¿ Y por qué le habrán puesto caballos ?

 

Supongamos que no. Que no existió el caballo ni hubo jinete que montase al animal. Que ninguno de los tres galopó a campo traviesa y a rienda suelta. Que ni el uno, ni el otro, ni el último desafiaron valla alguna en un salto arriesgado. Que, para el caso, nunca ostentaron de las cabalgatas, de la equitación,  como actividad amateur, como flagrante capricho burgués. Entonces, suponiendo que nada de eso hubiese ocurrido, los acontecimientos no habrían precipitado trágicamnete. Pero la historia no es reversible, ni pasible de alteración. No hay suposiciones  bien intencionadas que valgan para desviar los hechos que se sucedieron tal cual lo cuento a continuación.

William Faulkner -el uno- tuvo una relación tan estrecha con los caballos que abarcaba desde montarlos para cabalgar o saltar, adquirirlos, apostar por una fija en las carreras, utilizarlos como artilugio de seducción a cantidad de mujeres, participarlos de sus textos, ilustrar con ellos la portada de algún libro y probablemente más. El mismo Hemingway lo alentó durante un proceso de escritura, le dijo: “Vas bien. Suenas como un buen jamelgo”. Gran ajedrecista, Faulkner, también utilizó la jugada “Gambita de caballo” y no otra, para dar título a un libro de relatos. A los sesenta y cuatro años, contrariando a las recomendaciones médicas         -nadie como él sabía a la perfección que para escribir era imprescindible, primero, vivir-, salía a dar uno de sus habituales paseos, cuando cayó del animal y al poco tiempo, a causa de las lesiones, moría en el hospital y nos legaba su vasta y genial literatura.

En el caso de Cole Porter -el otro-, el accidente ocurrió a la inversa: fue el caballo el que cayó, guiado a toda velocidad, a través de la campiña, por un jinete excesivamente confiado o porfiado. Y al caer, lo hizo justo ahí: sobre él, partiendole ambas piernas. Tenía en ese momento (año 1937) cuarenta y seis años. Vivió hasta los setenta y tres inmovilizado en su silla de ruedas, resistiendo a la decisión médica de amputarle sendos miembros, sometido a más de cuarenta operaciones e intentando paliar su depresión con sesiones experimentales -para esos tiempos- de electroshock. Sin desmedro de ello, jamás dejó de sentarse al piano y  componer, legando al mundo su vasta y genial creación musical.

A Christopher Reeve -el último- no le bastaron sus poderes de superhéroe para evitar una cinematográfica caída, lamentablemente no ficcional: a los cuarenta y tres años, participaba de una competencia ecuestre de obstáculos cuando caballo y jinete no consiguieron sortear la valla. La lesión fue en la médula espinal causándole un daño gravísimo e irreversible que sólo dejó a salvo su actividad cerebral. Qué curiosa improcedencia: el superhéroe devenido en un ser totalmente dependiente de terceros. Fueron muchas las veces que se vio tentado por una muerte digna. No sabemos a ciencia cierta si fue así como sucedió, pero casi diez años después del accidente, moría Súperman -el inmortal- a los cincuenta y dos años de edad, legando al mundo infantil los más maravillosos vuelos  casi humanos.

 

Supongamos que sí. Que la historia fuese reversible, que nos de rienda suelta para imaginar lo que no fue, pero pudo haber sido:  una película, una película que reúna a los tres: el uno la escribiría (al fin de cuentas, ya había hecho cualquier guión para Hollywood a cambio de dinero para solventar sus despilfarros y excesos), el otro la musicalizaría y el último la interpretaría. Aún no pensamos de qué iría la trama pero, con seguridad, no incluiría caballos.

APG©

 

Anuncios

Responder

Introduce tus datos o haz clic en un icono para iniciar sesión:

Logo de WordPress.com

Estás comentando usando tu cuenta de WordPress.com. Cerrar sesión / Cambiar )

Imagen de Twitter

Estás comentando usando tu cuenta de Twitter. Cerrar sesión / Cambiar )

Foto de Facebook

Estás comentando usando tu cuenta de Facebook. Cerrar sesión / Cambiar )

Google+ photo

Estás comentando usando tu cuenta de Google+. Cerrar sesión / Cambiar )

Conectando a %s