Tu madre bajo la nevada sin mirar atrás, de Patricio Pron

 

 

Un tiempo después de que tu madre haya muerto, mientras estés sacando cosas del altillo para arrojarlas a la calle como si pudieras desembarazarte de su recuerdo poniendo los plásticos en las bolsas amarillas y juntando los papeles y los vidrios en cajas que irás a tirar a la esquina, en los contenedores que hay allí y que tú utilizas y todos los demás utilizan para beneficio del medio ambiente y porque suponen que si no lo hicieran los principios en los que se funda nuestra sociedad se desmoronarían, mientras estés haciendo todo ello, encontrarás un pequeño álbum de fotografías, no más que un cuaderno con tapas de hule amarillas unidas por un hilo rojo de un material que parece seda y que en su última página tendrá la siguiente dedicatoria, fechada en Gotinga el veintinueve de mayo de 1967: «En recuerdo a los tres años de estudio que he disfrutado tanto en su casa y bajo su amable cuidado. Muchísimas gracias, su Gertraud Bode». Mientras mires esta dedicatoria, pensarás vagamente en las cosas que tu madre te ha contado de la época en que estudió en Gotinga, cosas en su mayoría irrelevantes o cuyo relato sólo estaba destinado a transmitirte las virtudes del trabajo duro y la disciplina y que, en realidad, probablemente fueran extraídas de algunas de las revistas acerca de la educación de los hijos que tu madre leía sin cesar, quizás con la esperanza de hacerte a imagen y semejanza de los niños que aparecían allí, y tú recordarás cuán diferente eras de ellos: eras moreno como tu padre, no destacabas en las clases y tenías un aspecto enfermizo que no dejabas de tener siquiera durante las vacaciones, cuando ibais al Mar del Norte y allí te obligaban a quedarte echado bajo el sol bebiendo Rabenhorst, ese zumo de frutas que las madres alemanas adoran dar a sus hijos, hasta que ya no lo soportabas y echabas de menos las nubes negras por el hollín de las minas de carbón que, por entonces, mataban a las personas de la ciudad donde vivías con tanta facilidad como el desempleo y la desesperación lo harían después, cuando las minas cerraran y Gelsenkirchen -que así se llamaba tu ciudad- se convirtiera en un páramo. Es posible que tu madre creyera realmente que podía irte bien si eras disciplinado y trabajabas duro porque casi todo el mundo creía esas cosas en esos tiempos, pero quizás tampoco lo creyera realmente. Un tiempo atrás, cuando tu madre ya estaba en el hospital, ella te cogió de la mano y se emocionó recordando lo bueno que eras en los últimos años de la escuela, pero tú no pudiste dejar de pensar, en ese momento en que tu madre estaba muriéndose delante de tus ojos, deshaciéndose como el azúcar en el té de Frisia Oriental que tanto le gustaba, que tú habías odiado la escuela. Una vez le habías dicho, cuando aún eras un niño: «¿No crees que debería haber una escuela para quienes son como yo?». «¿Quiénes?» preguntó ella, y tú respondiste: «Los desesperados, los aburridos, los que están enfermos, los que no tienen nada, los que no son comprendidos». Tu madre te miró fijamente un momento y luego se giró y comenzó a llorar; aún la recuerdas, apoyada en el lavabo, temblando, y también recuerdas tu frustración y tu dolor porque tu madre no aceptaba que tú simplemente te sentías diferente al resto y que esa convicción era lo único que tenías, lo único a lo que aferrarte. Entonces sentiste que en su llanto había algo así como un mandato, un mandato que la elevaba por lo que podía ser visto por alguien no demasiado lista como ella como su fracaso en los esfuerzos hechos para convertirte en alguien «normal», en alguien que no sintiera que su lugar estaba junto a los miserables, para conducirla a su triunfo, ya que ese mandato -al que tú no podías resistirte puesto que tu madre era tu madre y tú su hijo, indefenso y ridículo, masticando aún tu tostada con mantequilla de avellanas, un barquillo de papel en una tempestad que ya conocías y sabías que duraría la vida entera y en la que sólo tenías a tu madre para que te guiara- consistía en no volver a hablar del tema y en hacer todo lo que estuviera a tu alcance para no estar entre los desesperados, los aburridos, los que están enfermos, los que no tienen nada, los que no son comprendidos. Ese mandato, pensarás, era el de la disciplina y el trabajo duro, que tú has fingido apreciar al principio y luego has comenzado a apreciar realmente, atravesando el pasillo que las maestras os hacían a quienes erais más listos, ese pasillo al que entráis como niños -esto es, con sentimientos propios y personales que escuecen en vuestro interior y que apenas comprendéis- y del que salís convertidos en adultos asustados que compráis lo que os ordenan y trabajáis duro para poder comprarlo y obedecéis para poder trabajar, llenos de miedo al fracaso y sin haber entendido que ya habéis fracasado, que sólo sois un número en una estadística. Muchos plantáis árboles y cada árbol plantado os impide ver el bosque que el incendio calcina, todos los otros árboles que la tormenta arranca de cuajo, y a eso lo llamáis vivir.
Quizás tu madre fuera uno de vosotros. En el álbum aparecerá mucho más joven de lo que podrás recordarla, llevando un suéter negro y apretado, posando frente a unas fotografías de bailarines de ballet clavadas con alfileres en una pared o sosteniendo un papagayo de peluche en una pose infantil. Bajo la fotografía leerás la leyenda: «Sanmtier, mi papagayo». Estarás un largo rato dándole vueltas a ese nombre, tratando de encontrarle algún sentido al revés o reordenando las letras, por el caso de que se tratara de un acróstico, pero luego darás vuelta la página y te olvidarás de ello. En la siguiente fotografía tu madre aparecerá sentada a una mesa en la que hay varios libros, un globo terráqueo del tamaño de un puño, una vela y varias imágenes, posiblemente postales; tu madre estará de espaldas a la cámara escribiendo una carta y el pie de la foto será el supuesto encabezamiento de esa carta: «Querido Manfred Block». Manfred Block no será el nombre de tu padre. En esa fotografía, pero también en otras más, tu madre fingirá ignorar que la están observando, y en ese gesto notarás tanta intimidad que no podrás sino preguntarte quién las ha tomado y cuál era su relación con tu madre. En la siguiente imagen, ella, como si estuviera respondiendo a la pregunta sobre quién ha hecho las fotografías, sostendrá en sus manos una cámara y parecerá mirarla como si desconociera su mecanismo; en ese gesto habrá algo especular: tu madre siendo fotografiada finge desconocerlo todo sobre la fotografía. Ese gesto especular quedará aún más de manifiesto en otra imagen, en la que tu madre aparecerá retratando al fotógrafo, aunque con una cámara diferente a la que sostenía en la imagen anterior, como si hubiera cambiado aparatos con éste. En las siguientes imágenes, en las que tu madre sintoniza una radio o lee un libro como si no supiera que la están retratando, notarás que el fotógrafo se detiene en detalles de su cuerpo -el cuello, el perfil del busto, las piernas largas y el trasero-, pero en otras esos detalles que hablan de la intimidad entre tu madre y el fotógrafo serán destacados por tu madre misma, quien, siempre sonriendo a la cámara, se pondrá de perfil para que su busto juvenil se aprecie mejor, cruzará las piernas, en un gesto usual en los filmes de la época que, pese a parecer inocente, no lo era, puesto que permitía, al subirse la falda, mostrar aun un poco más de lo que ésta revelaba por lo habitual. Tu madre ha estado flirteando con el fotógrafo a lo largo de toda la serie, eso te resultará claro desde el primer momento pero, sin embargo, serán tantas las preguntas que tendrás que no te atreverás siquiera a confesarte a ti mismo esa certeza porque siempre habrás imaginado el noviazgo de tus padres como una flecha lanzada al corazón del matrimonio, estable e infeliz. ¿Quién ha hecho las fotografías? ¿Quién es el hombre al que tu madre le ha dedicado el álbum y por qué no se lo ha entregado? ¿Quién era Manfred Block?
Un tiempo después del hallazgo encontrarás dos cartas metidas dentro de un libro: la primera estará dirigida a tu padre y fechada el catorce de octubre de 1966 y será una carta de amor; la otra estará dirigida al enigmático Manfred Block y fechada el diecisiete de enero de 1967 y será una carta de amor. Esta vez tu madre habrá conservado la respuesta de Manfred Block, incluido el sobre que contenía su carta, despachada el diecinueve de enero de ese año en Bremen. El tono amoroso será en ella más enfático de lo que cabe esperar en estos casos y para esa época. Se ha dicho que el idioma alemán es un idioma extraño a la literatura erótica porque nada amoroso puede ser dicho en ese idioma sin que suene a pornografía; en ese caso, podrás achacarle a las supuestas limitaciones de este lenguaje el tono de la carta. Que alguien dijera esas cosas a tu madre y que tu madre las celebrara mientras, al mismo tiempo, planeaba la boda con tu padre hubiera sido para ti inconcebible antes del hallazgo del álbum; en su procaz simpleza, el hecho abrirá un agujero en el suelo de tu pasado y por ese agujero tú y todas tus convicciones y todo lo que has hecho con tu juventud caerán sin remedio. Una noche, por enésima vez, mirarás el álbum y realizarás la siguiente constatación: el álbum contiene cuarenta y cuatro fotografías; en dieciocho de ellas tu madre aparece en un parque que, bajo una de las imágenes, llama «Schiellerwiese»; en otras trece se encuentra en su habitación; hay otras diez junto a tu tío, a quien no has llegado a conocer, una fotografía de una joven muy guapa, con el epígrafe: «La joven profesora Frauke en nuestra última tarde en Gotinga». En la última fotografía, tu madre aparecerá frente a una casa, y el epígrafe dirá: «Fue aquí donde viví seis semestres», así que ya tendrás algo: decidirás viajar a Gotinga a buscar esa casa.
Mientras viajes en el tren desde Gelsenkirchen a Gotinga pensarás que todo tiene que tener una explicación lógica que muestre que en el mandato de tu madre y en la forma en la que te ha criado hay más de estupidez o de ignorancia que de impostura. En Gotinga mostrarás la fotografía en la oficina de turismo que se encuentra en el ayuntamiento. Una mujer a la que le falte un brazo y trabaje allí -claro que esto último es menos probable que lo otro y espero que lo tomes como imaginación mía- la observará un momento y dirá que cree haber pasado alguna vez por allí, aunque no recuerde en qué calle se encuentra; te dirá que de seguro está en el Ostviertel, el barrio ubicado al este de la ciudad; te mirará un largo rato esperando que digas algo, pero no sabrás qué decir; para agradecer la información y justificar de alguna forma el tiempo que le has robado, decidirás comprarle algo pero no sabrás qué porque los objetos en venta en la oficina serán todos inusitadamente feos. Finalmente te decidirás por una taza con el nombre de la ciudad; la mujer la cogerá con una mano y la envolverá en papel con una rapidez y una habilidad que te parecerán sorprendentes en alguien de su condición. La mujer te preguntará si quieres algo más. Tú dirás que quieres un mapa de la ciudad. La mujer lo sacará de un cajón, lo extenderá sobre una mesa y lo enrollará con una mano, después lo meterá dentro de una bolsa junto con la taza y tú le entregarás un billete. Ella te devolverá algo de dinero, que no contarás; luego agradecerás. «No hay razón» responderá ella; será una respuesta tan alemana que no sabrás qué decir y abandonarás rápidamente la oficina. En la calle cogerás el mapa, lo mirarás un rato y comenzarás a caminar en dirección al este sin prestar demasiada atención a las placas que en las fachadas de las casas conmemoran a las personalidades ilustres que las ocuparon. Una persona te detendrá quizás para preguntarte una dirección, pero tú dirás que no eres de allí. Seguirás caminando, dejarás atrás el teatro principal de la ciudad y llegarás al Ostviertel, donde encontrarás la casa. No te tomará demasiado tiempo -aunque te detendrás inútilmente frente a varias casas que te parecerán la de la fotografía pero no lo serán- y sin embargo tampoco poco tiempo, sólo el tiempo suficiente para comenzar a temer que la casa ya no exista y que toda la búsqueda haya sido en vano; cuando finalmente la encuentres, sentirás alivio y alegría y tocarás el timbre casi con optimismo. Supongo que quien te abrirá la puerta será una mujer joven de aspecto sofisticado. Te mirará un momento, y después tú te presentarás y le dirás que buscas a un señor que vivía allí en la segunda mitad de los años sesenta y ella te mirará otra vez y te dirá que ellos -aunque no especificará quiénes son «ellos» tú podrás imaginarte a un matrimonio joven, quizás con niños, ambos trabajando en la universidad, un matrimonio como los de las revistas que leía tu madre- habrán comprado la casa unos cinco o seis años atrás o quizás siete y que sólo habrán conocido a una sobrina del antiguo dueño, una mujer de apellido Braß que vivirá en Hamburgo y habrá sido la encargada de liquidar sus asuntos tras su muerte. Tú pensarás por un momento que la búsqueda ha terminado, que las pistas acaban allí y que todo ha sido una mala idea, pero la mujer te preguntará si tienes algún vínculo con el señor Braß, el antiguo dueño, y tú le responderás que no, pero que tu madre ha vivido allí entre 1964 y 1967 y que ella ha muerto y que tú has encontrado este álbum -y le extenderás el álbum, que ella hojeará, al principio con indiferencia y luego con mayor interés- y que hubieras deseado saber quién había sido el señor Braß y cuál era exactamente su vínculo con tu madre, y la mujer inclinará la cabeza un momento hacia la derecha, como si la suma de pensamientos en ella resultara muy pesada para su cuello, en un gesto que -pero esto tú no podrás saberlo- resultará habitual en ella, y, tras un momento, te dirá que la sobrina del señor Braß le habrá contado que el señor Braß fue profesor en la universidad y destinó durante un largo período de tiempo, entre 1947 y 1990, dos habitaciones de su casa a alojar estudiantes, en su mayoría jovencitas, a las que solía cobrarles un alquiler insignificante y que, según la sobrina del señor Braß, con la que ella habrá hablado en una ocasión, mientras resolvían los últimos asuntos pendientes en relación al traspaso de la casa, la insignificancia de la suma mensual que las muchachas debían entregarle, y que el señor Braß justificaba sosteniendo que no alquilaba las habitaciones por interés económico sino por altruismo, servía a manera de soborno. La mujer te entregará el álbum y te dirá que la sobrina del señor Braß le habrá comentado que al liquidar sus cosas se encontró con cientos de fotografías que el señor Braß conservaba junto con álbumes que algunas de sus inquilinas le habían enviado, y que en las fotografías del señor Braß aparecían decenas de jovencitas a las que el señor Braß había retratado durante décadas, en ocasiones sin que lo notaran, aunque también -en algunas pocas de esas imágenes- participando deliberadamente del juego, en poses más y más procaces a medida que su relación con el profesor Braß, tal como ésta era historiada por la sucesión de fotografías, se volvía más y más íntima. La mujer te dirá que la sobrina del señor Braß habrá dudado sobre qué hacer con esas imágenes y que después de la muerte del señor Braß habrá enviado los álbumes a aquellas mujeres cuyo nombre apareciera en ellos, por deferencia o quizás sólo por un oscuro sentido del deber, y que habrá quemado el resto de las fotografías; fotografías, dirá la mujer, repitiendo lo que la sobrina del señor Braß le habrá dicho, que eran, en ciertos casos, pornográficas, que lastimaban la memoria que ella tenía de su tío y que hubieran hecho daño a aquellas jóvenes, ya convertidas en madres y quizás en abuelas, y que por eso la sobrina del señor Braß las habrá destruido. La mujer te dirá que ya no puede decirte más. Tú te quedarás un instante mirando el jardín posterior de la casa; si fueras a esforzarte, reconocerías el manzano bajo el cual tu madre se ha hecho fotografiar, fumando, pero no podrás hacerlo porque en tu cabeza se agolpará la imaginación de las fotografías que ya no podrás ver porque la sobrina del señor Braß las ha destruido, fotografías en las que tu madre hace cosas que tú jamás sospechaste que hiciera, cosas que te producen un vahído, que desbaratan todo lo que creías que era de una forma y resultará de otra. Saldrás del jardín tras despedirte de la mujer, que se habrá olvidado de ti mucho antes de que tú cruces la puerta baja por la que tantas veces tu madre ha salido, en una vida anterior que tú habrás desconocido durante años y que ahora, sin conocer, quizás imaginarás; nada que se pueda publicar en una revista. Subirás aún unos metros y te sentarás en el parque donde tu madre solía ir a leer antes de los exámenes, según apuntará al pie de una de las fotografías del álbum. Una pareja paseará a un niño mientras que otro, ya mayor, correrá detrás de un perro. Quizás abras una vez más el álbum y encuentres una fotografía en la que no habrás reparado antes. En ella, tu madre estará de espaldas, mirando el paisaje desde una elevación de ese mismo parque en el que te encontrarás, su espalda curvándose ligeramente hacia adelante como si se sintiera atraída por el paisaje, como si el paisaje fuera el futuro y estuviera a punto de devorarla y ella lo supiera y se lanzara hacia delante. Entonces la recordarás como la viste una vez cuando eras niño, durante una tormenta de nieve que se había desatado mientras ibais camino del colegio; recordarás la nieve, que caía densa como un bloque de cemento sobre vosotros, en ráfagas que te hacían tambalear sobre tus pies como si estuvieras borracho, y recordarás que en un momento, al doblar una esquina, tu madre desapareció entre la nieve y, de repente, en el espacio que había entre tú y ella, que caminaba un par de pasos delante de ti, sólo había una pared blanca que parecía hecha del más sólido hielo; gritaste a tu madre para que se detuviera, pero tu madre no respondió y tú pensaste que se había olvidado de ti y estuviste a punto de llorar, o quizás lloraste, ya no lo recordarás, pero sí recordarás que en un momento la pared blanca que te rodeaba se abrió y tú viste la mano de tu madre que te agarraba y te levantaba en vilo y comenzaba a tirar de ti a través de la tormenta sin mirar atrás, mientras tus ojos no veían más que su espalda, que se curvaba hacia delante como en la fotografía para protegerte de la nieve, y recordarás que en aquel momento pensaste que tu madre y tú teníais un arreglo y que ese arreglo consistía en que ninguno dejaría morir al otro mientras viviera, no importaba qué sucediera, y te sentiste dichoso como pocas veces te habías sentido durante tu infancia. Mientras mires pasar a una mujer que hubiera podido ser tu madre, caminando con una mujer más joven bajo el sol, pensarás que aún puedes buscar al tal Manfred Block en Bremen, que puedes arreglártelas para hallar a la sobrina del señor Braß o incluso a la «joven profesora Frauke» que mostraba una de las fotografías, y comprenderás que tu madre habrá conservado aquel álbum que le fuera devuelto varios años antes de su muerte para que tú iniciaras un viaje en la búsqueda de una parte de quien ella había sido realmente, y pensarás en tu madre como ella misma pensaba acerca de sí misma en sus últimos años, alguien mirando un paisaje, su espalda curvándose ligeramente hacia adelante como si se sintiera atraída por el paisaje, como si el paisaje fuera el futuro y estuviera a punto de devorarla y ella lo supiera y se lanzara hacia delante, hacia un tiempo que no presenciará pero en el que tampoco te soltará de la mano, porque entonces tú y yo estaremos juntos de nuevo, unidos en algo que se parecerá a la compasión, al arrepentimiento, que nada soluciona, y a la memoria.

 

Patricio Pron

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3 comentarios to “Tu madre bajo la nevada sin mirar atrás, de Patricio Pron”

  1. Patricio, soy Marcelo Mellado, estando en la feria del libro de Santiago el año pasado conocí a un lector de cuentos que andaba buscando desesperadamente un libro de cuentos tuyo. Un tipo divertido. Me saludó y me contó esto y agregó que a él no le gustaba leer novelas, sólo cuentos, porque las novelas eran todas fallidas, por una especie de impostura intrínseca que las hacía falsas o construidas por una necesidad editorial o por un escritor que simplemente debe escribirlas, en cambio, un cuento tienen más “verdad”. Creo que le encontré razón a tu lector, por eso estoy leyendo este cuento, porque ingresa a una zona de detalles. está hermosamente construido.
    abrazos

  2. Lo he leído en voz alta para asegurarme de la sonoridad. La tiene, y parece que, aunque algunas veces esté escrito en tercera persona, condensa las palabras de un monólogo. En este sentido podría recitarse, aunque no sea prosa poética. Al principio del texto me han llamado la atención las alusiones sociales y sobre todo la frase “con tanta facilidad como el desempleo y la desesperación lo harían después”: hay un enlace entre la subjetividad del narrador y los hechos ajenos. Un enlace, pero no un solapamiento porque el protagonista no se vincula del todo a los sucesos que cuenta o narra o refiere; los evoca más bien.

  3. El lenguaje me parece muy preciso: afortunadamente no hay supuestas modernidades que no son más que préstamos del inglés, tan frecuentes en tantos pasajes de escritores poco cuidadosos con nuestro idioma.

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