El Leñador Jorobado

 

jorobado 

Cuentan que una vez, luego de escalar durante once días y doce noches la colina más empinada de la Comarca, llamó a las puertas del Palacio del Rey Barguenón, un leñador que traía consigo un fabuloso obsequio para Su Majestad. El Rey no era afecto a recibir regalos, y mucho menos si provenían de un pobre hombre oriundo de la Aldea, que se presentaba de a pie, en estado deplorable a causa de tan larga travesía por senderos, peñascos y ríos. Llevaba su ropa indecorosamente sucia y desvencijada. Sobre la espalda traía una pesada hacha que curvaba su postura y que, aún librándose del bulto, no conseguía enderezar. De los pies descalzos y agrietados le brotaban callosidades oscuras y rastros de heridas a medio cicatrizar, y como si esto no bastase, aparentaba estar famélico y deshidratado. Al contrario de su penosa apariencia, el obsequio que este hombre ofrendaba a Su Majestad, resplandecía en sus manos. Dijo -el leñador jorobado- ante el emisario del Rey, que con ese hacha de cuchilla de oro y empuñadura con incrustaciones de ébano y marfil, él era capaz de conseguir lo que hasta ese momento, nadie había conseguido. Resulta ser que frente a la ventana de los aposentos del Soberano había un árbol de dimensiones descomunales que crecía veloz cada día y que impedía que dentro de la habitación se filtrara la gracia del sol y además -y esto era lo que verdaderamente perturbaba a Su Majestad- le obstaculizaba la vista a la pradera que se extendía lisa hasta las rocas, y más allá, lamía la ferocidad del Mar. Se había hecho correr la voz, en el pueblo, de que el Rey estaba volviéndose, poco a poco, un poco loco. Se rumoreaba, además, que por las noches se le escuchaba cantar con voz penosa, como un lamento:

A la mar fui por naranjas, cosa que la mar no tiene.
Me dejaron mojadito las olas que van y vienen.
¡Ay mi dulce amor!, ese mar que ves tan bello.
¡Ay mi dulce amor!, ese mar que ves tan bello es un traidor

Ya habían probado suerte, infinidad de aldeanos intentando infructuosamente talar aquel árbol para complacer al Rey y obtener a cambio una recompensa que consistía en un corcel semental, dos vacas lecheras y cinco gallinas ponedoras. Ante cada fracaso, el Consejo Íntimo y Privado de cuarenta y dos letrados de la Corte, se reunía para deliberar sobre el asunto en cuestión, delegando en el anciano más sabio de todos, la lectura del dictamen de la sentencia que siempre consistía en arrojar al inútil al pozo, a merced de la voracidad de los leones. Aún así, no desistían en el intento y seguían llegando al Palacio incesantemente nuevos postulantes para tan desafiante faena. Mientras, en la Aldea, la partida de cada hombre se traducía en una nueva viuda y en muchos más críos huérfanos de padre.


El leñador jorobado ni siquiera tuvo una oportunidad. Su aspecto era indigno para el desafío -le dijo el emisario de la Corte. Ante tanta súplica arrodillada a sus pies, el edecán no tuvo mejor idea que ordenarle que regresase por donde había venido, hasta el punto en el que el río tuerce en cascada, y procurase un aseo tanto para él como para su ropaje. Sólo así, podría estar a la altura de demostrar que era capaz de cometer la hazaña que insinuaba con tanta vehemencia. El aldeano agradeció por tan noble gesto en una reverencia, besando su mano, y partió cuesta abajo por la curva del sendero. Se demoró tres días y cuatro noches en llegar a destino, y algunas horas en mejorar su aspecto. Se abasteció de frutos a la vera del río y, sin siquiera descansar, emprendió el ascenso, otra vez, hacia el Palacio.
A mitad de camino, el deterioro había vuelto a su semblante y a sus ropas; se arrastraba con dificultad cargando el peso en sus espaldas y se le ocurrió pensar que al llegar a la cima tendría que volver a bajar para recuperar nuevamente su aspecto. Subir y bajar. Como Sísifo -escuchó que alguien murmuraba. Volteó para ver de dónde provenía esa voz, pero nadie había allí más que su soledad y una madeja de árboles rodeándolo.

Sueña el Rey que es Rey,
y vive con este engaño,
disponiendo y gobernando…
Sueña el rico en su riqueza,
que más cuidados le ofrece,
sueña el pobre que padece
su miseria y su pobreza;
sueña el que a medrar empieza,
sueña el que afana y pretende,
sueña el que agravia y ofende,
Y en el mundo en conclusión,
todos sueñan lo que son,
aunque ninguno lo entiende…

Esta vez, el verso más extenso, le dio tiempo al leñador para descubrir de dónde provenía la voz recitante. Sentado tras un árbol había un hombre de calvicie brillosa y pelo blanco a ambos lados. Una banda vertical y prolija de barba canosa partía al medio su mentón. Decía llamarse Calderón y compartía con él la dicha de haber sido despedido del Palacio dejando a los leones salivando hambrientos por sus carnes…


APG

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