Leona pura, leona oscura, por Leila Guerriero

El presente texto corresponde al Prólogo escrito por Leila Guerriero para el libro Memorias por correspondencia. ¿De qué va el libro? Mejor que lo cuente ella.

Leona pura, leona oscura

En los primeros minutos de la película coreana Old Boy, dirigida por Chan-wook Park, su protagonista, Oh Dae-su, es secuestrado, no se sabe por quién, y despierta poco después en una habitación sin ventanas en la que hay un baño, un lecho, un cuadro con una frase —«Ríe y el mundo entero reirá contigo, llora y llorarás solo»—, y un televisor en el que están pasando la noticia de que su esposa acaba de ser asesinada. Oh Dae-su no sabe cómo llegó allí, ni por qué, ni cuándo va a salir. El espectador tampoco. Las horas, los días, los meses de esa agonía claustrofóbica se suceden: una perversión —el secuestro— dentro de otra perversión: el tormento sin fin. Quince años después, aún sin saber por qué ha sido secuestrado, abandona ese cuarto convertido en una máquina de odio, en un asesino perfecto.
Así como Oh Dae-su aparece ante el espectador —un ser en padecimiento puro, sin nada que explique y que, por tanto, alivie ese padecimiento—, la colombiana Emma Reyes aparece ante los lectores en Memoria por correspondencia: como una niña de cinco años encerrada en una pieza de un barrio de Bogotá, a la que cada mañana llega una mujer misteriosa llamada María que, después de abrir la puerta y obligar a Emma a ir hasta un baldío para vaciar la bacinilla que ha usado durante la noche, vuelve a encerrarla bajo llave por el resto del día. Emma vive allí con su hermana mayor, Helena, y un niño llamado Eduardo, el Piojo. Los tres están siempre sucios, mal alimentados, y pasan el tiempo en ese cuarto sin ventanas, ni agua, ni luz eléctrica, del que no pueden salir salvo en contadas ocasiones. Reyes nunca dice quién es la señorita María, ni por qué ni desde cuándo les prodiga ese trato brutal. ¿Quién es el padre de Emma, quién es su madre, por qué está sometida a esa existencia aterradora? No hay respuesta. Ni a esas ni a otras preguntas. Porque, como si fuera un narrador experto, Emma Reyes parece saber que esos cabos sueltos subrayan el horror: un horror que vino no se sabe cómo ni por qué y que, por tanto —arbitrario, inexplicable—, puede extenderse al infinito. Pero, a diferencia de Oh Dae-su, cuando Emma Reyes sale de su encierro no está llena de odio sino de curiosidad: viaja por Latinoamérica, se casa con un escultor, gana una beca para estudiar en París con André Lothe, se muda a Europa, se hace pintora de fama, ayuda a todos los artistas plásticos colombianos que aterrizan en el viejo continente, se casa con un médico y muere en Burdeos, en 2003, a los ochenta y cuatro años. Y, entre una cosa y la otra, le escribe a su amigo y compatriota Germán Arciniegas, ensayista, político e historiador, veintitrés cartas en las que le cuenta su infancia: las veintitrés cartas que forman este volumen, publicado originalmente en 2012 por la editorial colombiana Laguna Libros, que agotó varias ediciones en su país y al que la crítica puso por los cielos. Lo que nos lleva a pensar que a lo mejor aquella frase que colgaba en el cuarto de Oh Dae-su —«Ríe y el mundo entero reirá contigo, llora y llorarás solo»— era una frase muy veraz porque, a pesar de que Memoria por correspondencia es la historia de una desgracia, está lejos de ser un libro plañidero y parece, más bien, el libro de alguien con un altísimo sentido del humor. O, si se prefiere, de alguien que ha sabido pasar el sentido trágico de la vida por el tamiz adecuado —el de la literatura— para transformarlo en el regocijo trágico de la prosa. O algo así.
Emma Reyes nació en 1919 y, aunque escribió estas cartas a partir de 1969 (y hasta 1997), la historia que cuenta en ellas comenzó en la década del veinte y terminó en los años treinta. Conoció a Germán Arciniegas en París, en 1947, en un acto de la Unesco, y desde entonces se hicieron grandes amigos. Él la incentivó a que le contara, a través de cartas, aquella infancia de la que a ella le costaba tanto hablar (y de la que, por suerte, le costó un poco menos escribir). Emma Reyes se concentró en un período que comienza a sus cinco años en aquel cuarto de la capital colombiana, continúa con una mudanza a Guateque, otra a Fusagasugá, sigue con la vida en el convento de monjas al que ella y su hermana fueron a parar después de que María las abandonara definitivamente —y donde pasaron años sometidas a un maltrato inspiradísimo—, y termina con un desenlace taquicárdico (que recuerda al de la película Expreso de medianoche, cuando una ocasión inesperada —la muerte de un guardia— permite que el protagonista simplemente tome las llaves de la prisión de Estambul donde está detenido y salga por la puerta principal). A lo largo de todos esos años, Emma y su hermana fueron explotadas, golpeadas, despreciadas, insultadas por la mayor parte de los adultos que se cruzaron en su camino. Esta es, entonces, la historia de una desgracia. Pero de una desgracia contada con la más alta gracia que se pueda imaginar.
Aquí hay niños que, muy a la Dickens, padecen todo tipo de vejámenes. Niños que desconocen el significado de las palabras «papá» y «mamá» («[…] me dejaban al cuidado del chino patojo que se sentaba junto a mí a jugar con el trompo. Un día […] me preguntó si yo tenía papá y mamá, yo le pregunté que qué era eso y me dijo que él tampoco sabía»), niños que son tratados con una brutalidad de fábula (María da a luz a un bebé al que no alimenta ni limpia, y al que abandona poco después de parido en un umbral, ante los gritos desesperados de Emma), niños que casi no comen, que casi no juegan (o que interpretan juegos de una sordidez desastrosa: meterse en un horno de ladrillos durante horas, esperando a que una gallina ponga un huevo), niños que, en fin, viven una infancia maldita. Pero, así y todo, Emma Reyes escribe libre de toda pena por sí misma, de toda actitud condenatoria, de cualquier forma de autocompasión. El truco reside, entre otras cosas, en lo que señaló el editor y periodista colombiano Camilo Jiménez, al reseñar este libro en su blog, elojoenlapaja: «Su mayor virtud está en la precisión y cantidad de detalles, pero sobre todo en la mirada: la autora escribe cuando es adulta, pero quien habla en estas líneas es la niña que fue. Nunca levanta la mirada, nunca completa las sensaciones que describe con lo que sabe cuando escribe; ve siempre con los ojos del momento en que sucedieron las cosas». Así, por ejemplo, cuando recuerda los cuentos bíblicos que le contaban las monjas, Emma Reyes lo hace con la voz de la niña que fue, no con la de la adulta que ya sabe: «Otro día nos contó la historia de un niño que se llamaba Jesús, la mamá de ese niño también se llamaba María, eran muy pobres y habían viajado en burro, como nosotras cuando fuimos a Guateque. Pero ese Niño Jesús tenía tres papás, uno que vivía con su mamá, que se llamaba José y que era carpintero; el otro papá era viejo con barbas y vivía en el cielo entre las nubes y ese papá sí era muy rico. La monja nos dijo que él era el dueño de todo el mundo, de todos los pajaritos, de todos los árboles, de todos los ríos, de todas las flores, de las montañas, de las estrellas, todo era de él. El tercer papá se llamaba Espíritu Santo y no era un hombre sino una paloma que volaba todo el tiempo. Pero como la mamá vivía solo con el papá pobre, no tenían ni casa en qué vivir y cuando nació el Niño Jesús tuvo que ir a nacer a la casa de un burro y de una vaca. Pero el papá viejo, rico, que vivía en el cielo, mandó una estrella donde unos amigos de él, que también eran muy ricos y que se llamaban Reyes como nosotras, esos señores vinieron a visitar al Niño Jesús a la casa de la vaca y el burro y le trajeron tantos regalos y oro y joyas y entonces ya no fue más pobre sino rico. Yo le pedí que nos llevara a donde estaba ese niño; dijo que el Niño ya no estaba en la tierra, que se había ido a vivir con su papá rico que estaba entre las nubes, pero que si éramos buenas y obedientes lo veríamos en el cielo. Nosotras pasábamos horas mirando al cielo para ver si lo veíamos».
Emma Reyes es aterradora (cuando cuenta cómo el bebé de María vive untado en mierda y está pálido, casi transparente, porque no lo sacan nunca a la luz del sol), desopilante (cuando dice que, al perderse en el pueblo en el que María administra una tienda de chocolates, unos vecinos le preguntan, para ayudarla, «¿Quién es tu mamá?», y ella responde: «La agencia de chocolate»), explícita («Yo nunca la había visto [a María] tan furiosa, nos agarró del brazo y nos tiró al piso, se quitó una de las botas y empezó a pegarnos por la cabeza, por la cara, por donde caía. / —Lambonas, lambonas, lambonas… —Era la única palabra que se salía de su boca. / Cuando se cansó de darnos con la bota, nos agarró de las trenzas y empezó a darnos golpes contra la pared con la cabeza, la sangre nos escurría por las piernas y los brazos»), irónica («El [cura] guapo era de un pueblo que se llamaba España y esos señores de España fueron los que nos trajeron a Dios, a María y todos los santos que teníamos en la capilla»), y termina sus cartas con unos remates perfectos, unos desplantes de reina, como si de pronto decidiera sacudirse de los hombros, con elegancia desdeñosa, algo que la estaba incomodando: «Sentimos de nuevo el ruido de las llaves y de las cadenas; cuando la puerta se abrió entró un rayo de sol en el salón, en el piso se veía la sombra de las dos monjas que se alejaban. La puerta se cerró detrás de ellas y a nosotras nos separó del mundo por casi quince años. Un abrazote para todos. Emma. París, enero de 1970». ¿De dónde le llegaron esos dones, a ella, que aprendió a leer y escribir siendo adolescente, que nunca mostró interés por la lectura? Quizá de donde vino todo lo demás: de donde vino la vocación de pintora cuando, después de una infancia como la que tuvo, hubiera sido más razonable esperar una vocación de asesina.
En una de las primeras cartas que le escribió a Arciniegas, Emma Reyes recordaba que el cuarto miserable en el que vivía en Bogotá estaba cerca de una fábrica de cerveza cuyo nombre era Leona pura, leona oscura. Esa frase parece una definición, inmejorable, de lo que ella fue.

LEILA GUERRIERO

 

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