Yo te avisé

(Texto leído el 30/08/2015, en la presentación del libro IN MEMORIAM, junto al periodista y escritor Marcelo Birmajer).

Escribo. Escribo mayormente ficciones. De corte psicológico. De corte realista. Algunas bajo un velo histórico; otras, atravesadas por la contemporaneidad. Hasta que una mañana de enero el corte realista atravesó trágicamente la vida de mi familia. Pasó muy cerca, demasiado cerca. Y yo hice lo único que sé hacer: escribir. La escritura fue inevitable. Una reacción natural e ineludible para mí. El resultado son los textos que hoy conforman este ejemplar: el libro de No ficción que nunca hubiese deseado escribir. La única condición que le puse a la Editorial fue que no lo iba a promocionar ni iba a hacer presentaciones. No se trataba de una celebración. Se trataba de un libro en memoria de mi primo, el Fiscal Alberto Nisman, asesinado porque resultaba incómodo. Durante todos estos meses creí que lo había conseguido, que había podido evadirme de todas las convocatorias, hasta que un buen día, se contactó conmigo Judy Steren, del Departamento de Cultura, del Club Náutico Hacoaj, el club que cobijó mi infancia y adolescencia. De aceptar la invitación, sabía que no lo haría de otro modo que no fuese escribiendo. Así es que preparé este texto. Podría llamarse Yo te avisé.

A principios del mes de Junio de 1994, un ciudadano brasilero de nombre Wilson Roberto Dos Santos, se presentó sucesivamente en los Consulados de Brasil, Israel y Argentina, de la Ciudad italiana de Milán, para manifestar temor por su vida debido a que conocía detalles del atentado a la Embajada de Israel ocurrido en Buenos Aires en el año ‘92, a la vez que advertía que era inminente un segundo atentado. La Cónsul argentina que le tomó declaración en esa oportunidad fue Norma Fasano. Un par de semanas después, el 18 de julio, en la calle Pasteur 633, volaba la AMIA.

Más cercano en el tiempo, a principios de este año, la Procuradora General de la Nación, Dra. Alejandra Gils Carbó, recibía información de carácter reservado que daba cuenta de amenazas y un fehaciente riesgo de vida sobre la figura del Fiscal Alberto Nisman. No se trataba de la ya conocida Orden Fatwa que pesaba sobre su cabeza desde hacía años, desde el mismísimo momento en que el Fiscal solicitó a Interpol la captura de varios funcionarios jerárquicos iraníes, y por la que tenía custodia permanente, tanto él como su familia. No. No se trataba de esa sentencia de muerte, sino de una nueva amenaza de origen local. Un par de semanas después, el 18 de enero, el Fiscal Alberto Nisman, mi primo, aparecía muerto de un disparo en la cabeza, en el baño de su departamento.

Existieron indicios previos para que ocurriera tanto un hecho como el otro. Ambos: el atentado y el magnicidio fueron advertidos a priori. Sí, digo “magnicidio”, porque me gusta llamar a las cosas por su nombre, y pensar que el Fiscal Nisman se suicidó, observado con visión periférica, me resulta tan absurdo como decir que el Edificio de la Amia se derrumbó por problemas edilicios.

Pero ¿qué pasa en la Argentina que llegamos tarde a todos lados, mal guiados por un Estado ausente o en el mejor de los casos, sordo? ¿Impericia, desidia, intencionalidad? Cada muerte, cada tragedia tuvo su pre aviso. El atentado, el magnicidio, un femicidio, la tragedia de Once, una inundación, un Cromagnon. ¿Y el Estado? Es imprescindible pensar en ello. Es imprescindible pensar. Pensar es una actividad infrecuente en la Argentina. Por eso agradezco que estén aquí: un domingo a la tarde, robándole tiempo a la familia o al esparcimiento. Tan solo para pensar. Abro un paréntesis: a Hanna Arendt le solían preguntar: “¿Dónde está la felicidad? ¿Cómo hace para ser filósofa?” Ella decía: “La felicidad es el pensamiento”. Cierro paréntesis y reitero que pensar es indispensable, porque la acción sin pensamiento es vano impulso. Y a la inversa, el pensamiento sin acción es una manifestación de la impotencia del intelecto. Pensar puede ser un acto colectivo, aunque el estado más puro del pensamiento es el individual, el íntimo: ese libre pensar, en el que nada ni nadie debería intervenir, interferir o prohibir. Ni relato, ni medio hegemónico, ni bolsón de electrodomésticos. En el cuarto oscuro estamos a solas con nuestro pensamiento. Y la acción que le sucede a ese pensamiento es el voto. Y en octubre hay elecciones.

Pero quiero volver hacia atrás, a la AMIA, al Fiscal Nisman. Se podría inferir que, ocurrido el atentado, perpetrado el magnicidio, a pesar de haber sido ambos anticipados, lo más grave ya habría pasado… Error: ésa ni siquiera es la peor desgracia. La peor desgracia viene a posteriori, cuando se investiga. Cuando se pretende impartir justicia. Porque lo que sigue es siempre una investigación lenta y pobre e ineficiente, que no es una fatalidad, sino el resultado de una estrategia deliberada. Por eso creo que el camino para llegar a la verdad exige un extraño desvío, sin perder la perspectiva, claro. Es necesario investigar cómo se investiga, hay que saber lo que se hace, pero sobre todo, lo que se deja de hacer. Hay que indagar en los antecedentes de cómo se investiga en la Argentina y de quiénes son los encargados de investigar los crímenes. Si se parte de la premisa de una investigación viciada, es imposible que la Justicia llegue a dilucidar la verdad.

El ejemplo más claro lo vivimos por estos días: asistimos, veintiún años después, al Juicio oral por irregularidades en la investigación del atentado a la AMIA, en el que están imputados, de “alterar, obstruir e intentar neutralizar la investigación del atentado del 18 de julio de 1994” funcionarios del gobierno de ese entonces; desde el presidente, ministro del interior, servicios de inteligencia, justicia, instituciones judías, policía federal, etc., todos los estamentos que por impericia, desdén o alevosía malversaron la investigación. Y el mal presagio es que, en algunos años, otros penosos veintiún años, vamos a estar ante un nuevo Juicio oral por las irregularidades obscenas que se cometieron y se siguen cometiendo en la investigación por la muerte del Fiscal Alberto Nisman. Y, seguramente, en el banquillo estarán sentados funcionarios de este gobierno; incluyendo presidencia, ministerio del interior, jefatura de gabinete, servicios de inteligencia, fiscalía, policía federal, etc., todos los estamentos que por impericia, desdén o alevosía malversan, día tras día, la investigación. Escribí In Memoriam, sobre el correr de los acontecimientos. Pasados los meses, debo admitir que no cambiaría absolutamente nada, salvo un detalle gramatical. El prólogo termina con el imperativo SERÁ JUSTICIA. Hoy le agregaría un signo: la incertidumbre de la interrogación: ¿SERÁ JUSTICIA? La pequeñez de un símbolo contiene la abismal diferencia.

Para terminar me gustaría contar una anécdota que lo tiene como protagonista al Fiscal Julio Strassera, que encabezó el Tribunal del Juicio a las Juntas de la última Dictadura Militar, quien, por cierto, manifestó profundo pesar y conmoción por el asesinato de Nisman. Un par de semanas después, el 27 de febrero, fallecía él también, pero de causas naturales, a los 81 años.

Strassera ofreció una última entrevista un par de meses antes (septiembre de 2014). En un momento de ese intercambio, el periodista le pregunta sobre cómo vivió las amenazas que tuvo mientras transcurría el Juicio. “A las amenazas no hay que darles importancia -dijo. No es falta de miedo pero, en ese sentido, soy fatalista. Sólo hay que ver los recaudos que se tuvieron con Indira Gandhi y, finalmente, la mató su propia custodia. Cuando tiene que pasar, pasa. Estamos jugados, no hay lugar para tener miedo. De haberlo tenido, hubiera tenido que renunciar. Pero nunca pensé en ello”.

Al momento de esta entrevista, el Fiscal Nisman, amenazado hasta el tuétano, aún vivía. Acumulaba y clasificaba pruebas para su denuncia por encubrimiento. Un par de días antes de que lo asesinaran, la noche que se presentó en el programa A dos voces, además de admitir que en esa acción se jugaba la vida, dijo: “Esté Nisman o no esté Nisman, las pruebas están”

Finalizando la entrevista a Julio Strassera, el cronista le pregunta si hubo algún testimonio del juicio que lo marcó de por vida. Hubieron muchos testimonios importantes -respondió-, pero uno de los que más me marcó fue el de una señora de cuyo hijo me acuerdo el apellido, Barjacoba (Daniel Oscar), que dijo: “Señores jueces, a mi hijo lo sorprendieron armando una bomba. Ahora yo me pregunto, Señores jueces, ¿mi hijo no merecía un juicio como éste? Me devolvieron una bolsa de huesos.”

Andrea Paula Garfunkel