Tercera derrota (1941)

El idioma de los muertos

Con la turbación con que se pronuncia un sortilegio, Juan Senra, profesor de chelo, dijo sí y, sin saberlo, salvó momentáneamente su vida.
—¿De verdad le conoció? —preguntó el coronel Eymar, sacudiendo su somnolencia e iniciando un gesto de aproximación al acusado, algo parecido al interés de un entomólogo que se fija en algo diminuto que se mueve.
—Sí.
—¡Sí, mi coronel! —tronó atiplado su coronel.
—Sí, mi coronel.
Juan Senra llevaba en pie desde el alba, vestido con un mono azul y un jersey raído que dejaba entrar el frío y manar el miedo. Su extremada delgadez, la nuez que saltaba asustada cada vez que tragaba saliva y un abatimiento que enarcaba sus espaldas hasta hacer de él algo convexo, le habían convertido en una cicatriz de hombre incapaz ya de fijar la mirada sin sentir náuseas.
—¿Dónde?
—En la cárcel de Porlier.
El coronel Eymar era diminuto. Sus manos asomaban por las bocamangas lo justo para tener siempre un cigarrillo encendido en la punta de sus dedos índice y anular que terminaban en unas uñas color ambarino sucio, como soasadas por el calor del tabaco. Un pescuezo enjuto de ave de mal agüero sobresalía por el alzacuellos que coronaba su guerrera demasiado grande, demasiado raída para pertenecer a un guerrero. Sin embargo, como contraste viril a tanta decrepitud, un bigote fino y horizontal, perfectamente paralelo al suelo le dotaba si no de fiereza, de cierta incapacidad para la sonrisa. Además, medallas, una panoplia de medallas que más acorazaban su pecho que lo honraban.
—En la cárcel de Porlier, ¡mi coronel! —ordenó tajante.
—En la cárcel de Porlier, mi coronel.
—¿Cuándo?
—Le trasladaron de la checa de Chamberí en mayo de 1938. Mi coronel.
Aunque el tribunal lo componían tres militares, el capitán Martínez y el alférez Rioboo dejaron de hacer preguntas y se relegaron en los respaldos de sus sillas otorgando con este gesto todo el protagonismo a su superior jerárquico.
Junto al acusado, que sólo el rigor del miedo lograba mantener enhiesto, el teniente Alonso, que ejercía cansinamente de secretario del tribunal, distraído por las respuestas del reo, interrumpió momentáneamente sus abigarrados dibujos de banderas superpuestas unas sobre otras creando un campo infinito de estandartes drapeados como si jamás hubiera existido el viento. Estaba sentado en un pupitre escolar y, quizá debido al mueble, mantenía una postura de alumno aplicado. Miró al coronel Eymar y, al no encontrar su mirada, inmediatamente se entregó de nuevo a la densa labor de sombrear la moharra que coronaba la pica de la última bandera dibujada. Era albino y grueso, cualidades éstas que suelen ser contradictorias pero que en este caso coincidían para dar al teniente Alonso cierto aspecto de muñeco de nieve.
—Y usted se llama…
Juan Senra dijo su nombre, calló su graduación y explicó que había pertenecido al cuerpo de enfermeros del servicio de prisiones. No era toda la verdad, pero no mentía. «En 1936 yo estudiaba en el conservatorio y tercero de Medicina y por eso me adjudicaron esté servicio. Mi coronel.»
Pero su coronel no le estaba prestando demasiada atención porque buscaba en la lista que tenía ante sus ojos el nombre del acusado. No estaba ganando tiempo, no lo necesitaba, pero quería saber algo más de ese vencido al que iba a condenar a muerte y había conocido a su hijo. Juan Senra Sama, masón, organizador del presidio popular, comunista, soltero y criminal de guerra. Nacido en Miraflores de la Sierra, Madrid, en 1906. Hijo de Ricardo Senra, masón, y de Servanda Sama, fallecida.
—¿Y habló con él?
—Sí, en varias ocasiones. La última el día en que fue fusilado.
—¡Mi coronel! —insistió el coronel a pesar de su zozobra.
—En varias ocasiones, mi coronel.
Y. entonces el pensamiento turbio de Eymar cristalizó aristado y punzante como los añicos de la loza trizada. Todas las mañanas, cuando su mujer, Violeta, le ayudaba a calzarse el tabardo desvaído sobre sus desvaídas espaldas, le repetía «Acuérdate de Miguelito». Mientras su asistente le trasladaba en el sidecar hasta el tribunal de Represión de la Masonería y el Comunismo que presidía, pensaba en Miguelito. ¿Cómo iba a olvidar a Miguelito? El héroe de su estirpe que había muerto sólo para ser vengado.
El hábito de acortar los trámites procesales le impedía detenerse en sutilezas, porque la justicia militar se resuelve sin colores y, quizá por eso, se sonrojó cuando informó al reo de que Miguel Eymar era su hijo.
—¿Y de qué habló?
—De usted, mi coronel.
—¡De usía, mi coronel! —corrigió agriamente el militar desvencijado para dejar bien sentado que era juez antes que padre.
—De usía, mi coronel —repitió mansamente Senra.
El tiempo se detuvo unos instantes. Los tres miembros del tribunal permanecieron inmóviles, presos en un fogonazo de silencio y quietud que sólo desdecía un tenue temblor en la barbilla de Eymar. La nuez de Juan subiendo y bajando cada vez que buscaba saliva para aliviar la sequedad de su boca era lo único que se movía en aquella sala.
—¿Y de la patria habló? ¿Habló de España? —preguntó sólo para disimular la ansiedad que trepaba por su garganta atiplando aquella voz autoritaria con los balbuceos que preceden al llanto.
Senra sintió cierto miedo al introducir algo de verdad en sus respuestas, como si el contraste pudiera delatarle, pero admitió que de España no, mi coronel. Y el tiempo recuperó su curso: el secretario albino volvió a dibujar banderas y los miembros del tribunal se miraron cómplices apoyados los tres en los respaldos de sus sillas concediéndose unos instantes para reflexionar. Habían interrogado y condenado a muerte a cientos de enemigos de la patria y a todos ellos se les había preguntado en algún momento si habían conocido a Miguel Eymar. La respuesta siempre había sido la misma y ahora, de repente, no sabían qué hacer con la contestación de Juan Senra.
El alférez Rioboo, meritorio de más altos designios, atajó con un oye tú, rojo de mierda, ¿quieres explicarte o te mandamos a la Almudena ahora mismo? Para terminar con una mirada sumisa al coronel buscando una aprobación que obtuvo emboscada en un silencio autoritario y perplejo.
El secretario inane ya no dibujaba banderas pero mantenía la mirada sobre los papeles que tenía en el tablero inclinado de su pupitre. Juan Senra también necesitaba tiempo para reconstruir un recuerdo sin memoria porque ni la debilidad ni el pánico conseguían que olvidase la verdadera historia de Miguel Eymar.
Una fotografía del general Franco con gorro cuartelero colgaba, sonriente y fiera, de la pared del fondo junto a un crucifijo de madera. Aquella sala vacía, antes aula escolar a juzgar por el enorme encerado que cubría la pared del fondo, recogía el sonido de una actividad enérgica en el exterior que se traducía en el eco incesante de portazos, órdenes tajantes y pasos apresurados. Pero allí dentro prevalecía el silencio. Los tres soldados de custodia permanecían como estatuas al fondo del aula, no como estatuas guerreras sino con la inmovilidad de la fatiga, sin épica.
Juan recordó demasiadas cosas al mismo tiempo y sintió demasiados miedos para seguir enhiesto. Apoyó una mano sobre el pupitre del secretario que estaba a su derecha, tratando de no dejarse llevar por el vértigo, pero un manotazo inmisericorde del ilustrador de estandartes le hizo perder el equilibrio y caer de costado sobre el cuaderno. Recibió otro golpe, esta vez en la espalda, mientras el albino le gritaba que tú firmes, hijo de puta. Podía haberlo hecho más rápidamente, pero se incorporó con una premiosidad dolorosa. Sí, señor, acertó a decir. Se dejó caer con la suavidad de los párpados del bebedor de éter y quedó tendido en el suelo, enrollado sobre sí mismo como un bejuco.
Hacía mucho frío.
En parte el hambre, en parte el dolor, en parte el miedo, en parte su condición de vencido, mantuvieron a Juan Senra en un estado de semiinconsciencia en el que penetraban los movimientos, pero no las palabras. Dos hombres le arrastraban por los pies hasta un lugar húmedo y oscuro donde había otras personas inmóviles. La puerta se cerró con estruendo y, antes de perder completamente el sentido, alguien le pasó un brazo por la espalda, le levantó suavemente y le preguntó Juan, ¿qué te han hecho? Se sintió protegido cuando oyó que le llamaban por su nombre y se dejó rodar por la inconsciencia.
Cuando le trasladaron al anochecer junto con una reata de presos a la cárcel, no supo bien por qué todos fueron enviados a la cuarta galería y él, sin embargo, a la segunda. La cárcel tenía una jerarquía perfectamente establecida: en la segunda galería esperaban los que iban a ser condenados a muerte, en la cuarta contaban los minutos quienes ya habían sido condenados. De los casi trescientos hombres que se hacinaban en el corredor habilitado como celda colectiva, más de la mitad le rodearon al verle entrar acosándole con preguntas que pretendían explicar lo inexplicable. ¿Te han absuelto? ¿Qué te ha pasado? ¿Cómo te has librado? ¿Qué te han hecho…? Tenía que haber una razón muy poderosa para regresar a la segunda galería.
—No sé, me he desmayado y me han traído aquí otra vez.
—¿Te han torturado?
—No, ha sido el miedo, me imagino.
Si hubiera tenido aliento suficiente, habría tratado de explicar lo sucedido, pero no superó el pudor y guardó silencio. Cuando algo es inexplicable, aventurar una razón plausible es lo mismo que mentir porque los que necesitan administrar verdades suelen llamar a la confusión mentira. Por eso guardó silencio, para que Eduardo López pudiera clasificar los hechos sin tener que comprenderlos.
Eduardo López era miembro del buró político del Partido Comunista y su trabajo como organizador de la resistencia de Madrid le había granjeado cierta popularidad durante los últimos meses de la guerra. Fue hecho prisionero en el frente Sur y no tenía la menor duda de cuál era su destino. Pese a ello, trataba denodadamente de organizar la vida entre los presos, de distribuir las tareas de asistencia a los más desesperados y, sobre todo, de dar una razón política a sus sufrimientos.
Para ello, mantenía cierta disciplina en las conversaciones colectivas que él mismo propiciaba, exigía a los más formados que dieran charlas sobre temas que pudieran entretener a los prisioneros y utilizaba como lenitivo de tanta desesperación la idea de que estaban allí por defender algo justo. A nadie le servía de consuelo, pero todos agradecían que hubiera alguien que quisiera mantener vivas aquellas almas muertas.
Como él dio por buenas sus respuestas, aquellos hombres pálidos, demacrados, ateridos de frío, dieron su curiosidad por satisfecha. El miedo explica casi todo.
Juan Senra fue a acurrucarse junto a sus compañeros conservando la escudilla de aluminio contra su pecho. Era la señal de que todavía comería otra vez y eso era algo muy parecido a estar vivo. El dolor del golpe que le propinó el albino se desvanecía entre un sinfín de dolores y, además, la memoria le acuciaba con otras penas tan estériles como la melancolía.
Había escrito a su hermano para decirle adiós sin despedirse y lamentaba haberlo hecho. Tenía muchas cosas que decirle y, sin embargo, se había limitado a enumerar recuerdos compartidos como si la complicidad estuviera sólo en la memoria. Ahora que había comparecido ante aquella parodia de tribunal, ahora que había visto la boca del infierno, supo que fue un error no hablar de los afectos.
Añoró a su hermano adolescente, ajeno a todo, capacitado ya para observar todos los horrores e inepto aún para incorporarlos a su vida.
El silencio se impuso sobre el silencio y todas las conversaciones se diluyeron en una oscuridad llena de resonancias distantes. Hasta el alba no volvería a haber vida y la vida iniciaba siendo heraldo de la muerte. Sabían que a las cinco de la mañana comenzarían a oírse nombres y apellidos en el patio y que los nombrados subirían a unos camiones para ir al cementerio de la Almudena de donde nunca volverían. Pero esos nombres eran sólo para los de la cuarta galería, a ellos, los de la segunda, les quedaba un trámite: pasar ante el coronel Eymar para ser irremisiblemente condenados, lo cual significaba tiempo y el tiempo sólo transcurre para los que están vivos.
Sabían por el alférez capellán que no todos los condenados a muerte eran ya fusilados. Intervenciones de familiares, recomendaciones especiales, gestos arbitrarios de gracia, iban reduciendo el número de ejecutados a medida que pasaban los meses. Se sabía de muchos que iban de la cuarta galería a la Prisión de Dueso, o a Ocaña o a Burgos. Por eso sólo pensaban en que pasara el tiempo, que discurriera todo lo lenta y brutalmente que quisiera, pero que hubiera una semana más, un día más, incluso una hora más. Seguramente ésa era la razón por la que todos intentaban pasar desapercibidos, desleídos en el gris sucio de las paredes de la celda colectiva.
Los primeros meses, cuando todavía el frío estaba fuera de sus huesos, había siempre alguien que, encaramado a los barrotes de la ventana que daba al patio, gritaba ¡Viva la República! cuando los de la cuarta, al amanecer, iban subiendo a los camiones. Adiós, compañero, adiós, amigo. Te vengaremos. Sin embargo, poco a poco, esos gestos se fueron apagando, se hicieron oscuros como se fue oscureciendo el alba.
Al día siguiente Juan Senra no fue llamado a juicio. Fueron otros y ninguno regresó. Juan comió dos veces más aquel sopicaldo templado y ayudó a despiojar a un muchacho imberbe que se estaba llenando de pústulas la cabeza a fuerza de rascarse. Como sigas así te vas a quedar calvo, le dijo. El muchacho adujo algo sobre la calavera que Juan Senra no entendió, pero sonrió como si le hubiera hecho gracia. Alguien le dijo que el cabo Sánchez tenía una lendrera y se aplicó con esmero a rastrillar las liendres del muchacho, que, en agradecimiento, le enseñó la foto de su novia.
—Está buena, ¿eh? Es segoviana, pero vino a servir a Madrid y ya ves… —E hizo un gesto procaz y tierno al mismo tiempo.
No pudieron continuar la conversación porque alguien reclamó su presencia junto a la verja de entrada. Un cabo primero envejecido por el miedo y desdentado por el hambre le devolvía un sobre abierto con una dirección escrita a lápiz. Era la carta que Juan había escrito a su hermano antes de comparecer ante el coronel Eymar. Ahora se la devolvían abierta y tachada.
—Esta carta no se puede enviar. Tienes suerte si todavía puedes escribir otra.
—¿Quién lo dice?
—El alférez capellán.
Menos «Querido hermano Luis» y «acuérdate siempre de mí, tu hermano Juan» todas las frases habían sido tajantemente tachadas, incluso aquellas que hablaban del frío y de la salud precaria, de la dulzura de su madre muerta o de los chopos en las alamedas de Miraflores. No había espacio para lo humano. Era como si no le dejaran despedirse.
Regresó junto al muchacho de las liendres, bromeó acerca de su caligrafía y continuó la tarea interrumpida.
Juan observó sus manos, incapaces de devastar aquella pelambrera llena de piojos. ¿Cómo pudieron alguna vez recorrer con precisión el glisando tras el que se ocultaba Bach? Ahora los sabañones habían eliminado cualquier destreza. Ya sólo eran hábiles para la lendrera. Aun así intentó un gesto de ternura sobre la coronilla del muchacho imberbe, que no hizo nada por eludirle. Charlaron.
Se llamaba Eugenio Paz, tenía dieciséis años y había nacido en Brunete. Su tío era el propietario del único bar del pueblo, donde servía su madre, que, aun siendo la hermana del propietario, recibía un trato humillante a pesar de su abnegada dedicación a la cocina y a la limpieza del local. Como el campo la nieve tenía que tenerlo. ¡En un pueblucho de mierda! Cuando estalló la guerra esperó a que su tío tomara partido para tomar él el contrario. Fue así como proclamó su fidelidad a la República.
Tenía el aspecto de un niño incapaz de envejecer. Como si la sombra desarrapada de aquella prisión no le afectara, no había en su rostro atezado nada rectilíneo, nada angular, porque la severidad y la tristeza también le estaban negadas. Rechoncho y de mediana estatura, hablaba siempre frunciendo los labios, como si se arrepintiese de decir lo que decía. Pero no era así, porque sus ojos azules miraban fijamente los de su interlocutor convirtiendo cualquier banalidad en verdades como puños. Algo amigable y tierno se desprendía de cada una de sus frases, que, inevitablemente, trufaba de casticismos y sucedáneos de blasfemias.
Participó en la guerra como quien juega, sólo para que no ganara el adversario, sin ideales, sin pensar en las razones de su toma de postura. Y, como en un juego, cumplió las reglas hasta el final, disparando como francotirador cuando las tropas de Franco entraron en Madrid llevándose por delante a todos los que se encontraban a su paso. Desde las azoteas de los edificios acosaba al ejército contrario con estratagemas de francotirador que mantuvieron en jaque a los vencedores hasta el tercer día de la Victoria. Al final le detuvieron, pero no haciendo la guerra sino violando el toque de queda impuesto por las nuevas autoridades cuando iba a ver a su novia, que le esperaba en un portal del barrio de Salamanca donde habían instalado su tálamo nupcial apasionado, oscuro, frecuente y silencioso.
Aun así, estaba satisfecho porque mientras disfrutó de libertad dispuso de tres días de juego en los que él puso las normas, dictaminó quién era bueno y quién era malo, juzgó y absolvió, condenó y ajustició, de acuerdo con un reglamento que, creía, otros habían inventado.
Ahora, ya en la cárcel, sabía que todo lo ocurrido se llamaba guerra y que él, a pesar de su habilidad para escabullirse por los aleros de las casas, de su agilidad para saltar de tejado en tejado, de su satisfacción cada vez que disparaba a un contrincante, ahora, había aprendido que aquello era una derrota. Y lo que más sentía era que su novia segoviana estaba embarazada. «Como es una paleta, igual se cree que me he liado con otra…», concluía con nostalgia.
Juan supo que, en otras circunstancias, le hubiera tomado cariño. Ahora se conformaba con su compañía, que era algo suave y primordial entre la viscosidad de la tristeza colectiva. Como si hubiera perdido al marro, Eugenio no pensaba que los contrarios eran sus enemigos. Esta vez le había tocado perder a él, pero ganaría en otra ocasión. Era como un juego de azar, sin revancha ni culpables. «No tengo el mal perder de todos estos.»
Al día siguiente Juan fue el primero de la lista. Resultaba tan arduo conseguir papel y lápiz que no había podido despedirse de su hermano. Esta vez la muerte le pareció precipitada.
Junto con los nombrados formó una fila que descendió hasta el patio donde les aguardaba una furgoneta celular para trasladarles al tribunal del coronel Eymar. Todos pasaron antes que él y todos volvieron condenados a muerte. Cuando le correspondió el turno, Juan Senra acudió dócilmente a su cita con el tribunal. ¿Cómo se mata a un muerto? Esa idea le otorgó un gesto inesperado de altivez aunque nunca había estado más vencido.
Al entrar en la sala del tribunal comprobó que todo estaba igual: el coronel Eymar flanqueado por el capitán Martínez y el alférez Rioboo sobre la tarima y el militar albino enfrente, sentado en un pupitre escolar dedicado a sombrear estandartes. Sin embargo, cerca de la puerta de acceso al aula, sentada en una silla thonet desvencijada, protegida por un abrigo de astracán raído, con el bolso en su regazo y un gesto severo, había una mujer envejecida que le siguió con la mirada. Dio su filiación por orden imperativa del secretario albino y permaneció de pie ante la tarima evitando cualquier rigidez que pudiera confundirse con la posición de firmes. Un gesto del coronel interrumpió la lectura rutinaria de los cargos que pesaban sobre él y tras un silencio:
—Así que usted conoció a Miguel Eymar en la cárcel de Porlier… —Fingió buscar algo en unos papeles mientras esperaba la respuesta que tardó en llegar, mi coronel. ¿Y por qué le recuerda entre tantos presos?
—Pues porque era muy hábil haciendo juegos de prestidigitación.
—¡Mi coronel! —gritó Rioboo.
Mi coronel. Pero los ojos de mi coronel estaban buscando otros ojos al fondo de la sala y durante unos instantes el aspecto del militar fue tan indefenso como el de un cachorro abandonado. Un gesto de complicidad al vacío y, de nuevo, la mirada turbia sobre Juan Senra.
¿Y por qué estaba preso? Juan sabía que llegaría la hora undécima y que tendría que responder a esa pregunta. Se sentía muy débil y le costaba razonar por encima del dolor. Sabía que Miguel Eymar había sido detenido y acusado por razones civiles que nada tenían que ver con la guerra.
Estraperlo de medicamentos en mal estado que habían costado la vida a algún enfermo, robos con escalo en almacenes militares de alimentación, comercio ilegal de nafta y carburantes y otros delitos que el desorden de la guerra propiciaba en una ciudad como Madrid que sólo se preocupaba por lo que ocurría más allá de sus defensas.
Los muchachos morían en las trincheras, los obuses alcanzaban las zonas periféricas, el miedo a perder la guerra y la necesidad de ocultarlo ocupaban lo poco que aún quedaba de eso que se da en llamar autoridad.
Por último había cometido un asesinato.
—Por pertenecer a la quinta columna —mintió—, mi coronel.
¡Por ser un héroe, hijo de puta, por ser un héroe!, gritó untuoso Rioboo buscando la aprobación del presidente del tribunal. Juan se sorprendió por la forma en que se transformaba la mirada del teniente. Cuando le gritaba, sus ojos se enrojecían y en décimas de segundo, al mirar de reojo al presidente del tribunal pidiendo su anuencia, la ira se trocaba en una sumisión untuosa. Pero esta vez un gesto tenue, casi arzobispal, con la mano sofocada en la bocamanga, interrumpió la ardorosa soflama. Además los ojos del coronel buscaban otra vez en el fondo de la sala otros ojos y tardó un buen rato en desprenderse de ellos. Las aletas de la nariz del coronel se abrían y se cerraban suavemente al respirar y Juan pudo comprobar que los pelos que asomaban por sus orificios se humedecían con una mucosidad brillante y espesa. ¿Lloraba?
¿Y por eso tuvisteis que matarle?, preguntó al fin retomando el hilo de lo que estaba ocurriendo. Juan Senra dijo, como dirigiéndose al vacío, que era sólo un funcionario del cuerpo sanitario de prisiones. Ni le detuvo, ni le juzgó ni mucho menos le ajustició. Mi coronel. Y añadió: Sólo hablé con él muchas veces.
No era cierto. Recordaba perfectamente quién era porque era uno de esos casos que ni siquiera el horror de la guerra logra enterrar. Había matado a un pastor del pueblo de Fuencarral para robarle unos corderos y venderlos después de estraperlo. Pero el hijo del pastor, apenas un niño, le clavó un bieldo en el estómago y a punto estuvo de morir. Juan Senra le atendió y medicó tras una intervención quirúrgica realizada con la destreza que da la guerra para no perder soldados. Ya convaleciente, Miguel Eymar se ofreció a hablar si no le condenaban y contó cuanto sabía de las organizaciones de delincuentes, incluida la que él mismo lideraba, contó algo que sirvió para apresar a quintacolumnistas que actuaban dentro del Madrid cercado. A pesar de todo le fusilaron.
—¿Y de qué hablaban? —preguntó desde el fondo de la sala la señora del abrigo de astracán raído.
Juan se dio la vuelta y la vio en pie, avanzando lentamente, mirándole fijamente a los ojos. Sostenía el bolso en su regazo como si fuera algo indefenso que hubiera que proteger.
—¡Violeta, por Dios! —dijo el coronel, suplicante. Pero ella insistió en su pregunta.
—¿Y de qué hablaban?
Juan Senra se volvió al presidente del tribunal pidiendo autorización para contestar y esperó a que un gesto condescendiente le permitiera hacerlo. El coronel le autorizó a responder. Juan estaba siendo juzgado como criminal de lesa patria y se enfrentaba al dolor de la madre de un asesino convicto y a punto estuvo de tomar partido por ella.
No sé, de todo un poco, dijo. De su infancia, de sus padres… De las cosas de la cárcel. A veces de la guerra. Y con estas vaguedades Juan Senra comenzó una mentira prolongada y densa que, surgida de un instante de piedad, se convirtió en el estribo de la vida.
Aquella mujer oscura, recortada sobre la luz del ventanal que estaba a sus espaldas, agarrada a su bolso como si quisiera evitar que se fuera volando, formulaba sus preguntas con una severidad que nada tenía que ver con la severidad de los jueces. Ella no quería condenar ni absolver, sólo discernir entre lo verdadero y lo falso. Quizás saber. De sus labios inmóviles, incoloros y tensos, brotaban las preguntas sin angustia, sin interés por la respuesta.
Severa, prematuramente encanecida y sin la ternura de las madres, enlutada y triste, parecía un remedo del dolor posando para alguien que retratara la venganza. Y, sin embargo, la ansiedad de su mirada, la indiferencia por todo lo que distrajera la memoria de su hijo, la perversidad con la que buscaba la mentira, la convertían en algo muy parecido a una madre destrozada.
—Tenía una marca de quemadura que se hizo siendo niño con aceite hirviendo ¿Dónde?
—En el muslo derecho, en la parte interior. Tuve que inyectarle sedantes después de la operación. Por eso lo sé.
—¿Qué operación?
Juan sustituyó el bieldo del hijo del ovejero por una peritonitis, o algo así. Cuando llegó a Porlier estaba prácticamente curado, aunque convaleciente.
Y otra vez, con la esperanza de hallar el sortilegio, buscó el abracadabra:
—Era un buen paciente.
Y la montaña se abrió. La mujer oscura, perfilada por la luz del ventanal, silueta de la venganza, avanzó lentamente hacia Juan, mirándole incrédula, entre el silencio de todos los asistentes, hasta ponerse entre el acusado y el secretario albino. De nada valieron las órdenes flácidas del coronel, de nada valieron los pordioses, ni los violetasporfavor del coronel Eymar, porque ella estaba demasiado acostumbrada a la autoridad fingida de su marido, porque ella estaba hablando de su hijo, del que no tenía más noticia que el tercer puesto en una lista de ajusticiados tras un consejo sumarísimo. Y ahora tenía oportunidad de saber y hubiera satisfecho su sed de detalles si un llanto gutural, convertido en una vocal interminable que no existe en el habla castellana pero sí en el idioma de los animales que lloran, no le hubiera impedido formular ya más preguntas.
No se acercó a Juan, ni le tendió sus brazos, pero ambos se quedaron solos frente a frente, sin jueces, ni vocales del tribunal, ni secretarios albinos, ni guardias de vigilancia. Ahora estaba iluminada por la luz frontal pero, pese a todo, seguía “siendo oscura. Por fin, acertó a pronunciar algo inteligible: «Era mi hijo».
El coronel abandonó su puesto tras la mesa en la tarima, dio unos saltos apresurados y grotescos hasta ponerse junto a su mujer, que, aunque de la misma estatura, daba sensación de mayor volumen. Trató de componer un gesto severo y autoritario. Basta por hoy.
El alférez Rioboo ordenó que se llevaran al prisionero y los dos soldados lánguidos, que le habían traído brutalmente, brutalmente lo llevaron al calabozo donde aguardaban los que ya habían sido condenados a muerte por el tribunal que presidía el coronel Eymar. Como todos ellos, guardó silencio.
El silencio es un espacio, una oquedad donde nos refugiamos pero en el que no estamos nunca a salvo. El silencio no se termina, se rompe; su cualidad fundamental es la fragilidad y el epitelio sutil que lo circunda es transparente: deja pasar todas las miradas. Juan tuvo que enfrentarse a las miradas de sus compañeros de galería cuando, con gran sorpresa suya, le devolvieron al lugar donde la muerte necesita todavía un trámite.
Sin embargo, por razones de exceso de trabajo de los vencedores, fue devuelto a la segunda galería demasiado tarde. Pudo recoger su escudilla —o la de otro que iba a morir— y, sin cenar, acurrucarse junto a la pared oscura y simplificar su desconcierto soñando que era una sola cosa, cualquier cosa, pero una: animal, agua, piedra, tierra, gusano, lágrima, cobarde, árbol, héroe…, y se quedó dormido sin tener que explicarse por qué seguía viviendo. Todos respetaron su silencio. Nadie le preguntó. Se imaginó cosas imposibles y entrepensó olores y sonidos mientras entresoñaba espacios y colores. Consideró todas esas sensaciones como, una forma de aprender a no estar vivo y trató de imaginarse en qué idioma hablaban los difuntos.
La debilidad tiene esas ventajas. Al día siguiente se despertó obsesionado por escribir otra vez a su hermano.
Sabía cómo encontrar lápiz y papel para escribir otra carta a su hermano. Intuía, sin saber por qué, que disponía de más tiempo y encontró de repente cierto parecido entre la escritura y las caricias, entre las palabras y el afecto, entre la memoria y la complicidad. Había en aquella prisión de derrotados dos vencedores. Convivían con los presos, pero no iban a ser juzgados. Vestían ambos uniforme del ejército insurrecto y tenían a gala ir siempre tocados con el gorro cuartelero de ordenanza y una borla roja que, cuando andaban, marcaba siempre el ritmo marcial de sus pasos. Aunque tan delgados como el resto, había un brío en sus movimientos que los diferenciaba claramente de los demás presos. Un anciano profesor de instituto, amigo de Negrín, que no pudo soportar ni el hambre ni el invierno, les apodó Espoz y Mina porque, aunque eran dos, se comportaban siempre como si fueran uno solo.
En realidad cumplían un arresto. Alguna falta grave —que nunca confesaron— les llevó a aquella galería donde tenían cierta autoridad sobre los presos y una complicidad sumisa con los carceleros.
En torno a ellos se había creado una intendencia miserable: gracias a su mediación se obtenía carburo seco para las lámparas, un lápiz para escribir, un cuarterón de tabaco, papel de fumar y un reparto arbitrario de favores que Espoz y Mina gestionaban también a cambio de cosas miserables: un anillo de boda, un chisquero, una funda dental de oro o cualquier cosa que valiera algo más que un ser humano.
Juan obtuvo de Espoz tres cuartillas y un sobre a cambio de uno de sus calcetines y Mina le prestó un lápiz de carpintero por tres días.

«Querido hermano Luis:
Escribí una carta para despedirme de ti y ahora me alegro de que no me dejaran enviártela quizá porque todavía no había llegado mi momento. Mientras pueda escribirte es que aún estoy vivo. Me han juzgado pero no me han condenado. Estoy detenido en la frontera.
Sé que cuando no pueda escribirte los dos estaremos solos, aunque Miraflores es un pueblo pequeño y todos los vecinos son un poco parientes nuestros. Estoy seguro de que te echarán una mano. Busca trabajo, pero no en la serrería porque tus pulmones no resistirían respirar el serrín que flota en el aire. Quizás el tío Luis pueda darte trabajo en la abacería. Siento no poder costearte los estudios pero si algún día logras vender las tierras de nuestros padres, dedica todo el dinero que obtengas a formarte. Don Julio, el maestro, te ayudará en esto.»

Pese a que dedicó todo el día a escribir la carta, sólo logró redactar un párrafo porque, aunque el tiempo en la cárcel es interminable, está trufado de esperas y rutinas despiadadas: colas infinitas para obtener una ración de patatas hervidas, para ir al retrete o para conseguir la sopa de la cena; formaciones interminables para el recuento tres veces al día; turnos caprichosos para proceder a la limpieza de la galería que, pese a ello, siempre estaba sucia y, además, aquella mañana tuvo que asistir junto a otros presos a una charla, que daba Eduardo López, sobre la plusvalía y sus consecuencias en el proletariado internacional. Juan solía definir a los participantes en estos seminarios, dados en voz baja pero con la complicidad de una secta, como los cadáveres informados.
El anochecer se quebró en oscuridades y el aire se llenó de reflejos helados. Nadie tenía carburo.
Juan se despertó cuando el aire frío trajo el sonido de la lista de condenados en el patio. Nadie se movió, aunque todos escuchaban los nombres, unos detrás de otros, sin respuesta: Luis Fajardo, Antonio Ruiz Abellán, José Martínez López, Alberto Mínguez… Aquella voz enérgica pero monótona era como el ruido que produce un fósforo al frotarse contra el raspador de la caja: iluminaba la realidad.
Después de que repartieran la malta que hacía las veces de desayuno, un grupo de presos se acercó a Juan y Eduardo le preguntó a bocajarro por qué siempre le devolvían a la segunda galería.
—No terminan de condenarme. Debo ser perverso.
—¿Y no será que estás contando más cosas de las que sabes?
Juan se esperaba cualquier pregunta menos ésa.
—No sé nada ni nadie me lo pregunta. Ese juez fanático le está dando cuerda a su mujer que está loca. Quiere saber a toda costa qué pasó con su hijo.
—¿Y qué pasó?
—Lo fusilamos. Era un cabrón. Les digo lo menos posible, para ver si me dejan vivir unos días más. Eso es todo. El día que me descubran yo también iré a la cuarta. No te apures.
A diferencia de los presos de aquella galería, flacos y descarnados para evitarse el peso de su anatomía, Eduardo López era delgado de nacimiento. Un pecho en quilla y una nariz hebraica le conferían un aspecto bidimensional con el que la naturaleza ha dotado al oso hormiguero. Oscuro como un misal, era capaz de pasar desapercibido en los corrillos donde se condenaba al que condena y se vencía al vencedor.
Juan dio por acabada la conversación porque la inercia de la jerarquía vigente durante los años pasados era algo que le resultaba inexplicable. ¿Cómo unos muertos podían pedir explicaciones a otros muertos?
Durante dos días se interrumpieron los juicios. El joven de las liendres y Juan compartieron recuerdos y complicidades. Eugenio Paz había comenzado a vivir al comienzo de la guerra. Hasta entonces había sobrevivido en Brunete trillando la parva en el verano, arando durante el frío y sembrando avena antes de que comenzaran las lluvias de primavera. Nunca había ido a la escuela pero sólo con mirarlas sabía distinguir las gallinas ponedoras de las que sólo servían para caldo, qué oveja iba a tener un parto atravesado y qué galgos servían para cazar gazapos sin matarlos. Su madre era soltera y la dejó preñada el dueño de la venta —el Ventorro lo llamaban—, que alardeaba de no haber dejado una sola virgen desde Villaviciosa hasta Navalcarnero. Nunca toleró que Eugenio le llamara padre.
Para corresponder, Juan intentó hablarle de su hermano y de su vida en Miraflores pero, cuando quiso hacer memoria, sólo encontró tempestades de nieve porque todo lo demás estaba siendo pasto del olvido.
Si, por la razón que fuere, se suspendían las comparecencias ante el coronel Eymar, un sutil aire festivo se introducía en la segunda galería. Si, además, como ocurrió el segundo día, no había listas al amanecer para subir al camión de la muerte, la esperanza surgía entre las fisuras del miedo y se convertía en un bálsamo capaz de aliviar el frío y el hambre. Por eso, casi sin advertirlo, en algunos rostros aparecieron sutiles sonrisas y gestos silenciosos de quietud que poco a poco fueron apaciguando todos los vértigos.
Aquél fue un gran día. Eugenio Paz y Juan se intercambiaron de nuevo intimidades. El muchacho de las liendres le confesó que estaba preocupado, porque antes siempre la tenía como el pescuezo de un «cantaor» y ahora ni siquiera se le empinaba. Juan pensó: «Es que ya estás muerto», aunque le consoló diciendo que estaría guardando ausencias. Será eso.
A la mañana siguiente, Juan trataba de no pensar en nada, ni ver nada, ni oler nada mientras aguardaba su turno frente a las letrinas de la segunda galería. Era un sitio hediondo, eternamente encharcado y humillante. Sobre unas plataformas rectangulares con la silueta de unos pies perfilados sobre el cemento, una hilera de agujeros, sin paredes, sin puertas ni recato, ante los cuales esperaba una larga fila de hombres que ocultaban su pudor tras comentarios salaces y sarcásticas premuras.
—Tú eres enfermero, ¿verdad? —le preguntó un cabo que llevaba una lista en la mano—. Ven conmigo.
De nada le sirvieron las justificaciones para estar en aquella fila porque con un háztelo encima le condujo hasta la parte exterior de la reja. De allí, a través del cuarto de guardia, pasaron a una celda celosamente vigilada. El cabo mandó abrir la puerta y empujó a Juan para que entrara.
—Éste tiene que estar vivo mañana a las seis. Si se muere, te fusilamos a ti. Tú verás. —Y cerró dando un portazo. La oscuridad se apoderó de los ojos de Juan Senra, que al entrar había intuido un cuerpo inerme en un catre.
—¿Quién eres? —preguntó Juan sin atreverse a tocarle.
—Me llamo Cruz Salido. ¿Y tú?
—Juan Senra.
Cruz Salido había sido redactor jefe de El Socialista al final de la guerra y logró pasar a Francia en el último momento. Tratando de llegar a Orán, embarcó en un carguero que hacía escala en Génova, donde unos camisas negras le apresaron y, un mes más tarde, le enviaron repatriado a España. Interrogado sobre las organizaciones del exilio, sobre los planes de Líster para regresar a España con un cuerpo de ejército y otras mil cosas acerca de las cuales no recordaba exactamente lo que había dicho, fue juzgado y condenado a muerte.
Entre tantas ceremonias de muerte, tanto agotamiento, se le había escapado la vida a chorros y, preocupado sólo por respirar con unos pulmones raídos por la tisis, no logró nunca saber cuál era su crimen. Sólo sabía que estaban empeñados en que llegara vivo ante el pelotón de fusilamiento.
—El conde de Mayalde quiere fusilarme en público. Haz lo posible para que me muera antes —imploró.
—¡No puedes pedirme eso, por lo que más quieras!
Cruz Salido estuvo de acuerdo, no podía pedírselo. Como hablar le extenuaba, decidió hacerlo hasta el agotamiento y fue poniendo voz a su memoria, llorando a Besteiro, que agonizaba en la cárcel de Carmona, a Azaña, qué gran hombre Azaña, acallado para siempre en un lugar perdido y olvidado de Francia sometida ya a los designios de Hitler, a Machado, nuestro Machado, en Collioure silencioso…
—Somos un pueblo maldito, ¿no crees?
—No. Creo que no somos un pueblo maldito. Eso sería echar la culpa a otros.
Y aquel redactor jefe, entre jadeos, silencios y estertores, fue haciendo crónica de sus amigos, de los hombres a los que había defendido desde las columnas de su periódico, pero con esa razón profesional que le impedía hablar de sí mismo. Se agotó en una historia devastadora e interminable como su aliento que no lograba extinguirse. Tenía frío pero no aceptó que Juan le diera calor con su cuerpo, le dolía la espalda en carne viva y no consintió que Juan le cambiara de postura, le asfixiaba la memoria y sólo quería recordar a toda costa. Al amanecer su voz era ya el sonido de las palabras rozadas por la muerte y seguía hablando sin más descanso que el necesario para recuperar el aliento que se hacía cada vez más exiguo, más agua evaporada.
Murió tratando de recordar algo impreciso. Cuando la celda se abrió y encontraron ya muerto a Cruz Salido, el sargento decidió fusilarle a pesar de todo y el cabo asestó tres culatazos a Juan Senra. Pero le devolvieron a la segunda galería.
Informó a Eduardo López de lo que había ocurrido y fingió un dolor insoportable para justificar así el llanto inoportuno. En aquella galería se podía aullar por los golpes recibidos pero no llorar de pena.
Como intuyó que en algo le consolaría, buscó un rincón para continuar su carta.
—¿A quién escribes? —preguntó el muchacho de las liendres—. ¿A tu hermano?
—Hacia mi hermano, que no es lo mismo.
—¡Qué raro hablas! No me extraña que quieran fusilarte.

«… Sigo vivo. Han pasado varios días pero aquí todo son dificultades. Entre el lápiz, el papel y mi constante duermevela se me pasan las horas como si no me atreviera a aprovecharlas porque sé que este tiempo ya no es mío.
Sueño constantemente sin saber si estoy dormido, y me imagino sin querer un mundo casi vacío en el que todos hablan un idioma extraño que no entiendo aunque no me siento forastero. Cuando lo aprenda te hablaré del lenguaje que se habla en el mundo de mis sueños. El color del aire es como son los atardeceres del verano en Miraflores, aunque no hay montañas y el paisaje se pierde en un horizonte pequeñito que no está lejos aunque tengo la impresión de que es inalcanzable…»

La rutina de aquella galería era terminal, pero no dejaba por ello de ser rutina. La tendencia inerte por la que se configuraban los grupos, sólo rota por las inexorables ausencias de los condenados, se mantenía como si la vida tuviera continuidad.
Espoz y Mina eran los únicos de entre los presos autorizados a subir a las azoteas del edificio. Lo hacían siempre que había que varear la lana de los colchones de los suboficiales de la prisión.
Una vez al mes se les proporcionaban sendas varas de fresno de unos dos metros de longitud, dobladas en ángulo recto en uno de sus extremos, con las que tenían que sacudir el contenido de los colchones destripados hasta que la borra se esponjara como la clara a punto de nieve.
Una vez en la azotea, su problema no era añorar el horizonte desdibujado sobre los edificios, ni mirar el cielo abierto como símbolo del pasado, sino atraer a las palomas famélicas que revoloteaban sobre Madrid buscando supervivencias imposibles durante el invierno. Necesitaban por ello todo lo que pudiera atraerlas: migas de pan, trozos de oblea que comulgantes desaprensivos guardaban después de las misas, cucarachas, chinches, posos de achicoria e incluso mondas de patata a las que alguien renunciaba para poder canjearlas por algo más necesario que el alimento.
Cuando acudían las palomas atraídas por la posibilidad de comer algo, Espoz y Mina permanecían inmóviles hasta que el hambre se sobreponía al miedo y comenzaban a picotear el cebo con el que macizaban el suelo de la terraza. Entonces, con un movimiento rápido y simultáneo, los vareadores de la lana asestaban sendos golpes a dos de ellas, que quedaban boca arriba con las patas encogidas sobre el pecho como si quisieran protegerse del cielo que se les derrumbaba encima.
Una de ellas se la comían, la otra la utilizaban para hacer intercambio con los guardianes y poder obtener lo que después canjeaban con los presos.
Espoz y Mina pudieron así proporcionar, a cambio de su cinturón, más papel a Juan Senra para que pudiera seguir escribiendo a su hermano.

«Sigo vivo. No quiero contar el tiempo ni hablarte de lo que pasa a mi alrededor, pero cada vez fracaso más cuando recurro a mi memoria. Poder pensar todo esto es el privilegio de un condenado, es el privilegio del esclavo.»
En ese momento se produjo un altercado en la galería y un tropel de guardianes irrumpió amenazante entre los presos obligándoles a permanecer de cara a la pared y con los brazos en alto durante dos interminables horas. Los dos causantes de la disputa, un cenetista aragonés y un anarquista gaditano, fueron apaleados hasta que en ellos no quedó la más mínima convicción y se les desperdigaron sus ideas. Juan pensaba en los criterios que aplicaría el alférez capellán para censurar esta vez la carta que estaba escribiendo a su hermano.
Por entonces comenzaron ya a autorizarse algunas visitas a los presos. Aquellos familiares que pudieron valerse de religiosos, militares de graduación o camisas viejas para visitar a sus allegados presos sin ser acusados de nada irremediable, obtuvieron los permisos necesarios. Comenzaron allegar noticias lenitivas de aquel silencio. Hitler estaba bloqueado en la batalla de Inglaterra, los maquis se organizaban en varias zonas del norte y se rumoreaba que los Estados Unidos iban a invadir la península por el sur.
Todos deseaban que pasara el tiempo y aprendieron que ritmando los segundos transcurría un minuto cada vez que se contaban sesenta. Pero eran largos los días.
Había entre los presos un hombre envejecido y silencioso que evitaba la proximidad de los demás incluso durante las noches, cuando todos se hacinaban buscando el calor de los otros. Todos le llamaban El Rorro y pocos sabían su nombre. Soportaba estoicamente el frío, el hambre y la desconfianza de sus compañeros. Tenía una gran cicatriz en la frente que desperdigaba su pelo en dos mitades. De aquel rostro sombrío no podía recordarse ningún rasgo más que el silencio y unos enormes ojos que no parpadeaban, como si estuvieran en un estado de estupor perpetuo.
Nunca hablaba. Escuchaba las voces que venían del patio o de otras galerías, los ruidos que transportaba el aire, nunca lo que decían aquellos que compartían con él su cautiverio. Se llamaba Carlos Alegría y fue alférez provisional del ejército rebelde. Pertenecía a una familia de agricultores acomodados de un pueblo de Burgos y el 18 de julio de 1936 estaba a punto de tomar el tren para regresar a su casa desde Salamanca, donde era auxiliar en la cátedra de Derecho Romano, cuando le llegaron los temblores de un levantamiento del ejército en el Norte de África. «Defiende lo que te pertenece», pensó, y buscó la manera de unirse a los insurgentes. Inmediatamente obtuvo la estrella de alférez provisional gracias a su cualidad de universitario. No fue un héroe ni alcanzó a sentir el miedo de la guerra. Estuvo siempre en los cuarteles que garantizaban el suministro a los combatientes. La orden más imperiosa que dio se refería a los inventarios y siempre a furrieles ávidos de cuya fidelidad a la causa nacional siempre tuvo serias sospechas. Por su abnegada dedicación alcanzó el grado de capitán de Intendencia.
Horas antes de que el coronel Casado depusiera las armas ante el ejército insurgente, desertó. La guerra estaba a punto de terminar y él se pasaba sin armas ni bagaje al bando de los vencidos. Nadie le creyó entre los republicanos y nadie le protegió cuando las tropas de Franco entraron en Madrid. Fue inmediatamente detenido, juzgado y fusilado un amanecer junto a otras decenas de infelices que no tenían más razón para morir los primeros que la de haber sido capturados los primeros.
Las prisas por matar no dejan que la muerte sea minuciosa. Una bala le alcanzó en la parte superior de la frente y resbaló sobre su cráneo sin romperlo. El impacto le dejó sin sentido y la necesidad de ahorrar municiones evitó el tiro de gracia a un ajusticiado inane cuyo rostro estaba completamente cubierto de sangre. Fue enterrado en una fosa común, apresuradamente, como todos, y apenas unas paletadas de tierra cubrieron aquellos cadáveres.
Cuando recuperó el conocimiento, estaba mal enterrado entre los cuerpos desordenados de otros muertos que todavía olían a lo que fueron: a sudor, a orina, a lo que huele el miedo. El desorden de los enterrados había dejado bolsas de aire que nadie más que él respiraba, regalo de despedida de sus adversarios, y, sin noción del tiempo, sin más prueba de estar aún vivo que un dolor punzante en la cabeza, logró remover los muertos que le aplastaban y rasgar la capa de tierra que le separaba del cielo. Estaba vivo en un descampado —después se enteraría de que aquello era Arganda del Rey— sumergido en el silencio y en la oscuridad fresca de una primavera intrusa en aquel cementerio improvisado.
Trató de buscar ayuda, pero todos los que veían a aquel hombre ensangrentado, con una enorme herida en la cabeza, cerraban sus puertas con las fallebas del pánico.
Nadie le socorrió, nadie le prestó una camisa para ocultar la sangre que coagulaba la suya, nadie le alimentó ni nadie le dijo cuál era el camino para regresar a la casa de sus padres.
A finales de abril fue de nuevo detenido en Somosierra y enviado, otra vez, al cuartel de Conde Duque para volver a rehacer el sendero de la muerte.
Cuando le preguntaban su filiación los tercos oficiales de la cárcel, siempre contestaba lo mismo: Me llamo Carlos Alegría, nací en 18 de abril de 1939 en una fosa común de Arganda y jamás he ganado una guerra.
Por eso le llamaban El Rorro.
Juan sentía cierta simpatía por este hombre solitario y taciturno. Le atraía su perenne ausencia, que, por otra parte, desmentía la general sospecha de que se trataba de un infiltrado en busca de información. Al anochecer de uno de esos días sin listas se acercó hasta el lugar donde Juan dormitaba y le dijo al oído: «Tú y yo vivimos de prestado. Tenemos que hacer algo para no deberle nada a nadie», y se alejó hacia el final de la galería donde estaba situada la reja de acceso. Comenzó a gritar centinela, centinela, centinela con un tono de voz desgarrado y perentorio al mismo tiempo.
Todos los presos permanecieron impávidos en la postura en la que les sorprendieron los gritos. El Rorro, golpeando su escudilla contra los barrotes de la reja, seguía gritando con una energía que nadie hubiera supuesto en aquel hombrecillo tatuado por la muerte. Por fin, se acercaron dos soldados que con las culatas de sus fusiles trataron de apartarle de la puerta. Pero su capacidad de sentir el dolor se había agotado tiempo atrás ante un apresurado pelotón de fusilamiento y la contundencia de los culatazos no parecía afectarle.
En el forcejeo, logró asir la culata de uno de los fusiles y con un gesto eléctrico e imprevisible se lo arrancó al soldado que le estaba golpeando. A un lado de la reja un soldado armado, otro desarmado y, en el interior de la galería, un silencio colectivo acumulado en una inmovilidad infinita tras El Rorro apuntando a sus guardianes.
Y ese silencio desbordó la reja, la galería, la noche prematura y los jadeos de El Rorro justiciero. Ni siquiera el soldado armado hizo ningún ruido al dejar su Mauser en el suelo obedeciendo una indicación imperiosa de aquel loco que con un gesto profesional y rápido había montado el cerrojo de su arma. Lentamente volvió el fusil hacia sí, se puso la punta del cañón en la barbilla y dijo que nunca había matado a nadie y que él, sin embargo, iba a morir dos veces. Disparó para romper aquel silencio, para pagar su deuda.
Los gritos, los pitidos, las órdenes tajantes y el estupor pusieron fin a aquel día que estuvo a punto de transcurrir sin muertes. El alférez capellán dio la extremaunción a un alma deshecha en mil pedazos.
Al día siguiente sí hubo listas en el patio y camiones de hombres dóciles provenientes de la cuarta galería, pero no hubo llamadas para acudir a la Capitanía General ante el coronel Eymar. Juan seguía impresionado por el comportamiento de El Rorro y su propia docilidad ante la muerte le resultaba cada vez más insoportable.
¿Muerte? ¿Por qué muerte? Todavía nadie le había acusado de nada en concreto que no fuera haber vivido en Madrid durante la guerra. Nadie sabía que había regresado desde Elda comisionado por Fernando Claudín para tratar de organizar un atentado contra el coronel Casado.
Se tomó un tiempo que no tenía para estudiar las rutinas de Casado, anotó minuciosamente a qué horas entraba y salía en Capitanía, dónde vivía, qué trayectos hacía habitualmente…
Cuando todo estuvo dispuesto para el atentado, Madrid se rindió a las tropas del general Franco. No había conseguido retrasar ni siquiera un día la derrota.
Eso sólo lo sabían Togliatti y Claudín y nadie iba a preguntarles nada. Aún podía ser un simple funcionario de prisiones. Era demasiado joven, demasiado oscuro para atribuirle cualquier responsabilidad en la guerra. Y esto le consolaba. Podía ser simplemente un derrotado más, un perdedor fortuito porque fortuitamente estaba en Madrid el 18 de julio de 1936.
Quizá lograra ocultar la derrota de Juan Senra.
Oyó su nombre rebotando con resonancias de caverna por las escaleras que daban acceso a la galería. El eco precedió al sonido y cuando el sargento Edelmiro gritó otra vez su nombre junto a la reja que cerraba la galería, ya todos le estaban mirando, quietos, sumisos, sorprendidos. La muerte tenía un horario y ésta era su deshora.
Sin soltar la escudilla levantó su mano y un imperioso ven aquí le abrió camino entre los corrillos inmóviles para dejar franco el paso hasta la entrada. Precedido por el sargento Edelmiro y escoltado por dos soldados deshilachados y frágiles, fue conducido hasta un cuartucho sin ventanas que había junto a las cocinas, en el sótano.
Allí estaban el coronel Eymar y la mujer del abrigo de astracán asida todavía a su bolso como las rapaces retienen a sus presas. Estaban sentados en un poyete de ladrillo y ella hizo ademán de levantarse, pero un gesto rápido y gatuno del coronel se lo impidió.
El sargento y los soldados estaban esperando una orden de su superior jerárquico que al final llegó con un gesto impreciso y blando.
—¿Quiere quedarse solo con el preso, mi coronel? —preguntó el sargento, sorprendido.
Pero el gesto impreciso se trazó, esta vez con mayor amplitud, en el aire y con un a sus órdenes, mi coronel salió de la habitación seguido por los dos soldados. No cerraron la puerta y permanecieron lo suficientemente lejos para no oír pero lo suficientemente cerca para ver qué ocurría en aquel cuarto.
Y lo que vieron es que el coronel y su esposa permanecieron sentados frente a Juan Senra, que, quieto, esperaba una explicación de lo que estaba ocurriendo.
Y vieron también cómo la mujer del abrigo raído de astracán sacaba despaciosamente una fotografía de su bolso y se la mostraba al preso, que asintió con la cabeza.
El sargento Edelmiro no pudo oír cómo Juan Senra les contaba a los padres de Miguel Eymar lo sencillo y espontáneo que era su hijo. Su carácter indómito y el arrojo que demostró al negarse a huir de Madrid cuando todo se puso en su contra. No pudo oír las historias que urdió Juan Senra ante aquella madre cuyo rostro se iluminaba en la medida en que los fósiles de la mentira sustituían la atrocidad de los hechos.
Tampoco pudo intuir —la guerra no deja sensibilidad para los detalles— cómo el instinto de supervivencia iba cediendo paso a la compasión por una mujer enloquecida por un dolor que Juan Senra reconocía como se reconoce el último estertor.
Sólo vio cómo ella se acercaba al preso Senra, que, con una elocuencia desconocida, hablaba y hablaba monótonamente ante preguntas breves y suplicantes de la esposa del coronel. Y vio también, con gran sorpresa, cómo ella le tomaba por el brazo y maternalmente le obligaba a sentarse junto al atónito coronel en el poyete que, por quedar a la derecha de la puerta, el sargento Edelmiro sólo lograba ver parcialmente. Uno de los soldados pidió permiso para liar un cigarro y los tres testigos se desentendieron de lo que estaba ocurriendo sin atreverse a cuestionar el comportamiento de un superior jerárquico.
Cuando Juan regresó a la segunda galería, aún sonaban las últimas palabras de aquella mujer en sus oídos —te traeré un jersey, que hace mucho frío— y el suplicante Violeta por favor de coronel justiciero.
Casi no se atrevía a contar a nadie lo que estaba ocurriendo y, excepción hecha de Eduardo López, nadie le preguntó. Sólo la endogamia propia de las relaciones de militancia le obligó a sincerarse ante el comisario político, que no ocultó su desconcierto.
A punto estuvo Juan de hablar de un lenguaje incomprensible, pero algo le dijo que Eduardo López sólo llamaba pan al pan y vino al vino. Al día siguiente era domingo.
Todos los presos fueron obligados a asistir a la misa que el alférez capellán celebró en la misma galería. En su homilía, bélica, furibunda, patriótica, habló de El Rorro. Condenó el suicidio con ferocidad arcangélica pero no habló de otras muertes. Todos escucharon en silencio y algunos, con más instinto de supervivencia que los demás, se acercaron a comulgar cuando llegó el momento. El muchacho de las liendres entre ellos. Los comulgantes, al regresar a sus puestos, se arrodillaban tapando sus rostros con las manos, en una actitud que más que fervorosa era huidiza.
Cuando Juan le preguntó al muchacho si pensaba que comulgar cambiaría su destino, le contestó que a lo mejor sí, pero sobre todo la oblea era algo de alimento y él siempre tenía mucha hambre.
El discurso del capellán le indujo a terminar su carta inconclusa. Había algo en el tiempo que transcurría tan lentamente que precipitaba los hechos, los aceleraba, aunque los segundos tenían cada vez una lentitud más exasperante.
Apenas pudo apartarse recuperó el lápiz y el papel y continuó escribiendo:

«… Sigo vivo. El lenguaje de mis sueños es cada vez más asequible. Hablo de amortesía cuando quiero demostrar afecto y suavumbre es la rara cualidad de los que me hablan con ternura. Colinura, desperpecho, soñaltivo, alticovar son palabras que utilizan las gentes de mis sueños para hablarme de paisajes añorados y de lugares que están más allá de las barreras. Llaman quezbel a todo lo que tañe y lobisidio al ulular del viento. Dicen fragonantía para hablar del ruido del agua en los arroyos. Me gusta hablar en ese idioma.»
El muchacho de las liendres se sentó a su lado y guardó silencio. Juan interrumpió su carta y supo que había aprendido a catalogar las tristezas, a distinguir una desesperación de otra, a reconocer el miedo con odio, el odio a secas y el miedo químicamente puro. Sabía incluso diferenciar al que se arrepiente por no haber hecho algo del que se arrepiente por haberlo hecho. Pero aquel muchacho tenía en la mirada la cicatriz de un sentimiento que ya casi había olvidado: la añoranza. Probablemente por esa razón hablaron despaciosamente mirando el cielo cuarteado a través de una ventana enrejada. Juan le habló de Mozart —otro derrotado— y de Salieri, le habló de Ramón y Cajal —un luchador solitario— y de cómo se formaban las nubes. Le habló de Darwin y de la importancia del dedo pulgar para que el hombre se hubiera hecho hombre, bajara del árbol y aprendiera a matar a sus iguales.
—Pero todo lo que ha pasado, el Frente Popular, la guerra, era para acabar con eso, ¿no?
Aquella tarde heladora en una galería inexorablemente apeada del movimiento natural de las cosas, Juan no tuvo fuerzas para consolarle. Todo ha sido inútil porque no era verdad el punto de partida. Hagas lo que hagas, siempre tendrás a la mitad de tu gente en contra. Es como un castigo. Nadie está obligado a hacerlo bien entonces. ¿Te estoy aburriendo?
—¡Lo que daría por poder liarme un cigarro! —fue toda su respuesta.
Y hablando de esto y aquello se olvidaron de la muerte y transcurrió un domingo subrepticio en una ciudad almibarada de miedo. Vinieron días y más días con listas al amanecer y llamamientos ante el tribunal del coronel Eymar. Pero, a medida que pasaba el tiempo, los descansos eran más frecuentes. Hoy no había camiones de la muerte, mañana no había comparecencias ante el Tribunal de Represión de la Masonería y el Comunismo… Y a Juan nunca le llamaban.
Al cabo de unas semanas, al atardecer, su nombre fue gritado por los pasillos y el sargento Edelmiro le acompañó otra vez al cuartucho que estaba junto a las cocinas. Allí estaba el fiero coronel inane y su mujer embozada en el abrigo de astracán. Nada más verle le tendió un jersey verdoso. «Era de Miguelito», le dijo, y recomenzó como si no hubiera pasado el tiempo desde la conversación del día anterior.
Ella le contaba anécdotas de su hijo a cambio de las mentiras de Juan, que recordaba que una vez Miguel se quitó unos calcetines de lana para prestárselos a otro preso aterido de frío, o que en una ocasión arrojó el rancho al rostro del cocinero que había negado el pan a un preso que cantaba el Cara al sol siempre que le dirigían la palabra…
Eran mentiras no del todo inventadas, pero atribuidas a alguien que no merecía ser su protagonista, al que nunca se hubiera podido atribuir algo heroico, ni altivo tan siquiera. La estrategia funcionó. Juan Senra lo comprobó porque en dos ocasiones el sargento Edelmiro fue ignorado cuando asomó la cabeza pronunciando un servil lo que guste usted mandar, mi coronel y, porque al final, cuando ya la impaciencia del coronel Eymar se transformó en suaves Violeta, que es tarde o en Violeta, no tenemos autorización más que para quince minutos, las manos de la mujer abrieron el bolso y le tendieron un bocadillo de arenques envuelto en un papel de estraza.
—Volveré —dijo desafiante, mirando a su marido.
Juan soportó el rutinario interrogatorio de Eduardo López y compartió el bocadillo con el muchacho de las liendres. ¿Qué le hacía pensar al comisario político que algún día iba a hacer uso de la información que acumulaba? El hecho de que él todavía estuviera vivo se debía simplemente a la casualidad, a un orden arbitrario de la muerte. Además, era imposible tener contacto alguno con el exterior de la cárcel y aun así, bendita disciplina, él seguía acumulando información y analizando el comportamiento de los presos.
Se excusó con evasivas para terminar la conversación porque la vida olía a arenques y eso la hacía maravillosa.
Pasaron los días y el mes de marzo fue frío y húmedo como lo es el tiempo deshabitado.
Aunque sentía rechazo por el jersey de Miguel Eymar, agradeció el calor que le daba durante aquellas noches interminables.
Siguieron las listas, aunque cada vez más cortas y, lo que era más esperanzador, supieron de varias condenas a cadena perpetua pero no a muerte.
Eso era algo parecido a la vida.
Tuvo otra visita de la mujer del abrigo de astracán y su sumiso marido. Volvió a mentir, a inventarse historias y detalles heroicos que arrancaban la complacencia de aquellos labios incoloros y rígidos a los que nadie nunca hubiera atribuido la capacidad de besar. Pero, como a Sherezade, aquellas mentiras le estaban otorgando una noche más. Y otra noche más.
Y otra noche más.
Hasta que un día el primero de la lista para someterse al veredicto del coronel Eymar fue el muchacho de las liendres. Juan esperó todo el día el regreso de los juzgados. Por la ventana logró preguntar a gritos si alguien sabía qué le había ocurrido a Eugenio Paz. Nadie daba razón de él. Ni siquiera el capellán supo decirle qué había sido del muchacho. Comenzaron unos días de una angustia nueva para Juan, una angustia sobre la angustia, una incertidumbre sobre la incertidumbre.
Las vidas larvadas en las prisiones reconstruyen con tal urgencia un historial de afectos, de recuerdos agolpados en el tiempo, que los propios presos se sorprenden de que, para generar los afectos anteriores, los de fuera, se necesite toda una vida vivida intensamente. Pese a ello, Juan se horrorizó al pensar que, si estuviéramos vivos en la tumba, terminaríamos por amar a los gusanos.
Sobornó al sargento Edelmiro con el jersey de Miguel Eymar, pero sólo logró saber que estaba en la cuarta galería, no la pena que le había sido impuesta. Trató de mandarle un recado pero ya no tenía con qué pagar sus súplicas y Eugenio Paz nunca supo que Juan Senra le había mandado un abrazo de amigo y de hermano.
Nunca supo que Juan Senra quería saber dónde encontrar a la segoviana embarazada para decirle que Eugenio le era fiel y la añoraba. Nunca supo que Juan estaba preocupado por las heridas que se causaba en la cabeza aliviando la irritación que le producían los piojos.
Un amanecer, pegado a pesar del frío a las rejas de la ventana sin cristal, escuchó el nombre de Eugenio Paz en la voz del oficial que enumeraba los elegidos para morir aquel día. Juan hizo el último esfuerzo físico de su vida subiéndose a pulso hasta asomarse a la ventana y gritó:
—¡Eugenio, no subas al camión! ¡Soy Juan!
La voz del oficial continuó gritando nombres como si nada ni nadie pudiera interrumpirle. Las fuerzas poco a poco le abandonaron y Juan se dejó caer desmadejado al suelo. Lloró como nunca hubiera pensado que se podía llorar después de una guerra. Cuando el ruido del motor del camión se desvaneció tras el portón del patio, algún intérprete de los sollozos, algún avezado traductor del llanto, hubiera colegido que, entre aquellos sonidos entrecortados, Juan había pronunciado la palabra «adiós». Pero nadie le oyó y una languidez insensible al frío, al hambre, al aliento de los demás se apoderó de él durante dos días y dos noches, como si su biología sé hubiera detenido, como si el mismísimo tiempo se hubiera muerto de tristeza. Juan supo que ya no tendría mucho tiempo para acabar su carta. Con una letra parsimoniosa y minúscula siguió escribiendo hasta agotar todo el papel que había conseguido:
«Aún estoy vivo, pero cuando recibas esta carta ya me habrán fusilado. He intentado enloquecer pero no lo he conseguido. Renuncio a seguir viviendo con toda esta tristeza. He descubierto que el idioma que he soñado para inventar un mundo más amable es, en realidad, el lenguaje de los muertos. Acuérdate siempre de mí y procura ser feliz. Te quiere, tu hermano Juan.»
Trató de imaginarse el gesto del alférez capellán cuando tuviera que censurar su carta. Cerró el sobre, puso la dirección de su hermano y se la entregó al guardia de turno para que le diera curso. Era lo habitual.
Así se despedían siempre los muertos de los vivos.
Al tercer día, la voz del sargento Edelmiro repitió su nombre hasta que Juan salió de su abatimiento. Alguien le ayudó a llegar hasta la puerta y los soldados no le custodiaron esta vez porque necesitaron de todas sus fuerzas para llevar en andas a Juan Senra ante la mujer del abrigo de astracán. Y allí estaba, solícita, maternal, ocultando con su rapacidad oscura la diminuta presencia del coronel Eymar, que, como siempre, se mantenía en un discreto segundo plano.
Ella preguntó si estaba enfermo. Juan tardó en contestar, como si no comprendiera, y, al fin, logró decir: Estoy muerto. Vamos, vamos, dijo animosa la mujer, llevándole hacia el poyete. Todo pasará. Juan se dejó llevar y negó con la cabeza.
—Eres joven y todo esto pasará. Ya lo verás. —Pero Juan seguía negando mansamente con la cabeza—. Te he traído un bocadillo.
—No tengo hambre.
—Tienes que comer, tienes mal aspecto.
—Estoy bien.
—¿Y qué te pasa?
Juan miró a aquellos dos seres melifluos que le hablaban y se comportaban con él con una actitud parecida a la del propietario. Juan era su juguete, algo que tenía que funcionar cuando ellos le dieran cuerda, moverse cuando le empujaran, pararse cuando se lo ordenaran. Por eso no entendían su comportamiento.
—Es que he recordado —dijo.
Y aquella mujer cometió el error de preguntar qué era lo que había recordado para ponerse tan enfermo. Juan le dijo que había recordado la verdad, que su hijo fue justamente fusilado porque era un criminal, no un criminal de guerra, calificación en la que los juicios de valor cambian según el bando, sino un criminal de baja estofa, ladrón, asesino de civiles para robarles y venderlo después de estraperlo, muñidor de delincuentes y, lo que era peor, traidor a sus compinches. Gracias a él había caído toda una organización de traidores, gracias a él se habían desbaratado organizaciones que traficaban con medicamentos. Pero afortunadamente de nada le había servido ser un cobarde, porque, al final, había sido condenado a muerte por un tribunal justo y ejecutado por un pelotón aún más justo. Y no fue heroica su muerte, yo —en esto mintió— estaba presente mandando el pelotón que le ejecutó. Se cagó en los pantalones, lloró, suplicó que no le matáramos, que nos diría más cosas sobre las organizaciones leales a Franco que había en Madrid…, fue un mierda y murió como lo que era. Todo lo que les he contado hasta ahora es mentira. Lo hice para salvarme, pero ya no quiero vivir si eso le produce a usted alguna satisfacción. Ahora quiero irme.
Todo fue como un fulgor, una sacudida que congeló el aliento del coronel Eymar y de su esposa. Escucharon aquel fugaz retrato de su hijo trazado con unos colores que identificaron inmediatamente como los colores de la verdad. Nadie miente para morir.
Ni siquiera se opusieron a que saliera del cuartucho adonde había sido conducido exangüe y que ahora abandonaba ordenando al sargento que le subiera a la galería. Aunque el suboficial buscó el consentimiento del coronel. La mirada cristalizada de su superior jerárquico fue interpretada como aprobación y, recuperando una marcialidad a la que, de repente, se sentía obligado, dio un empellón a Juan Senra y mantuvo una distancia cautelosa mientras subían la escalera que llevaba a la segunda galería.
Juan Senra no habló con nadie. No guardó cola para recoger el sopicaldo en su escudilla y permaneció en silencio frente a la ventana a través de cuyos barrotes intuía un cielo inmenso y gris capaz de negar las primaveras.
Dos días después, su nombre fue el primero de la lista para acudir ante el tribunal. Fue el primero en comparecer ante el coronel Eymar. Fue el primer condenado a muerte de aquel día y ni siquiera las amenazas del alférez Rioboo ni los golpes en la cara del secretario albino, pintor de estandartes, lograron obtener algo parecido a una posición de firmes.
A la siguiente madrugada su nombre fue el primero de la lista para bajar al patio y cuando el camión que le conducía junto a otros condenados al cementerio de la Almudena traspasó el portón de la cárcel, Juan pensó que Eduardo López estaría más tranquiló sabiendo que no había ninguna razón para mantenerle vivo. Trató de adivinar qué arcanos criterios habría aplicado el alférez capellán para censurar la carta que había escrito a su hermano y le tranquilizó pensar que jamás sería enviada.
Además, y esto también le otorgó cierto sosiego, del rostro del coronel Eymar desaparecería para siempre esa mueca de satisfacción impune.
Sólo dejó de odiar cuando pensó en su hermano.
Alberto Méndez, de Los girasoles ciegos
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