Mi pesar, en Hablar de mí

 

“El dolor es inevitable, sufrir es opcional”
Haruki Murakami

No es necesario tener una edad determinada para que te pase: puede ocurrirte a cualquier edad o puede no ocurrirte nunca -y está claro que no es una cuestión de suerte o mala suerte- pero si te pasa, si lo transitás, tente por seguro que nunca nada volverá a ser lo mismo.
Es probable que seis años sea un lapso considerable -como medida de tiempo, me refiero-, pero, ¿para una edad?, ¿para una existencia?… Yo tenía tan solo seis añitos, demasiado pequeña para el derrumbe; luego, sólo quedó mi endeble estructura y un mundo demasiado duro para la fragilidad incipiente, una desnudez que lastima.
El escenario, el episodio, el hecho puntual son casi anecdóticos, digo, podría haber sido en un baño, rigurosamente en la bañadera -como me sucedió a mí-, o podría haber ocurrido en otro entorno, lo mismo da. Sucede que un día, con las creencias a flor de piel que tus seis añitos avalan -repentinamente y sin premeditación- tenés la maldita idea de poner a prueba lo que hasta ese momento creías real, y el desafío no resulta. Como una aparición rotunda, como un golpe seco, te pega la frustración en la nuca, y puede que la cicatriz no sea visible a simple vista pero con certeza marcará tu esencia y quien hoy sos.
Es claro que el proceso de análisis lleva años -a mí me llevó años- y recién en la adultez conseguís descifrar que esa acción, la de colocar la emulsión oro en la concavidad de tu mano y llevarla en forma directa, no a tus largos cabellos húmedos sino al interior de tu pupila -porque el spot publicitario con la niña bañándose con una escultura de espuma en la cabeza versaba en un slogan “y no hace arder los ojos”-, para terminar en la guardia del Santa Lucía con una irritación severa que alerta a tus padres, que hace peligrar tu visión hasta el punto que te creés ciega, pero afortunadamente sólo es el parche que debiste llevar por una semana lo que te impide ver…, digo, esa acción -la de colocar shampú puro en tu ojo- representa en vos el punto de inflexión a partir del cual nada es cierto si no pasa por tu vivencia y adquirís la maldita costumbre de poner a prueba a todo y a todos (porque a priori sos crédula e ingenua aunque ya haya prescripto esa impunidad que sólo te daba la niñez), y el saldo, en el popurrí de la vida, es desencanto y frustración.

APG©

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