La divina proporción

 

I. EL CÍRCULO

 

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Si te paras sobre tu pierna izquierda, con tu pie semienterrado en la arena, extiendes el otro -el derecho- de forma oblicua, y con el pulgar también extendido y a modo de lápiz, comienzas a dibujar un surco de contorno sobre tu eje a medida que vas girando, al completar los 360º, es muy probable -casi tengo la certeza- que obtengas el círculo más perfecto, bello y armónico, del cual el mismísimo Leonardo y su divina proporción estarían orgullosos.

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Julián aprendió esta práctica a muy temprana edad y pudo ver cómo a lo largo de los años los círculos cambiaban de tamaño de manera directamente proporcional a su crecimiento. También supo, gracias a la geometría, calcular las dimensiones del círculo. Aunque fuese invierno y no estuviese descalzo en la arena, Julián podía, desde el pupitre del colegio, medirse la pierna -porque había deducido que ese era el radio de circunferencia- y así, con una simple aplicación de fórmulas, se imaginaba la superficie del refugio y toda su extensión perimetral.

Cada verano, al bajar a la playa, Julián trazaba el círculo y lo comparaba con el del año anterior. Allí se sentía cómodo; era su lugar, donde podía pasar horas abstraído y alienado del mundo todo.

Hubo un año que las medidas resultaron idénticas al verano anterior y a los sucesivos. Supo entonces, que su crecimiento se había detenido, aunque nunca cesó, año tras año, de trazar y de cobijarse en su refugio circular de la playa.

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Si un día de estos pasas por la playa y encuentras un círculo en la arena, tan perfecto, bello y armónico, del cual el mismísimo Leonardo y su divina proporción estuviesen orgullosos, es muy probable -casi tengo la certeza- que dentro de él encuentres a Julián, simplemente, estando.

 

II. EL TRIÁNGULO

 

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Hay una hora determinada de la mañana -también hay otra simétricamente equivalente por la tarde- en que la posición del sol y un rayo rozando tangencialmente tu cabeza, te proyectan en sombra duplicando tu altura sobre la arena.

Ahora, que es pleno invierno, suele ser a las nueve de la mañana. Entonces comienzas a caminar paralelo a la orilla, con el sol por detrás y tu doble altura por delante, o viceversa. Y a medida que vas avanzando, al transcurrir de las horas, tu silueta recortada en la arena se va achicando. Y sigues caminando hasta que llega un punto en que son iguales -digo, la sombra y tú- En ese punto puedes inferir que el rayo de sol que roza tangencialmente sobre tu cabeza tiene un ángulo de 45º y también que, entre tú(h), tu sombra(b) y la diagonal virtual del sol (hipotenusa), conforman un triángulo isósceles.

Ahora bien, a medida que sigues avanzando -en igual sentido y dirección- del mismo modo que avanzan las horas, tu sombra se va acortando aún más, y la diagonal virtual del sol, va cerrando su ángulo sobre tu cabeza, tendiendo a cero.

En ese punto Julián se detuvo, cuando se quedó sin sombra. Pero fue sólo por un instante, porque lo vi decidido a retomar la caminata en sentido contrario -probablemente para recuperarla del mismo modo que al triángulo isósceles y a su doble altura, a una hora determinada de la tarde, simétricamente equivalente a la de la mañana y que, ahora que es pleno invierno, podría ser las tres de la tarde- entonces le dije: “¿Por qué no descansas? Has caminado toda la mañana y te ves fatigado”.

Pero no era precisamente “fatigado” como se veía. Era frustración. Julián estaba frustrado. Era el triángulo equilátero lo que buscaba, el de todos sus lados iguales, el perfecto, bello y armónico, por el que el mismísimo Leonardo y su divina proporción estarían orgullosos.

Me entristecí por él. Eso era, sencillamente, imposible.

 

Cuentan que lo vieron. Dicen que lo logró. Si un día de estos pasas por la playa y lo ves a Julián parado con una inclinación que forme un ángulo de 60º con respecto a la arena, y sobre su cabeza roce tangencialmente un rayo de sol en idéntica pendiente, es muy probable -casi tengo la certeza-  que lo haya logrado.

III. LA DIVINA PROPORCIÓN

 

La guardia costera lo encontró inconsciente una tarde con un cuadro severo de hipotermia. Lo hospitalizaron. Cuentan que lo habrían hallado desnudo, acostado en la arena boca arriba, con sus brazos extendidos como un cristo, dentro de un círculo y un triángulo y un cuadrado.

Dicen que ni bien se recuperó regresó a su refugio circular en la playa.

Y es cierto, puedo dar fe de ello; me lo encontré los otros días. No le hablé porque lo vi entretenido construyendo algo que, en ese momento, pensé que era un barrilete.

 

Si un día de estos pasas por la playa, y no lo encuentras en su refugio circular,  mira hacia el cielo. Es muy probable -casi tengo la certeza- que veas a Julián con sus brazos desplegados, simplemente, sobrevolando.—

 

APG© / Julio ´08

 


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