Cuarta derrota (1942)

 

Los girasoles ciegos

 

Reverendo padre, estoy desorientado como los girasoles ciegos. A pesar de que hoy he visto morir a un comunista, en todo lo demás, padre, he sido derrotado y por ello me siento sicut nubes…, quasi fluctus…, velut umbra, como una sombra fugitiva.

 

Lea mi carta como una confesión, al cabo de la cual, Dios lo quiera, absuélvame, pero si, como me temo, mi pecado no tiene perdón, rece por mí, porque de mi contrición yo mismo tengo dudas —tal es el Demonio de mi cuerpo—, aunque de mi atrición esta carta pretende dar cumplida cuenta.

 

Todo comenzó cuando, siguiendo su consejo, Padre, me alisté en el Glorioso Ejército Nacional. Combatí tres años en el frente participando en la Cruzada, conviviendo con seres gloriosos y horrendos, con soldados llenos de ideales y mezquinos instintos, pero propensos a Dios cuando tienen que elegir entre la perdición y la Gloria. A ellos me uní, me fundí con ellos. Cierto es que no fui ejemplo de santidad porque, ante tanto horror, los instintos son, a la postre, un ancla de la vida y es deber del soldado saber que los muertos no ganan las batallas. Contribuí con mi sangre a transformar el monte Quemado en un monte Exterminio.

Bienaventurados los justos, quoniam et ipsi saturabuntur, porque serán hartos. Ahora me pregunto, Padre, ¿seremos hartos aunque tengamos que clamar el perdón entre los muertos, entre los fracasados, entre los pecios de la guerra?

Tres largos años olvidando la vida, la propia y las ajenas, terminan convirtiendo al cruzado en un soldado y a las huestes de Dios en soldadesca. La vida del superviviente necesita algo más que la vida misma: la celebración del triunfo sobre el Mal es otro elemento más de la Victoria. La furia de Dios puede enloquecernos. Padre, conocí la carne.

La carne es como los tigres que habitan en el hombre, el Anfión que sabe con arte remover todas las piedras, mover todos, todos, los cimientos del alma. La carne, Padre, usted lo sabrá por el confesionario, es algo prodigioso. Puede inocularnos el orgullo de pecar e incluso la aviesa satisfacción de hacer gozar a un cuerpo que quiere morir y, a pesar de su humillación, exhala un grito de vida capaz de derretir el yunque sobre el que el soldado pretende forjar su acero.

 

Probablemente los hechos ocurrieron como otros los cuentan, pero yo los reconozco sólo como un paisaje donde viven mis recuerdos. Sigo preguntándome cómo eran los árboles cuando los plantaron o cómo era mi madre siendo joven o qué aspecto tenía yo cuando era niño.

Todo lo que ha sobrevivido ha alterado poco a poco su recuerdo porque su presencia real es incompatible con la memoria, pero lo que hemos perdido en el camino sigue congelado en el instante de su desaparición ocupando su lugar en el pasado.

Por eso sé cómo era lo que ha desaparecido, lo que abandoné o me abandonó en un momento de mi vida y nunca regresó a donde lo real se altera poco a poco, a donde su actualidad no deja lugar a su pasado.

Quizá por eso recuerdo a mi padre joven, alto, escuálido y vigoroso abrazado a mi madre anciana cansada y dulce. Recuerdo al Hermano Salvador con su sotana castrense acosando a mi madre anciana, cansada y dulce y a unos policías procaces insultando a mi madre anciana, cansada y dulce. Pero sobre todo recuerdo a un niño lleno de complicidades con su madre anciana, cansada y dulce, a la que no logro recordar como me dijeron que fue: joven, vigorosa y dulce.

¡Ah! Ellos pretendieron alterar el orden de las cosas, modificar los designios del Señor, ignorando que non est potestas nisi a Deo y tuvimos que enseñar un nuevo orden a los inicuos. Tuvimos que glorificar nuestra Victoria.

Cuando regresé, Padre, macerado de desdichas y pecados, buscando el perdón al seminario, quizás hubiera sido mejor vuestro perdón que la dilatada prueba a la que vosotros, mis maestros, decidisteis someterme. Mi formación era superior a la de casi todos mis camaradas, pero acepté de buen grado incorporarme como profesor de Párvulos y Preparatoria en el Colegio de la Sagrada Familia. Acepté el diaconato en la orden del Santo Padre Gabriel Taborit dedicada enteramente a la enseñanza. Me incorporé a una orden menor donde olvidar mis desvaríos y recuperar la Luz.

¡La Luz! Padre, con cuánto desconsuelo hablo hoy de la Luz. A mis párvulos les hablaba de la Luz, porque necesitaba despertar su inquietud bobalicona: «Numera stellas, si potes», les decía para que se sintieran minúsculos, ínfimos, vasallos. Pero la Luz tarda mucho en atravesar la obscuridad y el dolor. ¡Con qué profundo arte Dios ha creado el dolor! En realidad, ahora me doy cuenta, de lo que quisiera hablar es del Dolor porque he aprendido que la Luz y el Dolor forman parte de la misma incandescencia.

Todo empezó con un alumno extraño entre los párvulos. Sólo Dios sabe por qué entre más de doscientos treinta alumnos tuve que fijarme en él. Todos estaban tan desnutridos que su delgadez no significaba nada. Todos eran tan obedientes, tan sumisos, que su poquedad se difuminaba en esa caterva de niños asustados que veían en el hábito el símbolo de la autoridad recuperada, el otro uniforme de los ejércitos de Dios. Jugaba en el recreo, sí, como sus compañeros, callaba en las filas como sus compañeros, atendía en clase como los demás…, pero había algo en él que, poco a poco, comenzó a llamar mi atención. Lo primero que me sorprendió es que, a pesar de sus siete años, dominaba ya las cuatro reglas mientras sus compañeros balbucían ante El Catón tratando de trabar las letras entre sí para formar palabras que no lograban comprender. Lorenzo, que así se llamaba el niño, leía de corrido, por supuesto.

 

—Vamos, Lorenzo, que son las ocho.

Lorenzo buscó en el fondo de las sábanas las trizas del sueño interrumpido.

—Vamos a llegar tarde al colegio… Te preparo el desayuno.

El invierno estaba pegado a los balcones acechando la tibieza y el olor a achicoria del interior de la casa. Lorenzo podía protegerse de todo menos del hambre y se levantó dócil y lentamente. Se puso el abrigo sobre el pijama y recorrió el pasillo hasta la cocina situada en el otro extremo de la casa. Su padre, ya vestido y sin afeitar, estaba trajinando en el fogón para que al menos un hornillo mantuviera el calor suficiente para templar la leche.

—Buenos días, hijo.

Un sonido gutural y un gesto mohíno fueron la única respuesta de Lorenzo, que se dejó caer con desgana sobre la única silla de la cocina.

Además del fogón de hierro, había una mesa de mármol sobre una estructura de hierro colado pintada de purpurina y un fregadero de piedra artificial que imitaba el granito. Una placa de zinc sobre la carbonera servía de repisa para un sinfín de cacerolas y sartenes perfectamente limpias, perfectamente ordenadas.

La ventana con fresquera daba a un patio estrecho por el que se intuía la luz del día. Unos visillos y la bombilla apagada protegían la intimidad de la cocina. En el patio, voces desabridas y un incesante batir de huevos daban fe de que el día había comenzado.

—Tómate la leche.

El pan de centeno no flotaba. Se hundía en el fondo del tazón sin asas, pero el hambre estaba tan domesticada que aguardaba sabiamente a que aquellos mendrugos se embebieran en leche y se hicieran comestibles.

—No quiero ir al colegio, papá.

—¿A qué viene eso?

—Es que el hermano Salvador me tiene manía…

La conversación quedó en el aire porque la madre, ya vestida, entró en la cocina con la ropa del niño y, con una maternidad apresurada y eficaz, lavó su cara con una toalla mojada en el agua templada de un puchero que se mantenía también sobre la placa del fogón. Le puso los calcetines, le quitó el abrigo y la chaqueta del pijama para ponerle una camisa de franela gris. Todo esto tenía lugar sin que Lorenzo dejara de desayunarse con la leche y el pan de centeno. Ella le embutió en un jersey cerrado de lana gruesa que encontró no pocas dificultades al pasar por la cabeza y, casi sin levantar a su hijo de la silla donde estaba derrumbado, le quitó el resto del pijama para sustituirlo por unos pantalones cortos con peto que deslizó, con la habilidad de un prestidigitador, bajo el jersey hasta que pudo abotonarle los tirantes. El final del desayuno coincidió con un peine que a duras penas logró domeñar un remolino en la coronilla que daba al niño cierto aspecto de personita en fuga. Un abrigo de paño azul rozado por los codos y una bufanda verde que cubría el rostro de Lorenzo hasta los ojos eran la señal de que el tiempo disponible había concluido.

—Hale, que vamos a llegar tarde al colegio. Dale un beso a papá.

Toda la docilidad con la que había soportado ser lavado, vestido, peinado y abrigado al mismo tiempo que se tomaba el pan de centeno con la leche se convirtió en una mueca mimosa brindada a su padre.

—No quiero ir al colegio, papá.

—Habla más bajo, que pueden oírte.

—Dice que el hermano Salvador le tiene manía.

—Claro que sí. Me está siempre haciendo preguntas y preguntas… hasta en el recreo.

Sus padres se miraron con una complicidad disimulada. Pese a las prisas, trataron de quitar importancia a su curiosidad.

—¿Y qué te pregunta?

—Pues qué hace mamá, que por qué no vienes nunca tú a buscarme al colegio… y que si me gustan los libros…, de todo.

—¿Y tú qué le respondes cuando te pregunta por mí?

—Que estás muerto.

 

Yo, reverendo padre, tengo un recuerdo dulce de mi infancia. La devoción de mis padres y la virtud de mis maestros me inculcaron desde muy niño el amor por Jesús. Amé al niño Jesús cuando fui niño, me preparé para ser soldado de Cristo cuando fui adolescente e ingresé en el seminario cuando llegó la hora de entregar mi vida a la Santa Madre Iglesia. Ahora recuerdo todo aquello como si mi cuerpo no existiera, como si la única substancia de mi vida hubiera sido la vocación de sacrificio. Después, una dulce marea de entregas y sufrimientos me mantuvo al margen de la vida y fue conformando un alma satisfecha por la conquista heroica de las virtudes teologales, la convicción profunda de la Fe y el silencio íntimo de la meditación.

Quizás por eso, Padre, cuando fui arrojado a la vida, siempre preñada de corrupción y desorden, me sorprendió indefenso porque hasta que lo vi, Padre, yo no había tenido conocimiento del Mal. Y creo que el Mal lo sabía.

Es cierto que acepté de buen grado unirme a la Cruzada, y, si me hubiera llegado la hora durante la contienda, usted y los míos sólo hubieran podido decir de mí lo mismo que el Padre pudo decir del Hijo: Oblatus est quia ipse voluit. Es verdad que fui. yo quien quiso el sacrificio, pero también es cierto que nunca intuí lo horrible que era el mundo. Fanfarrón, gregario, embustero, pecador y heroico. Poco a poco me fui desguarneciendo, como si yo estuviera perdiendo la batalla.

 

Ahora ya puedo hablar de todo aquello, aunque me cuesta recordar, no porque la memoria se haya diluido, sino por la náusea que me produce mi niñez. Recuerdo aquellos años como una inmensidad vivida en un espejo, como algo que tuve la desdicha de sufrir y observar al mismo tiempo. A este lado del espejo estaba el disimulo, lo fingido. Al otro, lo que realmente ocurría. Hoy, lo que recuerdo del niño que fui sigue asustándome porque con los años se impone la convicción de que, si yo no hubiera sido un niño, nada de lo que ocurrió habría sucedido.

Había un mundo que se llamaba Alcalá 177 y el piso tercero, letra C, era mi tierra. Este planeta estaba en un universo, inmenso y al acecho, que era una manzana triangular limitada por las calles de Alcalá, Montesa y Ayala. ¡Una manzana que ni siquiera tenía cuatro lados, como todas las demás, y, aun así, era mi cosmos! Más allá, había otras galaxias: la calle Torrijos y Goya por un lado y, por el otro, el sombrío mundo de la Fuente del Berro y la Plaza de Manuel Becerra donde habitaban niños más pobres que nosotros a los que nos vinculaba un odio recíproco e injustificado, explicable sólo porque, a la sazón, era todo banderizo: las aceras, la pelota, la peonza, la goma de borrar y los amigos. Además, recuerdo que había un pasadizo aséptico y urgente que desembocaba en el colegio de la Sagrada Familia, un palacete que hacía esquina a las calles de Narváez y O’Donell. Un cuarto de hora de camino que recorrí, acompañado o solo, miles de veces y, sin embargo, tan ajeno a mí que no consigo reconstruir del todo su paisaje. La verdad es que únicamente cuando regresaba a mi manzana volvía a estar en mi universo.

Pero, de todos los recuerdos, el que por encima prevalece es que yo tenía un padre escondido en un armario.

 

Hoy pienso, Padre, que me llamó la atención algo que le distinguía de los demás: era un niño triste pero con una serenidad extraña para su edad. En sus juegos sin discordia, en su obediencia sin sumisión, en su interés por aprender y su orgullo por saber, en su silencio… Quizá su infancia me recordó la mía y quise revivir en aquel párvulo el niño que yo fui. Pensé que sería un buen pastor en nuestra Iglesia. ¡Ay de mí! Noté algunas otras diferencias: recuerdo que, cuando todos los alumnos en fila, antes de salir del colegio, formaban marcialmente y entonaban el Cara al sol al atardecer como despedida de una jornada de jubiloso aprendizaje, Lorenzo no compartía el espíritu de Flecha que sus compañeros demostraban. Mantenía, sí, la compostura, pero un día me acerqué a él sigilosamente por detrás y advertí con sorpresa que mantenía el brazo en alto, movía los labios, pero no cantaba. ¡Le pedíamos amor a su Patria y nos devolvía su silencio!

Le castigué a no abandonar aquel patio si no cantaba el himno completo, pero no cantó. Se mantuvo erguido y con el brazo en alto aunque ni siquiera comenzó la primera estrofa. No sé si prevaleció en mí la ira por su rebeldía o la dicha por la oportunidad de doblegar con mi autoridad a un hijo impío de un siglo sin fe. «¡Canta», le ordené, «es el himno de los que quieren dar la vida por su Patria!»

«Mi hijo no quiere morir por nadie, quiere vivir para mí», dijo una voz suave y melosa a mis espaldas. Me volví y era ella.

Ahora comprendo la frase del Eclesiastés: La mirada de una mujer hermosa, pero sin virtud, abrasa como el fuego. Yo ignoraba entonces que así nacía mi desvarío.

 

Acostaron al niño y guardaron silencio en el comedor envuelto en la penumbra. El silencio formaba parte de la conversación porque ambos ocultaban sus lamentos. Aunque la ventana del comedor que daba también al patio de las cocinas estaba cubierta por una espesa cortina de terciopelo azul, vestigio de otros tiempos en que, antes de vender todo lo vendible, hubo un aparador con cabezas de guerreros medievales tallados en sus puertas, una alacena con platos de porcelana inglesa y un extraño pez de cristal de Murano con la boca abierta, el matrimonio permanecía en la habitación iluminada únicamente por la luz que llegaba del pasillo, para que nadie advirtiera que había dos adultos viviendo en esa casa.

Mientras la claridad del día prevaleciera sobre la luz del interior, Ricardo Mazo podía moverse con cierta soltura por el piso, evitando siempre acercarse a las ventanas y a los balcones. Las habitaciones del fondo daban a la calle Ayala y enfrente había un cine, el Argel, que estaba siempre vacío por las mañanas. Era ése el momento que aprovechaba Ricardo para, con las precauciones necesarias, ver la calle, la gente que vivía transitando una ciudad llena de espacios, de conversaciones, de saludos, de prisas y de parsimonias que él reconocía como suyas. Pero cuando oscurecía, Ricardo nunca entraba en una habitación iluminada, esperaba a que apagaran la luz del pasillo para ir al baño y caminaba con un sigilo que, en ocasiones, conseguía asustar a su mujer y a su hijo. Todo estaba preparado para que él no ocupara lugar en el espacio iluminado.

—Tengo que escaparme de aquí, intentar pasar a Francia.

Elena buscó las manos de su marido sobre la mesa. No hacía falta repetir que aún no era posible, que había que esperar que se fueran apagando los rigores de la venganza, que el gobierno de Vichy estaba deportando refugiados españoles a mansalva y que, de huir, lo harían todos juntos, ellos dos y el niño. Nunca más volvería a separarse lo que quedaba de familia. Su hija mayor, Elena, había escapado con un poeta adolescente al terminar la guerra y nunca volvieron a tener noticias de ella. Ni siquiera se atrevían a preguntarse si vivía.

Preñada de ocho meses, su hija huyó de Madrid a los pocos meses de terminar la guerra siguiendo a un aprendiz de poeta que se transfiguraba recitando a Garcilaso.

El muchacho había publicado unos poemas —pindáricos, decía él— en Mundo Obrero y en algunos boletines del Ejército Popular y temió ser ajusticiado por ello. Se ocultaron en casa de Eulalia, una antigua criada de los padres de Elena, hasta que encontraron la oportunidad de salir clandestinamente de Madrid en un camión que transportaba ganado a Valladolid. No volvieron a tener noticias de ellos aunque les consolaba pensar que habían logrado exiliarse.

Hablar siempre en voz baja es algo que, poco a poco, disuelve las palabras y reduce las conversaciones a un intercambio de gestos y miradas. El miedo, como la voz queda, desdibuja los sonidos porque el lado oscuro de las cosas sólo puede expresarse con silencio.

 

Fui ingenuo, Padre, porque creí que todas las cosas del mundo tenían ya su nombre, es decir, estaban ya clasificadas. Yo pensaba que en eso estribaba la armonía. Para mí era suficiente con llamar a las cosas por su nombre, buscar los sentimientos en el diccionario de las Sagradas Enseñanzas para saber si estábamos hablando de la Gracia o de la Perdición. Pero hay un campo de nadie, Padre, que no está donde está el pecado y su castigo, ni está tampoco donde la virtud y su recompensa: si tuviera que dibujar un mapa trazaría una ancha franja oscura a la que, con el derecho que se otorga a los descubridores, me atrevería a llamar Elena. Elena era y es la madre de Lorenzo. Voluntas bona, amor bonus; voluntas mala, amor malus. ¡Santo Tomás se hubiera sorprendido con la complejidad de mi mapa! Hay un lado turbio en todos los paisajes que nunca podremos reducir a la simple geografía. Padre, hay un punto oscuro en nuestro ser que no contemplaron nuestros Padres: entre lo beatífico y lo abyecto hay un campo inmenso que no resuelve el problema del Bien y del Mal, un ámbito ambiguo, ahora lo sé, que es precisamente el de los hijos de Adán. Padre, hay que ser hijo predilecto del Señor para no tener que elegir entre lo divino y su contrario. Yo sólo soy un hombre, Padre, hijo del error original y la maldición que conlleva.

 

Mi hogar se distribuía a ambos lados de un pasillo. El edificio estaba dividido también en dos mitades: los pisos con balcones a la calle de Alcalá, que formaban la parte noble del vecindario, y los más humildes, que daban a la calle Ayala. Nosotros vivíamos en uno de estos últimos.

Aunque podría describir palmo a palmo aquella casa, lo imborrable de aquel piso serán siempre las ventanas que acechaban eternamente nuestras vidas, eran la parte frágil de nuestro reposo familiar. Si estaban abiertas, sólo podía hablar en voz alta con mi madre; si era de noche tenía que esperar a que mi padre abandonara las habitaciones para encender la luz. Todo este juego de silencios y oscuridades estaba transido por un tercer elemento que cristalizaba cualquier situación en la que se produjera: el ruido del ascensor.

Desde que se ponía en marcha hasta que llegaba a nuestro piso, el tercero, había un tiempo que todos teníamos interiorizado y perfectamente medido. Si se paraba en el segundo, o continuaba más arriba, todo seguía en el punto en que se había detenido; si se paraba en el tercero, no sólo se congelaba el tiempo sino que se petrificaba el aire hasta que oíamos un timbrazo en cualquiera de las otras tres viviendas de nuestro rellano. Entre todos los ruidos, entre todas las voces, entre todas las expresiones de vida a nuestro alrededor, mi padre, mi madre y yo teníamos perfectamente catalogados los que presagiaban peligro y los que reflejaban rutina. Nadie aludía nunca a esos silencios que el ascensor provocaba, como nadie hacía comentario alguno cuando mi padre, si alguien llamaba a nuestra puerta, se escondía en un armario empotrado tras un tocador con dos mesillas a ambos lados de un espejo.

El armario no había sido construido para la finalidad que ahora tenía. Antes de la guerra, aprovechando una irregularidad del dormitorio que ahora parecía cuadrado, habían creado un espacio triangular disimulado tras un tabique sobre el que se apoyaba un espejo, enmarcado en caoba oscura, que llegaba hasta el suelo y que era en realidad la puerta de un gran armario empotrado. Cabía una persona holgadamente, tumbada o de pie y las bisagras de la puerta estaban disimuladas con un enorme rosario de tupidas cuentas de madera con un crucifijo de plata en el que había un Cristo deforme pero con un gesto de dolor tal en su rostro que procuraba no quedarme nunca a solas con él en aquel cuarto.

Había, además de dos camas de hierro niquelado con cabeceros adornados con hojas metálicas de parra y un cristal oblongo, un enorme armario de tres cuerpos con una luna enorme en la parte central que me servía a mí para soñar en un mundo donde mi derecha era su izquierda y al contrario. Recuerdo que mi padre definió mi confusión algo así como «puntos de vista diferentes a la hora de ver las cosas». En ese armario se guardaba mi ropa y la de mi madre. Olía a naftalina. La de mi padre se ocultaba con él en su cobijo. He conservado el olor de ese escondite y lo he reconocido en las cocinas pobres, en las uñas sucias, en las miradas desgastadas, en los desahuciados por los médicos, en los humillados por la vida y en las garitas de guardia de los cuarteles. En las cárceles no huele a eso, huele a lejía y al olor que tiene el frío.

Me sentí pastor y fui feliz al saber que había descarriados en mi rebaño. ¡Cuan lejos estaba yo, Padre, de saber que yo era el lobo! Como Bossuet, hice acopio de mi cáliz para darles de beber los secretos del Señor. Comencé a hacerme el encontradizo.

Nunca más obligué al niño a cantar, aunque no me pasaba desapercibido su fingimiento. Al romper filas, cada tarde, los alumnos se abalanzaban hacia la puerta de salida del colegio. Yo espiaba el comportamiento de Lorenzo y no pocas veces tuve ocasión de encontrarme con su madre. Al principio nos limitábamos a saludarnos formalmente y, aunque ella rehuía mi conversación, poco a poco comenzamos a intercambiar algunos comentarios sobre el niño, luego sobre la infancia alborotada, sobre la misión de la docencia y otros temas que, pensé, me llevarían a hablar de las verdades del alma. Yo, Padre, notaba que me sentía a gusto junto a ella, pero pensé que si Dios había querido dotar al hombre de una compañera semejante a su primera criatura, adjutorium simili sibi, era también Su Voluntad que yo sintiera la complacencia que sentía. Lorenzo guardaba silencio si bien es cierto que buscaba con insolencia la mirada de su madre, pero yo, lejos de notar las complicidades que se traían entre manos, me complacía también por el amor filial que su madre le inspiraba. La pez es densa y es oscura para ser impenetrable, Padre.

No niego que intuí en Elena el ancestro de Eva, no el de la Eva hermosa, pura y grácil, formada para cautivar el corazón del hombre y subir con él en común vuelo hasta Dios, sino el de la Eva caída, desnuda y arrepentida, la primera inductora del mal. Pese a ello, convertí en rutina acompañar a Lorenzo y a su madre durante un trecho del camino que recorrían para regresar a casa. Había algo en Elena que me inducía a librar mi propia batalla. Fueron momentos felices de mi diaconato en aquel colegio.’

 

—El niño no volverá al colegio. Diles que está enfermo.

—Eso levantará aún más sospechas.

—Pero no podemos exigirle que soporte eternamente los acosos de ese fraile. Tenemos que cambiarle de colegio, o lo que sea.

—Los dos aguantaremos a ese untuoso, no te preocupes.

Cada mañana, las resistencias del niño a ir al colegio adquirían formas nuevas: unos días fingía una tos que le hacía vomitar el desayuno, otros un dolor insufrible de estómago le mantenía con la cabeza en las rodillas mientras su madre trataba de vestirle con dulzura, otros, sin más, lloraba dócilmente.

Sólo cuando la evidencia hacía inevitable el camino del colegio, abandonaba sus lamentos en favor de una resistencia pasiva que multiplicaba el tiempo necesario para dar un paso, para recibir un beso o guardar el cuaderno de tareas en la mochila de cuero.

Elena, ya en la puerta del colegio, empujaba suavemente a su hijo hacia el interior del patio y le susurraba al oído una frase cómplice:

—Tenemos que ser fuertes para ayudar a papá. Él nos necesita.

Después, permanecía junto a la valla del recinto hasta que un coro de voces infantiles comenzaba a cantar Montañas nevadas o cualquier otro himno patriótico. La rutina de lo oscuro comenzaba con la ternura de esas voces que ensalzaban epopeyas desconocidas con palabras ininteligibles para ellos. Eran los tiempos de lo incomprensible y nadie trataba de entender lo que ocurría.

Abrigada por un sobretodo oscuro con cuello de terciopelo ancho y redondo, Elena regresó hasta el cruce de las calles Alcalá y Goya para tomar el metro que solía utilizar para llegar hasta Argüelles, donde, cuatro manzanas más allá, estaba la empresa Hélices, una compañía estatal hispanoalemana que, auxiliar de otras empresas estatales aeronáuticas, encargaba traducciones a Elena.

Este trabajo, además de algún dinero para la subsistencia, daba derecho a Elena a retirar del economato del Ejército de Aviación dos chuscos de pan blanco a la semana, que recibía al margen de la cartilla de racionamiento, donde sólo figuraban ella y el niño.

Las traducciones en realidad las hacía su marido, que, de esa forma, aliviaba su sensación de ser una carga para su mujer y su hijo. El uso de la máquina de escribir, una Underwood negra con la marca de fábrica en letras doradas, estaba también restringido a los momentos en que Elena estaba en casa. Cuando ella salía, Ricardo hacía su trabajo a mano y lo mecanografiaba, tres copias con papel carbón, mientras ella recogía silenciosamente la casa o cosía a mano, porque el ruido de la máquina de coser —una Singer negra y niquelada sobre una plataforma de madera apoyada en una estructura modernista de hierro colado— y el de la máquina de escribir tampoco eran compatibles. Ella, para hacer frente a los gastos de la casa, trabajaba para una lencería a medida de la calle Torrijos que reservaba para Elena los trabajos que requerían mayor esmero. Siempre calificaban de primorosas sus labores, pero la señora Clotilde no por ello aumentaba sus tarifas.

Aquel día, cuando regresó a casa con el tratado de estroboscopia que tenía que traducir urgentemente, María, la portera, le dijo que un religioso había venido a visitarla, y que, aunque ella le había dicho que no estaba en casa, insistió en subir y había estado un buen rato llamando al timbre de su casa.

 

Ese cosmos estaba netamente dividido en dos mitades: la lóbrega y la luminosa. A la primera pertenecía el colegio, las preguntas de mis profesores y el silencio, a la otra pertenecía una parte de mi barrio y la forma que tenían sus gentes de relacionarse conmigo. Con la distancia tengo la sensación de que, como un péndulo, yo era capaz de estar a un lado y a otro sin confundirme gracias a las enseñanzas del espejo.

En casa vivíamos una complicidad parlanchina, en la calle vivíamos un bullicio silencioso. Yo tenía que disimular lo que mi padre me enseñaba en casa cuando estaba fuera y remozar lo que ocurría en el exterior cuando estaba en casa. La relación con otros niños del barrio, por ejemplo, era un ejercicio de equilibrios bien guardados.

Aunque todos íbamos a distintos colegios, vivíamos en nuestra manzana sin traer nada del exterior, ni siquiera recuerdos, ni siquiera el miedo que nos inspiraban nuestros maestros. En la esquina de Alcalá con Ayala, el ángulo más agudo de nuestra manzana, había una clínica dental que era en realidad una tienda sin escaparates, con sendos poyetes de mármol en cada fachada, uno en la calle de Alcalá, que apenas usábamos porque era frecuente encontrar escupitajos con sangre de los pacientes, y otro en la calle Ayala que era, por ser la zona menos transitada, el punto de reunión de los niños de la manzana. Jugábamos a los juegos de los niños sin juguetes: a la taba, al rescate, a pídola, al zurriago y a otros juegos en los que nosotros éramos las víctimas y los verdugos, juegos donde el castigo era siempre doloroso y el premio causar daño. Era una forma más de vivir los tiempos que corrían.

Todos hablaban a menudo de sus padres. Uno de ellos, Tino, con aspecto de cachorro grande y que tenía cada ojo de un color, estaba orgulloso de su padre porque era picador de toros además de oficinista. Disfrutábamos cuando el enorme coche de cuadrillas que funcionaba con gasógeno iba a recogerle y él aparecía, espigado y grave, en el portal con su espectacular traje de luces. Otro de los integrantes del grupo de la esquina, Pepe Amigo, se ufanaba de que su padre cazaba pájaros los domingos en Paracuellos del Jarama: con redes en primavera y con liga durante el invierno. Tenía su casa, diminuta y pobre, llena de jaulas con jilgueros que cubrían por las noches para que descansaran de su agitación durante el día. Al padre de Pepe Amigo le admirábamos porque tenía una motocicleta Gilera con el cambio de marchas en el depósito de gasolina, de forma que, fuera a la velocidad que fuera, tenía que soltar una mano del manillar para cambiar de marcha y eso nos parecía una proeza. Y ello a pesar de que era cojo y llevaba un alza enorme en el zapato derecho.

También recuerdo a los dos hermanos Chaburre, que tenían doce vacas en el patio interior del edificio y abastecían de leche a la vecindad, que acudía a comprarles con las lecheras de aluminio. Su padre las ordeñaba y, en las raras ocasiones en que nos dejaban pasar a verlas, todos pensábamos en el valor que implicaba ordeñar aquellas bestias tan enormes y tan hoscas.

Podría enumerar las razones por las cuales todos admirábamos a los padres de los habitantes de la manzana. Ésta fue la única compensación que tuve el día en que se hizo público que el mío no sólo no había muerto sino que estaba en casa cuidándome desde el interior de un armario.

Ahora, Padre, sólo me quedan los escombros de la memoria, las justificaciones abatidas de mi comportamiento. Debo empezar diciendo que no sé por qué empecé a seguir a Elena cuando ella dejaba al niño en el colegio. Si alguien me hubiese preguntado entonces, la excusa hubiera sido que algo turbio envolvía a aquella mujer. Para justificar esta respuesta recurrí a un alférez provisional que desempeñaba el cargo de comisario en Gobernación. Por él supe que Ricardo Mazo, su marido, había sido profesor de Literatura en el Instituto Beatriz Galindo y constaba como huido. Fue uno de los organizadores, en 1937, del II Congreso Internacional de Escritores Antifascistas, donde hizo valer su pensamiento masónico y alardeó de su amistad personal con el comunista André Malraux y el ruso Iliá Ehremburg. Formó parte también de la comisión enviada en septiembre de 1936 por el Gobierno rojo a Plymouth para alterar las resoluciones de No Intervención tomadas por las Trade-Unions inglesas. Pocos datos más existen sobre él, exceptuando que estaba efectivamente casado con Elena y que tenía dos hijos, Elena, nacida en el veintidós, y Lorenzo, que ahora tenía siete años. De ninguno de los dos constaba que hubieran sido bautizados. Acudí a la parroquia correspondiente, la de Covadonga, en la plaza de Manuel Becerra, y no pudieron darme la Fe de Bautismo de ninguno de los hijos. Ambos habían nacido antes del Alzamiento y, por tanto, no había justificación dado que esta parroquia milagrosamente no fue ni cerrada ni agredida durante los tres años de la guerra. También me sorprendió que nunca hicieran referencia a la hermana mayor, que, siendo todavía una muchacha, había desaparecido de sus vidas.

 

Pudiera pensarse que mis recuerdos están al margen de la memoria del miedo, pero, a pesar del esfuerzo de mis padres para que yo no participara en aquella liturgia de temores, yo también estaba asustado por si se rompía la burbuja donde ocultábamos nuestra cotidianidad familiar y el exterior, lo de ellos, lograba penetrar en nuestro mundo arrasando nuestras ternuras silenciosas, nuestra felicidad disimulada. Recuerdo un día que estábamos jugando al parchís. El hecho de ser sólo tres jugadores lo utilizaban mis padres para darme una ventaja encubierta por ser el tercero en el tablero, de forma que mis fichas no tenían perseguidor pero yo tenía sus fichas a mi alcance. Me tocaba tirar a mí cuando el ascensor se puso en marcha. Era de noche, el portal estaba ya cerrado y no corrían tiempos para los trasnochadores. Parecía que nadie prestaba atención a los chirridos del ascensor renqueante, pero todo se detuvo en una parsimonia que parecía indiferente a lo que oíamos aunque justificaba todos los silencios.

Era tarde y era sábado. El ascensor se detuvo en el tercero. El silencio se transformó en quietud y el cubilete y los dados quedaron suspendidos en el aire hasta que sonó el timbre.

A mi alrededor comenzó un caos premeditado. Mi padre se fue diligentemente a su armario, mi madre recogió sus fichas del tablero, sólo las suyas, y a mí, que ya estaba en pijama, me acostó en una de las camas de su dormitorio.

strong>Pase lo que pase, hazte el dormido —me dijo.

Recolocó el rosario que ocultaba las bisagras del armario donde se escondía mi padre y, atenta a cualquier desorden, fue a abrir la puerta que estaba aporreando sin misericordia el visitante inoportuno.

La habitación se quedó a oscuras y, cuando mi madre abrió la puerta a los visitantes, el silencio regresó como si nadie lo hubiera ahuyentado, pero fue entonces cuando me acordé de que, con las prisas, no habíamos recogido los papeles de la mesa de mi padre. Ahora lo cuento como si estuviera hablando de las travesuras de un niño ajeno a mí y me resulta imposible, porque el miedo es inefable, describir el tremendo esfuerzo que supuso para aquel niño que tengo en la memoria abrir la puerta del dormitorio procurando no hacer ruido, ir a oscuras hasta la mesa de trabajo donde estaban las cuartillas que mi padre utilizaba para traducir, agruparlas en silencio mientras oía unas voces desabridas que insultaban a mi madre al otro lado del pasillo y, por último, regresar al dormitorio y arrojar los papeles dentro del armario donde se escondía mi padre y su silencio. Lo único que lamenté después de aquello es no poder contar a mis amigos mi proeza.

Desde el verano del año en que acabó la guerra, la policía no había vuelto a registrar la casa de Elena, pero una noche en la que la rutina familiar disimulaba las asperezas del miedo, llegaron cuatro hombres vocingleros al mando de uno más joven, con camisa azul y abrigo de mezclilla, que se ponía en jarra para preguntar y se atusaba el pelo lacio y grasiento mientras esperaba la respuesta. Los otros tres policías se sabían implacables, pero el joven se consideraba un dandi.

A empellones, llevaron a Elena hasta la cocina. Dos de ellos siguieron avanzando por el pasillo y el joven y otro policía que tenía la cara picada de viruela se quedaron junto a ella. Con la pistola sobre la mesa de mármol comenzó un interrogatorio caótico que Elena apenas escuchaba y que resolvía con monosílabos no siempre congruentes con las preguntas porque todos sus sentidos estaban persiguiendo a los dos policías que registraban la casa.

A las preguntas de si era cierto que su marido estaba escondido en Madrid, de si su marido había muerto, de si ella estaba amancebada con un cura, de si su hija era puta en Barcelona, de si no se le apetecía un revolcón con unos hombres de verdad, de si su marido había matado monjas en la guerra, de si era adepta al Movimiento Nacional, a todo esto, contestó que sí.

Sin embargo, contestó que no cuando le preguntaron si sabía que su marido estaba preso en Salamanca, que vivía con una furcia en el sur de Francia, si era adepta al Movimiento Nacional, si sabía quién era el padre de su hijo, si tenía contactos con el Imperio Británico o si pensaba huir a Rusia para reunirse con su marido que era un capitoste del Ejército Rojo.

El interrogatorio y sus respuestas, que hubieran sido distintas de haberse formulado en otro orden, quedó interrumpido cuando uno de los policías que registraban la casa apareció en la puerta de la cocina llevando a Lorenzo arrastrado de una oreja. El niño estaba descalzo y caminaba de puntillas como si quisiera levitar para mitigar el dolor.

—¡Deja a mi hijo en paz! —gritó Elena mientras se abalanzaba a coger a su hijo en brazos.

A partir de ese momento la conversación de los cuatro policías se tejió entre ellos como un juego de obscenidades y procacidades dichas al desgaire mientras recorrían la casa desordenando los armarios, los libros, la vajilla, los juguetes de Lorenzo y todo aquello que pareciera estar en su sitio.

Pero a pesar del tiempo que estuvieron en el dormitorio de Elena comentando las infinitas posibilidades de felicidad que podrían proporcionarles aquellas camas si ella fuera de verdad una mujer, no descubrieron que, tras el rosario de cuentas de madera, había unos goznes que abrían el armario donde estaba escondido un hombre angustiado por si no lograba contener el llanto.

 

La verdad, Padre, es que me gustaba verla moverse entre la gente, caminar recatada y grácil hacia su casa con el paso apresurado de la mujer hacendosa. En dos ocasiones me hice el encontradizo y la invité a sentarse en la terraza de un café donde servían malta con leche y mojicones. Mis desvelos por el pensamiento encontraban siempre una respuesta adecuada en el ámbito de sus sentimientos. Todo parecía armónico. Éramos como dos ángeles procedentes de distintos coros. En nada nos parecíamos y en eso estribaba nuestra armonía. Yo pensaba y ella sentía, yo analizaba y ella sufría por lo agitado de los tiempos que le había correspondido vivir.

El hombre reflexiona con la cabeza para que el pensamiento descienda al corazón donde encuentra su vigor, mientras que la mujer discurre con el corazón para que su instinto recobre la luz de la razón. Ahora sé que sus procedimientos para comunicar la verdad son tan diferentes de los nuestros como los modos que tienen de alcanzarla. Yo trataba de desvelar su enigma, ella de persuadirme de su candidez. Si al varón corresponden los sonidos brillantes y mayores, a la mujer competen los tonos menores, suaves y velados. Ella se adecuaba a la armonía del Universo.

Todo esto pensaba yo, padre, para justificar lo esquivo de sus respuestas, lo que convertía a Elena en algo cada vez más codiciado. Decidí aproximarme más a ella, buscar más su contacto.

 

—No bebas más, Ricardo, te estás matando.

—¿Beber es lo que me está matando? No digas bobadas.

—Necesitamos estar lúcidos para…

—Para vivir como si no existiéramos, ¿es eso?

—No, para seguir juntos, para resistir todo el tiempo necesario. No me gusta que Lorenzo te vea tan deshecho. Por favor…

Con un gesto rápido retiró la botella de la mesa y fue a la cocina a guardarla en la fresquera. La casa estaba a oscuras y la tenue luz del pasillo sólo insinuaba los perfiles de las cosas. Aun conociendo la casa como la palma de la mano, había momentos en los que tenía que caminar a tientas. Cuando Elena regresó al comedor, la luz estaba encendida y su marido asomado a la ventana abierta de par en par. Pese al frío, casi todas las ventanas estaban abiertas para que el olor a manteca quemada y a coliflor revenida no impregnara su pobreza. Serían las diez de la noche y Lorenzo hacía tiempo que dormía.

Como si quisiera protegerle de una lengua de fuego, se precipitó sobre Ricardo con tal vehemencia que le hizo caer al suelo. Así permanecieron, arrebujándole con su cuerpo, hasta que comprobaron que otras voces y otros silencios daban los hechos por no ocurridos. Nada alteraba el frío.

Casi inmóviles, fueron desplazando suavemente con sus cuerpos el aire que mediaba entre sus cuerpos, entrelazándose hasta guarecerse mutuamente de la noche y sus miradas. Escondidos el uno en el otro hablaron del miedo, de Lorenzo y su entereza cómplice, de Elena huida, de la necesidad de no caer en el desánimo.

—No es eso, Elena, es estupor. No por haber perdido una guerra que ya estaba perdida el día en que empezó, es otra cosa.

—¿El qué?

—Que alguien quiera matarme no por lo que he hecho, sino por lo que pienso… y, lo que es peor, si quiero pensar lo que pienso, tendré que desear que mueran otros por lo que piensan ellos. Yo no quiero que nuestros hijos tengan que matar o morir por lo que piensan.

Rompió en un lamento sofocado, gutural y sordo, que su mujer fue rebañando con los labios, buscando con su lengua los ojos de su esposo y apretando sus labios contra el llanto. Gota a gota, fue sorbiendo el dolor de su marido. Y también su rabia.

Elena se levantó, cerró la ventana, apagó la luz y, a tientas, se acercó a Ricardo, que seguía inmóvil en el suelo tiritando. Tomó sus manos, suavemente le forzó a que se levantara y, sin soltarle, le llevó hasta el dormitorio con una dulzura que empezó con besos y caricias en la cara humedecida por las lágrimas y terminó desnudándole con la misma delicadeza con la que vestía al niño. Tuvo que reconstruir el camino de las caricias de antaño y jadear quedamente para atraer las pasiones enterradas en los rincones del miedo. Ayudó a que las manos de Ricardo emprendieran la búsqueda de sus secretos y terminó arrodillándose para llamar con los labios el vigor que se escondía bajo todas las tristezas. Cuando obtuvo respuesta, en el suelo para eludir los chirridos de la cama, se enzarzaron en un cúmulo de posesiones que tuvo lugar sin un jadeo, sin un grito, sin un te quiero para seguir guardando el secreto de la vida.

 

Una de las cosas que más me sorprende es que inevitablemente, todos teníamos recuerdos de la guerra civil, del cerco de Madrid, de los acosos de las bombas y de los obuses. Sin embargo nunca hablábamos de ello.

En el colegio, Franco, José Antonio Primo de Rivera, la Falange, el Movimiento eran cosas que habían aparecido como por ensalmo, que habían caído del cielo para poner orden en el caos, para devolver a los hombres la gloria y la cordura. No había víctimas, eran héroes, no había muertos, eran caídos por Dios y por España, y no había guerra porque la Victoria, al escribirse con mayúscula, era algo más parecido a la fuerza de la gravedad que a la resolución de un conflicto entre los hombres.

Del grupo de amigos que formaban parte de aquel universo sólo uno, Javier Ruiz Tapiador, vestía muy de tarde en tarde el uniforme de Flecha. Tenía ocho años y ya parecía un hombre en miniatura: hablaba con voz grave, tenía un tupé inalterable por la brillantina y una forma de vestir que reflejaba cierto bienestar en su familia. Su casa era caliente y acogedora y, para corroborar su liderazgo, tenía un hermano mayor, Carlos, que nos contaba cuentos de terror a todo el grupo de amigos con una pasión en sus descripciones, con una maestría para crear situaciones horrendas, que aún hoy sigue sorprendiéndome su inefable capacidad de narrar historias improvisadas.

A la luz de una vela que le confería un aire fantasmal, hablando cadenciosamente y salpicando su narración de onomatopeyas escalofriantes, comenzaba siempre su relato hablándonos de unos hechos pavorosos que él había presenciado.

Los protagonistas eran siempre un grupo de niños de nuestra edad acosados por un ejército de leprosos que se movían lenta y amenazadoramente buscando nuestras vísceras como si fueran su única posibilidad de sobrevivir. La lepra no era una enfermedad infecciosa, era una enfermedad del alma y su peligro no estribaba en el contagio sino en su voracidad caníbal.

 

He dudado mucho antes de escribir esta carta y ahora tengo la tentación de no terminarla. Pero quiero contar la verdad para conocerla, porque la verdad se me escapa como el agua de lluvia entre los dedos del náufrago. Lo que no logro encontrar, Padre, es el arrepentimiento porque nadie me enseñó a diferenciar el amor de la lascivia y yo pensaba que me estaba enamorando. Atribuí a la Naturaleza la hecatombe que se estaba produciendo en mi alma, aunque eso ocurrió más adelante.

 

Durante muchos años conservé el miedo a los leprosos, y lo que en el imaginario de otros niños era el ogro, el sacamantecas, el demonio o las brujas con escoba, para mí lo fueron aquellos seres sanguinolentos que caminaban lenta e imparablemente perdiendo jirones de carne mientras me perseguían para comerse mis entrañas.

A medida que pasaban los meses, la actitud de Ricardo se hacía cada vez más taciturna. Elena notaba que contarle lo que ocurría fuera de aquellas paredes le alteraba y dejó de comentar cómo era la vida más allá de la puerta de la casa.

Que la ciudad hubiera reinventado su rutina tras tres años de asedio, que todos se comportaran como si no hubieran perdido una guerra, que la complicidad de sus amigos de antaño no estuviera en la derrota sino en el borrón y cuenta nueva, sencillamente le enfurecía.

Poco a poco se fue empequeñeciendo, agachando cada vez más la cabeza. El hombre pulcro que había sido se fue desvaneciendo en días sin afeitar, en aspectos desaseados, en desganas plomizas y en ensimismamientos impenetrables.

Cada vez más raramente reaparecía el hombre recto y decidido que conquistó a Elena en los tiempos en que la palabra era importante porque con ella se construía el pensamiento, cada vez más raramente emergía el pensador que pensaba en cómo se hacía viable un proyecto colectivo, el intelectual que creía que lo humano era lo único importante.

Comenzó a prevalecer el hombre inerte, empeñado en adquirir cada vez más transparencia, en ocupar un lugar cada vez menor en el espacio. Aun estando solo en casa permanecía horas y horas encerrado en el armario.

Sólo la desbordante ternura de Elena, sus sutiles sugerencias para que hiciera por favor esto o aquello, su insistencia en que terminara la traducción de Milton que había comenzado en plena guerra, o en que pusiera por escrito sus opiniones sobre la ramplonería poética de Lope y otros mil requerimientos para que regresara el profesor que había sido, sólo esto lograba devolver el brillo a unos ojos cada vez más impregnados por la sombra, cada vez más olvidados del paisaje. Únicamente si Lorenzo estaba en casa, reaparecía el hombre resoluto capaz de seducir y entretener a un niño cubierto de zozobras.

 

Yo procuraba no invitar a nadie a casa para que mi padre no tuviera que encerrarse en el armario, pero mi madre, quizá por amor, quizá por estrategia, establecía un ritmo de reuniones con mis amigos en nuestro piso. Cuando esto ocurría, mi padre se encerraba en su armario con un candil de carburo y unos libros hasta que todos se habían marchado. Afortunadamente, la portera, mal encarada y grosera, y su marido, Casto, un albañil silicótico y macilento, montaban en cólera siempre que veían pasar a algún niño que no fuera vecino de la casa que tan celosamente guardaban. Esto, además de añadir un miedo más a nuestras vidas, evitaba las visitas imprevistas de mis amigos y los sobresaltos que siempre producían los timbrazos.

No podré olvidar nunca que en una ocasión en que la reunión tuvo lugar en nuestra casa, mi padre se sintió enfermo y tuvo que ir al cuarto de baño perentoriamente. A pesar de que teníamos la puerta del comedor cerrada, a través de los cristales y de los visillos que la adornaban alguien entrevió una sombra recorriendo el pasillo.

Para salir del paso, mi madre resolvió la situación hablando de un fantasma que de vez en cuando venía a visitarnos. Naturalmente la explicación heló la sangre de todos los presentes, pero estábamos tan hechos al miedo, tan acostumbrados a las imágenes del Infierno, conocíamos tan bien lo aciago y sus horribles moradores, que todos dieron por buena la explicación. Seguimos jugando al parchís y al cabo del rato se oyó el ruido de la cisterna del retrete que, al rellenarse, producía un traqueteo que terminaba en un silbido parecido al ulular del viento. El estupor y el miedo les paralizó, pero mi madre se limitó a comentar con naturalidad: «Siempre hace lo mismo este fantasma. Tira de la cadena y se marcha». Una sensación de alivio se derramó sobre mis amigos y continuamos jugando.

Hay un no sé qué de ternura en lo sublime, flebile nescio quid, que dijera el poeta, y es el don de las hermosas lágrimas. Las vi aflorar, Padre, en los ojos de Elena un día en que, después de dejar al niño en el colegio, la seguí hasta un piso en la calle Torrijos donde irrumpí de sopetón llevado por una curiosidad malsana, lo reconozco. Comencé a seguirla, no tanto para vigilarla cuanto por el placer de admirarla, porque aún hoy, cuando los hechos inexorables extinxerunt impetum ignis, han apagado el vigor del fuego, sigo sobrecogiéndome al recordar la cadencia de su caminar pausado. Entró en un edificio de porte señorial y tuve tiempo de ver que el ascensor se detenía en el cuarto piso. Resultó ser un taller de confección de prendas íntimas femeninas cuya hechura se realizaba por encargo de lúbricas mujeres que, sin duda, formaban parte de lo más disoluto de nuestra sociedad. Elena cosía a destajo para este taller y, debo confesarlo, sentí cierta ira al ver que aquellas manos, nacidas para acariciar a sus hijos, a sus allegados, se estaban desperdiciando en tan fútiles labores. No puedo explicar la razón por la que, rodeado de aquellos procaces maniquíes que vaticinaban el uso de aquellas prendas, tomé sus manos entre las mías y las llevé hasta acariciar mi cara mientras le susurraba que Dios las había creado para más altos designios. No las apartó, Padre, y pensé que me comprendía. Las dejó inertes sobre la piel de mi rostro y sentí el céfiro de su tacto invadiendo los cimientos de mi vocación sacerdotal, transfigurando mi proyecto, confundiendo las razones de mi diaconato.

Cuando la miré a los ojos, ante la inmovilidad de las costureras presentes, a las que sin duda infundía un profundo respeto mi sotana, Elena estaba llorando silenciosamente. ¿De qué se arrepentía, Padre? ¿De dedicar el primor de sus manos a tan indigna tarea? ¿O, como yo pensé en aquel momento, estaba conmovida por la intensidad de mi afecto? Ahora sé, Padre, que sus lágrimas no brotaron por nada de esto, pero, ¡ay de mí!, ha tenido que morir un hombre para que yo lo comprendiera.

Balbucí una excusa que no me importó que fuera estúpida para explicar mi presencia en aquel piso y regresé al colegio satisfecho porque, a mi modo, ya le había dicho a Elena que yo estaba dispuesto a protegerla. Si no aceptaba, sería tan necia como la estatua que rechaza su pedestal.

 

—¿Quieres mucho a tu mamá?

Lorenzo asintió con la cabeza. El hermano Salvador acarició al niño en señal de aprobación. Al menos un centenar de párvulos correteaban por el patio formando un enjambre ruidoso y caótico que solamente ellos comprendían. Como el espacio no era suficiente para todos, los grupos se entremezclaban pero los juegos no, porque todos sabían con quién y contra quién jugaban.

—¿Y tu papá no os escribe?

Lorenzo negó con la cabeza.

—¿Por qué?

—Porque está muerto.

El hermano Salvador acarició otra vez la nuca del niño mientras hablaba de la voluntad del Señor, de sus designios inescrutables, de la entereza de los santos y otras cosas que Lorenzo no entendía.

—¿Y tu mamá no tiene a nadie que la ayude?

—A veces viene la señora Eulalia. Pero ahora está en la cárcel.

—¿Y por qué está en la cárcel?

—Por vender pan de estraperlo.

¡Por fin pudo decir algo que era cierto! Eulalia era una mujer compacta, ancha y alta, a la que sus sesenta y tantos años de vida habían estriado el rostro con arrugas uniformes que conferían a su mirada azul el fulgor de un ascua y a su sonrisa los perfiles de un camafeo.

Se ganaba una vida precaria como asistenta, pero eran tales los rigores de las casas que atendía que sólo lograba trabajar de tarde en tarde.

Cuando el hambre superaba su capacidad de subsistencia, pedía a Elena un chusco de pan blanco y se iba a venderlo con descaro al mercado de Abastos que había en la calle Hermosilla.

Elena, que conocía a Eulalia desde niña porque había trabajado desde siempre en casa de sus padres, le daba el pan y se comprometía a ir a verla a la cárcel de mujeres de Las Ventas.

Eulalia, con su refajo medieval y su cabello blanco, se las componía para ser vista por los guardias y cada detención suponía dos comidas diarias durante diez o quince días, según el descaro que mostrara ante el rigor del comisario.

Los jueves, a las seis, Elena y Lorenzo se apostaban en la acera de enfrente de la cárcel de mujeres y un pañuelo ondeando entre las rejas de una tronera era la señal de que Eulalia estaba recuperando fuerzas para seguir viviendo cuando saliera.

Los ojos de Lorenzo estaban fijos en un grupo de niños que jugaban a la pelota. El hermano Salvador, con un gesto de condescendencia, le dejó unirse a sus compañeros y se quedó observando cómo se integraba en un juego cuyas reglas sólo los jugadores comprendían. Las respuestas del niño, no sabía por qué, le habían llenado de un regocijo tal que le impidió tirar de las orejas a un párvulo desdentado que, como los judíos al Señor, escupió a un compañero que le había quitado la peonza.

Los gritos, el juego agitado de los niños, el sol templando un aire transparente, el candor de una respuesta, el orden natural de cada cosa, el tiempo pautado en un horario, el rebaño y su pastor, la jerarquía, devolvieron al presente el sabor que tuvo antaño cuando aún era no vencedor sino hacedor de la Victoria. El hermano Salvador se sintió un desheredado al que ahora correspondía heredar la Tierra. «Porque ellos serán hartos», pensó, y, casi sin advertirlo, cruzó aquel patio mascullando: ¡Saturabuntur!

 

En Alcalá 179 vivía un personaje inquietante: Silvenín. Era algo mayor que el resto del grupo pero la diferencia de edad no justificaba su desapego. Era un personaje sólido, tan encorvado siempre hacia delante que parecía caminar sólo para guardar el equilibrio. Raras veces se incorporaba a nuestro grupo. Su padre era un adulto transparente en el que nadie hubiera reparado a no ser por la compañía de su mujer, que, sin ser hermosa, era un ejemplo de dulzura que aún hoy recuerdo como un refugio silencioso entre la hosquedad de los adultos que regían nuestro mundo. Ella se limitaba a saludar, su marido ni eso hacía de lo apocado que era.

Silvenín tenía la seriedad de su padre y los ojos azules además de la sonrisa de su madre: nos producía respeto. Recuerdo que en una ocasión en la que estábamos todos reunidos en torno al poyete de la clínica dental que daba a la calle Ayala, pasó por delante el párroco de la iglesia de Covadonga, un ser casposo y sucio con un lobanillo en la frente y unos labios flácidos siempre húmedos que salpicaban saliva cuando predicaba tonante contra el pecado en la misa del domingo y acumulaba una espuma densa y blanca en las comisuras al bisbisear sus oraciones. Todos nosotros, siguiendo las enseñanzas que habíamos recibido en el colegio, nos precipitamos a besarle la mano que él, sin detenerse, dejaba lánguidamente a merced de nuestro obsequioso respeto. Todos menos Silvenín, que, cuando se recompuso el grupo, nos preguntó: «¿Creéis que los curas no se limpian el culo?».

Los demás rieron su gracia, pero yo sentí un miedo irracional a que el secreto guardado en mi casa fuera descubierto, y, al mismo tiempo, una complicidad entrañable con aquel vecino. Ahora no sabría decir por qué, dado que mis padres, que yo recuerde, nunca me hablaron ni de la Iglesia, ni del clero, ni mucho menos de la religión, que, convertida en asignatura de Historia Sagrada y Catecismo, era simplemente algo que yo tenía que fijar en mi memoria, tarea en la que colaboraban tomándome la lección de vez en cuando. Esto me hace pensar que mis padres tenían miedo de enseñarme lo que pensaban y yo tenía miedo de saber lo que pensaban. Era otra forma de complicidad, como el armario donde vivía mi padre o la viudedad de mi madre. Todo era real pero nada verdadero.

¿Ha de ser en la renunciación donde se recojan las flores que nacen del espinoso arbusto de la vida?, me preguntaba yo, ¿o podré convertirme en el árbol robusto que se ha erguido a fuerza de pecados y arrepentimientos, de descarríos y regresos al camino, de altanerías y humillaciones? Le confieso, Padre, que, tras tantos años de inviernos y sequías, noté formarse en mí los brotes de una flor capaz de dar su fruto. Pensé en preterir mi vocación de pastor para formar parte del rebaño. Habian transcurrido más de seis meses desde mi primera conversación con Elena y se habían producido otros encuentros, forzados o casuales, en los que yo había destilado la sinceridad de mis afectos e incluso, como ya le he contado, la vehemencia de mi amistad celante.

La pérdida de su esposo que, aun formando parte de los aherrojados por nuestra razón histórica, era a la postre el padre de sus hijos, la falta de noticias de su hija Elena que el vendaval de la guerra había arrastrado a la terra incógnita del silencio y la necesidad imperiosa de sacar adelante a un vástago vivaz y triste al mismo tiempo, todo esto y muchas cosas más, me explicaban su dulzura esquiva, su falta de disposición para hablar de otra cosa que no fuera su hijo, sus prisas en dar por terminados los encuentros y el pudor que sentía cuando hablaba de sí misma. Por entonces yo, Padre, justificaba esta actitud llamándola decoro.

Varias veces fui a su casa durante las horas lectivas para tener oportunidad de hablarle de mis intenciones, pero nunca estaba en casa. Quizás este hecho, tan insólito en una mujer, debiera haberme puesto sobre aviso, pero mi aturdimiento ante opciones brotadas repentinamente en mi futuro no me permitió analizar lo extraño de los hechos.

Aunque mi función en el colegio era puramente administrativa y mis salidas estaban justificadas por la necesidad de recaudar contribuciones caritativas para la buena marcha de la Orden, el hermano Arcadio, nuestro Superior, me reconvino por la disipación de mi conducta. Tenía razón. Las oraciones se me hacían interminables, las ceremonias religiosas ya no provocaban en mí la desazón que todo pecador debe sentir ante los ojos de Dios, y, créame, Padre, que, de todas las lecturas de la Sagrada Biblia, de todas mis horas piadosas, sólo quedaba una frase de los Salmos en mi memoria: Son tus pechos dos crías de gacela paciendo entre azucenas.

 

El ascensor se detuvo en el tercero. Elena estaba en la cocina limpiando lentejas y se paralizó como si esa labor provocara un estruendo. Ricardo, satisfecho porque acababa de encontrar la forma de traducir un endiablado verso de Keats, dejó en el aire sus dedos sobre el teclado de la Underwood como si le hubieran sorprendido haciendo algo prohibido. Sólo el reloj de pared del comedor siguió moviéndose después de sonar el timbre.

Toda esa quietud se deshizo en una rutina agitada y silenciosa. Elena recorrió sigilosamente el pasillo hasta comprobar que Ricardo se estaba escondiendo en el armario. Recompuso el rosario que tapaba las bisagras, fue a la mesa donde trabajaba su marido y retiró todo lo que estaba escrito a mano. Abrió el balcón de par en par para dejar entrar la primavera y, procurando no hacer ruido, fue hasta la puerta de la entrada. Permaneció escuchando, esperando algún sonido que identificara al visitante, pero, de repente, un nuevo timbrazo la sobresaltó tanto que no pudo evitar que se escapara un grito sofocado.

Era el hermano Salvador. Su cara redonda y una calvicie incipiente estaban al otro lado de la mirilla sonriendo con los labios apretados y unos ojos semicerrados con un gesto que quería ser beatífico e implorante. Elena abrió la puerta y él entró salmodiando buenos días, buenos días, buenos días…

Ya dentro preguntó si podía pasar y, sólo entonces, Elena cerró la puerta diciendo «Pase, hermano» y le acompañó hasta el comedor. No le invitó a sentarse pero él se sentó de todos modos y aludió al tremendo calor que daba la sotana. Ella le ofreció agua, pero el rostro del huésped recuperó la sonrisa beatífica y sugirió que, quizás, un poquito de vino.

Cuando Elena regresó de la cocina con la botella y un vaso, el religioso tenía unos libros en la mano que había cogido del aparador. Farfulló algo sobre la lectura y la soledad y levantó con un a su salud, Elena, el vaso que ella le había servido. Bebió a tragos cortos y rápidos para terminar con un chasquido de la lengua sonoro y grosero que se resolvió en una vaharada prolongada que pretendía ser un elogio del Valdepeñas. Quería hablarle de Lorenzo.

—¿Le ha pasado algo?

—No, no, todo lo contrario. Es un magnífico muchacho. Podría ser el primero de su clase, pero su timidez… —Y comenzó una larga disertación sobre el aprendizaje de la vida, la gallardía necesaria para ser el mejor, un «primum inter pares», el mejor ante los ojos de Dios—. Quizá la ausencia de su padre…

El silencio de Elena propició una verborrea del religioso que habló del sacrificio de la enseñanza, de las satisfacciones que daba, de la obligación de detectar a los mejores para proporcionarles la energía necesaria y que llegaran a ser adalides de las grandes causas.

—Yo podría conseguir que ingresara en el seminario.

Elena no pudo evitar una sonrisa.

—¡Pero si es sólo un niño!

—Encauzar, encauzar, Elena, ésa es nuestra obligación y lo que se espera de nosotros. Eso no le compromete a nada. Tendría una formación excelsa, una preparación para el futuro que, si Lorenzo así lo desea, no tiene por qué terminar cantando misa. Míreme a mí, he estado doce años en el seminario y creo que ya no quiero ser sacerdote…

—¿Usted no es sacerdote?

—¡No, mujer! Soy sólo diácono, servidor de la Iglesia, pero algún día encontraré a alguien con quien formar una familia…

Quizá por disipar el gesto de sorpresa que se había apoderado del rostro de Elena, preguntó por el retrete. Elena, solícita, le indicó dónde estaba y aprovechó el momento para comprobar que no había señales de la presencia de Ricardo en aquella casa. Poco a poco se habían acostumbrado a eliminar todo vestigio de su presencia y, desde el tabaco al que había renunciado para evitar explicaciones en los despachos de la cartilla de racionamiento, hasta los cuadernos manuscritos que su marido utilizaba para sus traducciones literarias, pasando por la ropa que nunca se tendía y se secaba con la plancha, la vida de Ricardo se había resuelto como la del aire: estaba pero no ocupaba lugar en el espacio.

Cuando el hermano Salvador salió del cuarto de baño, llevaba en la mano la cuchilla de afeitar que utilizaba Ricardo. La insolente mirada del diácono columpiándose de la cuchilla a los ojos de Elena y de los ojos de Elena a la cuchilla se convirtió en un interrogatorio silencioso donde se atropellaban todas las preguntas y se atoraban todas las respuestas.

—¿Y esto?

—Es una cuchilla de afeitar

—Eso ya lo veo. No me irá a decir que Lorenzo ya se afeita.

Las zozobras de Elena desembocaron en una carcajada sofocada entre las manos y la ira que se reflejaba en su rostro pudo confundirse con un sonrojo pudoroso.

—¡Ay, hermano, qué poco sabe usted de las mujeres! ¿Nunca le han dicho que nos afeitamos las piernas cuando se acerca el verano?

Ni ella misma pudo explicarse de dónde sacó la energía necesaria para guiñar un ojo y sonreír al mismo tiempo.

—Es uno de los secretos de nuestra coquetería.

—¿Usted se afeita las piernas?

—¡Claro! Casi todas las mujeres lo hacen —dijo y, como si quisiera aportar una coartada que justificara su inocencia, se levantó las faldas hasta la altura de la rodilla para mostrarle que lo que afirmaba era cierto.

Entonces fue cuando el hermano Salvador, teniendo la cuchilla de afeitar en una mano, avanzó lentamente hacia Elena mirando fijamente las piernas que dejaban ver las faldas remangadas, se inclinó ante ella y, como si fuera a rescatar un cachorro abandonado, abarcó su pantorrilla suavemente con la otra.

El contacto viscoso de aquella mano húmeda, la figura de aquel fraile acariciando reverentemente su pantorrilla, su piel erizada por el asco, el miedo a gritar, la indefensión y la ira lograron que Elena maldijera su atractivo.

 

En la periferia de mi universo había un solar convertido en escombrera. Estaba junto al cine Argel y desde él se oían las bandas sonoras de las películas que proyectaban a través de unas puertas de zinc que daban al descampado. No sé por qué, en el recuerdo tengo ligado aquel inhóspito paisaje al descubrimiento de lo prohibido.

Junto al portal de mi casa estaba perpetuamente abierta una carbonería regentada por un asturiano enorme y bonachón, con una dentadura perfecta y blanca que refulgía en su rostro indefectiblemente tiznado de carbonilla. Se llamaba Ceferino Lago y le recuerdo moviendo sin cesar sacos de cisco, astillas y carbón de encina. Su mujer, Blanca, era en realidad su viuda. Siempre iba vestida de alivio, guardaba silencio y un eterno gesto compungido movía a sus clientes a darle el pésame aunque nadie supiera de alguna defunción reciente en su familia.

Los carboneros tenían dos hijos, Luis, un muchacho ya con una sabiduría engolada acerca de las cosas del mundo —era capaz de detectar una puta en una mujer que fumaba— y otro cuyo nombre no recuerdo (¿Juan?), de cuya infinita capacidad de ira nunca lograré olvidarme. Tenía los mismos dientes que su padre aunque mayores, de forma que, aun con la boca cerrada, asomaban entre los labios carnosos, flácidos y húmedos. Pues bien, este vástago del carbonero, siete u ocho años mayor que nosotros, se complacía en llevarnos al solar para que pudiéramos oír las bandas sonoras de las películas cuatro, es decir, gravemente peligrosas. Recuerdo que había una clasificación hecha por la autoridad eclesiástica que nunca logré entender: las películas autorizadas, que se proyectaban raramente, las tres, las tres con reparos y las cuatro.

Ninguno entendíamos a qué se debía esta clasificación, pero era un mundo que no necesitaba explicaciones. En las taquillas de los cines, con las entradas, vendían unos cartoncillos en los que había impresos unos escudos heráldicos que llamábamos emblemas y costaban una perra gorda. Tenían un troquel triangular en la parte superior para que se sujetaran en el ojal de la solapa y una explicación en el dorso donde se decía que el precio de ese emblema era una contribución voluntaria para la reconstrucción nacional. Tampoco entendíamos qué significaba todo aquello, pero como todo el lenguaje era hiperbólico, Cruzada quería decir guerra, rojos significaba demonios, nacional quería decir vencedor, era natural que voluntario quisiera decir obligatorio, dado que, aunque se llevara la entrada en la mano, el portero no permitía entrar en la sala si el emblema no estaba bien expuesto.

Nosotros no íbamos casi nunca al cine, pero, arrastrados por la autoridad física del hijo del carbonero, nos apostábamos junto a las puertas de zinc que se utilizaban para ventilar el patio de butacas.

Escuchábamos con reverencia aquellos diálogos sin sentido y la música que envolvía aquellas voces sin comprender absolutamente nada, pero él, el hijo del carbonero cuyo nombre no recuerdo, saltaba de repente riendo nerviosamente y haciendo gestos que hoy tacharía de procaces pero entonces me parecían simplemente desvaríos.

A través de él me llegaron los primeros conceptos de algo que tuve que ocultar a mis padres. Los secretos me unían a la gente como las raíces unen los árboles a la tierra. Nunca supe exactamente en qué consistía mi secreto, pero mientras otros niños creían en la Virgen o en Franco, o en el Papa o en la Patria, yo creía en mis secretos. Tenía la sensación de que me estaba haciendo sabio. Comencé a comprender frases escritas en los urinarios del colegio y a detectar el porqué de ciertos gestos reflejados en las carteleras de los cines, aunque al mismo tiempo surgió la idea de mi padre haciendo todo aquello con mi madre a mis espaldas. Que él se dejara crecer la barba, que ella se la recortara los días que encendían el fogón —y sólo ésos—, que él encaneciera, que ella se consumiera en una tristeza pegajosa y sombría, me parecían síntomas de que algo funesto se fraguaba en mi refugio. En aquel ovillo de moralidades, el cuerpo estaba proscrito y las sensaciones que a través de él percibíamos eran buenas si eran fruto del dolor o, a nada de placer que produjeran, eran malas. La salud tenía que ver con el sacrificio mientras que la enfermedad sobrevenía siempre por la satisfacción de los instintos. Algo se nos ocultaba a los niños, que no sabíamos qué hacer con nuestro cuerpo.

Aunque terminaba venciéndome el sueño, a veces fingía dormir, pero prestaba atención a cuándo pecaban mis padres, porque, pensaba yo, algo tenían que hacer para estar tan degradados.

Ahora recuerdo con nostalgia su silencio.

 

¡Qué arduo, Padre, haber vencido para ser víctima de nuevo! Toda la satisfacción que me produjo durante tres años formar parte de los elegidos para encauzar el agua estigia, toda la gloria, se fue convirtiendo poco a poco en un fracaso: fracaso al cambiar mi sotana por el uniforme del guerrero, fracaso por ocultar la altivez del cruzado tras la arrogancia de la gleba, fracaso por disfrazar mi vocación bajo la sedición de una concupiscencia incontenible y fracaso, al fin, por ignorar que aquello que quería seducir me estaba seduciendo. Mi obsesión era simplemente estar un momento solo con Elena. Por fin, un día, la encontré en su casa y le hice una visita formal para pedirle que entregara a su hijo a los cuidados paternales de la Iglesia. Mantuvimos una conversación al respecto y, de repente, sin saber cómo, me encontré postrado de hinojos ante ella. Por razones que no vienen al caso, Elena había preterido su ñoñería para mostrarse ante mí con una carnalidad inaccesible que desbarató con un solo gesto todas mis convicciones. La belleza melancólica y conmovedora del Mal, Padre, provoca más adoración que miedo. Y mi alma emprendió un camino sola sub nocte per umbram, ¿recuerda?, abandonada en la oscuridad de una noche que yo desconocía. Porque Elena me atrajo y me rechazó al mismo tiempo. Enloquecí y no estoy seguro de haber recuperado todavía la cordura.

 

Elena, tenemos que escapar. Sí, nos iremos. Podemos dejar al niño con tus tíos en Méntrida. Si nos escapamos lo haremos los tres. Bueno, pero tenemos que escaparnos ya. Sí. No podemos vivir de esta manera. No, no podemos. Tenemos algo ahorrado. Mis tíos me prestarán algo de dinero. No, no les pidas nada, se pondrán a investigar qué es lo que pasa. Bueno, no les pediré. ¿Cómo lo haremos? Viajes muy cortos en autobuses de línea. Nunca más de cincuenta kilómetros. Hay menos controles en el autobús que en el tren. Tardaremos una eternidad de esa manera. Tardaremos lo que haya que tardar. Lo importante es escapar. Los tres. Los tres, mi amor. Mi amor. Tenemos que llegar a Almería, allí hay pesqueros que pasan fugitivos a Marruecos por trescientas pesetas. ¿Y de dónde vamos a sacar ese dinero? Venderé todo lo que pueda. ¿También el pez de Murano que te dejó tu padre? También. No podremos llevar nada con nosotros. Nada. Siempre has dicho que era nuestro talismán. Nuestro talismán se ha muerto. Elena, amor mío. Amor.

Al día siguiente, Lorenzo llevó una carta dirigida al hermano Arcadio advirtiendo que el niño tendría que dejar de asistir a clase porque iba a someterse a una operación de amígdalas. Un proceso infeccioso aconsejaba un tratamiento previo a la intervención y su ausencia podría prolongarse hasta dos semanas. La carta llegó a manos del hermano Salvador, que preguntó al niño por qué ya no le acompañaba su mamá al colegio.

—Mi madre también tiene anginas. A lo mejor se muere.

 

Por la misma razón por la que nunca pregunté por qué mi padre vivía en un armario, dado que esas cosas ocurrían en la otra parte del espejo, nunca pregunté por qué mi madre dejó de acompañarme hasta el colegio. Primero me dejaba a dos manzanas y yo recorría solo el último tramo. Luego me acompañaba hasta el cruce de Alcalá y la calle Goya, y al final ni siquiera salía de casa cuando me mandaban al colegio.

Habló con las taquilleras del Metro para que me permitieran pasar por el subsuelo el único cruce peligroso que había en el trayecto, ya que, aunque había muy pocos vehículos circulando en aquella época, allí desembocaban varias calles por las que se circulaba a mayor velocidad, seguramente por su anchura. Descubrí que el Metro olía a ropa usada, tenía la temperatura del aliento y estaba iluminado con la misma luz que suele haber en la habitación donde se mueren los enfermos.

A veces, si salía con tiempo suficiente, bajaba a los andenes y esperaba la llegada del tren. Aquellos túneles eran el lugar donde se escondían los leprosos y los chirridos de las ruedas me parecían sus gritos de dolor cuando el tren los aplastaba. Me atraían tanto como me horrorizaban los arcos de las bocas negras de los túneles porque mi mundo estaba en una encrucijada a la que podían llegar todos los males. Ahora sé que tenía miedo.

Mi padre salía cada vez menos de su armario. Se quedaba encerrado aunque estuviéramos solos en casa. A mí eso me gustaba porque al regresar del colegio me acurrucaba junto a él y su silencio. Permanecíamos así durante horas hasta que mi madre rompía la quietud para darme un mendrugo de pan con chocolate.

Sobre aquel chocolate de arenisca oscura todos mis coetáneos podríamos escribir un libro de trucos para hacerlo comestible: beber leche cuando estaba a medio masticar, mojar el pan en agua para que el polvillo del chocolate se compactara o, lo que era más frecuente, roerlo poco a poco dejando tiempo para que se segregara más saliva.

A medida que pasaban los días, mi padre estaba cada vez más tiempo en el armario. Llegó un momento en que mi madre y yo comíamos en la mesa de la cocina y él en su escondite. Masticaba con una parsimonia desesperante, como si quisiera evitar el ruido que hace el pan de centeno cuando se muerde. Todo empezó a impregnarse de tristeza. Me sentí culpable porque aquel armario comenzó a adquirir el olor del Metro y a mí me parecía que eso terminaría atrayendo a los leprosos.

Sin embargo, ir y venir yo solo del colegio me proporcionaba momentos de emoción llenos de audacia. Podía detenerme en cualquier escaparate o mirar con descaro a los más débiles. Por la mañana, a la ida, solía bajar a los andenes del Metro; al regreso me paraba a observar a una anciana corcovada que cogía puntos a las medias con una aplicación tal que, si no hubiera sido por el movimiento incesante de su mano, habría jurado que era de madera, como los santos que había en el altar de la iglesia. De regreso al colegio tras el almuerzo, volvía a descender a los infiernos del Metro y, al volver a casa por la tarde, improvisaba un camino que indefectiblemente pasaba por una explanada que todos llamaban la Plaza de Toros Vieja. Allí fue donde descubrí que el hermano Salvador me seguía vestido de paisano.

 

Herido, Padre, en la llaga de mi orgullo y avergonzado al mismo tiempo por las obsesiones que estaban cuestionando mi vocación sacerdotal, pedí autorización en el colegio para abandonar momentáneamente el convento y el colegio. Con la ayuda que me proporcionó mi familia, me instalé en una pensión que regentaba una anciana devota de Santa Gema. Fue entonces cuando comencé a sentirme un desposeído. Mi Fe, mi vocación, mi Victoria, mi hombría, me habían sido arrebatadas por una mujer que me negaba lo que nunca llegué a pedirle. Pero me lo estaba negando desde su fracaso, desde su impiedad, desde su derrota y, ahora lo reconozco, desde su belleza. ¿Cómo una mujer desbaratada por tantos fracasos podía permanecer insensible a todos mis desvelos? Necesitaba una respuesta.

 

Poco a poco los muebles que quedaban en la casa de los Mazo fueron desapareciendo. Un quincallero se llevó el perchero de castaño, una vecina amable y cómplice que vivía en el ático compró la máquina de coser, un ropavejero pagó una miseria por las sábanas de lino y una colcha de ganchillo que, desde que integraron el ajuar de su abuela, no se habían usado más que en aquella noche de bodas, en la de su madre y en la de Elena. Todavía olía a pasión y a naftalina. La pareja de esa colcha se la había regalado a su hija cuando huyó con aquel adolescente poco antes de que terminara la guerra. La mesa del comedor no la quiso nadie porque era demasiado grande y la máquina de escribir se la quedó un contable de la empresa hispanoalemana para la que hacía traducciones.

La posibilidad de que Ricardo enfermara convertía la huida en algo urgente. Todos sus amigos sin excepción habían muerto o se habían exiliado y no tendrían oportunidad de recurrir a nadie en caso de que el abatimiento de su marido degenerara en algo más grave.

Ya casi habían reunido el dinero para emprender el viaje pero aquella casa desolada iba encerrando a Ricardo en el armario hasta el punto de que ni para dormir salía. El niño, que ya no iba al colegio, se pasaba las horas junto a su padre leyéndole pasajes de Lewis Carroll para arrancarle una sonrisa y guardando silencio cada vez que el ascensor se paraba en el tercero. Y llegó un día de silencios y vacíos en que alguien llamó al timbre, aguardó la respuesta que no llegó e insistió con timbrazos prolongados que suspendieron todos los latidos. La puerta aporreada y los gritos retumbando en la escalera pusieron en marcha los mecanismos de fuga sin huida: Ricardo se encerró en su armario, Lorenzo se refugió en la cocina y Elena se atusó los cabellos antes de descorrer el resbalón. El hermano Salvador vestido de seglar, destartalado y turbio, se quedó inmóvil ante la visión de Elena sorprendida por el fragor de la visita.

—Vengo a ver a Lorenzo. ¿Cómo está?

 

Ahora lamento no haber dicho a mis padres que el hermano Salvador me vigilaba, porque el día que se presentó en casa de improviso no estaban prevenidos. Llegó dando patadas a la puerta y gritando. Mi madre no tuvo más remedio que dejarle pasar. Recuerdo que la casa estaba casi sin muebles porque se los estaba llevando gente desconocida por razones que no me atreví a preguntar pero que yo atribuía a su pobreza y no a la nuestra.

Entró como una exhalación llamándome y no dejó de vociferar hasta que me encontró en la cocina fingiendo leer Alicia en el País de las Maravillas. Me preguntó cómo estaba, me arrancó el libro de las manos, me lo devolvió inmediatamente y me pidió, sin esperar mi respuesta, que le dejara hablar un momento con mi madre.

Durante muchos años me ha atormentado el remordimiento por haber invocado a los leprosos para que se comieran a ese energúmeno que estaba haciendo daño a mi madre, porque cuando acudí aterrorizado al oír sus gritos, vi cómo mi padre, desangelado e impotente, se abalanzaba sobre el hermano Salvador que estaba a horcajadas sobre ella, que se protegía el rostro con las manos para evitar el aliento de aquel puerco que hocicaba en su escote. Mi padre había salido del armario.

 

Sine sanguinis effussione, non fit remissio, es cierto, no hay perdón si no se derrama sangre. Ahora comprendo todo el significado de esa Epístola a los hebreos. Dios me había utilizado como herramienta de su justicia. Por eso me alineé con los que conquistaron imperios, con los que taparon la boca a los leones, obturaverunt ora leonum, con los que escaparon al filo de la espada, effugerunt aciem gladii. ¡Saulo, Saulo! Como Gedeón, como Barac, como Jefté y como el mismo Sansón tuve en mi mano el arma para castigar a los que, desoyendo la voluntad de Dios, se patriam inquirere, todavía buscan patria.

Llevado por un vigor en el que aún no me reconozco, Padre, arremetí contra el templo bien guardado que esa mujer me tenía vedado. Y bastó un gramo de mi ira para que saliera de su escondite el instigador del mal, el abyecto organizador de ese entramado de mentiras. El marido de Elena estaba oculto en esa casa.

 

Gritando algo ininteligible, Ricardo se abalanzó sobre el hermano Salvador, que logró incorporarse llevándole sobre sus espaldas sin comprender lo que estaba ocurriendo. Cuando logró zafarse de aquel aparecido que se aferraba a su cuello como si quisiera estrangularle, le bastó un manotazo para que su agresor volara literalmente por los aires. Durante unos instantes prevaleció el estupor sobre la ira y el religioso vestido de seglar se volvió hacia Lorenzo, que estaba inmóvil en la puerta, y le preguntó:

—¿Quién es ese hombre?

—Es mi padre, hijo de puta —contestó el niño, y corrió junto a Elena, que acababa de romper en un llanto agónico y caminaba a gatas para socorrer a su marido.

Fue entonces cuando el hermano Salvador comenzó a gritar reclamando la presencia de la policía mientras reculaba por el pasillo con los brazos extendidos como si quisiera cortar el paso a un ejército de demonios en fuga.

 

Mi padre parecía un alfeñique comparado con la corpulencia del hermano Salvador. Mi madre se arrodilló junto al cuerpo tendido de mi padre y cuando me acerqué me acogió en el amasijo desvalido que formaba y mantuvo nuestros cuerpos apretados como si quisiera ocultarnos de todas las miradas. Cuando mi padre tuvo fuerzas suficientes para abrazarnos a su vez, los tres comenzamos un llanto que lo recuerdo como si hubiera durado varios años. Pero no hubo años para todos. El armario, el escondite, las mentiras y todos los silencios habían llegado a su fin.

 

Ricardo logró levantarse a duras penas porque la debilidad, el dolor y el peso de su mujer y de su hijo se lo impedían, pero cuando comprobó que podía caminar, avanzó por el pasillo siguiendo el sonido de los gritos del diácono, que había abierto todas las ventanas y pedía a gritos que alguien avisara a la policía.

Poco a poco fueron apareciendo rostros detrás de los visillos en las ventanas del patio, pero ninguna se abrió por si aquella locura se metía en sus hogares.

 

Sentí la fuerza de Yavhe en mi brazo y la ira de mi Patria en la garganta, pero yo quería justicia, no venganza. El Maligno quiso trocar mi orgullo en remordimiento y buscó la forma de humillarme.

 

Ahora ya no sé lo que recuerdo, porque aunque veo a mi padre sentado a horcajadas en el alféizar de una de las ventanas del pasillo, aunque le oigo despedirse de nosotros con una voz dulce y serena, mi madre dice que se arrojó al vacío sin pronunciar una palabra.

 

Se suicidó, Padre, para cargar sobre mi conciencia la perdición eterna de su alma, para arrebatarme la gloria de haber hecho justicia.

 

Ricardo dudó un instante antes de arrojarse a aquel patio del que llevaba tanto tiempo protegiéndose. Se tomó, ya vencido hacia el vacío, el tiempo suficiente para mirar a Elena y a su hijo con una sonrisa triste como las que suelen usarse en las despedidas tristes.

 

Debe de tener razón ella, porque no he podido olvidar nunca la mirada de mi padre precipitándose al vacío, su rostro sonriente mientras el patio engullía su cuerpo abandonado, aunque esto es imposible porque mi estatura no me permitía entonces asomarme a esa ventana.

 

Aquí termina mi confesión, Padre. No volveré al convento y trataré de vivir cristianamente fuera del sacerdocio. Absuélvame si la misericordia del Señor se lo permite. Seré uno más en el rebaño, porque en el futuro viviré como uno más entre los girasoles ciegos.

 

FIN


3 comentarios to “Cuarta derrota (1942)”

  1. omg

  2. Muchas gracias por haberlo subido. Es una obra muy interesante, además de que me hacía falta para un trabajo del instituto.

  3. Muchas gracias por el aporte. Me ha servido como pieza clave para un trabajo!

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