Columna La Nación

Publicado originariamente en La Nación

Nos aferramos a las fechas con la falsa promesa de justicia o más bien por la ausencia de ella. Un día como hoy, 17 de enero pero de 2015, el Fiscal Alberto Nisman fue sorprendido en su domicilio, en plena actividad aunque fuera sábado, mientras ultimaba detalles de la presentación que haría el lunes, en el Congreso, en referencia a la denuncia por encubrimiento que involucraba a Cristina Elizabeth Fernández y otros por valerse del Memorándum con Irán para velar la intención de levantar las alertas rojas de Interpol que pesaban sobre un grupo de iraníes acusados de intervenir en el atentado a la AMIA. Las pruebas reunidas por el Fiscal no le valieron de nada. La presentación no pudo concretarse. Fue asesinado de un tiro en la cabeza. Sus apuntes desperdigados sobre la mesa del living quedaron acéfalos a merced del “destino”.
Al día siguiente del magnicidio escribí Mi primo Alberto. No lo había vuelto a leer hasta hoy. Reafirmo cada palabra excepto el remate Será Justicia. Hoy me atrevo a decir que no será. La “Justicia” dejó de ser para mí el ámbito en donde se legitima la verdad. Le perdí el respeto. Yo vi llorar a uno de sus miembros, frente a la tumba de mi primo, asumiendo a viva voz que la Justicia debía hacer un mea culpa. Pues no lo hizo. Ya no necesito de sus procesos para que confirmen lo que sobradamente ya sé. Descreo de ella, o más bien de sus actores, cuando fallan a favor y cuando lo hacen en contra. Hace dos años manifesté y escribí “mi verdad” sobre lo sucedido. Jamás podrá corroborarse. Se obró de manera tal para que jamás pudiese ser corroborado. Y es irreversible.
Más allá de la digresión, me aferro a las fechas y caigo en el lugar común del obituario. Aquí el resultado. Sesgado, claro.

El COJO
La anécdota transcurre en la Antigua Roma, en el ámbito del Mercado. Cuentan que hubo un amo que pretendió desprenderse de su esclavo por considerarlo inservible. Hubo también otro hombre que consideró todo lo contrario: tras observar la mercancía advirtió en él su inteligencia y estoicismo. Para no levantar el avispero, pergeñó una treta y lo adquirió a través de un zapatero. El esclavo se llamaba Epicteto. Su nuevo amo, Nerón. Pero aquí no termina la historia. Poco tardó el anterior dueño de nombre Epafrodito en arrepentirse de la venta al descubrir que el Emperador había convertido a Epicteto en su favorito (como su padre Claudio había hecho con Séneca). Vuelto una furia Epafrodito se presentó ante su antiguo esclavo para comprobar si los valores que se le atribuían eran fundados. Quiso poner a prueba sus ideales: lo sometió a un borceguí de tortura y comenzó a ejercer presión. En lo más profundo, deseaba que el estoico gritara y lo instara, de este modo, a traicionar su impasibilidad.
“De continuar así vas a romper mi pierna” –le advirtió Epicteto.
Lejos de cesar, Epafrodito siguió con más fuerza, con los tapones de punta, hasta que un crujir de huesos hizo sonar el aire. Epafrodito enmudeció. Epicteto se limitó a decir: “Te había prevenido que acabarías rompiéndome la pierna”.
Ahora sí terminó la anécdota. Sin embargo, aún permanece. Y siempre converge en el mismo lugar: esa manía que me es ineludible de razonar la información. Tarski, se preguntaría -y yo me pregunto-, en qué condiciones el axioma “De continuar así vas a romper mi pierna” es verdadero o falso. Diremos que es verdadero sí y solo sí, al continuar Epafrodito la acción, la pierna de Epicteto se rompe, y es falso si no lo hace. Lo trágico fue condición sine qua non para llegar a la verdad.


Imagino a mi primo Alberto riendo. Con esa sonrisa pícara de hoyuelo en las mejillas.
“Esté Nisman o no esté Nisman, las pruebas están”, sostuvo en su última entrevista, apelando a la tercera persona, sabiéndose prescindible. Comprendía sobradamente la elocuencia de su acción y el riesgo de vida que corría. Pero el deber de un hombre es actuar bien más allá de los resultados que pueda obtener. Tal vez porque el único medio de conservar el hombre su libertad sea estar dispuesto a morir por ella. Un precio alto. Sí. Él lo sabía. Murió en su Ley.


La congoja es del que se queda, no del que se va. El que queda arrastra la tristeza muda, cabizbaja, perpetua. Una angustia sumisa, ajena al escándalo. Y un futuro a media asta. Sus pequeñas comprendieron que el haber interrumpido el viaje que compartían por una causa justa e ineludible para su papá, no fue un abandono hacia ellas sino un legado: una enseñanza de vida superior a la de huir cobardemente en el baúl de un auto.


“Lo único a lo cual debemos tenerle miedo es al miedo” (Epícteto)

En la última entrevista que ofreciera el Fiscal Julio Strassera, le preguntaron cómo vivió las amenazas mientras transcurría el Juicio a las Juntas de la última Dictadura, tribunal que él encabezaba.
“A las amenazas no hay que darle importancia -dijo. No es falta de miedo pero, en ese sentido, soy fatalista. Sólo hay que ver los recaudos que se tuvieron con Indira Gandhi y, finalmente, la mató su propia custodia. Cuando tiene que pasar, pasa. Estamos jugados, no hay lugar para tener miedo. De haberlo tenido, hubiera tenido que renunciar. Pero nunca pensé en ello”.


Andrea Paula Garfunkel

 

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