcaba en una hora, que solo tenía disponible Primera Especial, que costaba cuatrocientos cincuenta y cinco pesos mas la tasa de embarque, que pagué con mi tarjeta de crédito sin lamentarme porque no me pareció un alto precio por mi libertad: solo deseaba regresar a casa: pronto.


Fin de los trámites pertinentes.


De pronto sentí como que me desnudaba gradualmente: el short de jean, que hasta ese momento se mantenía adherido a la pierna gracias a la humedad remanente que el lavado había dejado en los bolsillos, ahora se deslizaba hacia abajo, dejando asomar las paletas de la cadera. Recordé el extrañamiento que me había producido la imagen escuálida en el espejo. Hice un cálculo ligero que daba por resultado que hacía como nueve horas que no comía y lo más grave es que estaba inapetente. Aunque sí reconocí una necesidad imperiosa de algo dulce. En uno de esos puestos del Lobby de la Terminal, me compré un pote de medio kilo de Dulce de Leche Conaprole. Tomé una cucharita de una mesa de la Confitería y subí a la Sala Vip de Embarque. Me instalé en unos sillones con la agradable sensación de la pausa para terminar el libro. ¿Existe placer más enorme que sumergirse en la lectura, tirada en un sillón, comiendo Dulce de Leche golosamente del pote? Parece que el hombre creía que sí: aparentaba unos sesenta años, estaba impecablemente vestido con un ambo tipo italiano, cargando un attaché de laptop, un periódico, una bolsa del Duty Free y me decía:


̶ Buenas Noches, ¿la molesto si me siento aquí?


Sí, me molestaba, pero qué le iba a decir; al fin y al cabo se estaba dirigiendo a mí con educación y, encima, olía bien. Me quité la cucharita que colgaba como chupetín de mi boca, me incorporé y le respondí:


̶ No se preocupe, yo ya me iba.

̶ ¿No será que la incomodé? Le pido disculpas, entonces.

– No, no. En serio, ya me iba.

̶ Mejor así -dijo, mientras, con el brazo extendido, me ofrecía una tarjeta personal que había tomado de un bolsillo interior del saco. Siempre es bueno conocer a un abogado que ejerza su profesión en ambas orillas -sentenció.

̶…O malo -dije sonriendo y pensando en el robo, de los Pan Dulce y de la cucharita, que acababa de perpetrar. Su gesto, de buen talante, hizo que recuperara el buen ánimo que creí haber perdido cuando llegó. De mi bolsito hindú de bambula multicolor, tomé una tarjeta personal mía y, en un gesto de reciprocidad, se la ofrecí:

̶ Siempre es bueno conocer a una arquitecta capaz de construir en Punta del Este, una casa de fin de semana.

Y ahí nomás me despedí, a cumplir lo dicho: que “yo ya me iba”, con la tranquilidad de que, después de todo, conservábamos cada uno la tarjeta del otro.


Finalmente terminé el libro junto al pote de Dulce de Leche. Finalmente pisé tierra firme, en Buenos Aires. Finalmente se acercaba el cierre de un viernes de diciembre, larguísimo y atípico, mientras me adelantaba al trajín de viajantes para conseguir un taxi.


Los sabuesos de la Brigada Antinarcóticos comenzaron a enloquecerse en ladridos, traccionando con fuerza las correas que los sujetaban, en dirección a mí. ¿Y a estos perros locos qué les pasa? -Pensé recordando a Bretón, ladrando al aire, atrás en la caja de la camioneta. Se abalanzaron sobre mi bolsito hindú de bambula multicolor y lo tiraron al piso para despedazarlo. Dos Oficiales me apartaron de la escena parándoseme uno a cada lado. Los canes rastreadores llegaron a los Pan Dulce. ¿Qué le pasa a estos perros -dije ahora en voz alta-, no les dan de comer? Del bizcochuelo destrozado, comenzaron a desprenderse, como si fuesen piñones, cantidad de cápsulas bicolor.

APG©

Diciembre 2012

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