El lenguaje de los muertos, en Autogol

 

Es que el suicidio es la letra chica del contrato con la vida.
Casi nadie lee esa letra, a casi nadie le gusta
y son más los que la evitan que los que se enfrentan a ella.
Sin embargo, existe. Es letra latente en cualquier caligrafía.
Gabriel Báñez

 

 

Hay lugares y lugares para conocer gente; el nuestro fue un velorio. Ahí nos vimos por única vez con Joaquín F (“F”, de nombre ficticio de un personaje real). Yo había asistido por mi relación con el difunto; él -y esto lo supe tiempo después-, por su obsesión con el lenguaje de los muertos. Todo lo que hizo Joaquín F a lo largo de esa noche en la sala mortuoria, fue alternar entre permanecer parado frente al féretro observando al difunto y sentarse en un escalón encaramado a la escalera desde donde se lo veía escribir y escribir en una libretita tapa dura color almendra. Así toda la noche, ida y vuelta, del cajón al escalón, vuelta e ida. Yo, en tanto, saludaba a personas que no veía hacía años, a otras que jamás había visto en la vida, lloraba, aceptaba un Rivotril de una mano amiga, me sentaba junto al muerto, caminaba, callaba, me servía un café, hablaba con alguien, salía a fumar, reía, me rendía ahora ante un Valium y, también, lo observaba a Joaquín F pero no porque él tuviese una actitud burda o llamativa para lo que ese acontecimiento implicaba; sucede que yo nací para mirar lo que pocos pueden ver y por eso fui, aunque él fuese invisible, la única persona entre todos los asistentes al velatorio, en advertir su ir y venir mientras transcurría esa noche elástica hasta que se hicieron las seis de la mañana y, consecuencia natural de esa hora, afuera comenzaba a clarear y adentro, en la sala, ya no quedaba nadie; lo que sí quedaba en mí era ese estado de rotura y un resto de dolor de cabeza a causa de mezclar ansiolíticos con whisky y café, insomnio con excitación, y soportaba el peso de los párpados en lucha por cerrarme los ojos, pero como el traslado al cementerio estaba previsto para las nueve, decidí hacer tiempo en el bar de la esquina, hasta que partiera el cortejo, para que sea finalmente ése el lugar -digo, el bar de Córdoba y Thames- en donde, en una mesa pegada al ventanal, Joaquín F y yo mantuvimos un diálogo por única vez. Me sorprendió encontrarlo porque hacía un par de horas que lo había visto partir; pero ahí estaba él, con su libretita tapa dura color almendra. Me invitó a sentar en cuanto me vio traspasar la puerta, bajando su cabeza con una sonrisa a la vez que hacía un ademán con su mano señalando hacia un asiento. Eso fue todo. Yo me acerqué; él se paró para correr la silla y recién volvió a sentarse cuando yo ya lo había hecho.
Lo primero que se me ocurrió preguntarle -había pasado toda la noche con esa intriga contenida- fue quién era él y qué relación tenía con el difunto. Ninguna -me dijo- además de que se llamaba Joaquín F y, sin darme lugar para repreguntar, me indagó -presuponiendo lo que era una realidad: que yo sí tenía una unión bien estrecha con el difunto- acerca del motivo por el cual se había quitado la vida. Se dirigió a mí con tanta naturalidad y convicción sobre lo que afirmaba -porque su pregunta llevaba implícita una afirmación- que la sorpresa me hizo dudar de lo que yo creía hasta ese momento que había sido la causal de muerte, y respondí titubeando: “No, si se murió de un paro cardio-respiratorio” Entonces el sorprendido fue él al percatarse de que yo no estaba enterada de cómo habían sido los hechos y, a decir verdad, hasta ese momento en el que Joaquín F se manifestó, nadie en el entorno del difunto lo había estado. Yo a esa altura estaba semi-rota, y su declaración terminó de romper mi endeble estructura. Se ve que Joaquín F percibió mi desmoronamiento ó, tal vez, cierta blancura en mi tez, que rápidamente me asistió llevando un vaso de agua hacia mi boca -creo, que con la intención de devolverme el color o de reparar lo irreparable- Un silencio aparente se interpuso entre nosotros, haciendo resaltar el ruido entrecortado del líquido al bajar por mi garganta casi obstruida. Luego intentó consolarme. Me dijo que no me angustiara, que él llevaba vistas cantidad de muertes y que el suicidio era la mejor de todas porque, al fin y al cabo, era la única acontecida por propia elección y eso era lo que había deseado el difunto. Fue cuando me di cuenta -aunque no pudiese, al momento, comprobarlo de manera fehaciente- que realmente así había sido: el difunto siempre había hecho lo que le venía en gana, sin considerar nada más que sus propios deseos y era lógico pensar que, una vez más, lo había hecho.
Implícitamente decidimos hacernos compañía por el lapso de las casi tres horas que restaban para que partiese el cortejo. El olor humeante a medialunas recién horneadas nos tentó a desayunar y esa fue la primera buena señal que Joaquín F percibió en mí, por lo que comenzó a contarme una historia de su infancia que provocó la segunda -la segunda buena señal: mi predisposición a escucharlo-
Mi primer contacto con la muerte -comenzó a relatar Joaquín F- fue cuando yo tenía cerca de seis años y, si bien era muy pequeño para comprender ciertas cosas, ese fue el momento en que entendí -gracias a las vivencias con mi abuelo- que la muerte había dejado de ser final para dar comienzo a algo; en principio, a historias fantásticas que él me contaba gracias -decía él- a saber interpretar el lenguaje de los muertos.
Todo empezó -continuó Joaquín F- cuando mis padres adquirieron el hábito de dejarme por las tardes en casa de mi abuelo para que no fuese testigo de las discusiones que, al tiempo, terminaron con el matrimonio. Mi abuelo -y esto lo veo hoy, a la distancia- era parco en lo que a la educación y cuidado de un niño se refiere, pero tenía buenas intenciones de entretenerme, o tal vez, no tuviera la menor idea de qué hacer conmigo, así es que me incorporó a su rutina como quien cepilla sus dientes al levantarse. Esa primera tarde me dijo: “Vamos a ir a un lugar que te va a gustar”. Abrió el periódico por las últimas páginas, se detuvo estudiando las opciones y, tal como se resalta con color un espectáculo, marcó un círculo alrededor de un texto. “Primera regla -dijo mi abuelo-: Los judíos no nos sirven. Hay que descartarlos”, y comenzó a leer en voz alta el texto que había remarcado:

Juan Eduardo Arrión (Q.E.P.D.) Falleció el 13-07-1971.- Su compañera: Marta; sus hijos: Juan Fernando y Marcela; sus padres: Estela Alegre y Julio Arrión; sus hermanos: Martín, Julio César y Viviana Arrión, invitan a velarlo en Velatorio “C” Galliano e Hijos 53 Nº 1181

Segunda regla -dijo Joaquín F que le habría dicho su abuelo, ya en el andén, mientras lo alzaba a upa para subir al tren que, ante su virgen mirada, abría las puertas de par en par sin que nadie las tocara-: “Nunca pagues un boleto para viajar en tren; mientras los ferrocarriles sean estatales y el gobierno de facto, no deben dar ganancias”. A los seis años -confesó Joaquín F- ya conocía todas las mañas para ser un buen polizón y para viajar haciendo equilibrio, sin asirme del pasamanos y sin caerme. De pronto, quedó ausente, mirándome inmóvil; una mirada que me atravesaba para instalarse en otro lugar: no en el bar de Córdoba y Thames en una mañana de duelo, sino en algún recoveco de su infancia. Fue cuando me dijo, interceptando el pasado con el presente:

― Hoy rompí por primera vez la tercera regla de mi abuelo: “Jamás hables con nadie cuando vayas a un velorio; tenés que ser invisible, nadie debe advertir tu presencia; tu única misión es observar e interpretar el lenguaje de los muertos.”
Esa tarde -siguió Joaquín F- en el velatorio al que asistí con mi abuelo vi un muerto por primera vez; tenía tan sólo seis años y no sentí miedo, porque mi abuelo luego de observar, en silencio y durante un buen rato, el rostro de Juan Eduardo Arrión, el recién fallecido, comenzó a contarme una historia fantástica acerca de su muerte, que él -mi abuelo- podía advertir gracias a su oficio de estudiar el lenguaje de los muertos.

A instancias de mi segundo café negro e ídem café con leche de él, el bar de Córdoba y Thames se veía más poblado de desayunantes y Joaquín F había alcanzado en su relato los ocho o nueve años de edad, momento en el cual -me dijo él- además de continuar con sus ruedas secretas a velorios junto a su abuelo, fue por primera vez a una morgue, y fue allí donde vio, también por primera vez, a la novia de su abuelo. Se llamaba Mirta, Marta o Norma -dudó Joaquín F- pero para mí fue, con seguridad, Morticia, nombre que le impuse secretamente y sólo yo conocía. Claro que no estaba muerta: había sido maquilladora de figuras del espectáculo en el viejo canal 11 -me dijo Joaquín F, tal como se la había presentado su abuelo-, hasta que un día una de las estrellas murió (otra vez le fallaron los nombres a Joaquín F), y la familia convocó a la maquilladora a la casa mortuoria en pos de preparar al cadáver para que sus fans la recordaran cómo la supieron ver en las telenovelas. Conforme con su trabajo impecable, la casa de sepelios tentó a Morticia con una buena oferta y ya nunca regresó al canal; se dedicó de ahí en más a maquillar cadáveres, en Lázaro Costa.
Fue allí donde llegó una tarde mi abuelo, luego de marcar el aviso fúnebre en el periódico, como cada mañana. Solía calcular siempre, un par de horas previas a que comenzara el velorio para no perderse detalle en el proceso de acicalamiento del muerto. Esa mañana -me contó Joaquín que le confesó su abuelo- sorprendió a Morticia limpiando a fuerza de esponja las partes del cuerpo inerte y desnudo del difunto hasta que, repentinamente y ante la mirada atónita de mi abuelo, se detuvo en el glande inflamado; acercó su boca y, sin más, se lo engulló. Así aprendí -a pesar de mis once, doce años- que, en ocasiones, el miembro se preserva erecto por efecto de una reacción nerviosa o un espasmo de expiración. Luego -me dijo Joaquín que le había confesado su abuelo-, la escuchó susurrarle al difunto al oído: “tienes una pija deliciosa”, y ahí nomás la vio subirse al catre, correrse hacia un lado la bombacha y montarse encima del muerto en movimientos frenéticos de sube y baja, al tiempo que extraía unos pechos enormes por el escote del delantal y se los refregaba. Cuando hubo acabado, lo descubrió a mi abuelo espiándola obscenamente y le dijo: “para tí también hay”.

Yo estaba anonadada, no podía dar crédito a lo que Joaquín me contaba. El ámbito del bar de Córdoba y Thames, poblado de desayunantes, claramente desentonaba con ese relato siniestro y perverso entre dos desconocidos, aunque gracias a que la mayoría de ellos -los desayunantes- estaba oculto tras gruesos periódicos, amenguaba de algún modo, mi pudor. Era evidente que Joaquín F había heredado de su abuelo, la desinhibición e impertinencia de hablar sin filtro ante cualquiera, ya sea una criatura -como lo había sido él- o una desconocida -como lo era yo-

Enseguida me intrigó saber si “mi difunto” habría tenido, al momento de perecer, un espasmo de ese tipo que le haya dejado el miembro erecto para -aunque más no sea por última vez- montar mis muslos blancos sobre su virilidad.
Joaquín interrumpió mi fantasía, entusiasmado con el relato:
― Así fue como mi abuelo y Morticia comenzaron su relación, que se resumía en encuentros sexuales allí mismo, en el subsuelo de la casa mortuoria -cosa que deduje en un período en que las salidas conmigo fueron más esporádicas- El resto de las veces compartíamos los tres puras charlas e interpretaciones sobre el lenguaje de los muertos, entre el olor hueco y grisáceo del cloroformo que se oponía a los arcos florales de las coronas.

Esos años juntos -concluyó Joaquín- indujeron mis estudios y la posterior especialización en medicina forense. Hizo una pausa que dejó oír el ruido ambiente de vajilla en el trajín de los mozos, y retomó:
― A mitad de la carrera falleció el muerto más inesperado: mi abuelo, y yo, que tenía a la muerte como marca indeleble, escribí la primera necrológica. El resto lo hizo Morticia al contactarme con aquel periodista del noticiero -vínculo que ella conservaba desde sus épocas en el viejo canal 11-, gracias al cual entré a trabajar en el periódico hasta el día de hoy.

Faltaba poco para que sean las nueve. Joaquín F había conseguido, en esas tres horas, que me abstraiga de mi difunto para transportarme a muertes ajenas, menos familiares que mi propio duelo. Todo parecía sincronizado: la vida de Joaquín F había llegado al presente para rozarse tangencialmente con la mía justo en el momento que yo debía partir al cementerio. Qué curiosa improcedencia: yo enterraba a mi difunto y él, en la redacción del matutino, lo escribía.

Nos despedimos. Yo, regresé a la sala; él, al diario. Me surgió una imperiosa necesidad de observar el rostro del difunto, antes que cerraran el cajón para siempre. Deseaba interpretar el lenguaje de los muertos. ¿Habría aprendido algo?.

“Sólo por unos minutos” -me dijo el conserje- luego de conseguir que reabrieran la tapa tras haber suplicado por un último momento junto al difunto. Resultó infructuoso: no descubrí nada, más allá de un par de vellos canos en su oreja derecha que durante la noche anterior no había advertido; entonces recordé las veces que se los había quitado, a pedido suyo, uno a uno con mi pinza de depilar, a la vez que advertí que ése había sido el único acto en el que el difunto -en vida- solía depender de mí. ¿Acaso podría ser esa, una verdad descubierta al querer interpretar el lenguaje de los muertos? Ni Joaquín F estaba ya a mi lado para saciar mi duda, ni el difunto para soportar mi reclamo.

Llegué a casa ese mediodía, con todo mi cuerpo desordenado, mi vida desordenada, sólo quería tirarme en la cama y dormir y dormir. Pero primero necesitaba averiguar algo, o más bien corroborarlo de manera fehaciente porque lo que tenía hasta ese momento era una certeza supuesta. Me senté en el piso del desván, abrí el último cajón del mueble antiguo y con dificultad conseguí asir, en el fondo, la latita de tabaco inglés en donde supimos guardar dos pastillas de cianuro allá por la década del `70. Recuerdo el día en que viajamos en la renoleta blanca hasta un punto impreciso de esa ruta poceada, entre Balcarce y Tandil, para buscar las píldoras; también me acuerdo de aquél día en que coincidimos que ya no era necesario llevarlas encima y decidimos guardarlas en esa latita, en ese cajón. Nunca más volvimos a mencionar el tema en todos estos años. Yo había olvidado -o decidido olvidar- que la latita inglesa, en donde habíamos guardado nuestras muertes, permanecía allí. Pero parece -esto lo supongo hoy- que para el difunto siempre había estado presente.

Abrí la tapa y corroboré lo que suponía: solamente una píldora, en donde supo haber dos. Sólo quedaba mi muerte, la mejor de todas las muertes. La letra chica del contrato con la vida. La letra latente en cualquier caligrafía.

 

 

APG©

 


3 comentarios to “El lenguaje de los muertos, en Autogol”

  1. YO, A VECES, DESDE QUE MI ABUELO PEPE MÉRIDA BAEZ MURIÓ, VEO SU SOMBA JUSTO DONDE TENGO UNA FOTO DE ÉL

  2. Bonita historia.

  3. APG: vos sabés dónde pegar, me enganché mucho con tu historia. En esto de escribir también estoy embarcado…Abrazo.

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