Pernoctar

 

“Si he de vivir que sea sin timón y en el delirio”

Mario Santiago

 

 

 

 

Había repasado en mi mente una y otra vez los ofrecimientos “solidarios” de alojamiento. Evaluaba pros y contras con minuciosidad. El único que no tenía “costo” era el de mi madre; el resto iban a tener precio a mediano o largo plazo que me hizo concluir que adquirir un grupo electrógeno resultaría aún más barato que aceptar esa ayuda. Estaba acorralada entre dos opciones que no me satisfacían: ir finalmente a lo de mi madre o pasar otra noche durmiendo -más bien, intentando dormir- con la colchoneta inflable en la bañadera a medio llenar.

No había resultado. Desperté fresca, sí…, pero contracturada, con mi piel prematuramente envejecida en precarias arrugas y con la sensación de haber jugado una partida de ajedrez con Duchamp, cada cual  sentado en un extremo de la bañera y el tablero al medio en lo que probablemente haya sido un sueño surrealista. Estábamos vestidos sólo de torso superior; Marcel, de riguroso sobrio traje; yo, con una blusa que dejaba traslucir mi desnudez. A partir de la cintura, despojados ambos, sumergidos en el agua. Las piezas heridas en combate morían desangradas en un mingitorio autografiado en una suerte -acaso mala suerte- de fosa común. Definitivamente no quería otra noche igual; había sufrido el jaque mate en un partido muy parejo que me tenía fastidiosa y además, a esta altura, no sólo faltaba la electricidad sino que tampoco había agua.

 

 

Siempre en situaciones extremas me salvan cosas lejanas que recuerdo. ¿Qué recordé esta vez? El obsequio de una chequera que había llegado a principios de año al estudio. Contenía cuatro vouchers por valor de $250.- c/u para un conocido albergue transitorio de lujo. A oscuras, guiada a tientas por el haz de luz de mi vieja linterna de campamento, la encontré en el segundo cajón y pude corroborar que estaba vigente.

Era la primera vez que entraba a uno de esos tugurios -del lado del conductor, me refiero- así es que me tocó dialogar con un cuadrado de vidrio espejado que resultó ser más recíproco y educado que hablar con otro humano mirando Lost o jugando “play”.

– Buenas noches.

– Buenas noches, quería una habitación para pernoctar.

– Bien. Al momento tengo para ofrecerles la habitación temática jungla.

Sin entender porqué se refería a mí en plural volteé para ver la fotografía que se encendía en el backlight frente a mí. Era un duplex, bastante más amplio que mi mono-ambiente. Y sí, no cabía duda, era la  mismísima selva.

– Ok. Si está Tarzán en la habitación, la tomo.

– ¿Disculpe?

– Que ok, la tomo.

– Bien. A su derecha por la rampa. La luz los guiará.

Luego de la predicción del gurú -atinada para ese momento en que sólo  ambicionaba luz, una cama con aire acondicionado, poder recargar todas las baterías y wi-fi, para poder trabajar; me importaba una mierda la jungla de juguete- subí la rampa y aparecí en un playón rodeado de portones a ambos lados. “Vi la luz” que titilaba al tiempo que un portón eléctrico negro me abría paso. Ni bien estacioné, se cerró tras de mí. Pasé una puerta entelada con animal print y quedé cautiva en una selva bastante distinta a la que aprisionó a Ingrid por años. Sonaba música étnica, percusión de tambores afro. Olía a limón y lavanda, y estaba fresca. Todo era raso y satín estampado con motivos selváticos o leopardos. Los accesorios eran en color rosa. Completaban la decoración canastas de frutas, bombones con formas de animales -como las galletitas del zoológico, pero de chocolate- y un balde con champagne. Había lianas por todos lados. Ni bien me senté en lo que vendría a ser la cama, perdí estabilidad y reboté en burbujas sonoras. Estaba destinada a otra noche en colchón de agua. Mi curiosidad me encontró subiendo una escalerilla de sogas y palotes. Aparecí en un entrepiso ambientado como choza sobre un árbol. En una barra de tronco con techo de paja instalé mi oficina itinerante y enseguida capturé la señal inalámbrica del lugar aunque me pedía la clave.

– Buenas noches, habla Juan ¿en qué lo puedo servir?

– Hola Juan, soy Jane, de la jungla. Quería saber la clave wi-fi.

Listo. Conseguí la conexión y comunicación con Sao Paulo que me tenía preocupada. Me estaba disponiendo a trabajar cuando me percaté que estaba sobre la hora de la cena y, si bien mi nuevo hábitat era la selva, no pensaba salir de safari a la caza de ningún bicho porque estoy en contra de la matanza de animales para satisfacer el absurdo llamado de mi estómago ni para ninguna otra absurdez. A mi costado había una cascada -más digna del Feng Shui que del Parque Kruguer- con un tronco a modo de mesa baja. De allí tomé dos carpetas forradas en piel donde esperaba encontrar un menú. La primera, la de cebra, era un catálogo de juguetes de todo tipo, aunque no del tipo que se solían encontrar en FAO Schwartz. La otra carpeta, la atigrada, contenía lo que estaba buscando.

– Buenas noches, habla Juan ¿en qué lo puedo servir?

– Hola Juan, soy Jane de nuevo. Quería un menú white elephant, con la entrada del wild tiger.

– Discúlpe, eso no va a ser posible.

No tenía ganas de hacerle entender a Juan que se estaba comportando como un chico Mac Donald´s que se niega a ponerle pan de campo a tu Big Mac. Que esa noche yo estaba dispuesta a consumir U$s 300 y no U$s 2. No tenía ganas y, por sobre todo, tenía hambre.

– Ok, Juan. Entonces mandame uno de cada.

En los veinte minutos que me separaban de la cena decidí tomarme un baño. Así es que al momento que recibí el carro con dos campanas en plata, ya estaba recompuesta, inmersa en una robe de baño animal print, subida a unas chinelas de taco chino haciendo juego, y una máscara de arena del Sahara en el rostro. Pulsé el botón TV de una consola y deambulé por imágenes de destrezas eróticas que se proyectaban sobre la pared, hasta dar con una sintonía propicia para mi cena. Luego trabajé un par de horas y me fui a acostar con la extraña sensación sonora que probablemente, en la habitación contigua, ocurriera un asesinato consentido, porque los gritos clamaban: matáme, sí… matáme. De ningún modo podría haber denunciado el hecho ni pedir que gimieran en voz baja. Por suerte mi cansancio era tal que dormí de corrido hasta que amaneció. Por la mañana llamé a Juan para pedirle el desayuno de frutas exóticas, pero había terminado su turno. En su lugar estaba Oscar al que le pregunté a qué hora era el later check out. Dos de la tarde, fenómeno. Seguí con mi oficina itinerante hasta el medio día, almorcé ahí mismo y regresé a mi vida con la robe de chambre, las chinelas y un tapa rabo simil antílope de souvenir, el voucher agotado, y la electricidad y dignidad recuperadas.                                                                                 

 

 

APG© · Nov´08

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2 comentarios to “Pernoctar”

  1. ME ENCANTÓ!!

  2. Disfruté mucho de la lectura, aunque me quedó una duda: ¿en la selva habrá telos con habitaciones de temática urbana?

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