MONSTRUOS ILUSTRADOS

El hombre aguarda su turno para ser atendido con el brazo estirado por fuera de la ventanilla haciendo sonar las llaves. Está detenido frente al surtidor de Nafta Súper dispuesto a cargar quince litros, esperando a que se libere el playero que sostiene la manguera de Gasoil dentro del tanque de un camioncito viejo, a la par suya. Su hija preadolescente está sentada en el asiento del acompañante. Ya no puede escuchar a Los Beatles: el encendido del vehículo está fuera de contacto. Decide ir al baño, mas por ocupar el tiempo ocioso que por verdadera necesidad. Es un fetiche para la pequeña ir a baños distintos de los de su casa, en donde los jabones son ovalados de color violeta, o salen líquidos de un dispenser; en donde se puede jugar libremente con el aire caliente a presión para secarse las manos o con los grifos y descargas automáticas de inodoros que funcionan con sensor óptico sin que nadie los accione y que para ella son festín mágico. Su papá le señala en dónde se va a estacionar para reencontrarse luego. Se refiere a las franjas blancas estampadas a 45° sobre el betún, junto al acceso al local, bajo el cartel de Full.

El sujeto que está adelante -el del camioncito- discute ahora con el playero por el cambio. Éste le pide si no tiene más chico y él -que sí tiene- se lo niega porque -sabe- lo necesitará para su trabajo: últimamente, todos traen plata grande. El altercado lo resuelve el hombre del auto ofreciéndole dos de cincuenta; no por gentil, sino para que llegue su turno de una buena vez. Mientras tanto la pequeña entra al baño, directo a hacer pis, lo que impide que se percate de la persona que entra tras ella. La ve recién, al salir: está de espaldas, frente al espejo, mirándola con expresión procaz. Agita enérgicamente su miembro sobre el lavabo y pareciera como que el hecho de mirar la cara pavorosa de la niña lo excitara aún más. Todo se sucede en un segundo: él, con voz que ella entiende bien como libidinosa amenaza, le dice: “si gritás, no salís virgen”. Ella retrocede y echa el cerrojo al cubículo sorteando el temblor de su mano; se trepa al inodoro, como si quitar los pies del suelo para que no estén a la vista del hombre, fuese una forma de desaparecer completamente. Se queda inmóvil. Ni grita, ni llora. Casi que evita respirar, como si negarle algún sonido suyo, al degenerado, fuese una forma de desaparecer completamente. Pero no desaparece: lo escucha jadear y luego un “ahh” prolongado, alevoso, y el correr del agua, y el ronronear del aire caliente con el que ella pretendía jugar, y el ruido de la puerta, y el silencio. La pequeña se baja del inodoro, se asoma por debajo para cerciorarse de que el golpe de la puerta se corresponda con la ausencia del sujeto. Efectivamente. Recién ahí sale, al reencuentro con su papá. Él está estacionado en donde le dijo que iba a estar. Levanta la vista del libro abierto sobre el volante.

– ¿Todo bien? –pregunta con intuición de padre al verle el rostro, a través de la ventanilla baja.

Jm –contesta la pequeña, dando a entender un “sí” ficticio; como si hubiese tomado la determinación -en el lapso que se demoró en ir desde el baño hacia el auto-, de callar para siempre un episodio que probablemente a ella le dejará una marca indeleble pero que a él, se la podría evitar.

Su papá no le quita los ojos de encima mientras pasa por delante del auto, y cuando ingresa, le da un beso en la frente para tomarle la temperatura, en un gesto mas propio de intuición maternal, pero que él asimiló como doble rol, a raíz de su separación. Está helada. Helada y falsamente inmaculada.

– ¿Seguro te sentís bien? Estás pálida, te volviste blanca de golpe.

– Me duele un poco la panza -miente ella-, tengo ganas de vomitar -y esto no sólo es cierto, sino que a él le resulta convincente.

– ¿Será que te cayó mal la comida? –dice ahora mientras sale para dar la vuelta hasta su lado.

La ayuda a bajar, porque parece como si a la pequeña se le hubiese extraviado el sostén que la mantenía en pie. Seguido, gesticula una arcada -el simulacro- que le da tiempo a él para hacerse a un costado asistiéndola mientras vomita.

– Nos vamos a la guardia –sentencia mientras la ayuda a subir, la acuesta en el asiento trasero y la cubre con su campera.

Clínicamente está bien. No hay ninguna anomalía aparente ni en la muestra de sangre, ni en su temperatura, ni en su pulso, ni en su presión. La médica de guardia le pregunta sobre qué comió en las últimas 24 horas, y -mientras aparta al padre a un lado- indaga si la pequeña ya tuvo su primera menstruación. No, aún no. Le receta Reliverán inyectable para detener los vómitos; que beba mucho líquido y coma liviano, sólo si lo tolera. Hay que estar atento. Si llegara a tener colitis o levantase temperatura, que la volviera a traer –le indica, por último.

Aún sin ser su hora habitual de acostarse, la pequeña ya está en la cama, acurrucada en ovillo fetal, sin siquiera haber probado bocado. Su papá es canchero en cómo resolver cuestiones prácticas, y también sabe con quién compartir su angustia de padre. Desde su cuarto, la pequeña lo oye hablar con Ágatha, una “amiga”, psicóloga infantil, a quien ella supo visitar durante la separación de sus papás. Pero la pequeña creció de golpe y ahora sabe que cuando un dolor íntimo se esconde en lugar de ser exhibido como insignia de la propia potencia, es que el temor a su uso estigmático, prevalece. Si la exhibición supone una presunta debilidad que quiere legitimar su fuerza, la niña prefiere callar mostrando una fuerza supuesta, que no acepta su debilidad.

Enciende el velador. Toma su Diario; garabatea un dibujo al estilo Milo Locket, pero atroz, como si de ese modo expiara una culpa inexplicable, y cierra el candado a los monstruos.

– ¿Estás despierta?

La niña, en silencio, apaga la luz. Él -el ser que ella más quiere en el mundo- no debe darse cuenta -por nada del mundo-, que su “pequeña valiente” está esforzándose por no llorar.

APG


Una respuesta to “MONSTRUOS ILUSTRADOS”

  1. Hermoso relato! Gracias APG

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