Rojo, en Un grito de corazón

 – I –

 Verde-verde-verde-rojo-verde-verde-rojo-verde-rojo-rojo-verde. Mis ojos parpadeaban al ritmo pausado de la intermitencia. Mi cuerpo inerte se curvaba sobre el carrito al tiempo que mis piernas, en resistencia, se arrastraban en un empuje obligado por el malón de personas, ruedas y bultos. La mente -mi mente- enumeraba a los viajantes que me antecedían en la fila de arribos; entonces, crucé la cifra resultante con los colores, y ensayé cálculos probabilísticos de acierto a corto plazo. Me cambié de carril. ¿Estadística o azar? De pronto me volví sinestésico. La vida pendiendo de un color. Alivio y libertad: verde; stop, requisa e incautación: rojo. A la detención, al cautiverio y a la tortura me las figuré de un color impreciso que me pareció ser morado… Blanco, muerte.
Yo había ido al lugar en donde nuestros desaparecidos estaban siendo una certera preocupación, y regresaba a este otro lugar en donde el mayor desvelo por esos días era llegar en tiempo y forma con las obras de infraestructura para el mundial `78.
Quizá por ese motivo había dudado fugazmente al momento de adquirirlo pero, entusiasmado con poseerlo, negué cualquier posible riesgo. Tal vez por la misma razón había vuelto a titubear a instancias de empacarlo y cargarlo conmigo, pero la tentación de adueñarme de él bloqueó todo peligro. Recién a instancias del control aduanero, tomé verdadera dimensión de la osadía. Para colmo había cometido otra torpeza: escribir una dedicatoria en uno de ellos -porque eran dos piezas idénticas las que escondía en el doble fondo de mi valija- : “Para Rodolfo”.
Rojo.

 

– II –

 Por el año ochenta y cuatro me dediqué a la compra de viejas casas chorizo, esa tipología que, en el crecimiento del casco urbano de Santa María de los Buenos Aires, supo conformar parte importante en su fisonomía. La mayoría estaban muy deterioradas pero su genealogía -derivada del palazzo italiano partido simétricamente por un eje central- perduraba intacta en el tiempo. La tarea consistía en recuperarlas sin alterar el continente, es decir, se procedía sobre las instalaciones averiadas de la casa -como un Mc Cornick sobre el cuerpo de una Daniela- La podredumbre que se evidenciaba por la caducidad de la vida útil de los materiales, se sustituía por cañerías nuevas. Luego se realizaba el acabado final maquillando la superficie y se las ponía a la venta revalorizadas, obteniendo así una rentabilidad interesante.
Cierta vez -a instancias de hacer el relevamiento previo al anteproyecto- hubo una casa en la que descubrí, en un sótano que tenía disimulado su acceso a simple vista, una cantidad de trastos viejos, mugre, ratas, cajas, baúles, que contenían mayormente libros rancios y cantidad de vinilos.

tapa_1

Comencé a revisar la caja de libros, primero; separé algunos con la intención de llevármelos; intenté hacer lo mismo con los discos -alcancé a ver una tapa con una leyenda “Para Rodolfo”- pero enseguida comencé a estornudar insistentemente, alérgicamente, por el polvillo, o por el olor agrio que emanaba de ese sótano, o por el contacto con superficies ásperas, o por la humedad seca del bajo fondo…, o por todas esas razones a la vez. El resultado fue que no pude volver a entrar allí, por lo que recurrí a mi novio de ese momento, que era fletero, para que vaciara el lugar, con la advertencia de conservar para mí los libros que yo había alcanzado a separar. No recuerdo su nombre, lo que sí recuerdo es que me dijo algo sobre una feria en el Parque Centenario que no puedo precisar, como tampoco sobre mi fugaz relación con él.

libros viejos 2

 

– III –

La insistencia de mi marido para que organizara una comida en casa junto a mi “eventual jefe” y su mujer, fue sorpresiva. Es cierto que se trataba de una obra de envergadura (la urbanización de un barrio cerrado en el Partido de Pilar que incluía un centro comercial, un colegio y una clínica), la que nos había sido adjudicada luego de una puja sumamente competitiva a la que mi “eventual jefe” había convocado a través de un llamado a concurso; como también era cierto que en el estudio veníamos trabajando hacía meses en ese proyecto, pero ninguna de estas razones tenían que ver con el repentino interés de mi marido en esa cena. Se trataba más bien -así me lo explicitó él- de saciar la intriga, de estar frente al personaje que -según lo definió, también mi marido- era peronista por puro cliché y su único “mérito” era ser heredero de una millonaria fortuna que supo no sólo mantener, sino incluso quintuplicar -a diferencia de similares casos en los que el botín se dilapidaba- y encima, tenía tupé político. El entusiasmo de mi marido se acrecentó al enterarse que, no sólo el encuentro se concretaría sino que además, y según el cambio de plan del “eventual”, se llevaría a cabo en su propia mansión de Barrio Parque.
Siempre traté de evitar todo tipo de compromiso formal; al de anoche, concurrí más que nada para complacerlo a él -mi marido- La cena comenzó siendo agradable, sin mayores sobresaltos salvo al momento de la sobremesa para la que pasamos a un salón biblioteca ambientado con varias obras de arte y cantidad de objetos de colección, entre los que nos sorprendió -a mi marido y a mí- por diferente razón, una vitrina que contenía aquel álbum, el que él había adquirido a principios del `77 en Londres y no había vuelto a ver hasta esa noche -anécdota que yo escuchaba por primera vez-; el mismo álbum que yo había descubierto en un sótano mugriento por el año `84 y no había vuelto a ver hasta esa noche -anécdota que mi marido escuchaba por primera vez-; el mismo álbum que ahora era fetiche de “el eventual” desde la vez que lo adquirió en un remate en la Feria Tristán Narvaja de la ciudad de Montevideo en el Uruguay -historia que ambos escuchábamos por primera vez-; ese álbum que, con certeza, se trataba del mismo ejemplar porque -tanto mi marido como yo- habíamos reconocido en él -en distinto tiempo e ignorándolo el uno del otro- la inscripción “Para Rodolfo” y que ahora todos nos descubríamos parados ante él, en flagrante absurdez por ser justamente él -Rodolfo- el único ausente que jamás había tomado contacto con el disco.
Así transcurrió esa noche eterna e imprevista de anécdotas, entre puros y cognac, ellos; entre tés y petit fours, nosotras.

 

– IV –

 petaca_1

 

– Dale, amor. Contáme otra vez la historia de la petaca, hasta que me duerma.

 

No me había quedado resto para levantarme e ir al baño, sólo conseguí salir de entre sus piernas y re acomodar mis brazos abrazando su cintura; mi cabeza cayó pesada sobre su pecho tupido.

 

– Dale, amor.

 

Insistí, con la parte despierta y consciente de mi cuerpo; el resto en duermevela. Quería desviarlo de Rodolfo. Él estaba desvelado, prendió un cigarrillo. Aspiración, humo, relato, aspiración, humo, relato, duermevela, aspiración, humo, relato, duermevela…

 

… próxima a la carretera Pardo… grabada con las iniciales del Pocho… Puerta de Hierro… que fue el mismo encuentro… coincidimos esa vez Raimundo, Rodolfo y El General… Yo lo sabía, porque él mismo me había contado… aliviara a Eva del último dolor… sostuvo la petaca en su boca…que los labios ya estaban blancos.

 

Desperté antes que amaneciera y me descubrí sola en la cama. Lo encontré en el living. Se balanceaba alcohólico en la hamaca de esterilla. Lo abracé de atrás sorprendiendo su vigilia. Le besé el cuello al tiempo que le susurraba: “Tranquilo, amor. No te atosigues más. Lo de Rodolfo no fue tu culpa.”

 

APG©

 Agosto 2009


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