Pericias Morales

 BARAGLI, Néstor Fabio .- A 25 años de su fallecimiento, su familia lo recuerda con inmenso amor e invita a la misa el 4, a las 19.30, en el Patrocinio de San José.

 BARAGLI, Néstor Fabio .- A 25 años de su fallecimiento, tus compañeros del Colegio Nacional Buenos Aires, te recuerdan con cariño.

 

Sólo dos recordatorios en la sección de avisos fúnebres. En el interior del diario -página par, derecha inferior, recuadro a una columna, setecientos caracteres con espacio-  una escueta necrológica. María Teresa encontró lo que estaba buscando y  comenzó a leer:

“Se cumplen hoy veinticinco años del trágico incendio en el Colegio Nacional Buenos Aires que se cobrara la vida del adolescente Néstor Baragli, quien murió calcinado en un baño del primer piso de esa casa de estudios. Los peritos del Cuerpo de Bomberos determinaron que el fuego tuvo su origen en el interior de la letrina, donde quedó atrapado el adolescente. En primera instancia se siguió la pista del incendio intencional, aunque más adelante fue desestimado. El mismo peritaje determinó que la cerradura de la letrina fue trabada con alevosía desde el exterior de la misma.  Este hecho provocó el cambio de carátula, de “Muerte accidental” a “Homicidio culposo”. A veinticinco años, el caso no arrojó culpables y la causa quedó prescripta”

Baragli tendría hoy cuarenta años, una vida, una profesión, una familia. Baragli tiene hoy sólo una lápida. Dos cuñadas y tres sobrinos que no llegó a conocer. No necesita respirar. Sus órganos se hincharon, luego fueron invadidos por insectos. Larvas y gusanos lo devoraron hasta desnudar sus huesos. Las paladas de tierra lo retienen allí desde hace veinticinco años.

 

Su familia, más bien lo que queda de ella, se encontró esta mañana en la puerta del cementerio. Entre los dos hermanos, uno a cada lado, arrastraron una corona de flores naturales. -“Gladiolos, crisantemos, claveles, centro especial de rosas importadas, liliums auriánticos y azucenas. Setecientos pesos más impuestos, más gastos de envío”, había dicho telefónicamente la empleada de la Florería. Luego, apuntó la dirección.- Su madre, una orquídea blanca. Sería una ceremonia sencilla. Una misa. Un párroco. Una placa de bronce. En cuclillas: una oración, un rezo.

 

Oculta tras un árbol, una mujer se inclina, se persigna. Está irreconociblemente desmejorada. Acaso sea su desprolija cabellera de cana prematura.  ¿Pero, qué la hace estar allí? Ella se auto absolvió hace muchos años. Su afán de cumplimiento del deber. Su obediencia debida. Su lealtad al reglamento. Todo eso la hacía sentirse amparada, impune. Entonces, ¿Qué hacía allí? ¿Acaso, culpa? ¿Tal vez, tormento?

Cuando el último familiar besó la tumba y lo vio perderse por entre los muertos, María Teresa salió del escondite y se acercó. El olor que despedía el bouquet floral era bien fuerte. No para ella. Esas hileras concéntricas de flores bloquearon su percepción.  Sus vías olfativas estaban impregnadas de un olor que la obsesionaba acaso desde la infancia; acaso desde los días como preceptora en el Colegio. Demoró nada en advertir que era a Baragli a quien evocaba: “Baragli alumno” pasando junto a ella, rozándola involuntariamente con su valija o el borde del blazer. Baragli pasando junto a ella, impregnado de ese aroma, de ese vaho a cigarrillos de tabaco negro. Esa clase de cigarrillos que solían venir en paquetes de vetas doradas y verdes. Imposible que pudiera percibir ese olor. Esos cigarrillos negros, de paquete de vetas doradas y verdes, hacía rato que no se fabricaban. ¿Pero entonces, porqué se sintió sumergida en esos transparentes ruleros de humo como si los inhalase? Fantasmas. En los cementerios suele haber fantasmas.

 De pronto percibe que no está sola. Marré, parada frente a ella. “Marré adolescente” reconoce impávida a su preceptora de tercero décima del Colegio Nacional Buenos Aires. María Teresa baja la mirada, como auto proclamándose culpable. Desde el día del incendio, nunca más pudo sostenerle la mirada a nadie. Sus ojos se volvieron evasivos de por vida.

“Marré mujer” se inclina frente a la tumba para dejar su ofrenda: un ramo de jazmines. Y así nomás se va, sin voltear. Y así nomás se fue, desapareciendo entre los muertos.

 

La persecución que se atribuyó María Teresa comenzó el mismo día en que detectó ese olor. Ese aroma a cigarrillos de tabaco negro impregnado en su uniforme. Se propuso, acaso se impuso, pescar “in fraganti” a Baragli fumando. ¿Y dónde puede ocultarse un alumno para fumar sin ser descubierto? En el baño de varones, ella se contestó. Su afán por el cumplimiento del deber. Su obediencia debida.

Los controles diarios no le bastaban. Reprender a Valenzuela por llevar medias grises, o a Calcagno por unas de toalla. Llamar la atención de Capelán al tomar distancia indebidamente sobre Marré.  No le alcanzaba con obligar a Baragli a cortarse el pelo -el reglamento decía claramente: “Tiene que haber no menos de cuatro centímetros de separación entre el pelo y el cuello de la camisa”- Ni reprender a Servelli en alguno de sus tantos ataques de risa. Todas esas eran faltas graves por las que ella aplicaba correctivos con placer, pero nada se comparaba con pescar “in fraganti” a Baragli fumando en el baño de varones. Y se dispuso con perverso placer a conseguirlo. Su fanatismo y su obsesión la llevaron a arriesgarse en guardias secretas infinidad de veces. Corrió peligro, sí que lo corrió. Sufrió consecuencias. Graves consecuencias, sí que las sufrió. Pasó largos ratos apostada oculta en un cubículo. Conoció intimidades de alumnos. Gozó perversamente…, y también fue descubierta. Fue humillada. Fue vejada. Todo a manos de Biasutto, su superior quien se aprovechó una y otra vez, haciendo gala de poder, del poder de su silencio.

Cada vez era más imperioso descubrir a Baragli in fraganti. Por su dignidad. Por reivindicarse.

Costó pero llegó. Finalmente llegó el día de su recompensa. El premio mayor. Su salvación. Su revancha.

La rutina fue la misma, la de todas las veces que se apostó en el baño de varones a esperar a su presa. Fue después de la hora de Plástica, en la cual María Teresa había colaborado, a pedido de la profesora Perotti, haciendo correr el proyector, a la vez que la profesora apuntaba en la pantalla sobre las imágenes de Cándido López.  El carretel de diapositivas se completó diez minutos antes que sonara el timbre, con lo cual le dio tiempo a María Teresa para regresar el equipo a la sala de materiales y apostarse en su escondite sin ser vista antes que el baño se llenará de necesidades urgidas.

Baragli sabía que tenía por delante doce minutos de recreo. Entró a la letrina de siempre, la del fondo. Trabó la puerta vaivén, se paró por encima del inodoro, y estirándose alcanzó la revista PlayBoy -esa, en cuya tapa el cuerpo desnudo y lampiño de Bo Derek se contraponía al peludo chimpancé que la abrazaba- escondida entre el espacio que separa el depósito del inodoro y la pared. Entre las páginas 18 y 19 -justo ahí, donde Bo Derek despliega su erotismo y desnudez a doble página- estaba el paquete de vetas doradas y verdes, el paquete de cigarrillos de tabaco negro. Ya  sentado, pantalones bajos, la revista abierta, el pucho prendido y el miembro erecto -aún virgen de piel- acarició los pechos de papel y comenzó a frotar el prepucio en vaivén, de tronco a punta, de punta a tronco. Primero pausadamente y luego vertiginosamente, con dos dedos, el pulgar y el índice, más y más…, a ritmo frenético. Acabó en espasmos mudos, entrecortados.

En la segunda eyaculación quedó tumbado con la espalda apoyada de costado sobre el tabique lateral. Al otro lado del tabique, María Teresa ya no estaba. Había salido, ni bien percibió el vaho familiar a cigarrillos de tabaco negro, no sin antes percatarse que no hubiese alumno a la vista.  Una vez fuera, echó el cerrojo a la cerradura del baño de varones del primer piso, dejando presa su presa. Lo hizo sigilosamente, sin desmedro de ello, Baragli, no hubiese estado en condiciones de percibir nada. La segunda eyaculación lo había dejado tumbado con la espalda apoyada de costado sobre el tabique lateral. Su cuerpo relajado permitió que su brazo se aflojara, que su palma se abriese, que el pucho se deje caer… y la colilla encendida comenzó a carcomer en siluetas negras los pechos desnudos de “la mujer 10”. Y todo se sucedió velozmente… El humo. El sobresalto. Los pantalones arrugados en sus tobillos. La otra mano adherida pegajosamente a su pene flácido. El desconcierto.  El frustrado intento de huir. El humo. El ahogo. La asfixia. El fin. 

Pero antes del fin, María Teresa atravesaba a paso ligero el patio en busca de Biasutto. Visiblemente excitada, quería llevarlo frente a su presa presa. Necesitaba imperiosamente reivindicarse ante él. Acaso recuperar su honor, su respeto.

Y gozaba pensando en Baragli “in fraganti”.

María Teresa acumulaba en su cabeza una buena lista de razones para inculparlo. Merecía la pena capital. Acaso, engrosar la lista negra de Biasutto.

¿Por fumar? ¿Sólo por fumar? -Está condenado a muerte el fumador con un cuadro de pulmones infestados de tumores cancerígenos. Pero, ¿puede estarlo un adolescente sano, sólo por fumar?- ¿Acaso, eran más los cargos de que se lo acusaba? Era por su culpa que María Teresa había sido humillada. Fue vejada. Abusada en reiteradas ocasiones. En ese mismo cubículo del baño de varones del primer piso. Fue a causa de ser descubierta por  Biasutto, durante su vigilia, que debió sufrir el permanente acoso que la atormentaba. Sí, lo declaraba culpable y deseaba que muriese, aunque seguramente recibiría el castigo máximo del Colegio: la expulsión.

 

“Qué inoportuno”. La alarma contra incendios comenzó a sonar antes de que ella pudiese alcanzar a Biasutto. “Qué mal momento para un simulacro de incendio”, pensó.

Pero debía poner en marcha la evacuación de los alumnos. Los simulacros eran siempre sorpresivos y se debía seguir el reglamento a rajatabla. Además, nadie iba a percibir la ausencia de Baragli y ella sabía fehacientemente que de allí no se movería pues ella misma lo había encerrado. Su presa estaba presa.

Los alumnos debían seguir siempre las indicaciones del preceptor a cargo del curso y en ningún caso debían seguir iniciativas propias.

María Teresa tenía la función de guiar al tercero décima, a la vez que debía responsabilizarse del cumplimiento del plan de evacuación y colaborar en el mantenimiento del orden del grupo.

Estaba prohibido que los alumnos recogiesen sus objetos personales, con el fin de evitar obstáculos y demoras.

María Teresa sabía -porque el reglamento así lo establecía- que los alumnos que se encontrasen en los baños, al sonar la alarma, debían incorporarse rápidamente al grupo más próximo, y ya en el exterior, buscar a su curso e incorporarse al mismo comunicándoselo a su preceptor. María Teresa, también sabía -porque su presa estaba presa- que esto no sucedería con Baragli.

El tercero décima, comandado por ella, realizó los movimientos con rapidez y con orden, nunca corriendo, ni empujando o atropellando a los demás -tal cual lo establecía el reglamento- Cuando de hacer cumplir órdenes se trataba, María Teresa era experta. Realizaron la evacuación en silencio, con orden, evitando atropellos y ayudando a los que tenían dificultades o sufrían caídas. Caminaron en dos filas -porque ella sabía bien, que este era el máximo permitido- por los laterales siguiendo las marcas amarillas y verdes. No se detuvieron junto a las puertas de salida y en ningún caso, ni bajo ningún pretexto volvieron atrás. “Y por Baragli, mucho menos”, pensó.

El grupo permaneció unido, sin disgregarse, hasta llegar a concentrarse en el lugar exterior previamente establecido, donde María Teresa -acorde al reglamento- efectuó el control de los alumnos.

Recién en ese momento, en el exterior, supieron que esta vez el simulacro no había sido tal. La alarma había sido accionada automáticamente por un detector de humo en el primer piso.

María Teresa recordó a Baragli. No reaccionó -bajo ningún punto de vista, el reglamento permitía volver hacia atrás- tampoco dijo nada.

Ella sabía que, en el caso de tener que atravesar zonas inundadas de humo, se debían proteger las vías respiratorias con pañuelos mojados. Aunque si la intensidad del humo es alta, no se debía pasar por dichas zonas. Del mismo modo, sabía que, si se hubiesen inundado de humo, pasillos y escaleras, el grupo habría tenido que permanecer en la clase, cerrar las puertas y ventanas, colocar trapos mojados en las juntas de las puertas, para evitar la entrada de humo. María Teresa sabía de memoria el plan de evacuación, sin embargo no hizo nada. Su presa presa.

A mediados del año `82, el Colegio Nacional Buenos Aires, permaneció cerrado tres días. Uno por duelo. Dos por refacción.

 

Advertida, primero por una oscuridad que comenzaba a esparcirse sobre las tumbas, y luego por el cuidador anunciando que el cementerio estaba pronto a cerrar, María Teresa se incorporó. Pero antes de dirigirse hacia la salida, decidió pasar por la tumba de su hermano. El ex combatiente de Malvinas. El que no murió en combate.  El que no quedó sepultado en Puerto Argentino.  El que murió al poco tiempo de regresar, de indiferencia.

María Teresa tomó un sendero lateral bordeando el límite del cementerio y llegó a una zona secundaria donde estaba la tumba de Francisco. Como nada decía su placa más que su nombre, apellido y fechas de nacimiento y defunción, ella se inclinó y, con el canto de una llave, rayó justiciera sobre la piedra “Murió por la Patria”. Se incorporó conforme y decidió volver a la tumba de Baragli. Una vez allí, repitió la acción, pero en esta oportunidad, sobre bronce y con descaro, rayó “Murió por fumar”.

APG©  

Abril/08

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