Vikingos – Desmitificando mitos

Alors, Alors, Úrsula -dice Jeròme abriendo la puerta. ¿Traes para anotar? Ven, pasa, que voy a contarte una historia.

Este cuchillo -comienza mientras se sirve una copita de Amaro Lucano- es un scramasax vikingo original, de veintisiete centímetros de hoja y mango curvo en madera y latón. Lo veo levantarse, acercarse a un equipo de audio y, luego de tomar uno de entre su colección de álbumes, lo hace rodar diciendo, a la par de los primeros acordes, que se trata del Trío Smetana: música eslava, muy apropiada para la historia que va a contarme -dice. En el trayecto de regreso a su asiento dibuja figuras en el aire asido del cuchillo: es una bandada de dragones voladores en el cielo vikingo de la ciudad de Sandefjord, en Noruega -intenta exponer, como queriendo materializar las constelaciones que él ve, y yo no.
Qué infamia. ¡Cuánta ignorancia! La Historia se empecina en sostener una sarta de mentiras inadmisibles sobre nuestra cultura. Incontrolable reguero de leyendas se dispersó en la avidez de relatos tan salvajemente épicos como inverosímiles. Y no es sólo eso. Que los vikingos éramos ignorantes -mi estimada Úrsula- ¡Habráse visto! ¿Ignorante yo, el más célebre de los escaldos?…


– ¿Escaldos? -interrumpo tanto para saber como para instar una pausa a su bravura.


Escaldo: poeta -mi estimada Úrsula-, el oficio más valorado entre los vikingos, considerado socialmente de igual estirpe que la nobleza. Yo fui el más célebre de los poetas vikingos en una sociedad apasionada por el conocimiento, la poesía y la mitología. No ha de olvidarse que nuestro Dios principal fue Odín, considerado no sólo como guerrero, sino también el Dios de la Sabiduría que no dudó en ofrendar su ojo al Pozo de Mímir para consagrarse como sabio supremo capaz de develar el secreto rúnico. ¡Y tampoco llevábamos cascos con cuernos! ¡Ésa es otra blasfemia! -levanta el tono poniéndose de pie. El Mito se originó en 1820, cuando el pintor sueco, August Malmström, ideó una serie de ilustraciones para el poema épico La Saga de Frithiof, que relata unos sucesos que ocurrieron en Noruega, durante el S. XIII. En las imágenes, los guerreros llevaban cascos con cuernos.

 

Como si esto no bastara, para reforzar la leyenda, años después, en 1876, se estrena la Ópera de Richard Wagner, El ocaso de los Dioses, que refería a la cultura nórdica. Para difundir tal evento se repartieron panfletos ilustrados con vikingos con cascos con cuernos como los que había pintado Malmström, alcanzando así la popularización definitiva del mito. ¡Un bochorno! Si me hubieses visto por esos tiempos… Llevaba los pelos rojizos de las axilas largos hasta el suelo, de modo que al intentar caminar me enredaba en ellos y tropezaba continuamente. Ten a bien comprender lo que intento transmitirte -mi estimada Úrsula- porque resulta casi imposible componer la narración justa, pues a lo largo de ella lo absurdo y lo repugnante, con un toque de adefesio, de esperpento atroz, se entrelazan tan apretadamente que el relator -o sea, este servidor- necesitaría manipular mañas de equilibrista para soslayar los riesgos que proceden de esas percepciones contradictorias, y darte a ti la impresión cabal de lo que vivencié sin caer en la trampa de lo grotesco. Es embarazoso de referir -créeme- si es que aspiro a transmitirte la verdad exacta, porque aquí lo increíble, acaso lo diabólico, comienza a afirmar su imperio destruyendo al orden convencional. Comprende entonces, sin aterrarte -estimada Úrsula-, el trágico episodio que te contaré en donde este cuchillo encabeza la narración. ¿Tengo otra alternativa? -me pregunto desde mi condición bisoña mientras él hace una pausa para encender su cigarrito indonesio o para juntar coraje, y por el parlante siento escurrirse a un trío de piano, violín y cello.

Era el año 793. Era la primavera del Señor. Antes de que zarpáramos del puerto sobre el Fiordo de Trondheim, invoqué al Dios Njörðr de las costas, divinidad protectora de la navegación. Mis plegarias fueron concedidas: las aguas estaban quietas y la embarcación de quilla plana discurría muda. Un único mástil envergaba una vela rectangular apenas inflada por una casta brisa. En cubierta, como gigantes insectos azabache de la noche, brillábamos nosotros: los vikingos, los guerreros nórdicos. Cada amanecer, la claridad del alba corría el telón de la negrura para dar paso a una luz lechosa opalescente, que desdibujaba los contornos de nuestros rostros cansinos por el trajín de meses de navegar y navegar. Cuando por fin divisamos tierra de la antigua y caliginosa Britania, nuestro ímpetu vikingo, guerrero e invasor, regresó a nuestro ánimo. Pisamos tierra firme el 8 de junio, saltando de la nave hacia el inclinado talud de arcilla de color. Poseídos por el poder de Zíu, Dios de la Guerra, los vikingos que conformábamos un grupo de oscuras siluetas, como insectos siniestros saliendo del letargo, armados hasta los dientes, rodeamos el Monasterio en silencio mortuorio y nos lanzamos al saqueo -magistral- de las arcas de la Abadía de Lindisfarne. La escena grotesca de monjes asesinados, arrojados al mar o, en la mejor de sus suertes, tomados como esclavos, se hizo arte en mis mejores versos. ¿Ya te he dicho que fui el más célebre de los escaldos? -pregunta girando hacia mí y sin dar tiempo a respuesta alguna, toma el cuchillo y sigue: esta faja es mi más preciado botín: lo extraje de un alma religiosa atravesada de cabo a rabo. Pero no me malentiendas, que no fui yo quien reunió al sacerdote con su muerte, no; yo sólo atiné a desenterrar el puñal de lo más profundo de sus entrañas, apelando al beneplácito cómplice de los dragones que sobrevolaban el cielo anglosajón; tarea que no fue fácil -mi estimada-, mas bien incómoda: el cuchillo se albergaba hondo en sus vísceras: chinchulines, mollejas y todo tipo de achuras que dificultaron mi labor ya que aparecieron, obstruyendo el recorrido hacia la salida, restos de Biblia que el párroco había engullido de sopetón para cargar consigo al Reino de los Cielos.

Toma -dice ahora, entregándome el cuchillo dentro de un estuche de cuero-, ya puedes catalogarlo, pero hazme un favor: ten cuidado si llegaras a leer por ahí, en la inmensa bibliografía que abunda en librerías, patrañas sobre la cultura vikinga. No debes darle entidad -mi estimada Úrsula-, que se trata de un enorme mal entendido que tuvo su origen en una errática traducción del médico y anticuario del siglo XVII Olaus Wormius quien, en 1636, publicó Runir seu Danica literatura antiquissima, traducido como, “Runas: la más antigua literatura danesa”, una compilación de transcripciones fallidas de textos rúnicos. Fíjate este caso -mi estimada Úrsula-: el colega galeno confundió “cuernos” con “cráneos”, de modo que los vikingos pasamos de beber en cuernos curvos vacíos de animales, a beber -gracias a la mala traducción del latín de Wormius-, en cráneos humanos de nuestros enemigos, constituyéndonos así en verdaderos monstruos. Puras patrañas. Una calamidad.

APG©

Anuncios

Responder

Introduce tus datos o haz clic en un icono para iniciar sesión:

Logo de WordPress.com

Estás comentando usando tu cuenta de WordPress.com. Cerrar sesión / Cambiar )

Imagen de Twitter

Estás comentando usando tu cuenta de Twitter. Cerrar sesión / Cambiar )

Foto de Facebook

Estás comentando usando tu cuenta de Facebook. Cerrar sesión / Cambiar )

Google+ photo

Estás comentando usando tu cuenta de Google+. Cerrar sesión / Cambiar )

Conectando a %s