Barón Serrault

 

 

Barón Serrault, le dicen por su parecido con el maravilloso actor francés, recientemente fallecido, como una ironía del destino, porque él seguía vivo, a pesar de aquel episodio cerebro vascular que le dejó secuelas y nueve años ya de sobrevida impensada; pero su nombre real es Aarón de Anchorena, aunque en sus documentos figure como José Ignacio De la Cruz. En cualquiera de sus formas, todos lo llaman -o sólo responde a- “Barón”. Antes del accidente, era común verlo deambular con una antigua galera inglesa hecha a medida en Way & Co. Hatters London, un sobretodo también inglés, y el maravilloso bastón con empuñadura damasquinada en hierro pavonado, oro y plata del S.XIX, que siempre le alababan, y que llevaba mas por elegancia que por necesidad. Ahora, el deambular es por su casa, en una moderna silla de ruedas a motor. Rueda hasta donde está Beatriz: Dulce Bea, como la llama él, tal vez por entender el amor y abnegación que esta mujer de casi treinta años le dispensa desde aquel primer día en que sus hijos la contrataron, allá en la Clínica cuando el accidente, para que le hiciese compañía y lo cuidara siendo que era enfermera recién recibida. Ella le está preparando un baño: se insinúa una linda tarde primaveral para dar un paseo por la barranca de Plaza San Martín. Barón Serrault detiene el motor frente a la puerta del baño; primero observa una pierna lisa blanca firme y espigada que se le asoma impertinente por el tajo de la falda cuando ella se inclina hacia el grifo; luego, con su mano izquierda -la que quedó exceptuada de la parálisis-, escribe en el anotador que se resignó a regañadientes a llevar consigo: “Soñé que era una gacela coja que trataba de esconderse de los guepardos entre los nenúfares del Serengenti. Fracasaba miserablemente”. Se lo muestra. Ella lee y le devuelve una sonrisa franca, ésa que él conoce tan bien. “En ese mismo sueño -sigue escribiendo- yo aparecía, junto a Guillaume Apollinaire, en una célula de la Prisión de Le Santé, discutíamos el Cubismo; luego, mientras brindábamos con un Martini de Old Raj: una suerte de gin con azafrán que estilaban beber los ingleses cuando conseguían cazar un tigre en la India, nos anunciaron una visita:se trataba de Gertrude. Gertrude Stein” En todos estos años, Dulce Eva no conseguía precisar si esos pequeños relatos, tan habituales en Barón, habían sido vivencias reales, recuerdos deformados por la memoria, productos de una prematura demencia senil (aún no cumplía los sesenta) o raptos de alguna secuela mental, por más que los médicos hubiesen aseverado que no había sufrido deterioro en su sistema cognitivo. Como fuere, a Dulce Bea esas irrupciones de lucidez o delirio siempre la conmovieron tiernamente de tal modo que atesoraba los cuadernos hacía nueve años, donde se apreciaba el progreso de su pulso siniestro. En un movimiento que ya tiene incorporado, Dulce Bea ubica a Barón en el sitio que fue especialmente adaptado para su aseo. Él colabora con la mitad de su cuerpo: la que le responde. Ella le quita la Robe de Chambre. Barón no trae calzoncillos. Impertérrita ante el cuerpo desnudo, Dulce Bea sentada al borde de la bañera, comienza a deslizar la manopla húmeda por la nuca, por el reverso de las orejas; ahora, con espuma sobre la cabeza, hunde sus dedos en la espesura de sus cabellos haciendo masajes circulares en la sien. Barón pliega sus ojos y cae en un trance de lánguida sumisión, en un deleite exquisito al sentir que el perfume de esa mujer va y viene como un péndulo. Su cabeza, súbitamente vacía de las imposibilidades de su presente y de los seres espectrales que lo atormentan desde aquel día, se vuelca rendida hacia adelante, en reverencia a un Dios: el mismo Dios que le negó la percepción de la mitad de su cuerpo y del habla, pero que a la vez -en un guiño entre varones- intercedió para que su miembro viril conservara intactas sus funciones. Ella lo sabe. Advierte la erección mientras desciende por su pecho y sus caderas y su vientre. Ahora él desea gritar, implorar que ella se detenga justo ahí. ¿Cómo se escribe un grito? Munch consiguió pintarlo, pero ¿cómo sería su grito en letras? Abre los ojos. Observa -siente- su hombría urgente. Pero ella no lo mira. Descubre que nadie lo mira y que tal vez, nunca nadie lo haya hecho. Comienza a desmoronarse. Cuando está al borde de reconocer su fugacidad, la pérdida de su belleza, su atractivo, su juventud…, ella aparece, lo mira a los ojos, lo entiende como siempre lo hizo; se quita la manopla, desliza silenciosamente su mano hasta conseguir unas pocas gotas de placer que se escurren rápidamente entre la espuma. Barón siente, de pronto, que vuelve a ser Dorian Grey.


APG


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