La lógica y el sentido común

Se mató o lo mataron sigue siendo la incógnita que la Justicia, a más de un año de haber sido encontrado sin vida el Fiscal Alberto Nisman, aún no consigue dilucidar.

El resto de los comunes, nos alineamos a una posibilidad o a la otra de acuerdo a nuestra adhesión o simpatía u odio político. Y esto es lo triste como sociedad. Somos vulnerables y permeables a los Medios que operan según su mezquino interés o a campañas inescrupulosas y delictivas emitidas desde el núcleo mismo del poder que se esparcen por las redes a velocidad viral. Sucumbimos una y otra vez ante el mensaje efectivo y efectista que tuerce la opinión pública como el viento al junco. Y no sabemos nada. Me dijo, que dice, que una importante fuente, que es posta, que pum, que pam. Y no sabemos nada. Porque la verdad -verdad- se la llevó el muerto cuando miró fijo por última vez a los ojos de su verdugo o cuando gatilló imprevisiblemente detrás de su oreja. ¿Pruebas? Todo lo que se refiere a pruebas fehacientes que pudieran demostrar una u otra versión, no existen. Por impericia, desidia o intención manifiesta fueron destruidas. ¿Por quién o quiénes? Por esos mismos que debían preservarlas: los expertos. ¿No es increíble que no se haya recopilado huella alguna en la manija del baño? -Por mencionar algo. Por acción u omisión ameritaría, como mínimo, una futura causa por irregularidades en la investigación de todos -todos- los partícipes de este bochorno irreversible. ¿Pero qué nos queda entonces? Nos queda el sentido común. Nos queda el pensamiento. Nos queda abrir la amplitud del foco de la escena del crimen para mirar con visión periférica: lo macro, la circunstancia, lo global y contextual. Sólo con este cambio de perspectiva y sin necesidad de abonar a una u otra hipótesis, ameritaría que la causa radicara en el Fuero Federal; básicamente porque, si el ejercicio de distancia fue bien hecho, es imposible escindir a la figura de Alberto Nisman de su condición de Fiscal Federal, de su vinculación a la Causa Amia, de su denuncia contra la Presidente, de su inminente presentación de fundamentos al Congreso, de sus declaraciones en referencia a que en ese acto se jugaba la vida, de las probadas amenazas de muerte, de su trabajo activo durante las últimas 48 horas. Hechos que, vistos como un todo, no indican que el caso se resuelve en la Justicia ordinaria. Punto.

Ahora bien. Sabido es que tengo mi propia presunción: a mi primo lo asesinó una puja entre los servicios de inteligencia en donde el perito informático, en una hipótesis de mínima, actuó como partícipe necesario en plantar el “arma amiga” ineludible para el simulacro de suicidio. En este sentido sostengo lo mismo que expresé al día siguiente de su muerte en una carta que se viralizó. El paso del tiempo y el infructuoso avance de la causa sólo reafirman mi convicción.

Pero si no están las pruebas, ¿qué nos queda? Nos queda la lógica y el sentido común.

Hagamos un ejercicio contra fáctico. Supongamos que sí: que mi primo se suicidó. Analicemos juntos qué tipo de suicida habría sido. La bibliografía distingue dos categorías: aquellos que eligen al suicidio como una posibilidad, leyendo la letra chica del contrato con la vida, que lo deciden como un acto del intelecto y de libre voluntad, una determinación a consciencia producto del raciocinio; y aquellos que recurren a quitarse la vida como una acción arrebatada y compulsiva, en un momento de desesperación, depresión y arrojo. Ambos tipos de suicida tienen distinta mecánica para cometer el acto. En el primer caso la persona decide asumir la potestad sobre su propia muerte, quitándole el viso de fatalidad. Determina cuándo y dónde, planifica el cómo, tiene claro el por qué, evalúa posibilidades a priori y se aboca a detalles de despedida de sus afectos llegando hasta a determinar a quién dejará en cuidado a su mascota. Es el caso del escritor Stepan Zweig y su esposa. Hay infinidad de ejemplos que van desde los infructuosos intentos de Séneca, a lo más cercano como el caso de Leandro N. Alem, Leopoldo Lugones, el más reciente del empresario Blaquier… ¿Y los montoneros, acaso no llevaban a cuestas una píldora de cianuro en la determinación orgánica de ingerirla para el caso de que fueran capturados? ¿Y la joven norteamericana, Brittany Maynard?, la que se mudó desde California a Oregón con el único propósito de quitarse la vida bajo la Ley de Muerte con dignidad. Como ven, la lista es diversa, tiende a infinito, y todos en ella responden al mismo patrón suicida.

Apelo a la otredad para analizar el lado opuesto a mi parecer. El que abonan aquellos que dicen que el Fiscal Nisman se sintió acorralado y se pegó un tiro. Este tipo de suicidios, los compulsivos -aquellos no planeados, producto de un momento de desesperación o debilidad- tienen otra mecánica en el sentido de que, al no estar planificados a priori, el sujeto se somete a lo que está a su alcance: arrojarse al vacío, al río o a las vías del tren; ingerir compulsivamente una sobredosis de algún medicamento, insecticida, etc. Hablamos de individuos depresivos, donde la fantasía del suicidio se adviene cuando se pierde el interés por vivir y no existe compañía de ningún tipo que se ocupe de aliviar esa desesperación. Sin detenerme en el temperamento vital y activo de Alberto, sostenido en el expediente por testimoniales y por el perfil psicológico post mortem que no arrojó signos adversos en su situación emocional previa, es decir, no se encontraron indicios de depresión o instinto suicida, es absurdo de imaginar que una persona cuyo plan más próximo era presentarse al Congreso en horas, como corolario del trabajo de su vida, sin mencionar que su Currículum Vitae de más de cien páginas había sido actualizado hacía tres semanas y que tenía pautadas reuniones de trabajo, hubiese de pronto perdido interés en vivir.

Este análisis lo expuse en mi testimonial ante la Fiscal Viviana Fein, declarando que mi primo no encajaba en ninguno de los casos. Y, por supuesto, ella denostó y desestimó y fui objeto de burla y filtraciones falsas sobre mi declaración a Medios cómplices. Mecanismo repetitivo que la Fiscalía hizo con cada quien declaró en sentido contrario o incómodo a su “línea editorial”

No me olvido del desagravio que padecí cuando escribí:

“Recurrir a la Literatura siempre funciona cuando busco respuestas. No me creo ni la Sherlock Holmes de Doyle, ni la Dupin de Poe, ni la Poirot de Agatha Christie. Ni siquiera Miss Marple. Pero mi espíritu vaga tratando de hilvanar datos en una realidad que los contenga, porque tengo la certeza de que cualquiera de ellos -los más grandes detectives de la Literatura- habría resuelto el enigma, tan sólo con apelar al dato más básico, a lo simple, a lo evidente y cotidiano que por estar ante los ojos de todos, nadie ve. “Yo nací para mirar lo que pocos pueden ver” -diría Charly García. Veo poco pero miro fuerte -digo yo.

Mi primo Alberto dormía con pijama. Al despertar cada mañana -como cualquier hombre-, se lo quitaba y lo dejaba tirado. Quien haya podido acceder a las imágenes de su dormitorio que constan en el expediente, descubrirá al pijama de mi primo doblado sobre una banqueta al costado de la cama. Ese detalle “intrascendente” tiene una única explicación: mi primo Alberto, el sábado por la noche, no durmió en su cama. No hubiera podido. Agonizaba en el baño.”

La única explicación posible a la actitud sobradora y burlona de la Fiscalía hacia mi persona es pensar que mi declaración echaba por la borda la divulgación mediática de que Alberto había accedido a portales de noticias el domingo por la mañana. Según mi testimonio, en ese momento, él ya estaba muerto. 

No hay pruebas fehacientes. Por impericia, desidia o intención manifiesta, fueron destruidas.

Sólo nos resta la lógica y el sentido común.

 

APG


 
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