Necrológica de una relación

Episodio 0

No imaginé que a esa vez le seguiría una segunda vez y mucho menos que habría una tercera y que, sin darme cuenta, se iría conformando esta historia; porque para que exista cualquier historia es condición sine qua non la sucesión de hechos y acciones. Veamos: “Un hombre, por equis motivo, sale temprano del trabajo(A); llega a su casa(B), se ve sorprendido con la puerta sin cerrojo(C) y, al llegar al cuarto, descubre a su mujer en brazos de un amante(D), por lo que mata a ambos(E) y se entrega a la policía(F). Una porquería. Pero no se trata de hacer un juicio de valor sino que lo que me interesa, es resaltar el hecho de que en esta sucesión de acciones, es imprescindible que anteceda una para que suceda la otra. Es decir, si el hombre no hubiese salido antes de la oficina, no habría llegado a su hogar en un horario inusual, no se habría sorprendido con la puerta abierta, ni tampoco habría encontrado in fraganti a su mujer, por lo que el crimen no habría tenido móvil aparente, de hecho, no habría ocurrido. Sin embargo, podría ocurrir (A) sin que ocurra (B), pero no a la inversa, porque (B) es posible sí y solo sí, acontece (A). Se podría, sí, concebir la alteración del orden narrativo de los sucesos, aunque no el de índole temporal (salvo -claro- que se tratase de un texto fantástico o surrealista, pero no es el caso de nuestra historia).

Bien pues, volvamos, aprovechando que estás quieto ahí, y comencemos esta historia en el punto cero.

Episodio I · Las apariencias engañan

En sus épocas de juventud Juan Martín consiguió trabajo en una librería de la avenida Corrientes. No era gran cosa si de dinero hablamos, pero fue allí donde tuvo su primer contacto con el mundo literario y con María Paula.

Tenía un buen horario. Flexible, de medio turno, que le permitía cursar regularmente sus estudios en la Universidad. Su labor consistía en mantener ordenados por sección los libros de las repisas y en aparente desorden los apilados en las mesas centrales; además reponía el stock desde el depósito del sótano y recibía las novedades editoriales. Eso era todo, con lo que el resto del tiempo se la pasaba leyendo o preparando exámenes.

Sucedió un viernes, pasadas las cuatro de la tarde. Venía haciendo malabares con una pila de libros cuando vio algo que le llamó la atención. Era una niña, o mujer, o niña-mujer; le calculaba unos quince o dieciséis años; entró a la librería mordiendo con avidez un pezón blanco de chocolate, succionando la leche dulce hasta que, sonrojada por el ruido que provocó el aspirar el vacío, metió de un sopetón el resto de bombón Jackeline en su boca. Se paró frente a una mesa de libros, frotó su mano pegajosa dejando una impronta color cacao en el jumper gris y tomó un libro; pasó algunas hojas ligeramente…, de pronto, lo metió dentro de un bolsillo interno del abrigo, dio media vuelta y se fue. Juan Martín quedó atónito. Inmóvil. Esa niña-mujer no tenía la apariencia de ladrón que él tenía en su mente. Vestía uniforme de colegio privado y se la veía pulcra y saludable. Juan Martín pudo haberla detenido, pero no lo hizo; al fin y al cabo no era su deber cuidar a la librería de arrebatos de ladrones ocasionales y además, él no pensó que llevarse un libro podría considerarse un robo.

Enorme fue su sorpresa cuando, pasada una semana, exactamente el viernes siguiente alrededor de las cuatro, la vio entrar nuevamente a la librería. La siguió con la mirada escondido tras un libro que simulaba leer, sin que ella se percatase. La niña-mujer se acercó a la misma mesa de donde había tomado aquel ejemplar una semana atrás; se separó el abrigo, extrajo el libro y lo colocó en la misma posición en que lo habría encontrado la semana anterior. Juan Martín no salía de su asombro y no le quitaba los ojos de encima. Ella recorrió la mesa dando una vuelta y media alrededor, mirando las tapas con atención. Se detuvo frente a otro, lo tomó, lo hojeó, lo ocultó nuevamente en el abrigo y se marchó. Otra vez, él la vio irse sin hacer nada. Al fin y al cabo no podía considerarse un robo.

Al viernes siguiente, un rato antes de marcar las cuatro, Juan Martín ya estaba ansioso esperándola. Tenía la certeza que aparecería a devolver el libro y posiblemente tomar otro. No se equivocó.

Este proceso se transformó en rutina por casi un año. El único cambio que él percibió fue que, al acercarse la primavera y no estar provista de abrigo, ella colocaba el libro semanal en un bolsillo del jumper. Gracias a las altas temperaturas Juan Martín comenzó a reconocer su figura. El uniforme de media estación acortaba los ruedos, levantaba las mangas de la camisa y permitía escabullirse en los escotes desabrochados. A Juan Martín le intrigaba y le gustaba. Hasta le puso nombre. La llamó Alma. Pero jamás se acercó a hablarle porque tenía miedo que ella dejara de leer. Había hecho un cálculo ligero que daba como resultado que Alma llevaba leídos alrededor de cincuenta libros. Del mismo cálculo infería que la había visto alrededor de cincuenta veces. Un día simplemente dejó de venir. Faltó a la cita implícita que nunca habían pactado. Juan Martín la espero viernes tras viernes, a las cuatro en punto. Incluso, cuando dejó de trabajar en la librería, siguió yendo todos los viernes, un poco antes de las cuatro y se quedaba esperando a que ella apareciera parado en la vereda de enfrente, contemplando a través de los autos. Nunca más la volvió a ver; no hasta casi diez años después, cuando descubrió a Alma mujer en el Museo del Prado. Fue cuando supo su verdadero nombre: se llamaba María Paula.

Episodio II · Una temporada en Europa puede cambiar tu vida… Para siempre.

Situémonos ahora al otro lado del océano, más precisamente en Madrid. María Paula ya había estado en Europa en tres oportunidades durante su adolescencia, en tiempos de giras deportivas, y una vez más, ya adulta, en viaje de luna de miel. Ésta era la quinta vez, pero la primera que viajaba sola, asomando los treinta.

Las jornadas a las que había asistido en la ciudad de Barcelona por disposición de la empresa multinacional en donde ella se desempeñaba en el área de diseño, habían durado quince días muy intensos, así es que planificó, antes de su regreso y aprovechando que tenía pago el pasaje, pasar una semana en Portugal, país que le había quedado pendiente de recorrer en viajes anteriores y deseaba conocer. El destino quiso -o más bien los cambios absurdos de último momento de las aerolíneas- que su vuelo hacia Lisboa partiese desde Madrid, por lo que había arribado a la ciudad a media mañana y decidido pasar la tarde en el Museo del Prado hasta la hora de despegue. Lo que no tenía previsto de ningún modo era encontrarse con Juan Martín; ni que hablar que ni siquiera sabía que ese era su nombre porque, para ella, siempre había sido el prestador de libros. Fue justo un viernes, un viernes en que las calles de Madrid yacían blanquecinas por una nevisca helada. Esta vez el escenario no fue la librería de la avenida Corrientes del mismo modo que ellos tampoco eran los mismos, o tal vez sí conservaban algo intacto y hayan sido sus vidas las que se habían acomodado. Sea cual fuere el razonamiento que se elucubrase, Juan Martín quedó estupefacto cuando vio a Alma parada de espaldas frente a un Goya. Aún de revés, ella percibió un algo; tal vez una fragancia que irrumpió penetrándole más y más a medida que él se acercaba, hasta que impulsivamente volteó. Quedaron quietos frente a frente por el lapso que dura una eternidad. La Maja Desnuda pasó a un segundo plano. Poco importó. María Paula jamás había imaginado que volvería a toparse con el prestador de libros. Había decidido olvidarlo, quizá para no anquilosarse, quizá para volver a sentir el placer de conocerlo. En cambio, Juan Martín había esperado toda la vida reencontrarse con Alma. En ese momento ambos coincidieron, implícitamente, en callar los episodios vividos tiempo atrás. Había quedado un pacto secreto, de silencio, y ninguno de los dos estaba dispuesto a romperlo en esa instancia. Estuvieron un buen rato reconociéndose. Habían pasado algo más de diez años. Juan Martín escaneó su cuerpo (se sintió desnuda, pero se dejó), lo adivinaba lleno de energía y firmeza: pechos aún adolescentes, muslos duros y el trasero erecto. Permanecieron sin hablar por el lapso que dura otra eternidad. Aún así, tardaron nada en entenderse. Se mezclaron en el tumulto de una visita guiada siguiendo el capricho del recorrido sin prestar atención a las imágenes que devolvía la pared. Frente a Las Meninas la besó. Ella respondió con dulzura al estímulo. Luego la arrastró detrás de una escultura de los Leoni, debía ser del S. XVI, donde la apretó contra su cuerpo sorprendiéndola con una contundente erección atrapada bajo la bragueta del pantalón de franela. El idilio se vio interrumpido por un tour de japoneses. Y así nomás se fueron, a oponer su calentura a una tarde helada y gris. Y cuando tempranamente los sorprendió la oscuridad en una callejuela angosta, se fueron de tapas y tinto mientras un asiento del Boeing, más precisamente el 14B pasillo, quedaba libre en vuelo hacia Lisboa. Fue en una suite del Palace, en donde ávidos se rozaron brutalmente la piel. Y se sintieron libres y lejos de los compromisos que ambos tenían en Buenos Aires. Y recorrieron juntos Europa, amándose en Praga, Brujas, o Berlín. Fue un romance en gira de poco más de dos semanas. Y regresaron. Y esta parte vos la conocés bien porque fuiste vos quien recogió a María Paula en el aeropuerto, en donde la envolviste en un abrazo y la asististe al verla aparecer tan sola, con paso desequilibrado que erróneamente atribuiste al peso de su equipaje. Pero antes de eso, aún en el aire, ellos habían pactado -esta vez a conciencia- simular olvidar lo sucedido para siempre por el bien de ambos y de la realidad cotidiana que esperaba a cada uno en tierra. Por eso María Paula se había negado a darle algún dato suyo en Buenos Aires, y por eso también, cuando Juan Martín, en un recorte de block de hotel, anotó su teléfono y se lo entregó, ella, argumentando que si se lo quedaba, él estaría pendiente esperanzado en un llamado que nunca existiría, se lo devolvió cerrándole el puño para retener el recorte allí dentro, en el gesto más noble que Juan Martín jamás le haya visto. Fue el último contacto antes de tomar rumbo cada uno por su lado hacia la vida real.

Episodio III · Recuperando recuerdos

María Paula había dormido tres días de corrido a su regreso de viaje -hecho que vos atribuiste al jet lag-, por lo que éste era su primer día de trabajo en más de un mes. Desperdició la mañana intentando readaptarse al ritmo de la rutina laboral pero su dispersión era tal que, impulsivamente y mintiendo un almuerzo con un cliente, salió de su oficina a tan solo un par de horas de haber llegado. Aunque su vestimenta se oponía a la practicidad de otra ropa más cómoda y acorde a una caminata, se echó a rodar por la avenida, en línea recta, desde el bajo, desde el punto mismo de su nacimiento. Emprendió la subida sin sentir el esfuerzo, atravesó el microcentro, pasó por alto la peatonal, ignoró la desfachatez de las marquesinas, todo en marcha rápida. Sólo se detuvo en el stop del semáforo de la Avenida 9 de Julio, en donde se abstrajo mirando a esa bestia blanca y pura, flagrantemente erecta hasta que la luz le dio paso y, poco después, volvió a hacerlo -a pararse en otro stop- en la Avenida Callao. Fueron más de veinte cuadras hasta detenerse en una que se numeraba dos mil cien.

Alguna justificación debe haber para que un narrador -en este caso yo- elija escribir el transcurso de diez años en lo que quepa en una línea, y convertir el lapso de minutos que demora una caminata en un episodio que abarque varias páginas. Es importante comprender esto: probablemente, la razón sea que, en algunos casos, una acción singular tiene más contundencia que una vida entera. El caso es que María Paula había recorrido en línea recta, las veintiún cuadras como una autómata, careciendo de un destino fijo, es decir, sin motivo aparente -al menos, no de manera consciente-, y se detuvo allí… en la puerta del local de comidas rápidas. El comedero atestaba de adolescentes: estudiantes en guardapolvo, unos; en uniforme, otros. Y se figuró ese hábitat mucho tiempo atrás, cuando esa arquitectura era otra. Superpuso las imágenes del antes con las del ahora: en el espacio que hoy abarcaba la línea de cajas, había habido un tabique con libros de piso a techo, segmentados por género (historia universal y filosofía, se ubicaban en esos estantes). Todo se veía y olía distinto. Entró y se sentó en una silla premoldeada en plástico rígido de color naranja, en el lugar en donde supo haber una mesa central repleta de libros. Entonces se vio a ella misma, a ella adolescente, vestida con un jumper gris, dando vueltas alrededor de esa mesa. Instintivamente palpó su costillar, como buscando algo y fue como si hubiese encontrado el libro que nunca había devuelto a su sitio. Porque no pudo, porque ese libro Dailan Kifki, de María Elena Walsh, en una edición muy vieja, la primera, la del año ´66- conservaba la voz de su padre recitándolo para ella. Recordó también que le había escrito una nota al prestador de libros en donde daba las explicaciones de su deserción, aunque no había tenido el coraje de dársela, y que conservó entre la tapa y la primera hoja del libro. El papel debiera haber sufrido el paso del tiempo, probablemente se encuentre ajado y amarillento, pero con seguridad conserve escrito en pulso infantil:

Señor prestador de libros,

gracias y perdón.

Gracias, por no decir nada y dejarme leer.

Perdón, por desaparecer y robarme este libro.

Señor prestador de libros,

no quiero dejar de verlo,

pero no puedo desprenderme de este libro,

y si regreso usted va a esperar que lo devuelva,

por eso no voy a volver nunca jamás.

Señor prestador de libros,

gracias y perdón.

M. P.

Recién registró que lloraba cuando un joven, vestido con camisa a rayas y una gorra roja, le preguntó si se encontraba bien. Al ver que María Paula se recomponía secándose las lágrimas desteñidas de rimel, le dijo si deseaba que le tomase el pedido y se dispuso a apuntar, sobre un block en dónde sólo se admitían las equis, lo que ella le solicitara. Pero María Paula se reincorporó y bajó por una escalera señalizada en dirección a los baños, que era la misma por la que, una década atrás, lo veía aparecer a Juan Martín, cada viernes alrededor de las cuatro, oculto tras una pila de libros. Entró a un cubículo y se sentó sin desvestirse, tan solo para sostenerse, para sostener lo que sus piernas no conseguían mantener en pie. Siguió trayendo el pasado que había decidido olvidar hacía tiempo porque dolía, porque duele. Mientras olía a papel quemado recordó la vez que había visto llorar a su padre. María Paula era muy chica pero ahora, por primera vez, se acordaba bien. Ese día él estaba en su estudio, sentado en el piso rodeado de cajas que llenaba con los libros que sacaba de la biblioteca. Una biblioteca inmensa que supo cubrir todas las paredes hasta ese día: el día que vio llorar a su padre. Él llenó las cajas hasta vaciar los estantes por completo. Durante toda esa noche cargó los bultos hasta el baldío de enfrente. Allí hizo una fogata que olía a papel, a papel quemado. Como si el hollín le picase en la nariz, María Paula estornudó. Sus mocos se mezclaron con sus lágrimas. Le dolían los ojos. Ahora entendía el porqué había ido tomando uno a uno los libros que recordaba haber visto en la biblioteca de su padre…, y porqué los iba devolviendo a la librería luego de leerlos. Le había quedado el temor a armar una biblioteca por toda una vida y luego perderla. Lo había descubierto; por fin vio todo con claridad. Sin más nada por llorar, vuelta al presente y dándose cuenta que casi tres horas era un tiempo razonable para un almuerzo con un cliente, subió a un taxi y, mientras tomaba un espejo y un labial de su bolso para retocarse, indicó al conductor el cruce de calles en donde estaba su empresa.

Episodio IV · Lunes en casa de él, jueves en casa de ella

Era una rareza encontrar, en plena Buenos Aires, a la calle cubierta de una delgada nevisca. Era una rareza también, entonces, salir con guantes de cabretilla y piel, esos que María Paula había heredado de su madre y que usó por primera vez en una gira deportiva por Europa. Era un objeto preciado que conservaba y que solo utilizaba para viajar. María Paula acarició el par de guantes antes de colocárselos recordándola a ella y también a él, porque era en compañía de Juan Martín con quien los había usado por última vez en Madrid. De eso habían pasado ya dos años. Dos años sin verlo -a él-, dos años sin usarlo -al par de guantes-. En el común de las personas, asociar un objeto particular a un sujeto determinado es algo habitual; en María Paula, era otra rareza. Ella había decidido olvidarlo y, como todo lo que se proponía, lo consiguió…, hasta este episodio en el que se estaba calzando los guantes para salir a almorzar en un día helado más propicio para pedir delivery en la oficina que para deambular. Pero María Paula deambuló, sin rumbo fijo, como aquella vez. En esta ocasión le apeteció el bajo en dirección al Sur. Tal vez por las construcciones antiguas estilo europeo salpicadas de un nevisca leve, tal vez por los guantes… El asunto es que, sin tenerlo previsto -al menos, no de manera consciente- se encontró frente al edificio del diario en el que Juan Martín se desempeñaba como editor. No entendía que hacía allí, ni tampoco podía afirmar que estaba en busca de algo. La personalidad de María Paula se sostenía en el autocontrol; ese era su mecanismo de protección, de preservarse vaya uno a saber de qué…, salvo cuando impulsivamente le sucedían arranques como el de ese día en particular. Estuvo parada como estatua viviente por un buen rato. Estaba irreconocible: llevaba un abrigo hasta los tobillos, gorro, cubre ojeras, guantes, bufanda y lentes, de tal modo que lo único que asomaba al contacto del aire helado era su nariz, totalmente morada, consecuencia de llevar como cuarenta minutos estática en un mismo lugar, por eso fue ella quien reconoció a Juan Martín mientras éste se subía la solapa del sobretodo en la puerta del edificio. Olvidé decir que era lunes. Es relevante aclarar esto, porque los lunes fue el día en que acordaron verse en la casa de él y, para ser equitativos -así fue el planteo-, los jueves sería en lo de María Paula. Ambas casas permanecían vacías durante el día. Hasta llegaron a bromear con arrendarlas temporalmente, without bed, but breakfast, y se reían. Hubo una vez, el primer jueves en casa de María Paula, en que ocurrió algo que ambos coincidieron en que había sido el episodio detonante que los había afianzado en relación: Ese jueves, ni bien entraron al departamento, María Paula se ocupó de levantar las persianas y correr las cortinas que, de no haber llegado ellos, hubieran permanecido cerradas hasta la noche, momento en el que también quedaban cerradas, con lo cual, no era habitual que se abrieran, salvo los fines de semana. La claridad permitió ver un estar acogedor ambientado con buen gusto. Mientras ella siguió por los cuartos buscando clarear ambientes, él quedó en el living, paralizado frente a una biblioteca que cubría toda la pared. Todos los estantes estaban vacíos. Absolutamente nada, salvo… un libro, sólo uno, donde habrían cabido miles. Resaltaba por su desamparo. Juan Martín se dejó tentar, no pudo evitarlo, y lo tomó. Entre la tapa y la primera hoja encontró un papel amarillento y resquebrajado. A pesar de ello, alcanzó a leer lo que allí estaba escrito en pulso infantil. Cuando Juan Martín terminó, María Paula, su Alma, estaba inmóvil frente a él. Hacía esfuerzos por contener una lágrima en forma de panza que luchaba por soltarse, hasta que finalmente se sublevó y se deslizó por sus mejillas. Se abrazaron. El pacto ya estaba roto.

Fue ese mismo jueves, en el que María Paula pudo hablar de sus padres y, sobre todo, escuchar, porque Juan Martín resultó saber más de la militancia de ambos que lo que ella misma nunca había podido oír. A partir de ese momento, comenzó un ritual en el que Juan Martín le regalaba un libro cada jueves. No soy bueno con las matemáticas, pero algún lúcido sabrá calcular cuántos libros cargaba acumulados esa biblioteca en los tres años que llevaban de relación. Los suficientes para cubrir varios estantes, no todos. La biblioteca nunca llegó a completarse.

Episodio Final

Es agosto. En este hemisferio, eso se traduce en frío húmedo; en la celda, se siente aún más. Es de noche y aunque el espacio es un prisma negro, una luz hiriente que proviene del pasillo se inmiscuye por la rendija superior formando una geometría sobre tus pupilas. El insomnio, entonces, se repite noche a noche invirtiendo el orden del sueño. Leer, gracias a la complicidad de esa raja de luz, es lo único que reconforta el extrañarla tanto; en esos momentos te persigue siempre la misma duda y te preguntás, qué habría sido de tu vida hoy si las cosas se hubiesen sucedido distintas, si no hubiera acontecido el primer eslabón en la cadena y luego, maldecís el día -precisamente el jueves- en el que se te ocurrió salir temprano del trabajo para tomarte la tarde libre.

APG©


2 comentarios to “Necrológica de una relación”

  1. Que hermosura! Me encanta esta historia y como esta narrada…¡Quiero saber más de Paula y Juan Martín!

  2. Que interesante el “mundo literario” en el que se encuentran y dessencuentran ella y él
    Deby

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