Corrupción masiva, en Los días que vivimos en peligro

 

Episodio I

Te había sucedido otra vez y, cuando esto pasaba, indefectiblemente, el café acababa arrojado, sin siquiera intentar servírselo al Ingeniero, en la rejilla de la pileta de la cocina junto a la borra apelmazada que deshacías entre tus dedos, con la ayuda del  chorro de la canilla, para no tapar la cañería; entonces, enjuagabas nuevamente la cafetera, medías la dosis justa de café molido fino, alisabas la superficie como suelen hacer las aplanadoras en las playas por la mañana antes que llegue el aluvión de veraneantes; colocabas la medida exacta de agua, justo hasta allí en donde está la muesca; enroscabas la parte superior con la inferior, y llevabas al fuego por el lapso de tres a cuatro minutos que no te daban tiempo a despegarte de la hornalla porque, si esto sucedía -es decir, si te alejabas-, podía ocurrir justamente lo que acababa de suceder: que el café comience a bullir y vos no estés presente para apagar el fuego a tiempo antes que el café se queme y esto vos lo sabías bien porque, en el tiempo que llevabas trabajando en la Municipalidad colaborando con el Ingeniero -colaborar es una manera optimista de referirse a la función que desempeñabas allí dentro-, habías aprendido que no era conveniente servirle el café quemado haciéndoselo pasar por café bueno; vos, Nuvosso, no correrías el riesgo de ser despedido -eso con seguridad, porque habías llegado allí gracias a un vínculo de tu primo, el respetado (o temido) puntero político de La Matanza, a quien alguien le debía un “favor” y esos favores se pagan a perpetuidad- pero guay de soportar los humores del Ingeniero si llegara a probar, o tan sólo a oler, el café quemado; el simple hecho de recordar los episodios en que él te había escupido el café caliente en la cara, te hacían desistir del intento.

Nunca nadie te había llamado por tu apellido; en el barrio, allá en La Paternal, te conocían por Mingo y así también te llamaban tu madre, tu hermana y tu primo pero, al entrar a trabajar en la Municipalidad, tuviste que acostumbrarte a la fuerza a que te llamaran Nuvosso, del mismo modo que sucedía con la Fernández y con el negro Godoy, con el Ingeniero y con el tano Ravelli, de quienes no tenías ni idea de cuáles eran sus respectivos nombres. Hacía más de quince años que vos eras Nuvosso de catastro: “Pedíselo a Nuvosso, de catastro”, “Lo tiene Nuvosso, de catastro”, “Que venga inmediatamente Nuvosso, de catastro”, “Debe haber sido Nuvosso, de catastro”. Esa mañana, cuando escuchaste a Rosita, la privada del Ingeniero, luego de tres insistentes llamadas, decir: “Disculpe señor, usted está equivocado; le repito que aquí no hay ningún Mingo”, además de arrimarte y pegar tu oreja al tabique del despacho contiguo y -justamente por esa acción- descuidar y quemar el café, supiste que tu primo te andaba buscando. Tu paso y tu pulso se volvieron inestables, la taza no contuvo el vaivén del líquido, el golpe de puño del Ingeniero sobre el escritorio manifestó que el café se había derramado. Otro día difícil para vos, Nuvosso, en la Municipalidad.

 

Episodio II

A diferencia del resto de las entregas mensuales, hoy debías hacerla más temprano; aún brillan perlas de rocío por entre los pastos rasurados del frente de las casas de esa cuadra residencial del barrio de Belgrano, de construcciones bajas; algunas estilo art nouveau, otras neoclásicas, otras del tipo francés con techos mansarda a cuatro aguas, en donde los gorriones, en esta época del año, cobijan a sus pichones en nidos encaramados a los aleros de pizarra; incluso, las hay también estilo Tudor: son dos gemelitas de aberturas ojivales con vitraux; digo, en ese retazo de Londres o París, en plena Buenos Aires; en esa cuadra homogénea y arbolada a ambos lados, de empedrado consciente e irregular… Ahí te detenés, repentinamente, convocado, no por lo que ves sino por lo que oís:

– Habría que quitarle la matrícula profesional por mala praxis a ese arquitecto.

– Más que al arquitecto, te diría que es un problema de la ciudad. Por desgracia, no hay legislación que se lo impida.

– Es verdad, esto en Europa no pasaría.

– Es que allí existen leyes de preservación, no se demuelen patrimonios históricos; ya bastante les quitó la guerra.  

– Es un crimen lo que han hecho. No hay respeto por el entorno.

Las oís hablar a tu costado, y las ves -dos mujeres del barrio, de mediana edad, cada una con su mascota; una en brazos, la otra, más grande, con collar- a través de la imagen que te devuelve el vidrio espejado en courtain-wall de esa impertinente construcción de hormigón, al otro lado de la calle, a la que jamás prestaste atención. Antes de cruzar y tocar timbre, preferís dar una vuelta manzana. Para cuando regresás ya no hay mujeres que veten o cuestionen tu ingreso -asunto que te avergüenza más aún, que lo que hacés, cada mes, allí dentro-.

Y como cada vez,  cumplís el ritual en el que, además del trámite, aceptás el whisky que él te convida porque no tenés huevos para despreciar a esa hora muy temprana para beber, y contestás el punteo de preguntas que él metódicamente te hace sin prestar atención a tus respuestas: que cómo está tu hermana, y tu madre y sus azaleas, y tu hermana. Y al salir de la casa del Juez -sabido es que, para que un engranaje marche a la perfección, no sólo es necesaria la existencia de un reverendo inútil en el lugar funcional clave, sino que es imprescindible una pieza fundamental: Su Señoría-, descubrís que el corto tiempo que pasaste allí dentro fue suficiente para que la tangente aguda del sol evapore las perlas de rocío que había tendidas sobre los pastos rasurados. Caminás el trayecto inverso de ese par de cuadras que antes habías subido con fatiga y que ahora bajas liviano, arrastrado hacia la Parroquia San Benito Abad. Lavás en agua bendita la mugre de tus manos que hace minutos contaban fajos y te sentás frente al confesionario donde los alientos de scotch, propios y ajenos, se entremezclan a través de la rejilla. Confesás que tenés sospechas de que tu hermana se encuentra a escondidas con un hombre casado. El Capellán te dice que lo que debes hacer como hermano es acercarla a la casa de Dios. Vos asentís y continuás con la siguiente confesión: has mentido a tu madre. Para ser exactos, no has mentido, sino que has omitido decir la verdad. Ella había sufrido un cuadro de hipertensión, la última semana, por causa de la medianera en doble altura que estaban levantando en los fondos de la casa vecina para construir una cancha de Squash. La sombra descomunal provocaba a los malvones de su jardín volviéndolos tristes; geranios y azaleas habían comenzado a desteñir, tornando a pálido lo que antes fue color intenso, y un yuyal silvestre había irrumpido desequilibrando el parque. Te había rogado que hicieras algo a través de la Municipalidad, pero vos estabas tan ocupado con Rosita haciendo vibrar, juntos, en vaivenes de sexo, los anaqueles del archivo de catastro, que lo pospusiste -pero ésto no es lo que contaste al Capellán-. Tu primo había resultado más rápido; se te había adelantado, al mandar a un par de matones quienes, en un periquete, derribaron la medianera. Cuando tu madre te agradeció (sus azaleas, malvones y geranios se habían erguido en color nuevamente), vos sonreíste asumiendo como propio el mérito ajeno. Eso te perturbaba.

 

Episodio III

Fue necesario incentivar a los medios con una muerte para distraer y, así, instigar a que interviniese la justicia. Lo cierto es que, si bien lo de Rosita, la privada del Ingeniero,  se caratuló de muerte accidental (había quedado aplastada bajo un anaquel del archivo de catastro), hubo un allanamiento en la Municipalidad. El negro Godoy y el tano Ravelli también resultaron detenidos, aunque su causa tramitaba en otro juzgado. En la Municipalidad no hubo quien no se hubiese sorprendido con la noticia: en sus computadoras, que habían sido incautadas en el allanamiento, se encontraron con sobradas imágenes y pruebas para inculparlos en una red internacional de pedofilia; el cargo era abuso, tráfico y corrupción de menores. No hay certezas de que haya sido una causa armada para distraer la atención de la opinión pública, pero lo concreto es que, el negro Godoy y el tano Ravelli, estaban complicados.

¿Vendetta política? ¿Manotazo de ahogado? ¿Crimen pasional al ser desenmascarada tu relación con ella? Lo cierto es que el Ingeniero quedó amparado por el programa de protección de testigos, bajo la figura de arrepentido. Se rumorea que el Juez  fue el ideólogo de la maniobra de dispersión antes de suicidarse.

La más perjudicada, de todos modos, resultó ser la Diva, quien no pudo justificar los aportes de capital -para pagar favores sexuales- al empresario uruguayo, en sociedad con el ex comandante de la Fuerza Aérea y el Gobernador Provincial, quienes aumentaron de cuatro a seis su flotilla de aviones, eslabón fundamental, de control de ingresos y egresos, dentro de la cadena. Vos, por tu parte, no pudiste explicar el vínculo con el Gobernador Provincial que surgió a raíz de las escuchas y éste -el Gobernador- a su vez, quedó comprometido al encontrársele -en el baúl de su 4×4-, la CPU de Rosita que no había aparecido durante el allanamiento en la Municipalidad. Ahora se hallaba prófugo de la justicia.

La causa abarcaba ochocientas veintisiete fojas y, en lo que iba del proceso, ya había cambiado de juzgado en tres oportunidades.

 

Episodio Final

Tu madre camina despacio asimilando su edad en cada paso. Vos te preguntás  cómo habrá hecho para arreglárselas sola, sin sus hijos, durante estos dos años que tu hermana lleva exilada, quién sabe en qué lugar del planeta, junto al difunto. Pero en seguida te reconforta saber que tu primo se mantuvo siempre atento a ella, a sus necesidades, y que no dejó de ir, ni un día, a comer junto a ella la pastta del domingo. Te sentís feliz también, de que te consiguió -gracias a un vínculo con algún integrante del servicio penitenciario, quien probablemente le debiera un “favor”- la salida transitoria para hoy, justamente domingo, día en que ella, tu madre, cumple ochenta años.

Tu primo pasa por la parroquia San Benito Abad para asistir a la misa in memoriam al cumplirse un segundo aniversario. Para él es un trámite rápido, en el cual saluda a la viuda del Juez y a las pequeñas, aprovecha el momento para cumplir con la entrega mensual, y parte en hambre voraz hacia La Paternal, mientras tu madre, justo en ese momento, sube el volumen de la radio a transistores para escuchar el pronóstico del tiempo: Se espera un domingo nuboso. Entonces sonríe y sigue tendiendo la mesa para tres, en donde dispuso un centro de azaleas recién cortadas.

 

 

Marzo 2009

APG©

Los días que vivimos en peligro, tiene blog

 

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