Josefina Licitra

 

 

Me contaron que existe un barrio de mujeres solas y, ahora que empecé a buscarlo, veo que la mujer más sola soy yo. La historia empezó en marzo del 2007, cuando el fotógrafo Ariel Pacheco me escribió desde Catamarca, una provincia en el norte argentino, para contarme que sabía de alguien que, una vez, escuchó una historia que quizá fuera un mito: había, en algún rincón de Catamarca, un barrio sin hombres. El lugar, si es que existía, estaba en el pueblo de Antofagasta de la Sierra. En internet se decía que en esa zona había vicuñas, petroglifos y volcanes, que Antofagasta significaba «casa del sol», y que llegar hasta el sol era –como es lógico– complejo: había que viajar a San Fernando del Valle, la capital de Catamarca, y luego hacer doce horas de trayecto en camioneta.
Nada decía el Google de lo otro y, sin embargo, insistí. Puse en internet «Antofagasta», «mujeres solas», «matriarcado», «lesbianismo», «barrio», «voy a tener suerte», y no salió una sola línea.
Tal vez el lugar fuera un fiasco, pero decidí viajar.
Un mundo sin hombres era, como mínimo, una promesa para tener en cuenta cuando llegaran las vacaciones.
La puna de Catamarca es el páramo más deshabitado del planeta –tiene 0,03 habitantes por kilómetro cuadrado–, y Antofagasta queda ahí adentro. El lugar se ubica muy alto (a tres mil quinientos metros sobre el nivel del mar) y muy lejos: una distancia que no se mide tanto en kilómetros sino, principalmente, en tiempo. El viaje desde la capital, San Fernando, es trabajoso y lerdo, y puede hacerse de dos formas. Los antofagasteños usan El Antofagasteño, un autobús que cubre el trayecto en veintidós horas y que ofrece ese tipo de servicios que un turista americano tildaría de «folclóricos»: los neumáticos se pinchan, las gallinas picotean los asientos y algunos pasajeros honran las curvas del camino con un desparramo de vómito. La otra alternativa es ir en camioneta: en ese caso son doce horas de polvo, traqueteo y piedras; y la sensación intransferible de no estar avanzando sobre ruedas, sino a patadas en el trasero.

–¿Va a Antofagasta? –pregunta una mujer luego de seis horas de viaje.

Ahora estoy de pie, en Barranca Larga: un pueblo de diez casas, una hostería y un cielo tremendo, y un lugar de descanso obligado cuando se va a Antofagasta de la Sierra. A esta altura del trayecto, los teléfonos móviles no tienen alcance y por eso lo mejor de Barranca Larga es el teléfono de línea, que funciona cuando quiere.
Ahora, por ejemplo, no quiere.
Dos lugareñas serenas, gastadas, sentadas, esperan que la señal se arregle.

–¿Va a Antofagasta? –pregunta entonces una de ellas, y luego tiene un acceso de entusiasmo–. Yo escuché algo de ese pueblo. Disque ahí adentro hay un barrio sin hombres. Disque si una mujer se casa se tiene que ir del barrio y que los hombres las cortejan para asegurarse un techo y ellas los sacan a escobazos.

Disque una vez al año se juntan todas y hacen un ritual para que a los hombres se les caiga hasta el último cabello y luego la bola de pelo les aparezca en el estómago.
La mujer habla con la voz rítmica y baja, como si en realidad rezara, y la escena recuerda a esos momentos de sórdida tranquilidad que se imagina el cineasta Arturo Ripstein cuando tiene ganas de imaginar cosas feas (es decir, casi siempre). A su lado, la otra señora escucha este delirio y dice que sí con la cabeza.

–Ya le digo yo –interrumpe–: más vale que usté pueda hablar ahorita, porque allá… Con tanta mujer dando vuelta, como mínimo hay que hacer hora y media de cola para usar el teléfono.

Llegamos a Antofagasta al día siguiente y luego de atravesar, durante seis horas más, todas las posibilidades de polvo. Se cree que el lugar fue fundado en 1816, cuando empezaron a llegar mineros de Bolivia y Chile en busca de oro, plata y otros minerales, y finalmente se quedaron en Antofagasta quién sabe por qué: quizá les diera flojera hacer el camino inverso.
Aníbal Vázquez, un guía de montaña, dirá horas más tarde que la migración también se dio por comodidad geográfica: esa zona de la puna era vista como un buen lugar para vivir, una comparación que hace pensar que el resto de la puna debe ser escandalosamente hostil.
El silencio, en Antofagasta –y ésta es la primera verdad–, muerde.
Y eso por no hablar del sol, del frío, del aire que lo raja todo. El clima en Antofagasta incluso afecta las particiones del tiempo: a diferencia del calendario escolar de casi toda la Argentina, acá las clases se hacen de septiembre a mayo, porque fuera de esos meses la naturaleza se ensaña de tal forma que no hay nada que se pueda hacer con la propia vida, salvo resistir.
Ahora estamos en abril. Un puñado de niños llamativamente enanos camina por la calle sin abrir la boca. Es mediodía, algo así como la hora pico, y el paisaje es apenas un silencio hondo y un puñado de cabellos negros espejando el sol. Eso es lo único que tiene vida propia, aquí: los colores. La forma en que los colores (el cielo, los árboles, los pelos) se comunican entre sí.
Nos aloja en su casa una de las pocas personas con ganas de hablar. Se llama Pascuala Vázquez y es una mujer ocre y compacta que ahora enciende una cocina a leña y dice, en el medio de este lugar seco de todo, lo único que vine a escuchar: que en Antofagasta, efectivamente, hay un barrio habitado sólo por madres solteras. Se llama San Juan y fue creado para alojar mujeres con cría y sin marido: una ley que, tal como están las cosas en Antofagasta, no deja afuera a demasiadas chicas.

–Acá, en Antofagasta, los tipos se emborrachan, agarran a las mujeres, y ya está –explica Pascuala Vázquez mientras revuelve una olla que parece un tanque–.

Después, si ellas quieren que los hombres se hagan cargo del hijo, tienen que ir a golpearle la puerta al juez.
Pascuala Vázquez quita la olla del fuego y la apoya sobre la mesa.

–Esto es guiso de llama –dice.

Luego sigue hablando de mujeres, niños y jueces, pero ya no hay mucho más que oír. Nunca comí llama. Pacheco tomó una foto de una llama en el camino, y el bicho era de veras lindo, y entonces empiezo a comer el guiso con una masticación extraña: como si me estuviera tragando a Bambi. La voz de Pascuala sigue: dice que ella no vive en el barrio San Juan (su casa está a tres cuadras de allí) pero que igual crió sola a sus hijos. Y cuenta que los hombres, en Antofagasta, son un ente que bebe y engendra, y después desaparece.

–Muchas de esas chicas llegaron al San Juan de adolescentes. Porque usté sabe que es un tema de cultura: acá no hay conciencia. Ahora recién tenemos una obstreta, pero antes sólo teníamos las enfermeras que hacían de madres, parteras, dentistas, consejeras. Acá, si la chica quedaba embarazada, los padres la corrían de la casa y la chica no tenía dónde parar. Por eso se hizo el barrio. Porque esto no es como las grandes ciudades como San Fernando. El gran problema es que la gente de acá nunca ha tenido roce social.
Pascuala Vázquez dice, a su modo, que Antofagasta de la Sierra siempre estuvo en el fondo del norte de un país tercermundista, es decir, demasiado lejos de todo. Hasta hace diez años la gente no conocía el dinero. Todas las semanas salían caravanas de treinta burros peñón abajo, hacia los valles de Salta, Tinogasta o Fiambalá, cargados con sal y cueros que eran canjeados por fardos de azúcar. En ese entonces tampoco había teléfono –llegó recién a fines de la década del noventa, y hoy hay uno en toda la región–; el único autobús iba a la sierra cada quince días (por no hablar de cuando se rompía y pasaban meses incomunicados); y hasta el actual intendente de Antofagasta, la primera vez que hizo el viaje, tuvo que pedir un mapa para saber dónde diablos quedaba este lugar.

–Cuando vine, en el 94, tuve que preguntar en Catamarca cómo hacía para llegar –explica Evaristo Alejandro Acevedo, el intendente de Antofagasta, en la entrada de la municipalidad: una construcción apenas mayor que una casa de cuatro ambientes–.

Éste es un lugar que, si a usté le cuentan, no lo cree.
La ubicación geográfica, la burocracia y la existencia de un barrio de mujeres solas hicieron de Antofagasta un lugar casi irreal. A la ambulancia del hospital, por ejemplo, el Estado le da trescientos litros de combustible por mes; pero como en el pueblo no hay estación de servicio hay que retirar esa gasolina en la ciudad de Belén, a doscientos kilómetros, y entre la ida y la vuelta la ambulancia se gasta casi todo el combustible. Lo mismo ocurre con la Policía: le dan doscientos litros de gasolina, pero, después de hacer el viaje a Belén, ya no les queda ni para perseguir a una llama.
En ese contexto, dice Acevedo, que exista un barrio sin hombres no asombra a nadie: en Antofagasta nunca sucedieron cosas normales.

–Pero dígame un momento: ¿Ustedes vinieron por el barrio de mujeres o por el tema de interné?
Acevedo se detiene y mira fijo.

Entonces cuenta que el departamento de Antofagasta, donde internet está a la misma altura conceptual que el lado oscuro de la Luna, está siendo subastado en la web. La denuncia fue hecha por Acevedo y es bastante menos absurda de lo que parece: una gran extensión de tierras habría sido comprada por una sociedad anónima japonesa que, días atrás, llegó al pueblo con la intención de alambrar una quebrada llamada Calalaste, un lugar que encierra vida silvestre supuestamente protegida por ley provincial, y que funciona como paso obligado de los pobladores hacia otras localidades.
Si los japoneses compraran Calataste, los antofagasteños pasarían a tener un estatus casi alienígena: quedarían definitivamente fuera del mundo.
Acevedo dice que la operación inmobiliaria no tiene validez jurídica, porque son tierras fiscales. Y quiere la suspensión de los trabajos.

–Los empresarios mandaron un delegado argentino a hablar conmigo, y el hombre me decía que los japoneses apostaban al crecimiento del país y que este proyecto era una bendición para el pueblo, pero… ¿Ustedes vinieron por eso, no?

–En realidad, no.
Algo en Acevedo parece no entender. Queda suspendido en la charla, y después vuelve con una media sonrisa. Es, al fin y al cabo, un hombre amable y al servicio de la comunidad. Cuenta entonces que el barrio de mujeres solas se creó en la gestión anterior, por motivos que se alejan bastante de las teorías sociales y la conciencia feminista.
El San Juan nació como respuesta a un problema difícil y común. En las zonas extremadamente rurales del norte argentino –como Antofagasta de la Sierra– siempre fue usual que las mujeres se embarazaran de hombres a los que habían visto muy pocas veces en su vida. Para ellos, las mujeres eran un cuerpo lleno de orificios y silencio. Y eso significaba que, si quedaban embarazadas, las chicas no hacían reclamos: tenían a sus niños solas, los criaban solas, y se pasaban la vida sin tener la mínima noción de lo que era una «familia» y –menos aún– de lo que eran los deberes legales de un padre para con sus hijos.
El derecho de familia, en Antofagasta, era algo tan inexplicable como internet.
El barrio de mujeres solas, entonces, no nació bajo el impulso de ninguna lesbiana militante: surgió como un intento del Estado por dar una vivienda –un mínimo amparo– a un puñado de madres que no tenían un techo bajo el que caerse muertas.
Todo empezó cuando Luis Eduardo Rodríguez –el intendente de ese momento– decidió hacer un canje: él les daba casa a cuatro madres solteras, y a cambio esas cuatro mujeres lo votaban para senador por Antofagasta. El presupuesto para la vivienda de cada madre era de dos mil cuatrocientos dólares destinados a materiales, y las beneficiarias tenían que poner la mano de obra. Pero nada fue tan fácil. El proyecto, una vez aprobado, tomó tiempo en concretarse: se cortaron y secaron los adobes, se dejó pasar la fiereza del invierno, se picó la piedra y se le dio forma. Después vino la devaluación del peso (que redujo el presupuesto total a una tercera parte), y, para cuando las casas empezaban a levantarse, ya no había cuatro madres sino sesenta y cuatro: un aluvión de mujeres sin marido que reclamaban un techo y un barrio, y que a cambio de ese techo eran capaces de votar por Rodríguez. Sesenta y cuatro mujeres son el dieciséis por ciento del padrón electoral de Antofagasta. Rodríguez les dijo que sí a todas, usó los tres mil doscientos dólares para hacer sesenta y cuatro casas en vez de cuatro, y de esa forma nació el barrio San Juan.
No existe, en San Juan, un reglamento. Pero es sabido que cualquier mujer que entre en concubinato con un hombre debe abandonar el barrio: la idea es que ceda su vivienda a otra madre soltera que no tenga el respaldo económico de un varón. Sin embargo, son muy pocas las mujeres que se abren a la posibilidad de enamorarse y de salir del San Juan para formar una familia. Desde el 2005, cuando un fiscal las instruyó por primera vez en materia legal, muchas chicas transformaron su destino (muchos hijos, ningún padre) en una extraña y absurda forma de supervivencia: con la cuota alimentaria que empiezan a exigirles a algunos hombres, más la ayuda de los planes asistenciales del Estado, les entra dinero todos los meses. A cambio, no tienen que trabajar fuera de casa, ni lavar los calcetines sucios de un marido.
Por lo tanto, si bien no hay un censo, se estima que hoy viven en San Juan cerca de ochenta madres, una infinidad de niños, unos pocos perros, y ningún varón.
En el barrio de mujeres solas no hay flores frescas, no hay cortinas bordadas, no hay olor a detergente, ni dentaduras completas, ni maquillaje, ni calzones de encaje colgando de las sogas de lavar. San Juan es, de algún modo, la versión menos publicitaria, más descarnada y más seria de lo que puede llegar a ser el destino femenino. El barrio –a diez minutos de caminata hacia el norte, desde el centro de Antofagasta– es un hueco de polvo entre los cerros; un lugar de tal precariedad que, si algún día imposible llegara hasta aquí el mar, se lo llevaría todo de un baldazo.
En la calle principal –una estría ocre en el medio de las casas también ocres– hay algunos postes de luz eléctrica. Pero por afuera de esos postes –los únicos rastros de amparo estatal– no hay nada.
Y en el medio de esa nada, Celina Ramos, cincuenta años, dos hijos, dos nietos, un diente, un pañuelo en la cabeza, habla de política.

–Antes de la política es que ellos hacían promesas, madre. Pero después de la política ya no hacen más nada. El senador Rodríguez disque iba a darnos la casa, pero me dio solamente las paredes y el techo, madre. Yo le hice poner la luz, yo compré la cocina, yo puse las puertas, las ventanas, el piso. Todo sola, madre, porque siempre fui sola.
La casita de Celina Ramos tiene dos dormitorios y un baño que no se parecen, en ningún caso, a dos dormitorios y un baño: el lugar es un receptáculo ciego, un vacío espectral al que Celina llegó hace un año junto a dos hijas, la Olga y la Eudosia, que ya le dieron dos nietos.
Eudoxia, en griego, significa «buena reputación». Me acuerdo de esa estupidez (y del frío de locos) mientras Celina Ramos cuenta su historia en oraciones cortas. Dice que vio al padre de sus hijos sólo una vez en su vida y que esa vez fue suficiente. Luego hace una mueca de asco –nunca mostró una cara demasiado amable– y lleva la mirada hacia la puerta principal. Por la calle avanza una mujer de pelo corto y crespo; lleva un bebé en brazos y la siguen tres niños. Se llama Lucía Vázquez, tiene veintitrés años, y –al igual que Celina– está montándose al hombro la casa entera. Hasta el momento, Lucía Vázquez lleva cargados dos mil bloques de adobe que le servirán para completar su rancho en San Juan. Vive con un plan del Estado (cincuenta dólares por mes) y a tres de sus cuatro hijos los mantienen sus padres (quienes, por supuesto, no viven en este barrio).

–Me los reconocieron a todos salvo a éste, que es natural –explica Lucía, y apoya la mano sobre la cabeza del niño. Se la ve orgullosa. El niño calla porque no entiende nada, o porque entiende todo.
La proliferación de hijos naturales en Antofagasta hizo que en el 2004 llegara un fiscal a San Juan con el fin de instruir a las madres solteras en materia legal. El fiscal les explicó que, si sabían quién era el padre, podían demandarlo por alimentos. Pero esta intervención lo enfrentó –a él y al intendente– con Emilia Mamaní, quien casualmente era una de las cuatro madres impulsoras de la creación del barrio de mujeres solas.
Mamaní tiene treinta y un años, cuatro hijos, un concubino y una casa que ya no queda en San Juan. Ahora está parada en la puerta de la iglesia del pueblo –una construcción blanca, limpia, pequeña– organizando los preparativos para la procesión del día siguiente: los diecinueve de cada mes se celebra a San Expedito, el Patrono de las Causas Urgentes, algo así como el santo de la velocidad.

–Me molestó la intervención del fiscal, porque por más leyes que haiga… que yo tengo mi hijo, que lo pongo en el juez, que el padre me pasa el dinero, eso no soluciona el problema –explica Mamaní–. Muchas mujeres se llenan de chicos para ir a cobrar la cuota. Porque podés tener un hijo por error, máximo dos, pero no seis, como la Carina. ¿Usté vio a la Carina?
Más tarde conoceré a Carina, que vive en San Juan. La veré sentada en el callejón principal, con las piernas abiertas, fregando al ritmo de una cumbia suave y reclinando el torso sobre un fuentón repleto de zapatillas y agua turbia. Su cara será ancha y reflejará el sol, y sabré, al verla, que alguna vez Carina fue una mujer hermosa. Ahora tiene veinticinco años y seis niños: Freddy, Marianela, Agustín, Karen, Vanesa y Marilyn, una bebé de pupilas negras y vacías. Los seis fueron engendrados por cinco individuos distintos. El primero nació a los quince, y desde entonces llega uno cada dos años. Ella los mantiene con un plan asistencial y con el dinero (fluctuante) que le pasan algunos de los padres. Carina dirá, cuando la conozca, que no necesita un hombre a su lado. Y quizás tenga razón.

–¿Entonces cuál es la solución para las chicas como Carina? –dice Emilia Mamaní–. ¡Que haiga concientización! ¡Cuántas veces le dije yo a la Carina que haga un curso de cerámica, que dedique su tiempo en algo útil. ¡Ocupemos nuestro tiempo en otra cosa que no sea tener hijos! Porque si no… Yo soy una mamá que se curó: tengo apenas cuatro niños. Pero muchas otras mamás están en los bailes, viven sentadas todo el día enfrente de Gendarmería o en la esquina de la plaza para ver si alguien les hace un chico.
Los problemas son las jodas, dice Mamaní, las criaturas borrachas a los ocho años. La madre que se va al baile y deja al niño en casa, solo, y entonces el niño despierta y sale a buscarla y en la madrugada todo está tan frío, tan feroz, que algunos niños directamente se congelan o se encuentran con un perro de dientes furiosos. El problema también es la mugre, la invasión de moscas que llenó el barrio San Juan hace un año: una nube de bichos zumbando las casas sucias, la leche rancia, los pañales con mierda.
Pero el mayor problema de todos es que se puede estar mejor, y nadie lo sabe.

–Acá en Antofagasta no hay pobres –dice Emilia Mamaní–. Acá tenemos adobe para hacer castillos. ¡Castillos! Porque dios nos dio todo a nosotros. Entonces lo que falta es ganas. Yo a mi hija le digo: Vanesa, vos estudiaste primaria, secundaria y ahora estás haciendo la terciaria y nunca vas a decir que te pusiste una zapatilla que estuvo un poquito rota para ir a la escuela. Pero yo sufrí, Vane, para darte lo que vos tenés. Entonces vos no sufrás: estudiá, tomá anticoncetivos, no te metás a tener hijos y sé algo más algún día, para que yo me pueda apoyar cuando ya no tenga, digamos, más nada.
Mamaní llora: un llanto rabioso y discreto. Alrededor hay silencio y un atardecer que cuelga como una inmensa ojera en tonos violeta. Los volcanes y los cerros van cambiando de color, y pronto el cielo empezará a comerlo todo. De noche, Antofagasta se congela. La amplitud térmica es tan grande (veinte grados de diferencia entre la noche y el día) que ése es uno de los principales motivos por los que la mayor hostería de la zona (ubicada en El Peñón, a pocos kilómetros del pueblo) nunca termina de inaugurarse: de noche, con la helada, los vidrios estallan. Por lo tanto en la región, hasta el momento, hay un solo lugar oficial donde dormir: es la Hostería Municipal, una construcción que no califica ni para hotel de media estrella, pero que se promociona –según sus propios dueños– como un lugar donde se puede cenar «a la carta». Vamos con Pacheco a las nueve de la noche, y pedimos la carta.
Alguien nos mira como si en ese pedido existiese la posibilidad de un chiste.
Las alternativas para cenar son dos: milanesa de llama o empanada de llama. Afuera del plato, es sabido que los bichos no tienen mejor suerte. Hay rumores de que el sexo con llamas es relativamente usual, un dato casi antropofágico que no logra, sin embargo, quitarnos el hambre.
A la mañana siguiente me levanto con frío y fuerzas: hoy, decido, voy a hablar por teléfono. En la calle los niños van a la escuela, las cabras van a los cerros, las palabras no tienen adónde ir.
En la puerta de la Municipalidad de Antofagasta hay diez personas esperando su turno: eso es el 2.5 por ciento del padrón electoral y es, en términos más inmediatos, poco más de una hora de espera. Al lado del teléfono en uso hay otro libre. Tengo una idea.

–¿Y si usamos también el otro, como para acelerar?

Si es cierto que las palabras se construyen con el uso (y se destruyen con el desuso) puedo decir que en Antofagasta de la Sierra la palabra «acelerar» no existe.

–Ése sólo está para recibir llamados, madre –responde alguien.

El segundo teléfono no suena, probablemente no suene nunca. Pasan veinte minutos, mi turno no llega, salgo a la calle y decido ir caminando hasta el barrio de San Juan. No es mucho: quinientos metros en dirección norte que incluyen un bordeo al cementerio (rojo, azul, amarillo), otro paso por la iglesia (blanca, blanca, blanca), y un paisaje desmesurado y mudo: puñados de cabras mordisqueando los cerros, y la certeza ulcerante de que acá las horas empiezan a morirse, o quién sabe qué pasa: algo muere en serio.
En el camino se cruza el intendente Acevedo. Su tema, una vez más, son los japoneses. Dice que logró frenar las obras de alambrado y –si los diarios llegaran a Antofagasta– sería fácil comprobar de qué está hablando: en enero del 2007, el diario Clarín denunció el intento de venta de más de sesenta y tres mil kilómetros cuadrados de tierras fiscales en la Puna de Atacama, una región que incluye a Antofagasta de la Sierra. Desde el Estado negaron que esas tierras estuvieran en venta. Pero Acevedo vio que estaban alambrando, y mandó una nota a un fiscal que, esta misma mañana, frenó las obras.

–El santo nos ayudó –dice Acevedo.

Y lo dice en serio.
Hoy es el día de San Expedito, el santo de la velocidad. En la puerta de la iglesia, Emilia Mamaní se prepara junto a veinte personas para caminar dieciocho kilómetros por un desierto rocoso. Pienso en acompañarla (en auto) y voy a la despensa a comprar agua mineral.

–¿Tiene agua?

Del otro lado del mostrador, alguien toma una botella de Sprite vacía, la llena con agua del grifo, y me la da.
El matriarcado es un sistema conceptualmente más sencillo de lo que se cree. Por un lado, consiste en la matrilinealidad, un orden familiar según el cual un hijo es identificado genealógicamente en función de su madre. En la tradición judía, por ejemplo, las personas son consideradas judías sólo si nacen de madre judía, es decir, la descendencia es pasada de madre a hijo. También está la matrilocalidad: luego del casamiento, el varón se muda con la familia de la mujer y queda socialmente aislado de su grupo familiar original. Y por último –aunque principalmente– está el bolsillo: la mujer, en los matriarcados, es la que genera, recibe y reparte los bienes.

 

Josefina Licitra

 

Fuente: Etiqueta negra

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