Barajas/Ezeiza (fragmento)

(Fragmento La Mar en Coche | Segunda Parte)

Escribir, escribir. ¡Qué fácil que es decirlo! ¡Con qué liviandad Manzur me sugiere esta aventura de escribir un Diario! Como si fuera tan fácil escribir. ¿Cómo diablos voy a conseguir yo, escribir un Diario? Si hasta el gesto de escribir he perdido. En la Compañía, los mails, correspondencia y memorándums los llevaba mi asistente; la agenda, mi secretaria; las presentaciones, informes, planes de negocio, cash flows y etcéteras, mi equipo de asesores; la contabilidad, un estudio profesional. Todo -todo- hasta lo más mínimo estaba delegado: Julia rellenaba los formularios de migraciones, los cupones del cine para ganarse un 0km, los de Farmacity por el LCD, los de Susana para el Juego del millón; se ocupaba de los cuadernos de comunicaciones de mis hijos, de la lista del súper y del Sudoku. Se había ocupado, incluso, del papeleo de la internación y cirugía. Mi única función estaba reducida a firmar. Sólo firmar: poner el “gancho”. Y ahora, a Manzur, se le ocurre que lleve un Diario personal. Que es importante -dice-, aunque más no sea, el registro de mis acciones. Que no piense en una escritura profesional. Que sólo anote lo que me vaya surgiendo, rutinariamente, hasta adquirir el hábito de la escritura. ¿Y por qué no? Si ahora dispongo de tiempo libre. Si no soy más que un número adicional en el puto índice de desocupados. Como un ejercicio -dice Manzur- sin presiones ni pretensiones literarias. ¡Claro, sin ambición literaria! Pero me pone de ejemplo al Diario de Kafka. Y me sugiere leer el de John Cheever. ¡Ese alcohólico! ¡Onanista compulsivo que terminó en un psiquiátrico! Ya veo por dónde viene la mano. Manzur sólo está preparando el terreno: él es un psiquiatra, yo soy un alcohólico -aventuro que piensa-, pero ¡no!, error; yo no soy alcohólico, yo estoy alcoholizado. No confundamos “ser” con “estar” -¡le pido por favor! “Ser” es una condición a perpetuidad; “estar”, sólo una circunstancia que yo puedo alterar cuando se me cante el culo. Culo. ¡Ay, ese culo! Privarme de ese culo. Condenado a millones de futuras pajas en nombre de ese trasero. Eso es perpetuidad.

“Hoy Alemania ha declarado la guerra a Rusia. Por la tarde fui a nadar” -me dice Manzur que anotó Kafka, en su Diario. Era agosto de 1914.

– ¿Y con eso qué? -digo fastidiado-, esta mañana, casualmente también de agosto, le apunté a Julia y luego quité el seguro del arma en la profundidad de mi garganta. Por la tarde vine acá. Yo no sé nadar.

– Es un muy buen comienzo ¿Quiere contarme, Eduardo, qué fue lo que sucedió esta mañana? -pregunta Manzur mientras descruza las piernas para cruzarlas en sentido inverso y toma un block y una lapicera e, inclinándose sobre el apoya brazos de su sillón de cuero con capitoné, se a apresta a escribir. Porque -claro- para él, escribir, es fácil.

Lo que había sucedido esta mañana era sencillo: Julia se había ido. Julia me había dejado. Julia ya no iba a volver. A mi despertar definitivo se le anticipó un abrir y cerrar de ojos provocado por un sol mal nacido que se inmiscuía por la ventana que Julia había abierto de par en par, con la furia de un capricho, tras semanas de permanecer cerrada. Gracias a -o por culpa de- el ruido de la puerta de entrada me levanté abruptamente, definitivamente. Manoteé el arma que custodiaba bajo mi sueño alterado, recorrí todo el departamento para corroborar si el ruido de la puerta se correspondía con la huida de Julia, si era cierto que ya no estaba, que se había marchado. Lo comprobé recién al encontrar el anotador de mensajes de la mesita del teléfono, en el que alcancé a leer:

Jamás volveré a sentir el amor que te di y el odio que te profeso.

Luego, más abajo, a mitad de hoja, separado por una línea transversal de pulso dudoso, decía:

El ketorolac, te toca a las: 11hs, 15, 19, 23, 03 de la mañana 07 y así hasta terminar la caja. No te olvides de pedir turno con Madánes.

Recordé que fue Julia quien había depositado el sublingual en mi boca, esta mañana a las 7, mientras dormía o dormitaba. ¿Quién lo haría de aquí en más? Mejor tomar de a tres pastillas juntas (30mg), dos veces al día. ¡Qué tanto quilombo! O seis de una sola vez (60mg), hasta el día siguiente y ya. O toda la caja (300mg). Volví al cuarto, me asomé a la ventana desde donde divisé su andar despreocupado por la vereda de enfrente. Y esa actitud me molestó. Apunté, diestro, a la cabeza de Julia y cuando estaba listo para gatillar, se interpuso el paseador de perros. Conté como trece, catorce animales. ¿No era que la nueva legislación limitaba a ocho el número de canes por paseador? Este imbécil infringiendo la Ley está impidiendo que yo pueda asesinar a Julia. Habría que meterlos presos. A todos. Así aprenden de una vez por todas a respetar las leyes y no interferir en la vida de otras personas de bien que bregan por la convivencia y el bienestar común. La búsqueda del blanco -de Julia- me obligó a pasear el fierro sobre el lomo de un Alano español a un Alaskan; a un Beagle, un Boston Terrier, ahora sobre un Bóxer, un Bull Terrier, un Bulldog americano, otro Bulldog francés, otro inglés, apunto mejor al moño rojo del Caniche, ahora al Chow chow -al Hola hola-, a un Cocker spaniel americano, un Cocker spaniel inglés, un Collie, un Dálmata, Dobermann, Dogo argentino, Dogo de burdeos, Dogo guatemalteco, Fox Terrier, Galgo español, Galgo inglés, Golden retriever, Gran danés, Husky siberiano, Labrador maltés, Pastor alemán, Pastor belga, Pastor catalán, Pastor croata, Pastor holandés, Pastor peruano Chiribaya, Pastor de los Pirineos, Pastor leonés, Pastor mallorquín, Pastor vasco, Pekinés, Pitbull, San Bernardo, Schnauzer estándar, Schnauzer gigante, Schnauzer miniatura, Setter inglés, Setter irlandés, Shar Pei, Siberian husky -¡Tiempo!-, y para cuando afilé la puntería creyendo por fin divisar a Julia entre tanto pelaje, ella doblaba la esquina y el Yorkshire Terrier se doblaba en el suelo con un impacto de bala sobre su abrigo tejido multicolor. ¡¿Cómo no pisar mierda con tanto perro burgués por este puto barrio?! Te obliga a arrastrar la inmundicia maloliente a donde quiera que vayas. ¡Es para matarse! Para matarse… Quito el seguro y meto el fierro al fondo de mi garganta. Este es el momento en que la acción queda trunca porque nuestro protagonista se detiene por la irrupción del ring telefónico, y se arrima para escuchar el mensaje por el altavoz:

Buenos días. Este es un mensaje para Julia. Le habla el Dr. Lipszür. Quería confirmar la supervisión de hoy. La espero 19:30…

– Hola, hola. Doctor, soy Eduardo, el marido de Julia.

– Ah, encantado Ingeniero. ¿Cómo está Usted? ¿Se encontraría su mujer?

– No, ella salió y ya no va a volver. Nunca. Julia me abandonó, Doctor. Y tampoco va a poder ir a esa supervisión. Tan solo hace unos minutos le disparé en un tiro fallido pero tengo la esperanza de que en el transcurso del día lo consiga…, así es que, por favor, no la espere. …

– Dígame, Ingeniero, ¿es cierto que usted consiguió sortear al corralito? Necesitaría de su consejo profesional.

– Sí. Es cierto. La extracción de divisas es factible a través de una maniobra financiera de triangulación. Y de contactos. ¿De qué suma y de qué entidad bancaria estamos hablando?

– ¿Por qué no lo charlamos mejor personalmente? Estamos relativamente cerca. Usted está sobre el Boulevard, ¿verdad? Yo estoy en El Palacio de los Patos…, estaba por salir pero podría esperarlo si viniese ahora.

– ¡¿Ahora?! …Ok.

– Ingresando por Ugarteche. Cuerpo Dos, Ascensor Dos, Piso Dos. Ah…, y por favor, venga desarmado.

Me desayuné rápido con el sobrante de la botella de whisky de la noche anterior. Me puse la joguinetta, el blazer sobre la remera con la que había dormido, metí la calculadora científica en un bolsillo y la nota de Julia en el otro. Tiré la botella vacía al tacho junto con el arma y salí como un rayo. No quiero hacer esperar a Lipszür. No sea cosa de echar a perder un potencial cliente. No me puedo dar ese lujo.

– No, Eduardo -me interrumpe Lipszür frenando mi entusiasmo financiero. No hay cuenta. No hay Banco. No hay corralito. Se trató de un artilugio, profesional si se quiere, para distraerlo de acciones inmediatas irreversibles que podría haber cometido si no lo convocaba inmediatamente.

– Ah…, era eso.

– Dígame, Eduardo ¿le gusta el cine?

– El cine, el helado, la pesca, las putas, el box…

– No lo suficiente, parece, porque así y todo piensa en matarse… Mire, hay una película en la que al protagonista le sucede algo similar: decide quitarse la vida pero quiere ser enterrado con cristiana sepultura. Bueno, no sé si “cristiana”; el director es Kirostami, de origen iraní. Pero el asunto es que este hombre, comienza un raid en busca de alguien que, a cambio de una gran suma de dinero, cubra el pozo que él mismo cavaría bajo un árbol, en la campiña, y en el que él se metería tras ingerir una sobredosis de somníferos. Luego de muchos rechazos, finalmente encuentra a un taxidermista turco dispuesto a llevar a cabo esa labor. El suicida elige el árbol, cava el pozo, ingiere el somnífero -bueno, en realidad esta última acción no está manifiesta- mientras un fruto cae sobre su cabeza. Se agacha, lo toma y se lo come. Lo saborea. Recoge más, que están caídos a su alrededor, y repite la acción. Descubre así el sabor de la cereza: lo agrio y lo dulce en un mismo fruto…, como en la vida. El sabor de la cereza, así se llama esta película, ¿la vio?

– …

– Eduardo

– …

– ¡Eduardo!, ¿en qué se quedó pensando?

– Qué contradicción. El Centro de ayuda al suicida.

– No, le entiendo. ¿A qué se refiere con “contradicción”?

– A que es un centro de ayuda. Deberían ayudar a suicidarse a quien recurre a ellos… y hacen todo lo contrario.

– Ah, un oxímoron. Y El sabor de la cereza, la película, ¿la vio?

– No, no la vi. Pero vi Tira a mamá del tren.

– Ésa no la vi yo. ¿De qué trata?

– De un pacto entre dos hombres. Uno se compromete a matar a la madre del otro, si el otro se compromete a matar a la mujer del primero.

– Ajá… Dígame, Eduardo, ¿usted pretende hacer un pacto conmigo? Mire… yo ya no tengo madre y usted ya no tiene mujer. ¿No me dijo que Julia lo abandonó esta mañana?

– Sí, es verdad -le digo mientras tomo la nota del bolsillo y se la doy para que lo constate él mismo. A Julia le encantan las cerezas -digo ahora, mientras él lee y al terminar me regresa la nota.

– Tome, Eduardo. Hágame un favor. ¿Ve que hay una línea? Doble el papel al medio… No, así no -me corrige. Con el texto hacia afuera. Bien.

– ¿Y ahora, qué?

– Fíjese. De un lado hay un mensaje que dice cuánto lo odia a usted. Sin embargo, en la otra cara, parece haber otra mujer que se preocupa por su salud; que lo cuida, que lo quiere.

– Ajá -digo volteando el papel hacia uno y otro lado.

– Ahora bien, según consta en el papel, Julia escribió primero el odio y luego el amor.

– ¿Usted está diciendo que Julia me quiere y que va a volver?

– O que, a pesar de que lo quiere, ya no puede volver.

– Entonces me odia -concluyo dando vuelta el papel como en un “cara o ceca”.

– Mire Eduardo, está en usted “voltear la página” hacia uno u otro lado, como también es su decisión intentar averiguar si usted tiene algo que ver en el odio o el amor que esa mujer le profesa. Y sea cual fuere la respuesta, no la va a obtener matando a Julia. Ni matándose usted.

– ¿Ah no? ¿Y quién lo dice? ¿Usted en nombre del psicoanálisis?

– Mire, no estamos en el Far West. Hay otras maneras, y sí, tal vez su pregunta sea pertinente. Un tratamiento psicoanalítico podría ayudar. Al menos, inténtelo. Si no funciona, ahí sí, mátese, mátela. No, mejor al revés: mátela y luego mátese.

– “No deberías matar a nadie, si eso significa quitarle la vida” decía Woody Allen, ¿no? ¿En qué película fue eso? No recuerdo.

– La última noche de Boris Grushenko. En cualquier caso -dice mientras busca en una agenda-, yo no podría ser su terapeuta. Ya sabe, “ética profesional”, soy auditor de Julia. Atenderlo me resulta incompatible, pero voy a derivarlo a un colega de mi máxima confianza: el Dr. Manzur. Julia no lo conoce ya que no es miembro de la EOL.

– ¡¿Un psiquiatra?!

– Así es. Llámelo de parte mía -me dice mientras me pasa los datos en un papel- y procure acordar una cita para hoy mismo. Yo, en paralelo, voy a llamarlo para insistir en que así sea.

– Siento que usted siente que mi vida ya está resuelta.

– Hable con el Dr. Manzur de esos sentimientos.Dígame, Eduardo, ¿leyó Otelo?

– No -respondo mientras lo veo voltear hacia una enorme biblioteca.

– Le contaría la obra pero está por llegar un paciente. Tome. Llévelo a préstamo. Yo lo tengo por duplicado dentro de las Obras Completas. Puede devolvérselo a Manzur en cuanto lo termine, y él me lo hará llegar.

– Bien. Entonces, ¿ésta es una despedida?

– Así es.

– El segundo abandono que sufro en el mismo día…

– Háblelo con Manzur.

– …y ni siquiera son las once.

– ¡¿Las once?! Vaya Eduardo, antes de que se le pase la hora de la medicación.

Salgo maldiciendo, por el gran patio central: Lipszür. Manzur. Manga de maricones de la legión de Ben Hür. Seguro enjuagan sus bolas paspadas en esta fuente de agua de Alibour.

El consultorio de Manzur queda a la vuelta del de Lipszür y a cinco cuadras del de Julia. ¡Esa manía de aglutinarse por orden alfabético! Todos los consultorios tienen los mismos elementos: una gran biblioteca abarrotada de libros -que resultan ser los mismos en todos los casos-, un portarretratos de Lacan -en la repisa de Julia y en la de Lipszür- o de Freud -en el caso de Manzur-; un gran sillón individual de cuero -el de ellos-, después, decreciendo en jerarquía, otro unitario y otro de tres cuerpos que hace a la vez de diván. Rodean en su conjunto, a una mesa baja en la que siempre -siempre- hay una caja de pañuelos de papel. Y, a veces, una colección de pipas. El ambiente tiene también, dispersos caprichosamente, un número exagerado de piezas de arte o miniaturas o artesanías coloridas que delatan su origen: el Altiplano, la India, el Afro o París. Siempre hay algo de París. Para que a todos sus pacientes les quede claro que son viajeros frecuentes. Acumuladores de millas. Y que adoran París. En la parte baja de la mesa baja, hay pilas de cuadernos o más bien entrarían -gracias su escueto tamaño- en la clasificación de “libreta” o “moleskine”. Son todas negras, idénticas, de tapa semidura, compradas al por mayor en el Barrio de Once. Y ahora, este hombre, Manzur, con una falta de educación muy característica, interrumpe mi perorata con un “dejamos por hoy”, y me propone un segundo encuentro.

– ¿Le viene bien este mismo horario, 16:00 hs, para pasado mañana, miércoles?

– Me da igual.

– Bien. Quedamos así. Sírvase, Eduardo -dice mientras se agacha para tomar una libreta negra y voltea para entregármela.

– ¿Y esto? ¿Qué se supone que es esto?

– Es un obsequio que doy a todos mis pacientes al comienzo del tratamiento. Se trata de un Diario. Tiene el tamaño ideal para llevarlo siempre encima, dentro del bolsillo del saco…

– …o la cartera de la dama.

– Usted lo dijo. Es para que escriba en él cualquier cosa que se le ocurra, y para que lo traiga consigo a cada sesión. No pretendo que me lo lea, porque se trata de un Diario íntimo, personal; pero probablemente le sirva de ayuda memoria para hablar sobre algún tema que allí quedase registrado. ¿Me explico?

– Perfectamente. Usted pretende que escriba. Escribir, escribir. ¡Qué fácil que es decirlo! ¡Con qué liviandad me sugiere esta aventura de escribir un Diario! Como si fuera tan fácil escribir.

– Tan solo inténtelo, Eduardo. Nos vemos la próxima.

Para “la próxima” -había pasado tan solo un día-, ya había estrenado mi Diario personal con una escueta frase:

Capítulo V: Otelo estranguló a Desdémona hasta matarla. Bien hecho.

– Es curioso -dice Manzur, luego de mi lectura en voz alta-, al terminar una obra, cada autor, pierde la potestad sobre ella arriesgándola al libre albedrío de los futuros lectores. Esa nueva apropiación adquiere tantas interpretaciones como cantidad de lectores. El autor ignora qué camino puede tomar su obra, pierde el control sobre ella. ¿Quiere contarme, Eduardo, cuál es la suya?

– ¿Cuál es mi qué?

– Su interpretación. “Otelo estranguló a Desdémona hasta matarla. Bien hecho”

– ¿Y por qué no le pregunta a Lipszür? Fue él quien me incitó a leer ese libro. Es más, me lo prestó y me comprometió a devolvérselo a usted, para que sea usted quien se lo entregara en nombre mío, ni bien lo terminase.

El Diario tenía impreso, en cada pie de página, un zócalo con el nombre completo de Manzur, su número de matrícula profesional, domicilio y teléfono. Esto desmiente mi teoría de que fueron comprados en Once al mayoreo. Manzur los había mandado a producir para él. Para sus pacientes. Para la tercera sesión, ya había conseguido escribir un párrafo más extenso:

Este puto whisky está adulterado. Sabe a agua. Voy a tener que volver a viajar para abastecerme. El último que compré, en la vinoteca de la otra cuadra, es una truchada. Los voy a cagar a trompadas.

– ¿Qué whisky bebe, Eduardo? –me pregunta Manzur, algo intrigado.

– Johnny Walker, blue label.

– ¡Qué paladar exquisito! “Si tuviera que enumerar todas las virtudes del alcohol, no acabaría nunca”, decía Luis Buñuel.

– El modesto inventor del Buñueloni: tres medidas de Ginebra, dos de Carpano y una de Cinzano. Yo sigo prefiriendo el whishy.

A la cuarta sesión fui con una de las doce botellas que me había traído el fin de semana de Uruguay -del Duty Free-, que degustamos juntos. Manzur me convidó con un habano que tomó de un fino humidor en madera y yo, en reciprocidad, le dejé la botella. La sesión se pasó de largo, hablando de puros, alcohol y paladares negros.

Para la quinta sesión, ya había conseguido escribir más de una frase. Y una revelación:

Esta mañana descubrí a Clementina agregando agua a una botella de whisky. La muy turra estaba rebajando un blue label. Y estaba completamente borracha. La mandé de vuelta a su casa. En Lavallol. Sin pagarle el día. ¡Habráse visto! Me exigió los viáticos. No pude negarme. Aunque borracha, era un justo reclamo. Tengo que cruzar, sin falta, a la vinoteca de la otra cuadra para disculparme por el exabrupto.

APG©

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