La vida al trote (reloaded)


El correr -más exactamente, el correr fondo- es un acto solitario; como el escribir, como el nadar a mar abierto o el ser un perro callejero. Pocas cosas tienen tanta introspección, solipsismo y sabiduría; finalmente son actos del pensamiento y de lucidez. Es así, y creo que fueron nuestros mundos insociables -el de Nahuel, el de Tango y el mío- los que se traspusieron ese invierno. Ahora que ya no están, siempre en el mismo ritual, cada vez, al pasar corriendo entre Ostende y Valeria por ese punto impreciso que es menos vago en bajamar cuando pueden verse rastros del muelle, volteo y miro hacia el mar buscando la sincronía del braceo de Nahuel con el nado de Tango. Y la furia o la pasiva indiferencia del océano me devuelven siempre la misma frustración y melancolía.
Primero conocí a Tango, a instancias de que salvara -literalmente- mi vida. Era de tarde, hace muchísimos años, más de diez; a una hora temprana que en esa época del año es noche cerrada y prematura. El mar era inmenso; la visibilidad, nula; el sonido ensordecedor del viento y las olas tapaban mi propio jadeo. Había bruma, una bruma helada, o lloviznaba, o estaba ventoso…, no lo consigo precisar, salvo que las condiciones para correr eran rudas. Algún farolito perdido a la distancia que nada tenía que ver con potentes haces de luz ni con paradores iluminados sometidos para esa época bajo un sueño invernal. Sentía miedo, del tipo de miedo que excita. De pronto, desde los médanos veo aparecer, a la distancia, unos manchones negros que bajan hacia la playa. Por momentos los pierdo en la oscuridad lo cual me obliga a afilar la vista y así recuperarlos nuevamente y volver a sentir miedo, del tipo de miedo que excita. Mientras tanto, voy haciendo jueguitos histéricos con esas olas impúdicas, provocándolas con el roce, y cuando arremeten para atraparme disparo a pique, rompiendo la monotonía de mi paso. Y en eso, a la imagen se le suma el sonido violento y amenazante: son ladridos salvajes. Los manchones negros ya están frente a mí manifestados en una jauría de perros. El miedo aterrador ya no me excita: es miedo, y ellos -los perros- lo saben y se abalanzan sobre mí. El más grandote me muerde sobre el codo derecho al tiempo que uno marrón y muy fulero se envalentona para roerme el short junto a un pedazo de piel. El resto me rodea con ladridos feroces que se mezclan con los míos de auxilio y espanto. No sé de dónde apareció (como un superhéroe), ni cuánto tiempo habría pasado, pero ahí estaba Tango -su nombre lo supe dos días después- arremetiendo contra todos y cada uno a la vez, hasta hacer desaparecer a la jauría en manchones empequeñecidos hacia los médanos. Quedamos tendidos en la arena húmeda, agitados, malheridos…, yo lo acariciaba y le agradecía; él me retribuía con lamidos espesos sobre mis grietas.
Al día siguiente no salí a correr; me hice atender en la salita de primeros auxilios que está junto a la Escuela Municipal. Me hicieron curaciones y me aplicaron, preventivamente, la vacuna antirrábica. A los dos días bajé a correr a la playa nuevamente; esta vez de mañana. La arena estaba firme y el mar frente a mí, con sus enormes firuletes grises. Por un momento me mantuve indecisa: miré hacia un lado, donde todo se hace nada…; miré hacia el otro, divisé un parador fantasma a la distancia; me afligí por no poder andar ambos rumbos al mismo tiempo siendo una sola caminante, y finalmente me decidí por el menos andado: me decidí por la nada. Durante el trote un viento surca los médanos y de tanto en tanto aparece una brisa que se encapricha en mojarme la cara, y son como un llanto las gotas que se arrastran por mi tez. Al pasar por un punto impreciso, entre Ostende y Valeria, en donde aparecen rastros de lo que tiempo atrás supo ser muelle y que se une en línea recta con el Viejo Hotel, veo acercarse hacia mí, a puro jolgorio, al perro que me había salvado la vida, desprendiéndose del hombre con el que venía andando a la par. Se abalanza sobre mí, a puro regocijo. Nos abrazamos, como pueden abrazarse un humano y un perro, mientras el hombre a pura sorpresa se presenta y lo presenta: son Tango y Nahuel. El hombre es viejo y anacrónico, tiene la piel aceitunada y delgada como una lámina por el paso de los años y por la intemperie; su pelo desordenado, medianamente largo y oxidado por la sal, le asoma de la capucha del buzo gris que cubre parcialmente su cabeza. A pesar de la edad que denotan los surcos de su rostro, es esbelto y atlético; lleva un traje de baño descolorido, de nadador; un silbato cromado que pende de su cuello gracias a una gastada cuerda blanca con pintas azules y nudo marinero. Nahuel es guardavida de una playa desolada, sin parador ni veraneantes, en pleno invierno.
Los vi internarse en el mar, más allá de las olas, donde todo es -o al menos parece- manso, y los seguí con la mirada hasta que los perdí de vista. A la hora y media coincidimos en el mismo sitio, en la orilla: yo terminaba de correr, ellos de nadar. Tango se sacude en movimientos bruscos que, al despejar el pelaje que apelmazó el agua, permiten ver grumos de sangre.
Una semana bastó para construir una rutina: cada mañana, en el lapso que Tango y Nahuel nadan, yo hago lo propio corriendo. Mis heridas ya sanaron…, en cambio se presentaron -otras- heridas en forma de venganza sobre el cuerpo del animal que salvó mi vida. Esa mañana, al salir a correr, no los encontré en la orilla, prontos a nadar. Entonces, alcé la vista hacia la casilla y descubrí a Nahuel en cuclillas con su cuerpo volcado sobre Tango. Me acerqué siguiendo las pisadas del animal, una procesión en lamento con gran cantidad de sangre rápidamente absorbida por la arena y restos de cuero cabelludo. Todo obra de la furia de la venganza o de la jauría de perros asesinos.
Había habido una pelea, un ajuste de cuentas y, en su derrota, Tango había decidido apaisarse definitivamente bajo la casilla, junto a su amo.
Agoniza, busca el aire en gemidos entrecortados, con la cabeza en escorzo y el abdomen a medio abrir que de tanto en tanto se revoluciona en espasmos. Tiene la mirada plácida fija en Nahuel, como despidiéndose en un ritual privado del que yo soy un testigo inmiscuido. Entonces, cuando finalmente todo cesa, lo carga en el gomón y en una ceremonia íntima se internan en el mar hasta desaparecer.
Un gomón a la deriva apreció a los pocos días entre Cariló y Gesell. Los rastreos de Prefectura fueron infructuosos y cuando quise indagar sobre un hombre llamado Nahuel, de profesión guardavida, no encontré respuesta. Hasta percibí que me incriminaban como una delirante capaz de inventar un personaje inexistente. Entonces lo supe: Nahuel había decidido arrojarse del bote junto a su compañero de ruta.
Dejé Valeria del Mar por ese año para regresar a Buenos Aires, pero cada año que vuelvo, cada vez que paso corriendo por ese punto impreciso entre Ostende y Valeria en donde aparecen rastros de lo que tiempo atrás supo ser muelle, me atosiga el mismo pensamiento, es cuando volteo y miro hacia el mar buscando la sincronía del braceo de Nahuel con el nado de Tango. Y la furia o la pasiva indiferencia del océano me devuelven siempre la misma frustración y melancolía.

APG©


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